McCullough Manor House

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McCullough Manor House

Mensaje por Statue of Liberty el Dom Oct 30, 2011 7:55 pm





McCullough Manor



House




Llegó la hora de la verdad. Despídete por unas horas de lo que tu llamas mundo, pues una vez pises con fuerza el umbral de la puerta, te adentrarás en otra dimensión desconocida para muchos. Y es que tras la impecable caminata de la entrada, custodiada por dos grandes gárgolas de dientes afilados, encontrarás un sinfín de misterios sin resolver en esta construcción abandonada.

No es necesario que te explique cómo llegó a este estado, bien lo sabes ya. Pero la duda que ahora nos acosa... ¿Qué hay todavía aquí? ¿Se esconde algún secreto en esta misteriosa mansión? ¿Te atreverías tú a encontrarlo? Yo no me arriesgaría, pero dueño eres de tu juicio y a tu elección queda la decisión de permanecer en la seguridad que inspira la lejanía a la mansión, o despojarte de ella y adentrarte en esta tétrica construcción. De algo puedes estar seguro. Si entras, jamás volverás a ser el mismo.


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Statue of Liberty
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Re: McCullough Manor House

Mensaje por Frederika Pfeng el Mar Mar 13, 2012 1:21 pm

Y era entonces que acontecía ese inexplicable fenómeno que solía acomodarse sin dificultad en la mente de todos aquellos mortales que aún contaban con un cuerpo: una vez que la carne era separada del alma, ya la muerte había acabado con éxito su infeliz trabajo.

¡Cuán grande podía llegar a ser la ignorancia de un ser que no conoce lo que le depara la vida luego de la sepultura! Lo triste es que aún experimentándolo, un alma jamás alcanzaría la comprensión plena de su estado; no cuando desde su llegada a un mundo de dimensiones paralelas, esa fuerza absoluta y aplastante que es la nada se empeña en devorar golosamente cada despojo de lo que alguna vez hubo de ser una persona íntegra. Solamente cuando el alma resultase por completo consumida, cuando siquiera su recuerdo distante alojase un sitio en las mentes de quienes le amaron... entonces la muerte estaría consumada, y el trabajo, pulcramente acabado.

Y de un modo que casi parecía consciente aún sin contarse con una corpórea herramienta cerebral, una joven Pfeng se empeñaba como tantos otros en desatar la última lucha hasta mucho después de perderse toda esperanza; porque nadie podía disponerse sin reservas a declarar el fin de su existencia. Los ausentes del mundo terrenal, a fuerza de los sentimientos caóticos que componían su esencia remanente, gozaban también del derecho de extrañar con desesperación a los suyos. Aunque para ellos significase un crimen penalizado el sincero y siempre infructuoso intento de retornar a los sitios que alguna vez rondaron, para celebrar el reencuentro con su mundo, no podía el miedo constatar obstáculo suficiente como para frenar cualquier intento. Porque aún entonces podía seguir existiendo la irrefrenable ilógica humana.

Era probablemente aquel motivo inexplicable para cualquier persona viviente el que justificaba las brisas violentas que durante el presente marzo golpeaban contra la mansión abandonada de McCullough, con una violencia tal que no era posible pasara desapercibida. A un año de esa olvidada tragedia acontecida en el pasado, alguien deseaba imponer su recuerdo, se negaba a la muerte absoluta y por cierto que no lo hacía a la posibilidad de un retorno permanente que sabía imposible. Solamente ahora, de haber contado con una cabeza para asimilarlo, habría logrado comprender la pequeña Frederika lo injusto y pendenciero que podía llegar a ser el destino. Abría recordado sin dificultad el vigoroso sentimiento de victoria que la dominara justo antes de su último aliento, por haberse creído mucho más lista de lo que siempre consideró a la caprichosa fuerza de la muerte. Había cambiado sin temor alguno una vida por otra, mas sólo ahora que cumplía el castigo de su descarado atrevimiento habría concluido con certeza que siempre había sido ella el objetivo final de esa maquinación tan brillantemente elaborada. ¿Quién sino sufriría con tan funesto desconsuelo su despedida una vez descubierta la argucia? No había añoranza, no había nostalgia comparada con la que esa alma se desvivía a cada segundo de ese tiempo incalculable en que se desplazaba. Lo que era aceptado con una delicia maligna al interior de un mundo que se alimentaba de abatimiento y flaqueza.

Tenía que existir una escapatoria realizable.

Porque no era concebible aquel mundo de nada en que estaba obligada a permanecer hasta arrancado el último recuerdo de la última mente que creyese en ella, que muy a su pesar... jamás fueron numerosas. No renunciaría a su existencia por simple antojo de un ente superior que deseaba controlarla. Deseaba un golpe de la vida que había regalado tan incondicionalmente a razón de un engaño imperdonable. Nada prometedor la esperaba sin embargo del otro lado, mas como tantas otras cosas que carecen de explicación cuando el cuerpo se deja atrás, algo en lo que aún quedaba de ella había pretendido rebelarse como jamás quiso suceder en doce años de vida. Jamás era tarde para cambiar el mundo. ¡Merecía una oportunidad!

Quizás hubiese pensado en la familia de haber contado con aquella facultad arrebatada. En la palabra hermana, en la palabra padre... y en un apellido potente que jamás agotaría su significado para esa malograda alma. Caulfield, parecía susurrar sin confusión la ráfaga gélida que se colaba por cada rendija posible de una desteñida mansión olvidada, nido de las más perversas obras imaginadas. Podía ser que pidiera ayuda, podía ser en cambio que se contentase al comprobar la posibilidad de mantener contacto directo con aquel mundo que hubiese preferido no abandonar de saber lo que le esperaba en la siguiente parada. Lo único completamente cierto era que nadie estaría presente para compartir su imposible guerra, para anunciarle siquiera con una irreparable sensación de desconcierto, que la locura ahora emprendida contaba con una pequeña ventana de éxito que la ayudaría a devolver el daño hasta entonces en ella causado.

Y entonces en ausencia de cualquier respuesta visible o de esperanza clara, habría comprendido, sin más remedio alguno, que no era por azar que hasta entonces nadie hubiese huido de la muerte definitiva. Seguiría existiendo dolorosamente, quizás por demasiados años insoportables, la angustia constituyendo cada parte de su alma medio aniquilada... hasta extinguido el último de sus recuerdos.
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Frederika Pfeng
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