[K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

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[K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

Mensaje por Leszek Collingwood el Sáb Mayo 31, 2014 2:40 am


FLASHBACK
26 de febrero de 2053. 23:21 horas

Siquiera se planteó la posibilidad de erguir la espalda al reparar en la postura encorvada con que avanzaba por la carretera. Como muchas cosas a esas alturas, poco y nada le importaba mantener un porte que lo hiciera ver más digno y respetable porque, ¿qué respeto podía merecer una persona como él, a fin de cuentas? Igual daba saber que sus ideales distaban diametralmente de la personalidad que intentaba representar a diario en su puesto de trabajo; seguía resultando despreciable tener que soportar su propia existencia cada nuevo día. Sin embargo, no tenía mayores alternativas: de no ser por el magnifico papel que representaba en el Ministerio, muchos magos perseguidos habrían ido a parar a Azkaban, habrían sido torturados... habrían sido asesinados. Pero fingir compartir los ideales de Worthington, o fingir al menos una pizca de temor de demostrar lo contrario, no ayudaba a sentir que todo eso valía la pena, que hacía algo heroico. Era, simple y llanamente, un proceder despreciable.

A pesar de todo ello había algo que lo impulsaba aquella noche a presentarse sin falta en la conocida y tétrica mansión que servía de escondite para sus compañeros y él mismo, lo que daba fe de su férrea fidelidad al plan hacía dos meses convenido. No tenía intenciones de comentar sus últimos movimientos ni los engaños con que se abría paso en el oscuro mundo en que el Ministerio se había convertido... pero era necesario para corroborar la efectividad de las estrategias acordadas. Su pesar, solía recordarse a menudo, no importaba cuando se trabajaba en pos de una causa mayor, noble aún cuando no lo pareciera a primera vista.

Abrió la puerta de acceso sin dificultad para adentrarse en la oscuridad espesa que cubría cada mueble, cada pequeño rincón de ese gélido recibidor donde flotaban los recuerdos amargos de gincanas pretéritas. Y se detuvo en medio de la sala, escuchando el silencio con atención. Desde sus últimas visitas le había parecido que algo -¿tal vez alguien?- intentaba llamar su atención cada vez que se proponía atravesar el cuarto en dirección al sótano. Una especie de grito, a veces llanto, a veces ruego... demasiado tenue como para poder decidir si era o no real. Volvió a escuchar el llamado una vez hubo agudizado los sentidos, y antes de conseguir interpretarlo una ráfaga de viento venida de ningún lugar llegaría a desordenar su cabello castaño. La carcagada surgió genuina de su pecho.

Hola —susurró con una sonrisa amplia a la nada, preguntándose si no estaría estableciendo contacto con el espíritu de alguno de los alumnos fallecidos al interior de esos desgraciados cuartos. ¿Escucharía siempre al mismo o se turnarían en cambio para interrumpir su tránsito?—. Voy retrasado. Pero volveré, lo prometo —Así, con un último gesto de despedida, dejó atrás los primeros salones para sumergirse sin temor en las secretas entrañas de la construcción, donde sabía lo esperaba un fuego acogedor que aliviaría sus músculos entumecidos, la luz cálida que lo ayudaría a sentirse nuevamente en paz un par de horas, la energía irrefrenable de Lea, la sinceridad cruda de Thomas y el pensamiento estratégico de Bianca. Lo primero que llamaría su atención al ingresar al sótano, no obstante, no habría sido capaz de suponerlo bajo ninguna circunstancia posible.

¿Hip... Hipatia?

La última hebra que aún lo mantenía unido a un resquicio de sentido común se rompió.
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Leszek Collingwood
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Re: [K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

Mensaje por Hipatia Collingwood el Sáb Mayo 31, 2014 3:24 am

Por voluntad propia había decidido ocultarse en el rincón más distante de la entrada, donde resultase más sencillo camuflarse con el paisaje y dilatar el momento irremediable en que su presencia sería finalmente descubierta por la persona que todos en aquella habitación esperaban ver atravesar el umbral de la puerta. No lo dejaba en evidencia, pero lo cierto era que la impaciencia comenzaba a surtir efecto en el control que mantenía a menudo sobre el nerviosismo. Cada cierto tiempo contemplaba el pomo de la puerta, o aguzaba el oído a la espera del momento en que el instante de rigor se tornase inminente, buscaba cualquier señal que la alertara para fingir que no se encontraba ahí.

Y no obstante sus intentos, sería ella lo único capaz de captar la atención del muchacho una vez estuvo al interior de esas cuatro paredes.

Leszek —pronunció su nombre por no saber qué otra cosa decir, apenas reparando en el impulso que la llevaba entonces a levantarse de su asiento y acercarse hacia él. Pero conseguiría reaccionar a tiempo para detenerse antes de tocarlo, prefiriendo limitarse a contemplarlo en detalle y convencerse de que él era real, que seguía con vida... pues durante mucho tiempo -cinco meses exactamente- había temido lo contrario. Pero la complejidad médica de su análisis le permitiría también detectar otras cosas además de lo fácilmente corroborable: la palidez enfermiza de su piel pálida per sé, las ojeras de cansancio y la delgadez propia del desgaste físico y mental llevado a un nivel peligroso. De pronto se sintió culpable por todas las veces que se le había ocurrido suponer que toda esa historia sobre los problemas en el mundo mágico habían sido una excusa para descansar de ella y de sus padres. Era la primera vez que su hermano conseguía despertar en ella el malestar propio de la preocupación. Su expresión, no obstante, mantenía la severidad acostumbrada. No tenía intenciones de dejar en evidencia su debilidad, mucho menos ante Leszek y un grupo de magos de los que poco y nada sabía—. Se suponía que te reunirías con tus amigos a las 23:00 en punto.
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Hipatia Collingwood
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Re: [K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

Mensaje por Leszek Collingwood el Lun Jun 09, 2014 6:59 am

Los sentimientos evocados con la repentina visión de la muchacha eran infinitos, y la mezcla de todos ellos comenzaba a convertir la escena en un paisaje vertiginoso. Debió sostenerse del mueble más cercano para mantenerse en pie y decidir cuál emoción de todas las que repentinamente deseaban hacer explotar su cabeza era la que preponderaba en aquel momento. ¿Sería tal vez la dicha de contar una vez más con la oportunidad de establecer una conexión real con su familia? ¿El desconcierto de ver a su hermana en un ambiente completamente opuesto a sus intereses? ¿El pánico de lo que aquello podía significar? Rápidamente comprendería que el dilema no podría resolverse en tanto no hiciera el intento por aniquilar el mutismo y exigir las preguntas pertinentes.

¿Qué... qué haces aquí? —Desde luego era una pregunta obvia, tal vez demasiado predecible para el gusto de Leszek. Pero era la única con la que conseguiría dar sentido a la confusión terrible que, podía sentirlo, comenzaba a volverlo loco. Bastaría sin embargo el planteamiento de aquella interrogante para desbloquear parte de su pasmo, para despertar su curiosidad inherente y el afán frenético por buscar la respuesta a cada una de sus dudas. La palidez de su piel había alcanzado un punto que la volvía casi translúcida, pero la vitalidad propia de su esencia resultaba evidente en la intensidad desquiciada con la que sus ojos se concentraban en la única muggle presente en la sala—. ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Conoces a mis amigos? ¿Sabías que vendría? ¿Me buscabas? ¿¡Por qué!? ¡Tú me odias! ¡Odias todo lo que tiene que ver con el mundo mágico!

Fue entonces cuando la suposición nació. Y estuvo seguro de que el pánico era la emoción más fuerte. Tomó las manos de la muchacha, desesperado como no lo había estado en muchos años.

¿Son mamá y papá, es eso? ¿Qué les ha ocurrido? ¡Dímelo Hipatia! ¡Por favor, dime qué ocurre!
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Leszek Collingwood
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Re: [K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

Mensaje por Hipatia Collingwood el Sáb Jun 14, 2014 1:58 am

Se sacudió las manos que la sostenían recurriendo a una violencia que inclusive a ella llegó a parecerle exagerada, sin embargo, la reacción del muchacho había conseguido asustarla lo suficiente como para no perder su templanza característica. Jamás, durante diecinueve largos años, le había tocado enfrentarse a semejante demostración de pánico, de modo que el hecho implicaba por sí mismo todo un signo de alarma. Porque el Leszek que Hipatia conocía, ese que lo irritaba desde el momento en que decidió dar sus primeros pasos, era lo bastante temerario y torpe como para avistar una situación de peligro. Ergo, si él estaba asustado, desde luego sobraban motivos. Estuvo segura.

No. No, Leszek, no. ¡Escúchame! —una vez recuperada la distancia intentaba hacerse oír por encima de las desesperadas exigencias de su hermano. Su voz era un témpano de hielo a punto de hacerse pedazos—. Mamá y papá están bien. A salvo en Alabama, en casa —Para cualquier otro, esa breve y firme aseveración habría bastado para poner las cosas en su lugar, para dar fin a las interrogantes y aniquilar cualquier temor naciente. Pero a pesar de las diferencias que los separaban, Hipatia conocía mejor que muchos al joven que la contemplaba con ojos dilatados por el terror. El convencimiento repentino de que aquella aclaración no resolvería siquiera la mitad de sus dudas la tomó por asalto. Y se sintió agotada de pronto, abrumada hasta un punto indefinible; ahora tenía por delante una larga explicación de los motivos y los medios que la habían llevado hasta ese inhóspito lugar—. Estoy aquí por ti. Te busqué tanto tiempo y... —suspiró—. Ven, ¿por qué no te sientas?

Sin molestarse en esperar la respuesta del joven Collingwood, sostuvo sus hombros para arrastrarlo cuidadosamente hasta el asiento más cercano, el aliento de sus amigos magos demorándose sobre su nuca, demasiado cerca y callados para su agrado. No era propio de ella dar explicaciones a nadie y someterse al esfuerzo que las mismas implicaban, pero por primera vez estaba dispuesta echar una mano al chico porque, ¿qué otra opción tenía cuando él parecía estar al borde del desmayo?

Presta atención, porque no voy a repetir la historia dos veces —dijo, recuperando el aplomo de su timbre y acercando una silla para ella misma—. Cuando me buscaste el pasado septiembre, tus avisos me asustaron. Pero en un par de días conseguí convencerme de que habías terminado de volverte loco. Entonces comenzó a suceder —frunció ligeramente el entrecejo—. Muertes sin causa determinada colmaban los periódicos a diario, desapariciones extrañas... accidentes que no tenían explicación. El mundo está lo bastante destruido como para dar crédito de que situaciones como esas sean posibles, siempre que no se cuente con mayores alternativas a considerar —Desde luego no era el caso de Hipatia, que hacía más de siete años sabía de la existencia donde locuras como las que debía soportar podían contar con cierta lógica—. Luego de dar vueltas al asunto un par de días no tuve la menor duda: supe que tu mundo estaba en problemas... que habías fracasado. Temí que eso significara que hubieras muerto, así que estuve decidida a encontrarte y entender qué era lo que estaba ocurriendo. Saqué provecho del cupo que me asignaron en Harvard y les dije a mamá y papá que debía largarme a completar el papeleo. Estaban encantados —las comisuras se movieron en lo que pareció un amago de sonrisa amarga—. Como creen que estoy en Massachusetts, no tienen intenciones de molestarme. La coartada no fue difícil, lo verdaderamente complicado fue dar contigo. Sabía que existía un lugar mágico en New York, pero no tenía la menor idea de dónde quedaba y cómo podía acceder a él. Preguntar a papá no era una opción. Pero el día que fui a despedirme encontré esto entre sus cosas.

Extrajo de su bolso un pequeño libro de tapas negras. Desde luego él lo reconocería, así que prefirió no detenerse en ese asunto—. Todos los días visité sin falta el distrito mágico con la esperanza de tropezar contigo... pero era en vano. Me mantuve más de un mes recorriendo las mismas calles, y me dije que lo intentaría una semana más antes de cancelar el plazo de respuesta para largarme definitivamente a Harvard y darte por muerto. No me atrevía a preguntar por tu paradero —aclaró antes de que él se animara a realizar la observación, encogiéndose de hombros—. Nuestra última conversación me había dejado muy claro que estabas participando de algo extraño. No tenía intención de arriesgar mi vida también. Fue durante esa última semana que al fin te vi: salías de un gran edificio y te dirigías... bueno, no lo sé. Estuve a punto de interceptarte, asegurarme de que se trataba de ti. Pero... —su mirada se volvió involuntariamente a las personas que los acompañaban.
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Hipatia Collingwood
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Re: [K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

Mensaje por Leszek Collingwood el Sáb Dic 20, 2014 3:45 am

Yo la intercepté antes.

La voz procedía de las espaldas de su hermana, donde Leszek contempló a Lea como si acabase de materializarse en el lugar. Todavía demasiado pasmado como para asimilar aquella escena, miraba la expresión culpable de la bruja sin comprender del todo. Fue la primera vez, también, que reparó en la presencia de Bianca y Thomas, por detrás de Tomkins. ¿Estaban ahí desde el inicio o acababan de llegar?

Yo había salido del banco y llevaba un rato de ver a tu hermana vagando por ahí —Lea inició sus explicaciones como si temiera alguna represalia por su actuar—. Parecía perdida, como si buscase algo. Desde luego me había parecido sospechoso, pero preferí suponer contra toda esperanza que se trataba de una turista o algo así. De cualquier modo me había acercado para ofrecerle alguna orientación... pero fue entonces cuando caí en la cuenta de que acababa de encontrar lo que estaba buscando. A ti, Leszek. Creí que estabas en peligro, ¿qué más podía esperar tomando en cuenta todo el riesgo al que nos vemos sometidos todos los días? Ya Bianca nos lo había advertido... y el pánico se apoderó de mí. Corrí hasta ella antes que consiguiera dar un paso más en tu dirección. La sostuve por el hombro y... la amenacé con mi varita.

La enterró justo aquí —Leszek vio a Hipatia señalar la parte baja de su espalda. A juzgar por su expresión, aún recordaba el dolor del instrumento enterrándose en su piel—. "No digas una sola palabra y sígueme", me dijo. Jamás había sentido tanto temor como en aquel momento.

De verdad lo siento —bastaba oír la voz entristecida de Tomkins para caer en la cuenta de que era cierto—. Necesitaba respuestas. Y debía asegurarme de que Leszek no corría ningún peligro. Como todos nosotros, constituye una pieza clave de la agrupación.

No te sientas mal, Lea —era la voz conciliadora y firme de Bianca, posando una mano segura sobre el hombro de la desmemorizadora—. Hiciste lo correcto.

Lea continuó.

La obligué a acompañarme a uno de los callejones más apartados del distrito y la hice hablar. Pero cuando lo hizo... cambié de opinión sobre ella casi de inmediato. No se trataba solo del evidente parecido que comparten. Cuando me comentó sobre la última charla que habían tenido tuve claro que se trataba de Hipatia. No habías hecho mención de aquel acontecimiento a ninguna otra persona... mucho menos a una desconocida. Entonces todo dio un vuelco —hizo una pequeña pausa—. Recuerdo haberla tomado de la mano para arrastrarla en tu búsqueda, Les. Pero caí en la cuenta de que un reencuentro como ese no podía tener lugar ante todas las miradas del distrito. Así que hice lo primero que se me vino a la cabeza.

Hizo algo extraño sobre mi cabeza —el hastío era evidente en el tono de Hipatia.

Un hechizo desilusionador —rió Thomas, que hablaba por primera vez desde la llegada de Leszek. Y la profundidad de su voz grave pareció finalmente poner las cosas en su lugar, otorgando una cuota de lógica a toda esa batahola de elementos sin sentido que le eran arrojadas a la cara—. Así llegó la muchacha a mi oficina privada. Tuve que ofrecerle algo de filtro de la paz mientras Leandra me ponía al día. Fue una charla muy larga. Incluso Bianca tuvo ocasión de participar en ella —un suspiro de agotamiento escapó durante su pausa, y Leszek se sintió de pronto asaltado por la inevitable necesidad curiosa de conocer el motivo de tanta gravedad—. La decisión final fue programar vuestro encuentro en este lugar... y aquí están.

Hubo un silencio repentino que cayó pesadamente sobre la cabeza de los presentes, extendiéndose a medida el tiempo transcurría, dilatándose de un modo insoportable a la espera de que Collingwood emitiera cualquier respuesta. Pero el joven siquiera se sentía capaz de poder sacar la voz. La confusión comenzaba a mezclarse progresivamente con un inesperado sentimiento de rencor. Habían planeado muy bien cada detalle de aquel asunto sin tener la menor consideración de haberlo involucrado, aún cuando se trataba de su hermana. Al final encontró las palabras:

Al menos podrían haberme explicado las verdaderas razones de este encuentro —el reproche era suave, casi diplomático, pero su mirada dolida y el entrecejo fruncido daban cuenta de su inusual irritación.

Leszek... —Lea se arrodillaba frente al muchacho, el sentimiento de culpabilidad cada vez más patente en sus expresiones. Cuando tomó sus manos, se sintió incómodo al saberse testigo de ese anómalo comportamiento pesaroso, tan distinto a la ligereza típica de la bruja—... nada me habría gustado más, de verdad. Pero el anuncio de la verdad traía consigo una importante cantidad de explicaciones. Ya lo viste. No podíamos darnos el lujo de que la ansiedad te llevase a formular preguntas equivocadas dentro del Ministerio.

Desde luego —Si debía ser sincero consigo mismo, había sospechado una respuesta parecida. Y lo entendía. Sin embargo no intentó suavizar su expresión, siquiera al centrar nuevamente la mirada en Hipatia—. Como sea, estoy vivo. Ahora que lo sabes deberías volver a casa, Hipatia. Necesito que cuides de mamá y papá. Cosas horribles podrían pasar, si las cosas siguen el curso que...

La joven muggle se levantó de su asiento.

Es justamente por ellos que estoy aquí, Les —le interrumpió violentamente—. Porque pretendo cuidar de mamá y papá. Y sé muy bien que huyendo a Alabama, permaneciendo junto a ellos, me convertiría en una completa inútil. Lo cierto es que cruzarme de brazos en tanto tú pretendes hacerte el héroe con tu grupo de amigos hechiceros no me agrada en absoluto. He venido a ayudarte.

Una carcajada hueca y aterrorizada rebotó en cada rincón del sótano, y Leszek tardó en comprender que era de su propio pecho que surgía, del mismo modo que tardaría en entender que su hermana mayor hablaba en serio. Podía verlo en esa familiar forma con la que fruncía sus labios, fulminándolo con una mirada de absoluta gravedad.

Eso es imposible —afirmó con la intención de zanjar el tema. Su timbre, de pronto, volvía a sonar irremediablemente poseído por el pánico y la desesperación.

Eso es, curiosamente, lo que yo le dije a tu hermana cuando nos dio a conocer sus verdaderas intenciones —Thomas avanzaba un paso en dirección al joven mago, los brazos cruzados sobre su pecho. En el fulgor de su mirada se notaba la seriedad con la que decidía intervenir en aquel asunto—. ¿Qué aporte podría significar, después de todo, una chiquilla que no tiene idea de cómo funciona nuestro mundo? ¿Alguien que incluso en su timbre parece dar cuenta de su desprecio a todo lo que guarde relación con nosotros? Entonces Bianca me ayudó a pensar mejor las cosas.

Verás, Leszek —tomando una silla, Hellmayr tomó asiento frente a él, apoyando las manos entrelazadas sobre sus piernas. Les sabía, por la forma en que inclinaba la cabeza en su dirección, por la suavidad cuidadosa en la entonación de cada palabra, que se aproximaba algo que probablemente no le agradaría—. Hemos alcanzado grandes logros con la información hasta ahora obtenida durante nuestras incursiones secretas en el Ministerio, lo sabes. La vida de muchos magos y sus familias han sido protegidas gracias a que hemos logrado de dar aviso sobre una persecución inminente. Pero entorpecer los planes de Theodore a ese nivel no es suficiente. Nos quedamos cortos. Si verdaderamente deseamos detenerlo, necesitamos acercarnos más a él, saber lo que se propone a largo plazo, pero desde el Ministerio eso no es en realidad posible —guardó silencio durante un par de segundos, a la espera de que el muchacho consiguiera digerir toda aquella información, realizar las asociaciones correctas y prepararse para lo siguiente. Pero Leszek concluyó que el tiempo utilizado para aquel propósito resultó excesivo, pues cuando la bruja volvió a separar los labios, mantuvo una certeza férrea respecto a sus próximas palabras—: Necesitamos un espía en Clevermont.

Y esperan... ¿esperan que ese espía sea Hipatia? —debió realizar un esfuerzo sobrehumano para no atragantarse con sus propias palabras.

Su hermana asintió lentamente.

Bianca me ha dicho que desde el curso anterior existe una plaza disponible para formar parte del cuerpo docente del college —Resultaba extraño oírla hablar de su propia escuela de magia con tanta propiedad luego de oír año tras año la misma cantaleta malintencionada sobre la locura albergada al interior de sus muros—. Algo sobre criaturas mágicas...

Cuidado de las Criaturas Mágicas, sí —confirmó la joven auror, volviéndose a Leszek—. Ya sabes, Collingwood. Desde que apresaron a Rutherford en Azkaban, no han realizado el menor esfuerzo por cubrir la asignatura. Probablemente contribuya el hecho de que, en estos momentos, a nadie debe llamarle la atención asumir un puesto cuyo anterior ocupante resultó castigado por el simple hecho de intentar hacer justicia ante las atrocidades que veía a diario al interior de la academia mágica.

Todo eso suena muy bien, salvo por un ínfimo detalle —a pesar de sus intentos, Leszek no consiguió deshacerse del nerviosismo histérico patente en sus palabras—: Hipatia es una muggle. Una que apenas conoce el mundo mágico y que, por lo tanto, no tiene la más mínima idea de qué clase de criaturas mágicas existen. ¿Cómo esperan que Worthington la contrate bajo semejantes circunstancias? Podrá ser un ser miserable... pero es astuto. Y su mano derecha, ese tal Slaughter... lo es todavía más.

Y nosotros tampoco somos ningunos idiotas, Collingwood —espetó Hafëlin con tono desenfadado—. Es por eso que a partir de hoy Hipatia Collingwood pasará a llamarse Shaleen Stewart.

Shaleen... ¿qué? —la cabeza del muchacho comenzaba a dar vueltas.

Stewart, muchacho —insistió el auror—. Fue vecina mía durante los años de juventud. Una chiquilla melancólica. Una squib. Ya sabes lo vergonzoso que resulta para muchas familias engendrar una criatura desposeída de magia. La ocultaron, hasta que un día simplemente desapareció. A nadie pareció importarle mucho. Sería una identidad perfecta: una hija de magos que se fue por el mundo haciéndose su propio camino, aprendió el arte del cuidado de las criaturas mágicas... y ha decidido regresar para reivindicarse con el mundo, acaso para hacer algo de daño a una familia que la desestimó de por vida. Tu hermana no necesitaría más que colmarse de conocimientos al respecto de la materia, y una vez adentro, intentar simpatizar con las redes de Theodore. Dudo que alguien se interese por escudriñar el pasado de una squib, y aunque así fuera, no existiría mucha información controvertida: estuve investigando... y los Stewart han desaparecido del mapa tal cual hiciera su hija décadas atrás. Hipatia es libre de elaborar su propia coartada.

Para entonces Leszek se enfrentaba a un bien justificado sentimiento de ira y traición, y comenzaba a costarle un verdadero esfuerzo el mantenerlo a raya. Bastante inverosímil resultaba ya el hecho de haberse encontrado con su hermana mayor justamente ahí, en territorios abiertamente mágicos, junto a sus compañeros, como para además verse obligado a asumir que confabulaba con ellos en pos de la causa de aquella secreta agrupación, que estuviese dispuesta a colaborar en algo con él, a quien hubiera despreciado de forma ininterrumpida durante diecinueve largos años. Debió pasear su mirada en cada uno, rostro por rostro, mirada a mirada, para convencerse de que hablaban en serio, que en realidad estaban dispuestos a exponer a su hermana a un peligro como el que implicaba la misión planteada; que Hipatia realmente pretendía involucrarse en un mundo que siempre había considerado con menospreciativa displicencia.

Ni hablar —zanjó al final, poniéndose de pie con aplomo para otorgar énfasis a su férrea determinación—. Tu lugar está en Alabama, Hipatia, con mamá y papá. Esto no es un juego, tu vida corre verdadero peligro cada segundo que pasas junto a nosotros. No voy a permitir...

Lo que yo no voy a permitir —la muchacha interrumpía entonces, recurriendo a un tono de marcado autoritarismo, alzando la voz con una indignación que arrastraba a Collingwood a los felices y seguros años de su infancia. Esa era la Hipatia que recordaba, firme e irritable, resuelta a no dejarse pisotear por nadie en absoluto, mucho menos por su hermano menor—, es que te creas con el derecho de decidir lo que es mejor para mí. Sé a lo que me arriesgo y sé por qué me arriesgo. Puedes decir lo que quieras, Leszek, pero nada cambia el hecho de que necesitan ayuda para seguir adelante y que mi aporte, en este momento, podría resultarles claramente beneficioso —Su rostro era la máscara de dureza que solía caracterizarla cuando avanzó un paso hacia el muchacho, hundiendo un doloroso índice sobre su pecho—. Soy una mujer adulta, soy prácticamente una profesional, soy tu hermana mayor y una persona libre de decidir lo que estime conveniente. Agradezco tu preocupación, pero la decisión está tomada y no hay nada que puedas hacer para revertirlo.

Leszek había procurado no retroceder un solo paso ante la ofensiva de su hermana para hacer gala de su propia firmeza, no obstante, la contemplaba con el desconsolado y tormentoso convencimiento de que acababa de perder aquella batalla... cayendo lentamente a un abismo que parecía no acabar nunca; ya era bastante malo tener que soportar la carga de fingir ser un fiel funcionario al servicio de las nuevas ideologías trazadas por el Ministerio de Magia, y ahora debía sumar a toda aquella tortura el temor permanente de saber que Hipatia se exponía a peligros tanto o más terribles que él mismo. De refilón divisaba las impresiones de sus compañeros instalados a espaldas de su hermana Collingwood, y podía ver en cada una de sus expresiones el asombro resultante de aquella titánica puesta en escena con la que una muggle ordinaria ponía sus últimas cartas sobre la mesa y cerraba el juego. Con un movimiento pesado se dejó caer nuevamente sobre el asiento, cruzándose de brazos y dirigiendo una mirada de acongojada frustración a ningún sitio en particular.

Bien —masculló con la voz del monarca que sabe reconocer su derrota—. Si ya lo han decidido, no tengo nada más que decir. Les agradezco al menos que tuvieran la consideración de mantenerme informado.

Por favor, Les —Lea demostraba de pronto un aspecto de dolorosa mortificación cuando procuró acercarse a él, deteniéndose a medio camino—. Ahora más que nunca es importante mantenernos unidos. No tornes esto más difícil de lo que lo es ya.

Déjalo, Lea —Bianca se adelantó con voz impasible, con ese profesionalismo de auror que en muy raras ocasiones decidía abandonarla—. Es su hermana y hemos acordado esto con antelación. Tiene todo el derecho de molestarse con nosotros —Leszek mantenía la mirada fija en los detalles del piso cuando sintió la mano cálida de la bruja sobre su hombro—. Lo sentimos, Leszek. Ciertamente no era nuestra intención pasar a llevar tu opinión. Pero tarde o temprano acabarás recordando que nos encontramos ante circunstancias desesperadas. No podemos darnos el lujo de rechazar cualquier ayuda cuando esta nos es ofrecida de forma voluntaria.

Con pesar, Leszek debía reconocer que lo recordaba, y a pesar de todo, lo comprendía. Pero guardó silencio.

Si todo está dicho, creo que es momento de coordinar los pormenores de los siguientes movimientos —Thomas, aún de pie en el mismo sitio de un inicio, parecía aliviado de haber traspasado aquel punto de tensión a favor de tornar el encuentro en dirección a alguna circunstancia más productiva—. Debemos acordar cuándo realizarás la visita, jovencita. Cuanto antes, mejor.

Antes debe prepararse —Collingwood mantenía su resolución de no fijar la mirada en ninguno de los presentes—. Tendré que instruirla sobre el mundo mágico, sobre las criaturas mágicas. Sobre todo, de hecho. Debe demostrar conocimientos seguros al momento de presentarse en Clevermont, si quiere ingresar... y demostrar que nada la sorprende si no quiere llegar a levantar sospechas.

Como cabía esperar, a Hipatia el comentario no la amedrentó en absoluto.

Afortunadamente aprendo rápido —Erguida en toda su fina estatura, los brazos delicadamente cruzados sobre su pecho y sin animarse a esbozar el más mínimo atisbo de sonrisa, parecía tan segura de sí misma como de costumbre. Se volvió a Thomas con una mirada despreocupada y segura—. Estaré lista en una semana. Prometo mantenerlos al corriente mediante Leszek. No creo que sea buena idea el contacto directo con cualquiera de ustedes.

Tampoco yo —a juzgar por la expresión complacida del auror, parecía abiertamente satisfecho con la reciente adquisición para la causa. Los contempló a todos con meticuloso análisis, como evaluando sus expresiones—. Hemos terminado por ahora.


FDR: Lo siento... me ha dado pereza postear personaje por personaje xD.
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Leszek Collingwood
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Re: [K] McCullough Manor House ~ 26 de febrero de 2053

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