[B] Clevermont College ~ 17 de marzo de 2053

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[B] Clevermont College ~ 17 de marzo de 2053

Mensaje por Vasile Mathews el Jue Nov 19, 2015 2:42 am

CLEVERMONT COLLEGE JAMÁS OLVIDA
17 de marzo, 2053. Vasile Mathews.

Era una mañana particularmente nublada, inusitadamente gélida. Pero a Vasile apenas le importaba. No era como si cualquier insignificante e intrascendente cambio en el clima fuera capaz de contribuir un poco más a su irritable estado de ánimo, mucho más susceptible de lo habitual... si es que algo así era posible concebirse. Las últimas dos semanas habían sido una verdadera pesadilla, y tanto su cuerpo como su raciocinio ya le daban luces de que esta nueva semana no sería en absoluto diferente. Y todo por causa de esa bien despreciable banda de delincuentes sinvergüenzas. La patrulla.

La maldita y malnacida patrulla.

Vasile dedicaba todos sus esfuerzos a la esforzada empresa de dejar de pensar a cada nuevo segundo en los anónimos desgraciados que componían la agrupación y sus repudiables acciones, pero era prácticamente imposible, tras la seguidilla de actuaciones que llevaban su marca desde hacía dos lunes atrás, tras una agradable temporada de ausencia y silencio. Justo cuando todos comenzaban a olvidarse de la equivocada existencia de aquella secta revolucionaria, justo cuando todos acababan por convencerse de que habían sido lo bastante listos como para decidir que sus osadas empresas eran una locura suicida de marcada rebeldía, justo cuando el joven Mathews abrazaba la posibilidad de que las cosas finalmente volvieran a encontrar su punto de equilibrio luego de tres maravillosos meses ausentes de nuevas noticias relacionadas con las trastadas de la Patrulla Escolar... decidían regresar a la carga para revolver las aguas con sus anuncios venenosos.

En realidad, no era el retorno de aquella sociedad secreta lo que mantenía a Vasile permanentemente intranquilo. Después de todo, le había parecido inminente. Lo que en realidad había conseguido arrancarlo de sus casillas irremediablemente, lo que hacía que la herida escociera hasta un punto insoportable, era el hecho de detenerse a analizar las circunstancias en que aquel espectáculo de circo había tenido lugar, de la misma forma y en el mismo lugar de su primera aparición la noche de Halloween. Ahí habían estado todos, cenando en medio de murmullos al interior del comedor del college, todo colmado de un orden estricto que al Smaragdium se le antojaba delicioso y perfecto... hasta que la oscuridad logró tragarse en un instante cada rostro, cada una de las formas visibles del amplio espacio. Y cuando aquel truco barato de polvos peruanos se disolvía para permitirles a todos mirarse unos otros, una nueva advertencia dirigida al director de la academia mágica flotaba sobre las cabezas de la multitud agrupada:

'Tu tiempo de redenciones se termina, Theodore Wortington. Clevermont College planteó sus advertencias. Las olvidaste, pero Clevermont College jamás olvida.'


Las mismas columnas de humo gigantescas, la misma firma de aquella infernal asociación secreta. Se reían de Worthington en sus narices. Y por supuesto, la ira del director resultó idéntica a la de esa pretérita noche de Halloween. Fue otra larga jornada de desvelo, allanamientos y torturas, sin embargo no hubo mayor suerte que la primera vez. Y esta ocasión, la cosa amenazaba a tornarse tremendamente seria. Incontrolable a un punto que siquiera Vasile estaba dispuesto a reconocer.

La misma noche del primer golpe sorprendería a los habitantes del college con un alboroto insoportable. Solo cuando quedó claro que cada miserable alma estuvo al fin despierta y fuera de su cama durante el toque de queda, el estruendo se transformó en música, una melodía dulce cada vez más audible a medida que todos, movidos por la curiosidad y un terrible presentimiento, se arriesgaron a abandonar sus salas principales en dirección a la fuente de origen: el auditorio. Ahí en el escenario, un piano de cola reproducía la obra musical sin mano alguna responsable, una creación tan dulce como terrorífica, como familiar. Y sobre el delicado instrumento rezaban nuevas letras humeantes:

'Frederika Pfeng.
Clevermont College jamás olvida'


Al mediodía del día siguiente el escándalo provendría del baño de chicas, cuyo espejo era arañado por un trozo de cristal flotante que escribía el nombre de turno: Caroline Hudson. Así, día tras día desde hacía dos semanas, correspondía a algún espacio del gran edificio convertirse en el escenario de un nuevo nombre agregado a la lista de supuestos asesinatos de Worthington, pues era evidente que de eso se trataba la elaborada y dramática campaña: desprestigiar al director por los "crímenes" de su pasado. Nayara Smeds fue recordada el miércoles en el ático, Jamie O'Donnell el jueves sobre la escalera principal. Alexandre Yoxall, Wojciech Sveinbjargarson, Victorina Hawthorne, Abbie Van Middelkoop, Liam Poynter, Aileen Quinzel... las honoríficas menciones seguían su curso sin que alguien fuera capaz de dar con los responsables o, como mínimo, descifrar la premisa mágica utilizada para dar con cualquier tipo de rastro. Era sin duda una magia astuta y tremendamente complicada. Y como si todo aquello no fuera ya bastante exasperante, los infelices miembros de la patrulla se permitían descansar de sus ofensivas durante los fines de semana. ¡Como si sus idioteces se tratasen de un trabajo oficial, con derecho a pausas!

Pero hoy volvía a ser lunes, y Vasile estaba preparado para cualquier nuevo atentado. Como de costumbre, rechazaría el acontecimiento, lo que no significaba que procuraría sacar todo provecho posible del mismo para salirse con la suya. Ahora pertenecía al selecto grupo de consejerías del director, y deseaba retribuir la educación privilegiada que recibía con alguna información que pudiese llegar a situarlo en una mejor posición a ojos del director y sus servidores. De modo que no había perdido el tiempo refunfuñando ni revolviéndose en discusiones inútiles -aunque lo deseaba- cada vez que un nuevo nombre se agregaba a la lista de víctimas que muchos alumnos todavía recordaban con sentido y ridículo cariño. No. Él se había convertido en un muy adiestrado observador, analizaba los patrones de los testigos, de las reacciones del alumnado en general, de sus historias. Y luego de dos semanas, ya había logrado elaborar una lista de sospechosos que pretendía proporcionar al profesor Slaughter en cuanto la oportunidad se presentase.

El primer nombre que figuraba en su lista era Weasley, sin duda alguna. Estaba muy al corriente del odio que la chica siempre hubo de manifestar a Worthington, y el hecho de que la hubiesen pillado en sus revueltas, que la torturasen y ahora se presentara al mundo como un ser transformado, un ejemplo de obediencia, y llamara a la obediencia en cada uno de sus artículos del periódico... no significaba nada para Mathews. Bien podía estarse construyendo alguna fachada de inocencia, con todo ese asunto de especular sobre la patrulla en sus publicaciones. Demasiado sospechoso. Además, no le agradaba en absoluto y Vasile acostumbraba a confiar en su instinto. Evidentemente, considerar a Arsène agregaba a Vanni inmediatamente en la canasta, por el solo hecho de trabar amistad con una alimaña como la insoportable pelirroja. De cualquier forma la rubia encajaba con el perfil que según él mismo definía a los miembros de la patrulla: una panda de idiotas que no sabían hacer más que, justamente, idioteces.

Después venía Adams. Esa chiquilla idiota, esa Caeruleum sin sesos era un constante dolor de cabeza, una ofensa a la vida misma. Pero el asunto, al menos en este caso, iba mucho más allá de su odio: Bernice era una de las pocas que parecía no perderse uno solo de los eventos -incluso cuando Vasile no había podido estar presente en muchos de los acontecimientos, viéndose obligado a recurrir a sus fuentes secundarias- y era la principal responsable de que la noticia corriese por todo el college a la velocidad del sonido, dada su fama de cotilla insoportable. Además, se había mostrado especialmente afectada y beligerante el día en que correspondió el reconocimiento a la chica O'Donnell. Si no era un integrante de la patrulla, lo que ciertamente dudaba, como mínimo era una potencial alborotadora de masas a la que no se podía dejar suelta por ahí.

También estaba Betancourt-chico. En realidad, hasta el momento no le había visto insinuar ninguna actitud sospechosa. Solo había tropezado con algunos de los incidentes, y en todas aquellas ocasiones había resuelto asumir su intachable y odiosa actitud de bondadoso delegado... pero debía vigilarlo por una cuestión de orgullo propio, de cumplir sus propias amenazas; si estaba relacionado en la más mínima medida con todo ese asunto, sin duda sería el primero en caer. Sobre el resto, seguía dilucidando. La chica Ephram echaba a correr cada vez que se encontraba en la escena del crimen, pero su terror era demasiado desproporcionado como para que se tratase solo de una actuación de encubrimiento. Lewis jamás estaba presente para ninguna ocasión y Vasile sospechaba de esa evasividad tan empeñosa. Hayley solía desviar la mirada, Brown reía de forma histérica... y así continuaba la lista. Quedaban muchos detalles por afinar antes de realizar la entrega definitiva de su impecable informe.

Pero hoy tendría una nueva posibilidad para avanzar un nuevo paso hacia su meta principal: desenmascarar a los desafortunados que estaban detrás de todo eso. Con esa idea bajó al comedor a la hora del desayuno, y se mantuvo firme en su esperanza hasta la hora de almuerzo, momento en que aún no había sucedido nada. Observaba con fijeza cada nuevo rincón y avanzaba con cautela, a la espera de cualquier indicio que lo guiara hacia algún punto flaco de los integrantes de la patrulla. Estaba tan concentrado que ni siquiera se dio cuenta cuando uno de sus compañeros derramó su bebida sobre el plato de comida que tenía delante cuando el otro intentaba tomar asiento.
—¡Lo siento mucho, Mathews! —se disculpó el muchacho, visiblemente aterrado ante la posibilidad de que Vasile acudiera a cualquier tipo de represalia para condenar, como era costumbre en él, un acto de torpeza tan evidente. Hasta que el chico no acabó de enmendar su equivocación con un efectivo movimiento de varita, nadie reparó en que su inacción no tenía nada que ver con un infructuoso intento por contener la ira. Simplemente estaba desconectado.
—¿Mathews? ¿Qué te ocurre?
—¿Qué es lo que trae Gilbert en la mano?
—¿Qué? —otro de sus compañeros Smaragdium, un chiquillo rubio y pecoso, siguió el objetivo visual de Vasile—. ¿Ese libro?
—Eso. ¿Por qué iba a traer un libro al comedor? Este lugar es para comer, no para estudiar.
—Mathews... muchos traen libros al comedor. ¿No crees que te estás volviendo algo... paranoico?
—La palabra que buscas, Woodley, es metódico. Todo detalle importa ahora. Hasta el más mínimo, el más inofensivo e inútil. En realidad, no espero que lo entiendas. No espero que ninguno de ustedes lo haga. Así que no voy a tomarme la molestia de explicarles lo evidente.

Lo demás no dijeron nada, y Vasile supo que se mostraban respetuosos porque le temían, no porque supusieran que él llevaba la razón. Y era así como tenía que ser. Para ascender, Mathews no necesitaba amigos, como las legiones de idiotas que simpatizaban con su hermano Ioan, que era igual de inútil. Lo que él necesitaba eran mentes limitadas, dispuestas a servir como instrumentos por el motivo que fuera. Si el temor era el motivo escogido, tanto mejor. No tendría que perder el tiempo con desafíos inútiles.

Así que mantuvo su concentración en Gilbert que, cómo no, se adentraba en el comedor para tomar asiento junto a su novio Betancourt. Y le entregaba el libro en el que Mathews había reparado. ¿Era acaso un préstamo del que no debía preocuparse? ¿Un ofrecimiento ordinario? Después de todo, el mundo entero sabía que esos dos eran un par de empollones reconocidos. Pero algo en la expresión de la delegada de su casa no terminaba de encajar para Vasile, ni en la rigidez casi completamente disimulada del delegado al abrir el libro en una página en particular. El chico de quinto curso leyó lo que pareció apenas un párrafo antes de esbozar una sonrisa triste, alzar el rostro y sostener delicadamente el de la chica para regalarle un beso breve. Un beso extraño, Mathews estuvo seguro de ello.

De modo que no perdió un solo segundo cuando notó la resolución que encaminaba a ambos jóvenes hacia la salida del comedor. Volvió a derramar su vaso en medio del arrebato desesperado por seguirlos. Pero un cuerpo se tropezó en su camino antes de conseguir ir a la ciega de la pareja.
—¡Ay! —exclamó la voz de Bernice, que para entonces había reconocido a su obstáculo. Y se enfureció—. ¡Qué pésima costumbre se te está volviendo pasar por encima mío, Mathews!
—¡Aparta, idiota! —Vasile no tenía tiempo para tonterías, de modo que la hizo a un lado con un solo y violento empujón. Pero el daño de aquel retraso ya estaba hecho. Detuvo su avance al siguiente paso, cuando un destello cegador pareció iluminar todo el interior del comedor. Y lo siguió el sonido ensordecedor de un trueno que remeció cada pequeña partícula de su cuerpo.

Algunos gritaron. Otros hicieron preguntas, otros simplemente prefirieron no hacer nada en absoluto. Pero mucho antes de que la incertidumbre los animase a todos a ponerse en movimiento hacia las ventanas, donde probablemente encontrarían los indicios de una tormenta inminente, rompió a llover al interior de la habitación. Una cascada torrencial de agua que los puso a todos en fuga. Y como Vasile era el más próximo a la salida, supo que fuera de aquel gran salón las cosas no irían mucho mejor incluso antes de que la masa lo arrastrara en su estampida: ahí en el vestíbulo, una tormenta de nieve azotaba los muros. Nada de eso pareció tener mucho sentido hasta que un grito de muerte explotó en el abandonado comedor.

—¡Amanda Rodríguez! —vociferaba con un tono de terror y muerte que los hizo a todos retroceder otro paso lejos de las puertas del comedor. Y a ese primer sonido, otro sinfín de voces se decidirían unirse en un coro espeluznante.
—¡Anne-Claire Aldrich!
—¡Artemis Thomas!
—¡Ásbjörn!

Los nombres se mezclaban unos con otros, y parecían seguir una cadena en sentido ascendente, como si sus orígenes poseyeran ubicaciones distintas de acuerdo al nombre pronunciado. A medida que Vasile y el resto de lo estudiantes se alejaba de la lluvia para perderse en la nieve, dejaban atrás un alarido repetitivo, solo para escuchar en su lugar otro entonado por una nueva voz de pesadilla: Bryan Brown, Cameron Finnigan, Conchita Vlasteff, Daniel Hätter, Dorian Huxley... un numeroso grupo emprendió el avance por aquella ruta de lamentos en sentido ascendente, escalón tras escalón, piso tras piso, aferrándose con fuerza a las barandas para no salir volando a causa del vendaval que los azotaba. Mathews retenía cada nombre con tal concentración que no tardó en asimilar el patrón de la ofensiva. Unos escalones más arriba, algunos más también lo entendieron. Alguien manifestó el pensamiento en voz alta:

—¡La toma del college! ¡Son los nombres de los alumnos y profesores que fallecieron ese día!

Los gritos seguían escaleras arriba al puñado de alumnos cuya curiosidad resultaba más poderosa que la necesidad de protegerse de aquellos desastres naturales: Edmund Thomas, Ethan Hazel, Flora Warwick, Keithan Throwback, Luca Sthóneci sonaban en el primer piso. Nadzia Walczak, Nathan Parker, Nathaniel Lloyd Jones, Nicholas Jones, Oliver Livingston reclamaban atención en el segundo. Pippa Bouvier, Radha Hunt, Samantha Coberley, Vera de Milo, Wilhelmina Scarborough hacia la tercera planta. Y en el cuarto piso, donde la nieve y el viento eran reemplazados por un torbellino de arena, un único y desgarrador aullido de odio e indignación se revolvía en medio del caos:

—¡Françoise Laròcque! ¡Françoise Laròcque! ¡Françoise Laròcque!

A mitad de pasillo, Theodore Worthington se alzaba ante la puerta de su despacho privado. A juzgar por su expresión iracunda, acababa de leer sobre el elegante pedazo de madera algo que no le agradaba en absoluto. Sacando provecho del repentino ensimismamiento del director, Vasile y unos pocos más se acercaron con cautela a leer también, pero él fue uno de los pocos que no jadeó de impresión al comprender de lo que se trataba: cada pequeño espacio de la madera llevaba tallado alguno de lo nombres que durante dos insoportables semanas se habían convertido en el espectáculo del college, incluidos esos que las voces continuaban gritando. Y en el centro de todas aquellas memorias, la última advertencia -esperaba Vasile- de la insólita campaña encabezada por la patrulla:

'Desataste una tormenta, Worthington. Ahora intenta controlarla.'


Mathews acababa de terminar de leer la inscripción cuando todas las voces alzaron su volumen en un chillido doloroso, una tortura auditiva que se extendió por lo que pareció un minuto completo, obligando a todo el mundo a cubrirse los oídos antes que ese alboroto que contagiaba miedo al fin se convirtiera en nuevas palabras.

—¡Clevermont College jamás olvida! —anunciaron toda las voces a la vez, a medio paso del lamento y medio paso de una consigna de guerra.

Entonces se hizo el silencio y las tormentas acabaron, al menos en apariencia. Porque cuando Vasile volvió el rostro hacia los alumnos que se encontraban cerca de él, vio en sus ojos que la tormenta no había hecho más que iniciar.
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