[C] Despacho del director ~ 17 de marzo de 2053

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[C] Despacho del director ~ 17 de marzo de 2053

Mensaje por Raziel P. Slaughter el Jue Nov 19, 2015 2:49 am

EL DIRECTOR
17 de marzo, 2053. Raziel Slaughter.

La atmósfera en Clevermont College había cambiado irremediablemente, el profesor Slaughter podía percibirlo sin siquiera realizar algún esfuerzo en ello. Los pasillos completamente deshabitados a plena tarde no eran más que un poderoso recordatorio de aquello; la evidencia clara de que el daño causado había llegado a un punto de no retorno y a la necesidad imperiosa de sentarse a considerar cambios importantes antes de que todo se saliera de control. Desde luego, ese sería el motivo por el que ahora, mientras estudiantes y demás habitantes del edificio eran obligados a permanecer en sus habitaciones hasta nuevo aviso, Raziel recorría en soledad una rápida trayectoria hacia el despacho de su amo para atender a su llamado.

Se detuvo ante la puerta el tiempo justo para contemplar, una vez más, las inscripciones todavía legibles sobre la superficie de madera. Y no por primera vez se preguntó quién o quiénes, de todos los alumnos del college, habría aceptado correr el riesgo de semejante desafío y si estarían preparados para asumir las consecuencias una vez que sus identidades fuesen descubiertas. Porque serían descubiertos, sin duda. Tal vez no ese día, pero pronto. El director se haría cargo de eso, y Raziel seguiría ofreciendo todos sus esfuerzos hasta dar con una respuesta clara a sus interrogantes. Giró el pomo y accedió, firme y elegante.

—Mi señor Worthington —llamó el hombre, con voz suave, cerrando la puerta a sus espaldas y deteniéndose junto a la misma—, aquí me tiene.
—Toma asiento, Raziel, toma asiento —Worthington lo miraba fijamente desde su sitio de honor tras el escritorio, centrando en él la mirada de unos ojos de hielo.

Y Raziel, siempre diligente, siempre servicial, obedeció a su señor y tomó asiento. Sin ceremonias. Sin palabras. Aguardaba sin exigir explicaciones, pues era lo que se esperaba de él. De la misma forma que se esperaba de su interlocutor representar la imagen de seria grandeza con la que ahora recibía a su vasallo.

—Ha pasado poco más de un año —inició el mago tenebroso con voz pausada, notándose al final de cada palabra su intento por contener esa ira asesina que tiempo atrás, cuando Slaughter permanecía en su diminuta celda en Azkaban, comandaba cada una de sus decisiones—, pero todavía recuerdo con claridad otra ocasión en la que te hice venir a mi despacho. ¿La recuerdas tú?
—He gozado muchas veces del privilegio que hoy me ha vuelto a conceder, mi señor.
—Hablo de un episodio en particular. En ese entonces, los estudiantes de esta devastada academia de magia me temían a consecuencia de mis actos. Jamás se les habría pasado por la cabeza demostrar su apoyo a un evento como el de hoy, que desafía mi autoridad de manera directa. Ese día, me planteaste una advertencia.
—Lo dudo, mi señor. Le aseguro que jamás protagonizaría una acción tan insultante como la de ofrecer una advertencia a mi amo —el profesor de Estudios Muggles se removió incómodo en su asiento; era su forma de demostrar el escándalo que le producía semejante acusación.
—Vaticinaste un futuro probable, entonces —Theodore se encogió de hombros, como si en realidad no notase la diferencia entre las dos circunstancias planteadas—. Intentaste hacerme entender que la opresión completa acabaría convirtiéndose en mi perdición. Y aunque no lo acepté de inmediato, consideré la solución que me proponías. Cedí a algunas libertades, solté la cadena que asfixiaba a los alumnos para evitar despertar en ellos la necesidad de acudir a la rebeldía.
—Y su esfuerzos dieron resultado —Raziel apenas se movía ahora. Siquiera parecía respirar. Antes de abandonar la comodidad de su propio despacho, antes incluso de lo acontecido aquella tarde por obra de la Patrulla Escolar, sabía que debería enfrentarse a este momento de confrontación. Pero estaba preparado para manejarlo y defender su vida a cualquier precio. Slaughter siempre estaba preparado para toda circunstancia.
—Dieron resultado hasta que la Patrulla apareció. Dieron resultado hasta el día de hoy —Theodore no fue capaz de permanecer un minuto más en su asiento, y se levantó para recorrer el cuarto sin perder de vista a su visitante. Sin necesidad de mirarlo directamente, Slaugther sabía que el mago tenebroso lo examinaba del mismo modo que una bestia contempla a su siguiente presa. No era la primera vez que debía someterse a ese peligroso escrutinio—. Seguí el consejo del más fiel de mis seguidores, en cuyos criterios mayormente confío. Aún así, todo se ha venido abajo. Entenderás que me resulta difícil dejar de preguntarme si no era esto lo que en realidad pretendías desde un comienzo: hacerme parecer débil para que un ultraje como el de hoy, como todos los que ha protagonizado la Patrulla, pudieran tener lugar. Desacreditarme para que pierda el control de mis rehenes.
—No sería usted un hombre prudente si no desconfiase de mí ahora. Pero, aún cuando quizás no llegue a creerlo, puedo asegurarle que mi propósito jamás ha sido otro distinto al de contribuir a aligerar la carga de sus responsabilidades.
—Sin embargo, esta responsabilidad en específico se ha vuelto insostenible. Quiero suponer que tienes una explicación para ello. Si no la tienes, hemos acabado.

Resultaba evidente lo que el mago pretendía dar a entender con aquellas dos últimas palabras, y el cuerpo de Slaughter percibió la amenaza de forma instantánea, ardiendo las heridas de su rostro con el recuerdo de insoportables y pretéritos dolores de tortura. Era ese el momento decisivo para librarse del mal que lo asediaba, No obstante, pensó de pronto, ¿lograría algo diferente respondiendo sinceramente semejante interrogante? Hablar con la verdad sería tan peligroso como asumir una culpa que no le correspondía, de modo que la única variable que para entonces realmente importaba era la de su intachable honor. Al hablar, cumpliría con su compromiso de virtuosa y retorcida honestidad, y obedecería la orden del hombre al que había prometido seguir. Así que habló, no sin antes preparar a su interlocutor:

—Es probable que interprete mi explicación como un insulto, mi señor. Pero a partir de este momento prefiero aclarar que no lo es en absoluto.
—No será la primera vez que te comportes de modo irrespetuoso, desde luego. Y tampoco será la primera vez que decida castigarte por ello si es necesario —Worthington observó las cicatrices en el rostro del docente, según parecía, rememorando el mismo episodio en Richmond Park que había saltado a la memoria de Raziel—. Después de todo, he aprendido que la tortura saca lo mejor de ti. Te convierte en un siervo obediente y confiable.

Sutil como solo él sabía serlo, Raziel dejó pasar el comentario y la terrible sensación de amenaza que traía consigo:

—Siguió mis consejos al comienzo, eso no lo pongo en duda. También reconozco que otorgó pequeñas libertades... sin embargo hubieron cuestiones más importantes que permanecieron inalterables. Aspectos fundamentales, mi señor Worthington. Y usted siguió adelante. Y conforme el tiempo pasó, usted acabó por olvidar mi consejo. Los alumnos tenían a sus delegados y sus equipos y agrupaciones, sí, incluso sus puestos de ayudantes de asignatura. Pero los toques de queda persistieron, las prohibiciones a salir de los terrenos del edificio, las temporadas deportivas... y las muertes. La tiranía persistió intacta. Yo no soy más que un siervo, ya había ofrecido mi consejo. Haber insistido sobre el mismo tema habría significado cuestionar sus decisiones.
Las pisadas sobre el suelo se detuvieron de golpe, anunciando que algo en las afirmaciones realizadas acababa de convertirse en motivo de inquietud para un hombre que estaba haciendo historia, un sujeto incomparable que no sabía de temores fútiles.
—Cuidado con tus palabras, Raziel —advirtió entonces el director del college, a espaldas de su siervo—. Cualquiera podría pensar que aspiras a abolir todo tipo posible de disciplina en mi academia.

Slaughter comprendió la idoneidad de aquel consejo arrojado por su amo. Debería medir sus siguientes palabras con calculado cuidado si pretendía salir de aquella habitación libre de la promesa de un nuevo castigo, o de una muerte inminente. Aunque respetaba las represalias de su líder en lugar de temerlas, continuaban resultando un inconveniente que era preferible evitar siempre que existiese la posibilidad. Además, si bien comprendía que la interpretación elaborada por el director era la más evidente, no expresaba en la más mínima medida sus verdaderas intenciones. Debía explayar sus ideas para que cobrasen sentido, para espantar las especulaciones.

—El conocimiento es, como usted bien sabe, una fuerza poderosa. Ahí donde el saber exista, el poder irá de la mano. Y quien posea ambas cosas contará con el privilegio de someter a todos aquellos que se han visto privados de tan precioso don —aún sin una sola señal de movimiento más allá de aquella que realizaban sus labios, el docente percibió que Worthington retomaba su suave paseo, esta vez de vuelta a su asiento. Se atrevió a considerarlo una buena señal: había logrado captar su atención—. Entiendo que no sienta interés de ofrecer a todos estos muchachos el más mínimo gesto de misericordia, director. Después de todos, muchos de ellos son hijos de traidores. Pero precisamos de su obediencia, porque aún existe la posibilidad de que podamos hacer uso de ellos cuando su enseñanza acabe. Atáquelos y los convertirá en insurgentes graduados, hágales creer en cambio que aquí pueden ser libres y los convertirá en ignorantes que suponen poseer el poder. Sea más astuto y otórgueles el engaño de esa victoria que anhelan. Obtendrá armas de primera categoría para reforzar esta lucha por transformar el Mundo Mágico, que todos estamos emprendiendo.

La expresión de Theodore Worthington no cambió cuando Raziel terminó. Pero el silencio reflexivo que sucedió a sus palabras fue todo lo que necesitó para saber que sus ideas estaban siendo consideradas, y se sintió tranquilo, pues estaba a salvo.

—Todavía me desagrada esta idea, pero al menos ahora tiene algo más de sentido —tras una nueva mirada cargada de suspense, gélida y extraña, el director mudó su interés del profesor hacia los papeles que reposaban sobre el escritorio que los separaba a ambos—. No importa, de todas formas. Porque a partir de ahora será tu problema, Raziel.
—¿Mi señor? —el rostro del mago pareció cobrar vida tras años de absoluta inexpresión: un sutil gesto de incertidumbre ensombreció su rostro demacrado.
—Mi tiempo es demasiado valioso como para desperdiciarlo en solucionar este tipo de insurrecciones inmaduras. Tengo un mundo por conquistar, y finalmente he llegado a la conclusión de que Clevermont College y sus inconvenientes no hacen más mi trabajo. Alguna vez deseé ocupar este puesto, sin embargo hoy me parece demasiado pequeño. Hay responsabilidades que precisan de mi atención más que la dirección de un grupo de mocosos —tomó un pergamino desplegado sobre el resto de documentos, y lo arrastró sobre la superficie de la mesa hacia Slaughter—. A partir de este día servirás como director del college. Como subrogante.

Así que, pensó Slaughter, ese era el verdadero meollo del asunto: director subrogante. Sintió el ligero deje de amargura que le producía el hecho de no haber anticipado aquel desenlace. No cometería el error de suponer que aquel acto de confianza pudiera portar consigo cierta naturaleza honorífica. Era una prueba, una responsabilidad dura y terrible de la que su amo decidía librarse para traspasarla a alguien capaz, pero que debería ofrecer méritos eternos por las faltas cometidas en el pasado. Sabía que Theodore no hacía esto por simple antojo; el mundo necesitaba más que nunca de la mano firme de ese incomparable mago de poderes inimaginables, y tal como él mismo hubiera declarado, Clevermont College se convertía ahora en una simple piedra en su zapato. Sería la empresa más complicada encabezada por Raziel hasta ahora, pero el instinto le avisaba que podría con ella.

Asintió, solemne e impávido.

—Sé que lo tienes claro, pero es mi deber recordarte que te he asignado a este cargo para que puedas cumplir las mismas metas que yo me he propuesto. Puedo soportar que el método cambie, si el fin no sufre la más mínima alteración. Este no es tu imperio, Raziel, es de todos, y lo construiremos juntos. Dominique ha aceptado darte una mano, si es que en algún momento te hace falta. A él solicitaré informes respecto a tu progreso.
—Con todo respeto, mi señor, Dominique Weasley es un buen soldado. Pero es un sujeto impulsivo que no sabe de estrategia. Cuestionará cada uno de mis métodos incluso antes de que los lleve a cabo...
—Conozco la naturaleza de quienes me sirven —interrumpió Theodore, la voz conteniendo un nuevo atisbo de irritación—. Sabré interpretar cuánto de sus palabras resulta astuto y cuánto exagerado. No vuelvas a dudar de mi buen juicio.
Una palabra más, y la seguridad recién adquirida correría otra vez peligro. Se limitó a asentir, tomar la pluma que el director le tendía, y firmar el espacio del pergamino que habría de conferirle el título antes especificado.

—Muy bien —dijo Worthington, enrollando el documento con una leve sacudida de su varita—. Haremos el anuncio el día de mañana, mediante un boletín oficial. No tengo ningún interés en volver a ver el rostro de uno solo de esos potenciales criminales. Tendrás dos tareas fundamentales, y preferiría que las resolvieras en el menor tiempo posible: reestablecer el orden y desenmascarar a la patrulla. Yo personalmente me haré cargo de el castigo, una vez que los encuentres.

Dicho así, todo lo que se le venía por delante parecía tremendamente sencillo. Pero Raziel no se engañaba, después de todo, contaba con el mismo talento de su amo para valerse de las palabras y construir una realidad en la que los demás pudieran sentirse a gusto. Sabía como funcionaba... y sabía también que un bien tan preciado resultaría imprescindible durante los próximos meses. Y a pesar de la oscuridad que parecía extenderse hacia los confines de su futuro, no dudó al exponer sus últimas palabras, el porte firme, la expresión tan segura e imparcial como de costumbre:

—Deme dos meses. No necesito más.
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Raziel P. Slaughter
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