[D] Guarida de la patrulla ~ 19 de marzo de 2053

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[D] Guarida de la patrulla ~ 19 de marzo de 2053

Mensaje por Díctamo Betancourt el Jue Nov 19, 2015 2:55 am

LEGADO
19 de marzo, 2053. Díctamo Betancourt.

Le reunión había llegado a su término. No obstante, Díctamo podía sentir en el aire la excitación jubilosa de sus compañeras a medida avanzaban hacia la salida que conectaba la guarida secreta con el pasillo del primer piso. Nadie lo recorría a tan altas horas de la noche, pero valía la pena tomar precauciones y por ello el momento de la retirada respondía siempre a un protocolo cauteloso y bien estricto que demandaba un tiempo mínimo de dos minutos entre la salida de un miembro y el siguiente. Como el único hombre miembro de la patrulla, el chico de quinto año permitió al resto de sus compañeras adelantarse. A todas menos a Weasley, por supuesto. Díctamo no sabía si respondía a algún recelo o algo por el estilo, pero Arsène insistía siempre en marcharse una vez se aseguraba de que todos llegaban a salvo a sus destinos. Él llevaba un tiempo suponiendo que era justamente ese el tipo de cosas que un buen líder solía hacer, y aunque nunca nadie había pedido a la joven pelirroja que fuera a la cabeza del pequeño grupo insurgente que conformaban, era obvio que lo controlaba todo. Y por increíble que pareciera, cumplía espléndidamente con su papel.

El motivo que los había reunido aquella noche era la mayor prueba de ello. Muchos meses, muchos días habían pasado desde que la Patrulla Escolar hubiese protagonizado su primera afrenta al director Worthington, y por entonces no parecía muy probable que el destino de esa anónima sociedad fuera a obtener buenos frutos. No obstante hoy celebraban -todavía sin perder la sensación de perplejidad- que Theodore finalmente abandonaba el college. El anuncio había tenido lugar esa misma mañana, pero a pesar de la dicha, ninguno de los miembros de la patrulla se había dejado engañar durante mucho tiempo. Que Worthington se marchase no solucionaría en absoluto las cosas aún cuando significase que los esfuerzos y los riesgos que Díctamo y los demás corrían a diario desde el curso pasado estaban ejerciendo cierta influencia. El profesor Slaughter quedaría a cargo de la institución, y para nadie era un misterio que tras su bajo perfil se ocultaba una personalidad que era de temer. Se trataba de un sujeto racional, tal vez a un punto que resultaba alarmante. La pregunta que todos debieron hacerse entonces esa noche de reunión extraoficial era clara y complicada: ¿qué harían a continuación, luego del primer gran logro de las hazañas de la patrulla? De los cuatro miembros congregados, solo Arsène conservaba intacta la resolución respecto al camino que deberían emprender en adelante.

—Nada —había dicho con voz firme, para sorpresa de todos—. No haremos absolutamente nada. Al menos por un tiempo. Dejemos que ese zombie lameculos de Slaughter se acomode tranquilo en su nuevo puesto de mierda. Que se devane los sesos intentando adivinar la llegada de un nuevo ataque inminente. En cierto sentido, la Patrulla alcanzó la meta de derrotar a Worthington, y el silencio se hará cargo de reafirmar nuestro triunfo.
—Perfecto —Lilith Vanni había secundado la idea de inmediato—. Así haremos saber a los estudiantes que cuando la Patrulla se propone algo no descansa hasta conseguirlo. La siguiente vez que Slaughter quiera atarles la soga al cuello llorarán por la intervención de la patrulla antes de que esta haga su siguiente aparición.
—Y debemos considerar también que el empeño para descubrir quiénes somos, ahora será mucho más cuidadoso —agregó entonces Cassandra—, no solo porque se trata de Slaughter y sus métodos, sino porque hemos causado más daño del que alguna vez pudieron haber pensado que podríamos provocar.
—¡Muy bien, Gilbert! Empezaba a echar de menos esa cuota de precaución miedica presente en cada uno de nuestros encuentros —Weasley soltó una de sus carcajadas más estridentes y crueles—. Yo en tu lugar empezaría a preocuparme, pasar tanto tiempo con Betancourt te está llevando a copiar sus peores hábitos.
Para entonces la muchacha de sexto año había enrojecido de vergüenza. Y de indignación.
—Me limito a considerar nuestras alternativas para permitir que esto siga adelante, Weasley, ya que tú y tus inclinaciones temerarias no lo hacen jamás. Además, Díctamo no es ningún cobarde. No estaría aquí si lo fuera, en primer lugar.
Díctamo presintió la llegada inminente de una tormenta terrible. Decidió actuar antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Hay algún otro punto de debamos tratar? —preguntó con cautela—. No tiene sentido que nos quedemos aquí si nos dedicaremos a discutir.
Como siempre, a Weasley la intervención de Díctamo le hizo gracia. Pero surtió el efecto esperado por el muchacho: el momento de tensión culminaba ahí.
—Esto de que seáis novios y os defendáis cada dos por tres me pone de los nervios, de verdad —rió con sorna—. Bien, bien... marchaos todos. No quiero volver a veros el rostro a menos que sea estrictamente necesario.

Y eso habían hecho. Lilith y Cassandra abandonaron las primeras esa pequeña habitación y recorrían ahora el edificio en dirección a sus propias casas, protegidas por el siempre conveniente y bien aprendido encantamiento desiluminador. Esa había sido otra de las buenas ideas de Weasley respecto a las medidas de seguridad con las que la patrulla procedía; si tenían varitas, debían asegurarse de darles un buen uso al momento de pretender pasar desapercibidos. Dícamo se acercó a la puerta para corroborar que el área se mantenía despejada. Los dos minutos antes de su salida estaban a punto de cumplirse.

—Betancourt —la voz de Arsène le obligó a detenerse en el último instante—. Aguarda un momento. Tengo que hablar contigo.
Un terrible presentimiento se alojó en el estómago del muchacho, pero la práctica le ayudó a disimular sus aprensiones. La observó consternado. ¿De qué se trataría?
—No es seguro quedarnos aquí más tiempo del necesario. Lo que sea, podremos discutirlo en la Sala Principal de Smaragdium.
—Vamos a charlar aquí —el tono de la joven no aceptaba negativas—. No quiero, bajo ningún concepto, que alguien más vaya a oírnos por accidente.
—Está bien —dijo él, resignado. Mientras antes llegasen al punto que la chica deseaba comentar, más pronto lograría deshacerse de aquel malestar que comenzaba a consumir su frágil apariencia de estoicismo. Tomó asiento en una de las desvencijadas sillas de la habitación—. ¿De qué se trata exactamente?
Ella lo miró a los ojos, concentrada y seria. Díctamo no requirió de más indicios para entender que el asunto era más delicado de lo que sospechaba. Contuvo el aliento, a la espera.
—¿Te has detenido a pensar en qué fecha nos encontramos, enano?
—Marzo —respondió sin ofenderse ante la mención de un apodo que, claramente, no se ajustaba a su constitución física—. Diecinueve de marzo, desde que sobrepasamos la medianoche de ayer. ¿Qué hay con eso, Arsène?
—Lo que hay con eso es que se nos acaba el tiempo, Betancourt —de un momento al siguiente la concentración de transformó en alarma. A Díctamo le resultaba extraño—. Bueno, no. Sería más acertado decir que se me acaba el tiempo. A mí. En menos de cuatro meses el curso habrá acabado y yo, de un modo u otro, me habré graduado, lo que significa que estaré obligada a largarme lejos. A ojos del resto, mi comportamiento y calificaciones han mejorado lo suficiente como para que no se justifique que deba repetir el curso. Y de cualquier modo nadie que cuente con la opción de librarse de mí intentará hacerme repetir el séptimo año. Así que así están las cosas: en poco tiempo os dejaré solos, a vuestra suerte. No es que pretenda darme aires de importancia, pero es la verdad.
—Deberías alegrarte —dijo él. No acababa de comprender el fin de las reflexiones que parecían inquietar a su compañera de casa—. Por fin abandonarás el college y toda la pesadilla que significa estar en él.
—¿Y desentenderme de todo esto como hicieron los cabrones de Crawford y Ephram? ¡Antes muerta! Desde luego no voy a quedarme de brazos cruzados una vez salga de aquí, porque todo indica que me encuentro destinada a dejar atrás muchos asuntos pendientes cuando los plazos se cumplan, Betancourt, y si debo serte sincera... pensar en ello empieza a quitarme el sueño. Así que debo resolverlo ahora.
—Y supongo que esa es la razón por la que nos encontramos aquí.
La Smaragdium sonrió. Era el tipo de sonrisas amigables y cálidas que encajaban en muchos rostros, menos en el de la agresiva Arsène Weasley.
—Chico listo.

Seguía costándole algo de trabajo asimilar aquellos gestos de la muchacha, esos guiños de simpatía genuina que no correspondían para nada a sus brusquedades y antipatías habituales. ¿Era posible que estuviera desenterrando al fin a la Arsène escondida tras la locura y el dolor ocasionado por la muerte de toda una estirpe familiar? ¿O se debía tal vez a que las circunstancias comenzaban a afectarla de modo tal que despertaba cierta fragilidad desconocida incluso para ella misma? Del modo que fuera, le agradaba descubrir que la Smaragdium podía entregar más que insultos y burlas, que era capaz de expresar confianza cuando alguien era digno de ella. La vio tomar asiento frente a él, perdiéndose en la intensidad inquietante de aquellos ojos castaños. En cualquier momento la mirada cambiaría para aniquilarlo. Podía presentirlo.

—Primero —dijo ella inclinándose hacia él—, está la Patrulla.
Bastó que la chica pronunciara las palabras para que Díctamo consiguiera al fin tomar el peso a las preocupaciones manifestadas, y hacerlas suyas.
—Sin ti... estamos perdidos —sintió la resequedad de su garganta.
—No estaréis perdidos —la siguiente vez que Weasley sonrió, un matiz de malicia se filtró en su gesto—. Porque vas a estar a cargo.
—No —la resolución repentina de Díctamo lo sorprendió incluso a sí mismo—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no Cassandra? Después de ti, es la mayor de todos nosot...
—Esto no se trata de edades, se trata de habilidades...
—Ella es muy lista.
—... y de confianza. Gilbert podrá tener todas las virtudes que quieras verle, chiquillo enamorado, pero eso no va a cambiar el hecho de que ella no me agrada. Es demasiado ingenua, demasiado... bondadosa —se estremeció de repulsión—. En circunstancias como las que vivimos, todo eso se convierte en un defecto que no coincide con una habilidad de mando. Mucho menos con la estrategia. Tú, en cambio, eres tan desconfiado como un ser humano puede llegar a serlo. Sabes medir a las personas y las situaciones. Es lo que necesito para que la Patrulla siga en pie mucho tiempo más.
—Pero no tengo ni la mitad de tu creatividad —terció él. Comenzaba a sentirse nervioso—. Y mis capacidades para el mando...
—No quiero oír excusas de mierda, Betancourt. Eres un crío de quince años, compórtate como tal. ¡Claro que tienes habilidades de mando! ¿Por qué te escogerían como delegado si no? Sobre la creatividad, aún cuando fuera cierto lo que dices, ya tenemos ideas de sobra para una eternidad de tiempo, así que no es como si tuvieras que improvisar sobre la marcha. Todo se trata de tomar decisiones adecuadas en el momento adecuado, y asignar las tareas adecuadas a las personas adecuadas. Estoy segura de que podrás con eso.

Díctamo guardó silencio, sopesando sus alternativas. Tardó menos de un segundo en comprender que no las tenía. Weasley le decía todo aquello, no para persuadirlo, pues no era ese el estilo de la pelirroja; ella se limitaba a informarle la decisión que la había llevado a tomar el curso de sus reflexiones. Tenía la opción de negarse, sí, pero temía razonablemente a las consecuencias de aquella declaración. De modo que su estrategia sería diferente: canalizaría su reticencia.

—¿Qué pasará si tengo dudas? ¿Si no sé lo que hacer?
—¿No he dicho ya hace un momento que no tenía la intención de desentenderme?
—¿Y eso significa que...?
—¡Que no voy a desentenderme, cabrón idiota! Estoy segura de que os enseñé a todos vosotros a invocar un Patronus lo bastante decente como para que podamos comunicarnos cuando necesites alguna opinión externa. Además —otra vez aquella sonrisa siniestra. El joven Betancourt se encogió en su asiento—, tengo otras cartas bajo la manga. Luego te comentaré sobre ellas. Pero necesito que te hagas cargo, enano. De los que quedamos eres el único que puede hacerlo. Tu novia es demasiado blanda. Y Vanni... vale, es mi amiga, pero está majareta y lo sabes. Ellas confiarán en ti, cumplirán tus instrucciones, y conforme logres incorporar a nuevos integrantes, ellos lo harán también. Sabrás elegir, Betancourt. Sé que lo harás.
—Dijiste que la Patrulla era lo primero.
—Por eso me agradas, mocoso —Arsène soltó una carcajada—. No se te escapa nada.
—Soy todo oídos.

El muchacho percibió el momento justo en que la duda atravesó el rostro de su compañera, y supo que se aprontaba a exponer un secreto que prefería no tener que ventilar. Con su silencio y respetuosa paciencia, él agradecía el inesperado voto de confianza.
—Se trata de Ephram. Darcy Ephram —la chica dijo las palabras de golpe. Según parecía, había estado conteniendo la respiración—. Necesito que cuides de ella.
—¿Que la cuide? ¿Quieres decir...?
—No se trata de que la protejas. Ella, más que nadie en este sitio, está a salvo. No. Lo que necesito es que la ayudes a perder el miedo.
—Creo que no estoy entendiendo del todo...
—Escucha —Arsène se veía más aproblemada de lo que jamás la hubiera visto un ser humano—. Se trata de cierta promesa que le hice a su hermano. No voy a darte detalles... pero la idea es, básicamente, rehabilitarla. Seguro la has visto en tus clases: se porta como una chiflada que corre o llora cada vez que alguien la mira. Me saca de quicio, pero he intentado revertir esa tendencia enfermiza. Pese a todo, otra vez en este caso el tiempo me juega en contra. No he obtenido muchos avances... y sé que un par de meses más no marcarán la diferencia. Por eso necesito tu ayuda.

Intentó rememorar la imagen de su compañera Caeruleum, y le sorprendió descubrir lo sencillo que resultaba. Ahí, grabado a fuego en su retina, el rostro de la joven Darcy Ephram le devolvía una mirada que Díctamo conocía muy bien. Era una mirada que le hablaba de miedo, pesadillas y desesperación. Era la mirada que él mismo hubiese portado un año atrás, cuando había cedido al pánico que las amenazas de los nuevos tiempos le invitaban a experimentar. Él entendía mejor que nadie el comportamiento de Darcy, pues habían conocido los mismos demonios. Sintió dolor ante la soledad de la joven... y supo lo que debía hacer.
—Claro —dijo, sosteniendo la mirada de Weasley sin temor alguno—. Voy a ayudarte. Y ayudaré a Darcy, claro que sí. Merece algo mejor. Todos merecen algo mejor.
—Maravilloso —Arsène se levantó—. Haces las cosas más sencillas. Ahora no tendré que obligarte.
—Solo tengo una duda —la detuvo de pronto, observándola con recelo—. No me pedirás también que me haga cargo de la redacción del periódico, ¿verdad?
—¿Estás loco? No tienes talento para llevar un periódico —con la última sonrisa de la madrugada, la joven guió al muchacho hacia la salida—. Ese honor le corresponderá a Adams.

Bien, pensó Díctamo para sus adentros no sin algo de pesimismo, un problema menos con el que debería lidiar... y probablemente fracasar. Una vez más pretendió ejecutar el primer paso de retirada. No obstante...

—¿Sabes qué, Betancourt? Me lo he pensado mejor —la chica lo tomó por el hombro—. Antes que te vayas a la cama... bueno, creo que nos queda un asunto pendiente. Acompáñame.
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Díctamo Betancourt
Smaragdium de sexto

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