[E] Mazmorras ~ 19 de marzo de 2053

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[E] Mazmorras ~ 19 de marzo de 2053

Mensaje por Hipatia Collingwood el Jue Nov 19, 2015 3:00 am

INSTRUCCIONES
19 de marzo, 2053. Hipatia Collingwood.

Clevermont College dormía. Al menos, eso era lo que Hipatia suponía. Y si por algo se destacaba aquella joven que vivía como pez fuera del agua, era por no tomarse ninguna suposición o sospecha a la ligera.

Muy atrás había quedado la medianoche, pero la luna continuaba alta sobre el cielo nocturno, anunciando la pronta e inminente llegada de un nuevo día. Veía su luz perlada filtrándose por los amplios ventanales del aula de Cuidado de Criaturas Mágicas, el lugar en que se posaban las manecillas de su reloj de pulsera... y supo que era el momento por el que aguardaba. Pero como tantas veces desde su llegada al edificio de Clevermont College, sintió miedo. Si llegaban a descubrirla, hasta ahí llegaría todo. Sería su fin. Demasiadas cosas extrañas y terribles había visto como para suponer una suerte diferente. Lo único que en aquel momento la alentaba a seguir adelante era el convencimiento de que una tardanza excesiva no solo pondría en riesgo a Leszek, sino que también le daría una excusa para creer que su hermana estaba asustada. Y no tenía la menor intención de darle en el gusto.

Así que permitió que sus pasos la llevasen al recibidor. Al menos contaba con la suerte de que su despacho fuera el único ubicado en la planta baja, pensaba a medida se desplazaba con pisadas suaves hasta el sector derecho de las escaleras principales. Y esperó ante ella, de pie y en silencio, concentrada en la lisa superficie. Cualquiera de sus compañeros muggles que la hubiese visto entonces, con esa expresión de aguardar el acontecimiento de algo inevitable, desde luego habría puesto en duda su salud mental, muy a menudo ella misma llegaba a cuestionarse la integridad de la misma. Entonces se recordaba dónde estaba, y todo cobraba algo de sentido... o lo que fuera que eso significase en aquel mundo lunático al que su hermano pertenecía.

De pronto, una puerta se materializó donde antes solo había madera. Antes de permitir que la sorpresa surtiera efecto en ella, se apresuró a girar el pomo y acceder al recién aparecido portal.

Del otro lado se encontraba Leszek. Alto y demacrado como la última vez que lo viera, sostenía en su mano la varita que iluminaba el cansancio inamovible de su rostro pálido. Hipatia contuvo un suspiro de preocupación y reproche.
—Justo a tiempo —dijo en cambio, escueta adrede.
—También me da gusto verte —Leszek Collingwood le ofreció una sonrisa de alivio. Era la primera vez que se encontraban desde la contratación de Hipatia, y no podrían haberlo hecho en mejor momento. Muchas cosas dignas de mención habían ocurrido desde entonces—. Así que... imagino que querrás ir al grano.
—Primero salgamos de aquí.

Así lo hicieron, iniciando el recorrido escaleras abajo y pasillo adentro, pasando ante las puertas abiertas de enormes salones cuya existencia, según lo que su hermano había explicado antes de la partida de Hipatia a Clevermont, muy pocos alumnos conocían. La luz despedida por la varita mágica les indicaba el camino a seguir, recto hasta una habitación que todavía se anunciaba distante y oculta entre las sombras. Escuchó el suspiro nostálgico de Leszek a su lado.
—Esto es muy extraño, ¿sabes? Como volver al pasado, o a un sueño.
—De haber sabido que te podrías sentimental con apenas una breve visita a tu Alma Mater, hubiese preferido encontrarme con Leandra.
—Ah, ¿así que crees que Lea es menos sentimental que yo? —el joven sonrió con malicia—. Me agrada ver que por una vez en tu vida demuestres algo de ignorancia, hermana. Ahora tengo la certeza de que eres mortal.
Hipatia lo ignoró, irritada.
—¿Dónde están ella y los demás?
Leszek suspiró, según parecía, decepcionado.
—Siempre olvido lo rápido que te cansas de mí.

Guardaron silencio procurando no aminorar la marcha, y así se mantuvieron hasta que finalmente ingresaron al cuarto situado al final del largo pasillo. Era una habitación pequeña y oscura, apenas amueblada con un escritorio, una silla y un pequeño estante. Una gruesa capa de polvo cubría cada centímetro de la habitación, convirtiéndose en la innegable evidencia de su estado de abandono.
—Este era el despacho de Jaime O'Donnell —oyó decir a su hermano con una sonrisa triste en el rostro. Era el tipo de expresión nostálgica que ella misma adoptaba ante la visión de alguna obra artística que la deleitaba particularmente. La coincidencia de aquel gesto le produjo una desagradable sensación de incomodidad—. Era la mejor amiga de mi mejor amigo. Theodore los mató a ambos el mismo año en que yo estuve encerrado en los calabozos. No sabría decir quién de todos nosotros corrió mejor suerte desde entonces.
—Escucha, Leszek... —percibió la afectación en su propia voz a pesar de su intento por mostrarse firme e insensible.
—De acuerdo —dijo él sin permitirle acabar. Sonrió—. No diré una palabra más, lo prometo. A Thomas no le haría la menor gracia que llegase sin ti.

Aunque se sintió tentada a explicar que la intención de sus palabras había sido en realidad la de ofrecer algo de consuelo al muchacho, prefirió permitir que Leszek se convenciera de su propia interpretación. Hipatia podía sentirse tan preocupada por su hermano como la situación lo demandaba, pero eso no la convertiría en una persona más hábil en la tarea de brindar algo de fortaleza a su acongojado interlocutor. De cualquier modo, él parecía manejar la situación tan bien como podía, y el que ella se apartase de su papel de desinterés solo conseguiría hacerla perder el rumbo. No era el momento más adecuado para permitirse la más mínima cuota de desorientación. Así que lo siguió sin romper el silencio cuando Leszek avanzó hasta la pequeña chimenea situada al final del cuarto. Mientras este se dedicaba a rebuscar algo entre las cenizas ella avanzó hasta el escritorio, contemplando la alta pila de documentos que reposaba en la superficie del viejo mueble. Alargó la mano para tomar lo que parecían pequeños y antiguos boletines...
—¡ESPERA!
Hipatia pegó un salto de sorpresa. Se volvió a Leszek, molesta.
—¿Y ahora qué ocurre?
—Solo quisiera asegurarme... —avanzó hasta el escritorio, posando la varita por encima de los ejemplares sin llegar a tocar ninguno—. Finite incantatem.
No entendió que se trataba de un conjuro hasta distinguir el poderoso destello de luz que envolvió la pila de documentos. Para cuando realizó sus primeros pasos de retroceso, todo había vuelto a sumirse en una oscuridad inquietante.
—Desde luego no te hará gracia saberlo... —el chico rió de buena gana—, pero acabo de salvarte de sufrir alguno de los maleficios patentados por la gran señorita O'Donnell. Ahora podrás tocar lo que quieras sin correr peligro. No fue nada.

Para cuando Leszek retornó a su trabajo con la chimenea, ella se debatía contra el impulso de tomar el pergamino dispuesto al alcance de su mano. Sabía que el gesto bastaría para simbolizar una suerte de agradecimiento a la labor del mago, y aunque se rehusaba a concederle semejante triunfo... la curiosidad era poderosa. Aprovechó el instante en que él le dio la espalda para tomar un ejemplar y ocultarlo en su bolsillo. Justo a tiempo.
—El pasadizo está listo —se volvió el joven, entusiasta—. Pero antes de entrar... creo que te sentirías más a gusto con un par de precauciones, tomando en cuenta que nos dirigimos a una red de alcantarillado.

Minutos después caminaban varios metros más allá del pasadizo secreto, protegidos de la oscuridad absoluta de los alcantarillados solo gracias a la varita de Leszek. Las cabezas de ambos se protegían con una especie de casco que el muchacho había invocado para protegerlos de la peste que colmaba la red.

—¿Cuánto más tendremos que alejarnos?
Su hermano se volvió para contemplarla, divertido a un punto que para Hipatia resultaba irritante.
—Creo que con esta distancia bastará. Ven —él extendió un brazo largo y delgado al que la joven se aferró con fuerza. Tenía más que claro lo que sucedería a continuación—. ¿Estás lista?
—Solo hazlo de una vez —gruñó Hipatia—. Mientras antes empiece, antes acaba.
—Como diga su señoría.

Oyó la risa del mago como a la distancia, pues intentaba desconectarse de todo cuanto lo rodeaba para soportar con algo más de entereza la aparición inminente. Cerró los ojos en el mismo instante en que dejó de sentir el suelo bajo sus pies y el brazo de Leszek pasaba a convertirse en el único soporte real en medio de un vacío que intentaba ignorar infructuosamente. Todo pasó en apenas un segundo, pero la cabeza le daba vueltas y su estómago se encogió de terror. Preguntándose si llegaría el día en que la magia llegaría a disgustarle menos, abrió los ojos, muy lentamente...

Frente a sus ojos se alzaba la terrorífica mansión que sabía habitaba las pesadillas de su hermano. Se deshizo del fiero agarre al brazo de Collingwood, avanzando con dignidad hacia el recibidor de la deshabitada morada.

Thomas, Bianca y Leandra los esperaban en el sótano.

—Nos encantaría aclarar este misterio tanto como resulte posible —inició el viejo auror, el entrecejo fruncido sin señales de un pronto cambio—. La mañana del día de ayer The Haunted Apple sorprendió a todo el mundo mágico con su anuncio de portada: Theodore Worthington, nada menos que el mago más en boga de los últimos años, abandonaba su cargo como director de Clevermont College. Así sin más, sin explicaciones claras, todo envuelto en un entretejido de imprecisiones —negó con la cabeza, molesto—. Obviamente aquí hay algo que ocultan adrede.
—Desde luego que lo hay —Hipatia tomó asiento en una maltratada silla e hizo una pausa, a la espera de que todos estuvieran lo bastante cerca como para prestar oído a su informe. Les habló de la Patrulla Escolar y la mala fama que esta se había ganado desde el curso anterior. Relató tan bien como pudo los detalles que había logrado recopilar respecto a sus primeras hazañas, dejando para el final la catástrofe de la intervención acontecida hacía dos días—. El boletín oficial daba a entender que Worthington se desentendería por completo de la administración del college. Y si es así, es claro que mi utilidad dentro del edificio ha terminado.
—Yo no estaría tan seguro de ello —Leszek se cruzó de brazos con la mirada perdida en el vacío que se abría frente a él—. El hecho de que Raziel quede a la cabeza del college, en mi opinión, deja en evidencia que Worthington aún mantiene el control y que sus planes siguen en pie. Pero tiene también otras cosas en mente como para perder el tiempo con castigos y torturas diarias.
—Y en adelante, seguir los pasos de Slaughter no será lo único importante —acotó Bianca. Se mantenía de pie, caminando de un lugar a otro, tratando de unir todas las piezas para ordenar correctamente el panorama que se les presentaba—. Esta llamada Patrulla Escolar... creo que es importante saber todo cuanto sea posible de ella. ¿Quiénes son y qué planean? ¿Se reduce todo a un intento de revuelta juvenil o sus objetivos son todavía más ambiciosos? Del modo que sea, son jóvenes magos que corren peligro y es nuestra responsabilidad brindarles protección.
—Dudo que la necesiten —Hipatia hablaba con desenfado—. Worthington y sus seguidores intentan descubrir sus identidades desde el curso anterior... y siquiera ahora parecen más cerca de llegar a la solución de este problema.
—Tanto mejor —al fin Thomas se mostraba algo más entusiasta—. Eso te deja en igualdad de condiciones con el enemigo. Todavía tienes el chance de tomar un par de ventajas y descubrir antes que ellos quiénes son estos temerarios revoltosos.
—¿Y cómo se supone que haga eso? —la joven muggle sintió un deje de frustración tironear de su ánimo. Llevaba poco más de dos semanas arriesgando su vida con tal de llevarles toda la información que hoy poseían. Y ahora deseaban más—. Ni siquiera con sus grotescas habilidades mágicas ellos han logrado dar con los miembros de la patrulla. Honestamente, no veo qué ventaja pueda proporcionarme eso.

Por primera vez desde su llegada, Hipatia oyó a Leandra Weedmore soltar una débil risita, ya aproximándose para ofrecer un par de palmaditas sobre su hombro.

—En determinadas circunstancias, Hipatia, la magia no alcanza a contar como el mejor de los recursos —tomó asiento junto a ella—. Desde luego tendrás por ahí escondido algo del carisma de tu hermano, profesora Shaleen Stewart. Y nada puede consolar más a un alumno lleno de tribulaciones que una profesora que fraterniza con sus inquietudes. Gánate la confianza de esos muchachos y ni siquiera tendrás que esforzarte por resolver nada. Ellos te llevarán las respuestas antes de que hagas las preguntas.
—No estoy de acuerdo —Leszek se levantó de su asiento—. Clevermont no solo aloja a estudiantes que odian o temen a Theodore, también los hay fieles a sus principios. Si entre el alumnado llega a saberse que Hipatia no comparte la filosofía a la que se somete la institución, irán a por ella hasta descubrir que toda su identidad es una farsa.

Los demás continuaban la discusión, sin embargo Hipatia no podía hacer otra cosa además de detenerse a pensar en los pro y los contra de aquella estrategia. Era una magnífica idea, pero se debilitaba con inconvenientes como los citados por Leszek. Y más importante aún, la mayor de los Collingwood jamás había poseído muchas competencias para el desarrollo de habilidades blandas. ¿Cómo demostrar empatía cuando jamás había hecho uso de ella? ¿Cómo mostrar valores como la humildad, la confianza y otros que pudieran ayudarla en su cometido? Dos semanas habían bastado para que el alumnado completo se hiciera una imagen de su nueva profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas, y los adjetivos que caracterizaban a Shaleen Stewart nada tenían que ver con la imagen cercana que ahora hacía falta elaborar.

Thomas Häfelin zanjó la discusión con un enérgico movimiento de cabeza.

—Me da igual el cómo, siempre que el objetivo final pueda cumplirse —su mirada dura y repleta de desconfianzas se paseó por cada uno de los integrantes de aquel reducido grupo, como leyendo sus pensamientos. Y se detuvo en Hipatia—. En el mundo muggle eras una especie de medimaga, ¿no? Leszek me explicaba que se trata de una profesión muy complicada, con alto nivel de conocimientos y una buena cuota de capacidad de análisis. Haz uso de esas habilidades. Observa, analiza y llega a las conclusiones a las que debas llegar. Y que sea en el menor tiempo posible. De ahora en adelante, la seguridad de esos muchachos está en tus manos. Si algo llega a ocurrirles, será tu responsabilidad.

La chica estuvo a punto e protestar, indignada por el peso de aquella terrible carga. Pero las palabras se atoraron el su garganta cuando el mago alzó una mano para detenerla.

—No estoy exigiéndote más de lo que puedes cumplir, jovencita. La seguridad de todas las familias de magos perseguidas aquí afuera cae sobre mis espaldas, las de tu hermano, las de Bianca y las de Lea. A ti solo te estoy encargando el bienestar de un puñado de muchachos. Creo que no es pedir demasiado. Y si lo es —la inflexión de su voz era firme. Su mirada severa como la de nadie que Hipatia hubiera conocido antes—, agradecería que lo dijeras ahora. Te advertimos desde un inicio sobre los riesgos y los sacrificios que implicaba el unirse a nosotros. Si has descubierto que a pesar de nuestros avisos ahora te sientes arrepentida... aún estás a tiempo de volver a casa. Valoro y agradezco la ayuda que nos has proporcionado hasta ahora. Pero esta no es tu guerra, muchacha. No estás obligada a ser parte de ella.

La joven procuró no mirar una sola vez a su hermano. Sabía lo que vería en sus ojos: ese anhelo desesperado de verla volver a casa con sus padres, a salvo. No soportaba la idea de tener que contemplar otra vez el dolor de la decepción cuando este oyese sus siguientes palabras. Se levantó, enfrentando a Thomas con la dignidad y la grandeza que solo una mujer como ella podía vestir en la talla justa:
—Esta guerra es tan mía como de ustedes. No son magos los que corren peligro; son seres humanos. Haré lo que haga falta.

El camino de retorno por las tuberías resultó mucho menos austero que el de ida. Era evidente que Leszek no se resignaba a la idea de que su hermana continuase corriendo los riesgos, y la idea de volver a abandonarla lo devastaba. Todo eso y más Hipatia podía leerlo en los ojos del muchacho, aún con el débil resplandor de la varita mágica. Él había insistido en acompañarla hasta el pasadizo dispuesto en el vestíbulo, con la excusa de que resultaba necesario corroborar que permanecería cerrado cuando ella se retirase nuevamente a su despacho. Ambos sabían que el otro sabía que no era cierto.
—Entonces... ¿lo estás llevando bien? —dijo él de pronto.
—Si te refieres a todo esto, claro que sí. El ser humano es un ser de costumbres, después de todo. Llegado a un momento, cada cosa nueva pasa a convertirse en algo cotidiano.
Leszek suspiró.
—Claro que sí —repuso sin ánimo—. Pero dudo que dos semanas sean suficientes para que las cosas se conviertan en algo cotidiano. Quiero decir... ¡es magia! Magia de verdad en todas partes y a toda hora. No sería extraño que te sintieras incómoda, Hipatia. Yo lo sentí la primera vez que puse un pie en Clevermont.
—No hace falta que te preocupes tanto. Puedo controlarlo perfectamente y va siendo hora de que te enteres de ello. Me cansa tu insistencia por pillarme en un momento de debilidad, pero eso no significa que sea más propensa a bajar la guardia. Debieras saber ya que no soy el tipo de persona al que puede tomarse desprevenida.
—¡No se trata de sacarte nada en cara! Por Merlín, Hipatia, solo quiero ayudarte, darte una mano con todo este proceso de transición que estás decidiendo vivir. Ahí adentro no hay nadie con quien puedas compartir lo que de verdad está ocurriendo, nadie que pueda entender tus frustraciones y tus miedos, si es que los tienes —lentamente comenzaba a debilitarse la convicción del joven. Sus palabras se oían cada vez más débiles. Ahí, en medio de ese mar de dudas, ella volvía a distinguir la angustia dolorosa oculta en los ojos de su único hermano—. Simplemente pensé que...
—No deberías pensar tan seguido.

Lo dejó atrás, apurando el paso hasta que los llamados de Leszek se perdieron a la distancia. Detestaba esas muestras de afecto pésimamente maquilladas y la amenaza que significaban para su intento por mantenerse fuerte e imperturbable. Odiaba esa debilidad que venía con los bienintencionados gestos de camaradería fraternal, pues jamás se sentiría merecedora de nada de aquello: no había experimentado siquiera una cuarta parte de los terribles acontecimientos con los que su hermano debió asumir durante sus años en el college. Y no permitiría un solo intento de consuelo de mano de un ser humano prácticamente destruido. Apenas unos pasos la separaban del lugar de acceso al pasadizo que conectaba el alcantarillado con el despacho de la tal Jamie O'Donnell. Albergando la vana esperanza de que su perseguidor desistiera, ella atravesó a la carrera, todo con tal de alejarse de Leszek y sus buenas intenciones.

Fue la primera vez en que llegó a sentirse verdaderamente arrepentida por el resultado de sus cometidos.

Junto al escritorio colmado de documentos, dos figuras apenas iluminadas por el débil resplandor de un par de varitas mágicas la contemplaban con interés y desconcierto. Adivinó por sus uniformes que se trataba de alumnos. Uno de ellos se adelantó, según parecía, para intentar reconocerla.

—¡Mira nada más lo que tenemos aquí, Betancourt! —la voz era la de una muchacha que apuntaba al rostro de la joven muggle con la varita mágica, preparada para atacar. La cabellera pelirroja intensificaba el aspecto despiadado y peligroso de su sonrisa—. ¿No te había dicho que algo raro pasaba aquí?
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Hipatia Collingwood
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