[F] Despacho de Jamie O'Donnell ~ 19 de marzo de 2053

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[F] Despacho de Jamie O'Donnell ~ 19 de marzo de 2053

Mensaje por Arsène Weasley el Jue Nov 19, 2015 3:03 am

CONFESIONES
19 de marzo, 2053. Arsène Weasley.

El silencio de la profesora Stewart era absoluto, y la acelerada metamorfosis de sus expresiones faciales hacía que Arsène Weasley sintiese un nivel de diversión que debía de ser criminal. Pero el morbo de su interés no le impidió seguir con retorcida fascinación cada pequeño atisbo de cambio en los rasgos pálidos de la mujer que les devolvía la mirada: cada línea de expresión fluctuaba del desconcierto inevitable a la claridad de su desafortunada situación, luego al pánico, y más tarde, al paulatino retorno de la entereza y seriedad que -ahora la pelirroja lo sabía- no era más que una máscara muy bien elaborada por la última adquisición del cuerpo docente de Clevermont College.
—¿Qué creen que hacen aquí y a estas horas, jóvenes? —dijo por fin Shaleen cuando pareció recuperar el dominio de sí misma, recurriendo a ese tono de irritación tan conocido, como si su aparición repentina hubiese sido la cosa más normal.

Arsène no pudo menos que soltar una carcajada de escepticismo ante semejante nivel de descaro.

—En mi opinión —respondió ella sin demora— la pregunta correcta es... ¿qué es lo que haces tú aquí y a estas horas, Shaleen?
—Arsène... —la mano de Díctamo Betancourt se cerró con cautela en torno al brazo de Weasley a medida susurraba su nombre, y la chica no tardó en interpretar el mensaje oculto bajo la sutileza del gesto. «Cuidado» -le avisaban esos dedos firmes y aprensivos- «No contamos con la ventaja como para ofrecer una estrategia defensiva».

Pero la Smaragdium, desde luego, no compartía el cauteloso punto de vista de su compañero. Cierto era que una postura transgresora resultaba contraproducente con especímenes como Stewart, que a cada oportunidad presentada intentaba dejar en evidencia que sus ideales iban estrechamente ligados a la política disciplinaria que por entonces predominaba en la academia mágica. Con sujetos como ella, como Slaughter, como Dominique y como el resto de idiotas sin cerebro, siempre valía la pena demostrar sumisión y arrepentimiento. Ya, Weasley sabía todo eso, pero Díctamo parecía pasar por alto un importante detalle que igualaba las condiciones para ellos y la mujer que avanzaba con paso resuelto hacia ambos estudiantes. Se quitó de encima la mano del muchacho con la esperanza de que también él captase el mensaje, y fue al encuentro de esa mujer que no les quitaba la mirada de encima. Ahora las opciones de Betancourt se reducían a confiar en los cuestionables instintos de una pelirroja que todo el mundo consideraba mentalmente afectada.
—No veo nada de extraño en que dos estudiantes decidan merodear por los pasillos de su propia institución... —comenzó otra vez la pelirroja.
—Será porque no se ha dignado a echar una ojeada a su reloj, señorita Weasley —el tono de voz de la profesora era severo. No lo suficiente, sin embargo, como para amedrentar a una bestia indómita como Arsène Weasley.
—Pero llama mucho más la atención esto —ella continuó sin prestar atención a la observación de la mujer que ya se situaba a dos pasos de distancia. Weasley aún sostenía en alto la varita—: una squib que accede a un pasadizo secreto mágico. ¡Nada menos! Seguro se trata de una paradoja sin precedentes, y pienso que vale la pena dar un par de vueltas en torno a este misterio. ¿De dónde se suponía que venías, profesora Stewart? ¿Trabajos para nuestro antiguo director? ¿Asuntos personales?
—Debería medir un poco más las palabras que dirige a sus autoridades —gélida como un témpano y dura como acero, la squib le plantó cara con todo el poder que podía llegar a otorgarle su pobre cargo de profesora, pero Arsène captaba el nerviosismo camuflado de firme estoicismo. No necesitó más para saber que estaba avanzando en la dirección correcta. Otro par de pasos más -se dijo Weasley- y la jugada estaría en sus manos—. Al director Slaughter no le agradará en absoluto oír este relato. No puedo decir nada mejor de usted, señor Betancourt. Tomando en cuenta su brillante desempeño durante mis clases y su intachable comportamiento en toda circunstancia... me decepciona ver que goza de tal nivel de falta de criterio, al punto de dejarse arrastrar por las malas influencias de esta alumna de su propia casa, en lugar de encaminarla como demanda su responsabilidad como delegado.
—Lo lamentamos mucho, profesora Stewart —dijo Díctamo con expresión de sumo abatimiento. También su timbre, la joven de cabello de fuego captó cierto deje de desesperación idéntico al de la profesora. Eso no le agradaba en absoluto—. Nosotros solo intentábamos...
Arsène no permitió la mención de una sola palabra más, pues no estaba dispuesta a bajar la cabeza esta vez. Atacó al muchacho con una mirada severa, y este guardó silencio al instante para volver a otorgarle la palabra.
—Es cierto. Puede que a Slaughter no le siente bien esta historia —Arsène esbozó una sonrisa perversa antes de continuar—. Pero me apuesto lo que sea a que le parecerá todavía más interesante enterarse que su profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas llegó hasta aquí a pesar de su supuesta incapacidad para realizar magia —su varita mágica todavía apuntaba a la mujer, y en aquel momento sacó provecho de la escasa distancia que las separaba para posarla justo sobre el pecho de la squib. De un instante al siguiente la sonrisa se le desvaneció del rostro; en la sutileza del gesto quedaba claro que el momento de los juegos quedaba definitivamente atrás. Esperaba que su oponente fuera lo bastante perceptiva como para captar el nivel de amenaza de semejante acción—. Sabía que había algo raro contigo, lo intuí desde un principio. Esta aparición repentina a mediados de año, con esa historia extraña sobre squibs de los que nadie había oído hablar hacía años… apestaba a gato encerrado. Vamos, Stewart, ¿qué esperas para sacar tu varita y defenderte? Vale, vale —enarcó las cejas—, si lo prefieres podemos saltarnos todo ese teatro para que puedas empezar a hablar ya —sin el más mínimo rastro de piedad, enterró un poco más el instrumento de madera sobre el pecho de la mujer. La sintió tragarse el gemido de dolor que había estado apunto de soltar—. ¿Cuál es el verdadero motivo que te trajo hasta aquí? ¿Qué cosa eres en verdad? No tiene sentido que continúes rodando tu farsa. Te pillamos con las manos en la masa.
—Escúcheme bien, señorita Weasley...

Las palabras entrecortadas de Stewart se perdieron en el silencio cuando un sonido a espaldas de la profesora llamó la atención de Arséne, tanto como la reacción de su víctima frente al mismo ruidito extraño: algo en su rostro le decía que estaban a punto de presenciar otro acontecimiento no contemplado en los planes de la falsa squib. La smaragdium volvió su mirada hacia la chimenea situada más allá, frente a ella y a espaldas de la profesora...

… y una segunda persona emergió del pasadizo por el que hacía solo unos minutos acababa de aparecer la profesora Shaleen.

Aún a la distancia y en medio de la penumbra Weasley logró distinguir el perfil de un joven alto y bien parecido, de aspecto agotado y vestimenta elegante que no tardaría en realizar un rápido examen de la comprometida situación de la docente y captar que algo iba mal. «Ah, de modo que no venías sola, Stewart».
—Vete —ordenó con voz temblorosa Stewart al hombre que tenía a sus espaldas, los ojos todavía pendientes en los de Arsène en todo momento—. Puedo manejar esto yo sola.
Pero el aludido se anunció tan sumiso y obediente como los dos estudiantes presentes en el despacho, pues ya se aproximaba hacia el centro de la escena sin rastro de dudas, armado con su propia varita mágica y listo para el primer ataque. Un débil destello a espaldas de Arsène le avisó a la chica que Díctamo acababa de hacer lo propio para mantener la ventaja armamentística de dos varitas contra una.
—Tendrás que perdonarme —dijo el desconocido con voz segura y conciliadora—, pero no soy de la misma opinión —Sin alguna otra palabra intermediaria, se aproximó lo suficiente como para lograr instalarse entre la reducida distancia que separaba a la Smaragdium de Stewart, sirviendo de escudo a esta última. A Weasley aquel rostro pálido apenas iluminado por el Lumos de las tres varitas le pareció vagamente familiar, pero de todos modos prefirió retroceder para apuntar por igual a ambos contrincantes.

La inesperada e incrédula voz de Betancourt la tomó por sorpresa:
—¿Leszek?
Aparentemente desconcertado por el llamado, el mago frente a ellos se adelantó otro par de pasos hacia la luz de la varita de Arsène, forzando la vista para contemplar al joven y estupefacto delegado que avanzaba para situarse junto a su compañera Smaragdium.
—¡Díctamo! —la postura de ataque del sujeto quedó de pronto olvidada tras el sorpresivo reconocimiento mutuo. Y volvió a barrer la habitación con el análisis de un profesional hasta detenerse en la profesora—. ¿Qué es lo que...?
El joven Smaragdium de quinto curso no permitió que el sujeto acabase su pregunta. Avanzó otro nuevo paso y el rumbo de sus ojos verdes también fue a parar sobre Stewart. La señaló, su rostro ensombrecido por un nivel de entendimiento espontáneo y estremecedor.
—Ella no es una squib, ¿verdad? —le preguntó al tal Leszek, visiblemente desconcertado por sus propias conclusiones—. Es una muggle. Es tu hermana.

Si la otrora Gryffindor no llegó a explotar en una carcajada de burla se debió únicamente a los rostros pálidos y serios que entonces le devolvieron la mirada a Betancourt, como si este acabase de resolver el misterio más complicado en toda la historia del universo. No sabía si se debía a la sugestión evocada por las palabras de su compañero o bien a la realidad innegable de los hechos presentados ante sus ojos, pero de pronto se sorprendió a sí misma encontrando rasgos comunes en ambas faces de pálida y delicada piel: la nariz fina y respingada, los labios delgados y las ojeras bajo los ojos, esa mirada de atención permanente y, por encima de todo lo demás, la elegancia inherente a cada uno de sus modos. De golpe recordó dónde había visto antes a ese mago en particular:
—Yo te conozco —dijo, sin dejar de apuntar a sus sospechosos objetivos—. Eras el padrino en la boda de Andrew y Emma. Estabas con la hermana de Betancourt.
—¡Sabía que Mandrágora hacía mal al confiar en ti! —Díctamo explotó de pronto, y su acusación venía cargada de dolor y decepción en cada palabra. Tampoco él había bajado la guardia—. ¿Qué es lo que están haciendo exactamente? ¿Filtrar gente al college? ¿Con qué fin? ¿Está mi hermana involucrada también en esto?
—¡No! ¡Claro que no! —Leszek respondió evidentemente escandalizado—. No, no y no, a cada una de tus preguntas. Es todo lo contrario, de hecho: hemos venido a ayudar.
—Ya, y mi tío Dominique lucha por la paz mundial —Arsène escupió al suelo, indignada—. ¿Qué tan idiotas nos creéis, par de cabrones mentirosos? Será mejor que comencéis a tratarnos con el respeto que nos merecemos... o vais a lamentar el hecho de habernos subestimado.

El joven mago suspiró de una forma que a Weasley no le hizo la menor gracia; era el típico gesto desdeñoso con el que los adultos pretendían manifestar su frustración ante la supuesta incompetencia de ese a quien debían hacer frente. Acarició su varita mágica, a la espera de una excusa para lanzar la primera ofensiva y dejar sin palabras a ese idiota llamado Leszek. Pero entonces, él guardó su propia varita en alguno de los bolsillos de su chaqueta y alzó las manos en señal de rendición:
—Me parece que nos espera una larga conversación —dijo, insinuando apenas una sonrisa cansada, el fantasma de un espíritu libre que comenzaba a morir a causa de las circunstancias—. Agradecería sinceramente que nos otorgasen la oportunidad de demostrarles nuestra inocencia. Si jugamos bien nuestras cartas… puede que incluso podamos llegar a un muy satisfactorio acuerdo para ambas partes.

Cuando el silencio de Arsène y Díctamo dio a entender que ambos jóvenes estaban dispuestos a conceder la oportunidad solicitada… fue el turno de Shaleen para escandalizarse.

—¿¡No pretenderás decirles...!? —dijo la mujer, pálida de espanto.
—¿Qué otra alternativa tenemos? —Leszek se encogió de hombros—. Son dos varitas contra una.
—¡No podemos confiar en un par de críos! —Stewart se notaba cada vez más furiosa, y la impaciencia de Weasley crecía a la luz de sus insultos. Leszek, sin embargo, en su calidad de principal receptor de los ataques, no parecía mayormente afectado.
—Confío en Díctamo a ciegas —declaró. Observaba al aludido con otra débil sonrisa—. Y si él confía en la señorita Weasley al punto de arriesgarse a visitar estos pasillos en estos tiempos y a estas horas... también yo confío en ella.
—Como sea —Arsène no tenía tiempo para detenerse a reflexionar en torno a ese claro guiño de reconocimiento. Señaló a la profesora con un gesto desdeñoso de su varita—. Dinos, ¿en verdad es una muggle?
—Créame cuando le digo, señorita Weasley, que de haber contado en algún momento con la más microscópica pizca de magia en mi cuerpo, no habría dudado en emplearla para aplicar el castigo que se merece por sus irrespetuosidades —Shaleen habló con parsimonia y calma, pero debajo de todo ello se notaba la sinceridad peligrosa y afilada de sus palabras. La sutileza de sus amenazas no dejaba de recordarle a la chica una desagradable semejanza con Slaughter. ¿Cómo podía confiar en una persona como ella? El único punto que tenía a su favor era la compañía de su aparente colega; todo en la actitud del desconocido mago daba cuenta de su esfuerzo por desentenderse de las malas impresiones iniciales.

Leszek apoyó una de sus manos sobre el hombro de la profesora, instigándola a callar, luego avanzó para tomar asiento sobre el polvoriento escritorio.

—Ella es Hipatia Collingwood, mi hermana mayor —inició sus explicaciones bajo la mirada severa de la aludida. Ciertamente, en aquel momento era una suerte que no se tratase de una bruja, pensó la Smaragdium con retorcida diversión, pues parecía dispuesta a cargarse a cada uno de los presentes en esa habitación a la primera oportunidad que se le presentase—. Shaleen Stewart es el nombre y la coartada con la que se presentó para solicitar empleo en Clevermont College. Estarán de acuerdo conmigo en que resulta mucho, muchísimo más sencillo hacer pasar a una muggle por squib que por una bruja.
Nada de lo que Arsène oía tenía demasiado sentido, y un rápido intercambio de miradas con Betancourt fue todo lo que requirió para saber que las cosas no resultaban mucho más claras para él. Y la sensación de que seguían jugando con ellos empezaba a colmar su paciencia.
—Si tu intención era ayudarnos a entender un poco mejor las cosas... vas por mal camino —dijo, guardando al fin su varita mágica ante la ausencia de alguna amenaza inminente. Aquel era el momento de enfrentarse mediante palabras y aclaraciones, no con armas—. Muy hermana tuya podrá ser, pero sigue sin explicar que el hecho de que una muggle venga a razón de nada a mezclarse con magos bajo otra identidad.
—Bueno... —Leszek se revolvió el cabello, aparentemente incómodo por la falta de claridad que dejaba en evidencia—. Es mucho más sencillo de lo que parecen creer. Se trata, simple y llanamente, de un asunto de colaboración para con la humanidad. Si el mundo mágico cae, será cosa de tiempo para que todo comience a ir verdaderamente mal con los muggles. Hipatia no está dispuesta a llegar a ese punto, y para su suerte, hace un par de meses descubrió que yo y un pequeño grupo de magos tampoco lo estábamos.

Collingwood inició un recorrido inquieto alrededor del oscuro cuarto, periodo durante el cual Arsène se entretuvo analizando al mago y sus actitudes. Bien podría ser que se tratase del hermano de la falsa Shaleen Stewart, pero saltaba a la vista que las semejanzas entre uno y otro se limitaban a los rasgos físicos: el trato gélido y reservado de una nada tenía que ver con los ánimos de alianza y revelación del otro. De no ser porque los veía ahora, habría resultado difícil imaginárselos trabajando juntos.
—No puedo proporcionarles demasiados detalles —continuó el mago tras la pausa de su recorrido—, eso comprometería la seguridad del resto de nuestros aliados. Pero el asunto se resume a esto: no pretendemos quedarnos de brazos cruzados ante todo lo que está ocurriendo con Worthington y los suyos, y ciertamente no lo hemos hecho hasta ahora. A diario nos dedicamos a recolectar información que nos ha permitido salvar de Azkaban y de la muerte a muchos magos perseguidos que, vaya a saber uno, quizás en un futuro no muy distante lleguen a convertirse en una resistencia capaz de permitirnos hacerle frente a Theodore y los suyos. El trabajo de la profesora Stewart aquí en Clevermont no hace más que seguir la línea de nuestros propósitos. Y la verdad sea dicha, les agradeceríamos eternamente que tuviesen la gentileza de no sacar a la luz este secreto —miró a los dos alumnos, serio, revestido de un innegable aire de nobleza—. No solo nos costaría la vida que nuestros planes quedasen al descubierto, sino que además tiraría por la borda todos los riesgos que hemos decidido correr para sacar esta misión adelante.

Arsène y Díctamo correspondían a las palabras del joven con estupefacto silencio. Ella no podía hacerse una idea de lo que por entonces estaría removiéndose en la cabeza de su compañero de casa, sin embargo, suficiente tenía ya con el lío que rápidamente se armaba en torno a sus propias reflexiones. Así que, después de todo, la Patrulla Escolar no era la única asociación dispuesta a dar la pelea contra el régimen naciente. Más allá de los muros del college, en el “mundo real”... cosas importantes comenzaban a suceder. También allá afuera había quienes causaban dolores de cabeza a Worthington y a hijos de puta como Ephram. Resultaba tan reconfortante... que apenas importaba detenerse a pensar en la clase de lunáticos que estarían detrás de una empresa como la que Collingwood acababa de describir, en las que las posibilidades de fracaso estaban a la orden del día y las de triunfo, en cambio, apenas constituían una esperanza distante. Era algo de lo que definitivamente Weasley debería ser parte una vez que su tiempo en Clevermont expirase. ¿Qué otra cosa podía hacer, después de todo? El deseo de justicia, el anhelo de venganza... eran las únicas cosas que todavía podían mantenerla de pie y en una sola pieza. Lo demás, todo lo demás que pudiera haber significado alguna vez algo para ella, lo había perdido en el camino.

—Díctamo... —Collingwood volvió a hablar luego de permitirles a ambos un par de minutos para digerir la información—. Mandy no sabe nada sobre esto, por supuesto. Hablarle de lo que hago solo la alentaría a ser parte de ello... —la voz titubeó por un instante—... y preferiría... preferiría evitarlo. ¿Entiendes? Puede que llegue el momento en que no tenga más remedio que decirle la verdad. Pero hasta entonces...
—Deseas mantenerla a salvo —el chico de quinto año sonrió con tristeza, la mirada cargada del entendimiento que solo podía concedérsele a un tío enamorado. Arsène contuvo una arcada de asco—. Tienen nuestra palabra, Leszek, profesora Stewart. Este secreto se encuentra a salvo con nosotros, se los aseguro. Lamento de corazón el haber desconfiado de ustedes, es solo que...
—Hey —el mago desechó la disculpa con un gesto vago y luego se acercó al Smaragdium, tranquilizándolo con unas palmaditas en la espalda—. ¿Qué otra cosa podían haber hecho? Habíamos llegado de la nada, sin explicaciones, en extrañas circunstancias... no nos deben ninguna disculpa.
Hipatia Collingwood carraspeó para reclamar nuevamente algo de atención.
—Yo no estaría tan segura de ello, Leszek —habló sin perder dureza ni aplomo, fijando la mirada de sus ojos en Arsène—. Amenazar a un maestro sigue constituyendo una falta gravísima...
—... que desde luego puedes dejar pasar por esta vez —su hermano meneó la cabeza, poniendo los ojos en blanco—. Anda, Hipatia. ¿No puedes demostrar una mísera cuota de agradecimiento? Acabo de ahorrarte el tedio que implicaba tu siguiente misión.

Arsène advirtió cómo se tensaba el cuerpo de la profesora nada más oír esas palabras, y bajo la irritación de su mirada alcanzó también a distinguir un destello de claridad que no le agradó para nada. A juzgar por la siguiente intervención del delegado junto a ella, su interpretación no había sido muy distinta:
—¿Qué quieres decir con eso? —el tono de alarma volvía a la voz de Díctamo.
—Nada que no resulte ya obvio —dijo Leszek. Un brillo de astucia incómoda nació en sus ojos—. Tomando en cuenta el rumbo de los últimos acontecimientos, nos pareció prudente encomendar a Hipatia la tarea de descubrir al fin quiénes están detrás de la famosa Patrulla Escolar. Personas tan peligrosas necesitan ayuda para mantenerse a salvo.

Un estremecimiento terrible recorrió entonces el cuerpo de Arsène. «Lo saben», pensó con una sensación de pánico que creía jamás llegaría a experimentar. Y si ella se tomaba de tal modo las circunstancias, ya podía hacerse una idea del colapso mental que en ese mismo instante debía de estar consumiendo la aparente entereza de Betancourt. Si no actuaba rápido, el delegado cometería alguna estupidez... y entonces estarían perdidos. Decidió dejar escapar una carcajada que resonó por el cuarto, cortando silencio y sombras por igual.
—¿Así que nosotros somos la dichosa Patrulla? —su siguiente carcajada resultó grotesca—. Es una suerte entonces haber tropezado con vosotros. De no habérnoslo dicho, no nos enteramos. ¿A que sí, Betancourt?
—Pueden negar todo lo que quieran y defenderse con todas las excusas que estimen convenientes —las palabras de Stewart atacaron sin piedad alguna—. Pero a dos días del caos provocado por la Patrulla, nadie que no pertenezca a ese grupo de revoltosos se atrevería a rondar por los pasillos del college en horas que hasta hacía poco formaban parte del toque de queda.
La seguridad de la muggle despertó el lado menos amable de Weasley. Y si alguien jamás se había caracterizado por demostrar una pizca de amabilidad, esa era la pelirroja capitana de la casa esmeralda.
—¿Y qué culpa tenemos nosotros que el resto del college sea un puñado de repulsivos miedicas sin cerebro y sin voz? Betancourt y yo tenemos nuestros propios asuntos... —no se adentró en mayores explicaciones. Si hermano y hermana eran la mitad de lo listos que parecían, llegarían sin dificultades a la conclusión que ella deseaba insinuar—... y ya va siendo hora de que os marchéis y nos dejéis al fin a solas.
—Buen intento —Collingwood mago no disimuló su risa de diversión—. Pero ya no hay vuelta atrás, muchachos. Tal como hicieron con nosotros, los hemos pillado con las manos en la masa. ¡Pero no se preocupen! Vamos a concederles la ventaja de la duda. Todo suma para mantenerlos a salvo, pero no olviden que la profesora Shaleen estará aquí para ayudarlos en todo lo que necesiten —echó un vistazo a la aludida y su permanente expresión de distancia—. Lo sé —suspiró—. Ni de lejos es la persona más amable que van a encontrar... pero podrán confiar en ella de todas formas. Y nos mantendrá al tanto a mí y a nuestros aliados sobre cada cosa que pase por estos lugares. No están solos, les suplico que lo recuerden.

Dicho esto, volvió a caminar hasta donde se encontraba su hermana, con la que realizó un breve y formal intercambio de palabras. Los esfuerzos de Weasley por captar alguna frase de su conversación no valieron la pena, de modo que minutos después veía al mago desaparecer por el mismo pasadizo del que ella haría uso en un par de días para encontrarse una vez más con Ephram. La siguiente que se dispuso a emprender la retirada fue Shaleen, o Hipatia... o lo que fuera. Díctamo se adelantó, insoportablemente atento y respetuoso como de costumbre.
—¿Desea que la escoltemos hacia su despacho, profesora Stewart?
—Agradezco la intención, señor Betancourt, pero conozco bien el camino —los observó con detenimiento, la advertencia flotando sobre cada uno de sus rasgos—. No demoren mucho más aquí abajo. Pronto amanecerá.

Por primera vez, Weasley decidiría atender a las recomendaciones ofrecidas por una autoridad, de modo que no perdieron tiempo una vez volvieron a encontrarse solos.
—En mi opinión, deberíamos cambiar de planes —dijo Díctamo con convencimiento—. ¿Te das cuenta del error que cometeríamos si ocultamos este lugar bajo el encantamiento Fidelius? Solo entorpeceríamos las acciones de Leszek y sus compañeros.
—¿Y qué con eso? Ese no es mi problema —respondió ella, bien consciente de su obstinación.
—Claro que es tu problema —el chico insistió con esa clase de convencimiento que nadie hubiera podido asociar con Betancourt tiempo atrás—. Esto es algo más grande que nosotros, Arsène... mucho más que nuestros malabares con la Patrulla. ¿Qué tal si algún día sucede algo verdaderamente malo? Entonces nos vendría muy bien la ayuda que hoy nos ofrecieron. Y desde luego no tendremos modo de recibirla si nosotros somos los únicos que conocemos el paradero de este despacho. Es el único medio de contacto con el mundo exterior mientras el resto de los pasadizos permanezcan bloqueados.
—Tal vez sea un riesgo que debamos correr, Betancourt. Demasiadas personas conocen este pasadizo por culpa de esos idiotas de Andrew y Emma y su estúpida boda secreta. ¿Imaginas las oportunidades que perderíamos si alguna de esas personas llega a revelar la existencia de este lugar? Hasta ahora hemos tenido suerte, pero la suerte no dura para siempre. Es una puta escurridiza.
—Deberíamos decirles —el delegado soltó las palabras sin una gota de timidez, sus ojos sosteniendo la mirada fiera de Weasley con valentía—. A Hipatia y a Leszek. De todos modos ya sospechan de nosotros. Si saben que pertenecemos a la Patrulla podríamos compartir con ellos el secreto de la ubicación de este despacho. Este egoísmo solo va a perjudicarnos... y lo sabes. Sé que en el fondo lo entiendes.

Sí. Arsène entendía la lógica y la conveniencia inherente al consejo de Betancourt. No obstante se negaba a la posibilidad de compartir un secreto tan importante con desconocidos. Para el chico era diferente, según parecía conocía a Leszek desde hacía bastante tiempo. Pero a ella le sobraban las razones para no permitirse confiar con tanta facilidad.
—Haremos lo siguiente —dijo minutos después, cuando el silencio se había vuelto una fuerza inquietante y las reflexiones de la pelirroja llegaban una vez tras otra hasta un punto muerto—. El plan va a seguir en pie. Ocultaremos este lugar, y si Shaleen y compañía llegan a echarlo en falta... ella vendrá a nosotros. Entonces podremos llegar a un acuerdo. Hasta entonces la observaremos con detenimiento. No confío en ella, pero reconozco que mis malos presentimientos pueden basarse en el hecho de que esa tía no me agrada. Si resulta que en verdad es de fiar, como guardián secreto podrás permitirte compartir la ubicación del despacho de Jamie, y no podré reprochártelo.
—Yo puedo hacerme cargo de observarla. Después de todo, soy ayudante de su asignatura. Hasta ahora había preferido mantener las distancias... pero comienzo a cuestionar la habilidad de la profesora Shaleen para cuidar de las criaturas del cuarto privado.
—No resta nada que decir entonces —zanjó ella, incorporándose con la varita otra vez en su mano—. Me alegra ver que podemos llegar a un acuerdo, Betancourt.

Y era cierto. Puede que jamás llegase a reconocerlo en voz alta, pero apreciaba enormemente la influencia que el muchacho hubiese tenido sobre ella en lo que a tomar precauciones para mantenerse a salvo respectaba, y al mismo tiempo la llenaba de orgullo ver cómo paulatinamente el chico lograba deshacerse de los miedos del pasado para demostrar su verdadera valía como mago y como persona. Podían estar viviendo tiempos terribles, pero al menos algo bueno habían obtenido de aquello. Con algo de suerte Darcy Ephram alcanzaría parte del beneficio de semejante paradoja, pensó la Smaragdium a medida se preparaba para realizar el complejo encantamiento.


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