[G] Congreso Mágico ~ 24 de marzo de 2053

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[G] Congreso Mágico ~ 24 de marzo de 2053

Mensaje por Personaje no jugable el Jue Nov 19, 2015 3:10 am

CAMBIO DE MANDO
24 de marzo, 2053. Nicolae Mathews.

—¿Señor Presidente?

Al fin, el viejo mago instalado tras el gran escritorio alzó el rostro para centrar su atención en Nicolae, que aguardaba pacientemente junto al umbral de la puerta. Cuando ambas miradas se cruzaron, el joven descubrió un par de ojos cansados, colmados de una carga insoportable y un dolor impenetrable, muy bien justificado por los tiempos que corrían. «Son unos ojos por los que podría llegar a sentir compasión» -pensó el joven asistente a medida se adentraba en el gran despacho con cautela- «Podría, si no fuera por ese brillo de desprecio constante que oscurece la mirada del viejo cada vez que debe reparar en mí».

—Señor Presidente —repitió Nicolae, como si el desdén de su jefe no contase con el poder suficiente para afectarlo. De hecho, no lo hacía—. Acaban de solicitar una audiencia inmediata con usted. Me temo que se trata de un asunto de suma urgencia.

—Estoy ocupado, muchacho. ¿Es que no lo ves? —Arcturus Radjzak empleó el tono más gélido y despectivo de su amplio abanico de recursos paraberbales para elaborar su respuesta. Aquel talento innato e inconsciente que poseía para hacer gala del poder de su autoridad era solo una de las razones que le habían permitido ascender hasta ocupar su actual puesto como Presidente del MACUSA. Era un hombre fantástico de magnífica trayectoria, eso nadie podía negarlo. Del mismo modo, sin embargo, nadie podía negar que en el presente ya estaba acabado. Era una verdad conocida por todos en el Congreso Mágico, un secreto a voces que nadie procuraba confirmar por respeto a los años de grandioso servicio de Radjzak. Pero ignorar la realidad no cambiaba en absoluto las cosas, Nicolae Mathews lo sabía mejor que nadie.

Y el hombre que ahora se empeñaba en despacharlo rápidamente no tardaría en comprenderlo también.

—Tengo que insistir, Presidente Radjzak —el chico volvió a hablar a pesar de la reticencia de su interlocutor. Después de todo, era su asistente personal. El Presidente del MACUSA no tenía más remedio que prestarle atención, fueran cuales fueran sus deseos—. Estoy muy al corriente de las responsabilidades que se ciernen sobre sus hombros. Por eso créame cuando le digo que no decidiría interrumpirlo si no se tratara de algo verdaderamente importante —alzó ligeramente el mentón para acentuar la dignidad de su erguida postura. Si se miraba a Nicolae con atención, cosa que el Presidente de seguro no haría, el aire de premeditada intimidación resultaría evidente—. Retrasar este asunto solo hará las cosas más difíciles para usted.

Aquello al fin hizo reaccionar al viejo, cuyo rostro se deformó de indignación.

—¿Me amenazas muchacho? —el Ministro habló con la frustración contenida marcada en cada palabra, paseando la mirada desde sus papeles hasta el pálido rostro de su joven asistente—. Veo que finalmente has decidido ceñirte al modus operandi de tu familia —suspiró—. Qué decepción, ¡qué decepción! Creí que en todo este tiempo habría logrado algún nivel de avance contigo, que lograría enderezarte lo suficiente.

«Sí, Presidente Radjzak» -Pensó el joven mago sin lástima- «Probablemente lo habrías logrado... si no se te hubieran adelantado».

—Más que una amenaza, se trata de una advertencia de buena fe, Señor Presidente —Nicolae permaneció imperturbable al responder, casi frío—. A pesar de su desprecio permanente hacia mí, velar por su bienestar continua siendo parte de mi trabajo —Observó a Radjzak a los ojos, estudiándolo, poniendo a prueba su capacidad de mantenerse dueño de sí mismo. Solo cuando estuvo seguro de que el hombre estaba al borde de perder los estribos, retomó su breve discurso final—: Theodore Worthington desea verlo. Ahora mismo lo espera afuera.

Y con esas palabras, los últimos resquicios de fuerza y entereza de un hombre que por décadas hubiera sido el mayor ejemplo y orgullo de toda una comunidad mágica, se desintegraban en cosa de segundos. El mayor de los Mathews fue el único espectador de esa transformación dolorosa y terrible, el único testigo del fin de un mago que una vez había sido incomparable. Lo vio palidecer, y vio también la rapidez asombrosa con la que el coraje y la razón abandonaban la profundidad de sus ojos claros. Parecía más anciano, más débil y más asustadizo de lo que jamás había sido.

«Casi, Arcturus. Casi conseguiste mi compasión».

Antes que cualquier otra palabra fuera dicha, Theodore Worthington cruzó el umbral de la puerta, seguro, terrible y magnífico, sometiendo bajo el peso de su grandeza a cada cosa y cada ser que caía presa de esos ojos de hielo, par de orbes que parecían atravesarlo todo y a los que no era posible ocultar nada. El mago se detuvo en medio de la sala al término de su breve recorrido, y Nicolae lo reverenció sin perder un solo segundo.

—Mi señor —dijo el joven, la punta de su nariz casi rozando el tejido de la alfombra del despacho. Y se incorporó para arrastrarse hacia uno de los rincones más apartados de la habitación. No deseaba perder parte de lo que sucedería, y daba por hecho que si fingía no estar ahí, nadie repararía en su presencia. Sí, Nicolae era tan astuto como cualquier Mathews, tan capaz y hábil como sus padres y hermanos, pero nada de eso bastaba para situarlo ahora en alguna posición que trajera consigo cierto lujo de atención, lo que en semejante circunstancia resultaba altamente beneficioso. Fingiría ser una sombra, y sacaría el mayor provecho posible de ello.

—Worthington —habiendo pasado el minuto de pánico, Radjzak se levantó de su asiento con la intención de hacer frente al hombre que avanzaba sin obstáculos—. ¿Se puede saber qué es lo que haces tú aquí?

—Un saludo inusual para un recibimiento aún más inusual, Arcturus —otro par de pasos llevaron a Theodore a tomar asiento frente al escritorio del Presidente del MACUSA. A pesar de la suavidad excepcional de su voz, todo en su apariencia daba cuenta de su grandiosa omnipotencia—. Mi espera fuera de tu despacho ha tardado más tiempo del que me ha tomado recorrer todo el Congreso hasta aquí.

—Tal vez si hubieras tenido la consideración de anunciar tu visita con algo de anticipación...

—Esos protocolos son adecuados para el resto, no para mí.

—Sí, por supuesto que sí —el ademán despectivo que Radjzak expresó entonces, seguramente pretendería bajar el perfil de sus palabras. Pero el gesto resultaba tan exagerado que no hacía más que dejar en evidencia su creciente temor—. Sabes que no me agradan estas discusiones introductorias, así que, si pudieras darme al menos una pista de lo que has venido a hacer aquí...

—Vaya, Arcturus —Theodore hablaba con un timbre cada vez más autoritario—. En general tienes mucho más éxito cuando optas por acudir a la mentira. Esta vez, sin embargo, no me engañas. De seguro has leído The Haunted Apple estos últimos días, y en consecuencia, al menos tendrías que sospechar por qué estoy aquí, luego de haber delegado mi cargo como Director de Clevermont College a uno de mis hombres de confianza.

Arcturus Radjzak no dijo una sola palabra. No obstante, aún desde la distancia, Nicolae podía distinguir el nerviosismo con el que el mago fruncía los labios, a la espera del inminente anuncio.

—Estos últimos dos años me has servido bien, Arcturus —continuó Theodore ante el mutismo de su interlocutor—. A pesar de tu persistente reticencia hacia cada una de mis demandas has realizado un magnífico trabajo, y puedo hacerme una idea bastante clara del desgaste que semejante conflicto personal puede haberte causado —de un solo impulso, el mago se puso en pie—. Así que te libero de esa carga y de este puesto. A partir de ahora yo me haré cargo.

—Estás loco si piensas que te entregaré este puesto así de fácil, Theodore Worthington —también el viejo mago hizo ademán para ponerse de pie y mantenerse a la altura de su contendiente. De pronto se lo veía furioso, fuera por completo de sus casillas—. No fingiré inocencia. Sé muy bien que desde tu acenso he sido débil, que me he permitido ceder a tus amenazas con más frecuencia de la que debí. Pero en todas las decisiones que me han llevado a torcer el brazo he mantenido la intención superior de evitar que este mundo se desmorone. He mantenido el orden a pesar del caos, he mantenido el orden a pesar de ti. Y no permitiré que el trabajo de toda mi vida se haga pedazos gracias a tus caprichos. Esto es muy diferente a lo que has intentado antes para hacer gala de tu poder, y pienso ceder en esta ocasión. ¡Yo soy el Presidente del Congreso Mágico, maldita sea, y solo dejaré de serlo cuando mi corazón deje de latir y mis pulmones ya no me permitan respirar!

Las palabras y el convencimiento de las mismas se perdieron en el silencio de la habitación, confundiéndose con los jadeos exaltados de un viejo mago que parecía haber perdido el juicio. Unos minutos después, el mago tenebroso se haría cargo de dar fin al minuto de tensión con una sonrisa apenas perfilada en su rostro. El efecto era siniestro.

—Resulta increíble ver que aún a estas alturas subestimes de forma tan grotesca e irrespetuosa mis capacidades, Presidente del Congreso. Pero también es una prueba indiscutible de la comentada falta de criterio que te impide gobernar con el brazo de hierro que sabías emplear en el pasado —apartó el asiento con su mano, tranquilo a un nivel que resultaba amenazador—. Pensaba despojarte de tu posición de un modo mucho más sencillo, en respeto a tus largos años de servicio en este cargo. Pero acepto tus condiciones, por supuesto. No puedo desaprovechar la oportunidad de realizar hazañas ejemplificadoras cuando estas se me ofrecen de forma tan generosa. Si morir es lo que deseas... —Theodore rebuscó en los bolsillos de su capa, sacando de ella uno de los instrumentos capaces de otorgarle poder absoluto: su varita mágica—, que así sea.

A partir de entonces todo sucedió con una velocidad tal que Nicolae apenas logró captar imágenes sueltas del escenario desarrollado ante sus ojos. Vio a Radjzak escapar por los pelos de un mortal destello verde, y contraatacar sin permitirle a su contrincante la más mínima pausa ventajosa. Y aunque había que reconocer las bastas habilidades de Arcturus, Mathews sabía que no bastaba con eso para eliminar una amenaza como la que constituía un mago como Theodore Worthington.

Los destellos de luz viajaban de un lado a otro por la habitación, estremeciendo los cimientos del edificio y haciendo explotar objetos por doquier. En más de una ocasión Nicolae se vio obligado a abandonar su escondite para ocultarse en algún otro mueble que aún no hubiera acabado convertido en un puñado de astillas. Pero la lucha continuaba, y los objetos al interior del despacho comenzaban a escasear. Fue entonces que la monotonía del conflicto encontraría al fin un punto de quiebre, cuando Radjzak se dio a la fuga un momento antes de que Theodore se decidiera a efectuar el golpe decisivo. Anonadado, el joven Mathews vio cómo la capa del Presidente desaparecía por la puerta de entrada, abriéndose paso hacia alguna dirección que, muy probablemente, no lo llevaría demasiado lejos. Para cuando logró deshacerse de su precario escondite y seguir el sendero de destrucción que Worthington dejaba a su paso en su nueva estrategia persecutoria, el pánico reinaba por los pasillos.

Corría en medio de los escombros, y el estruendo de las explosiones y los gritos de pavor llevaron a Nicolae hasta el gran vestíbulo del Congreso. Abrirse paso en medio de la multitud no resultó sencillo; todos corrían en dirección opuesta a la suya en búsqueda de algún lugar más seguro. Y al mismo tiempo, desde el extremo opuesto del espacio abierto, un tropel de magos avanzaba en disciplinado orden hacia el epicentro mismo del conflicto. Nuevos aurors. Radjzak estaba perdido, lo sabía tan bien como todos los que presenciaban semejante escena persecutoria. El círculo se cerró en torno al mago, cada varita apuntando con una sincronía perfecta hacia el mismo objetivo. Apenas unos meses habían transcurrido desde la creación de aquel grupo selecto, pero la excelencia de sus integrantes ya saltaba a la vista.

Y el viejo Presidente del Congreso Mágico de los Estados Unidos no pudo hacer más que estallar en una carcajada de locura e histeria.

—¿Es así como el gran Theodore Worthington libra sus batallas? —exclamó, la cólera y el pánico rebosante en cada palabra—. ¿Es así como alcanza sus victorias, con la ayuda de una legión de niños que no saben qué propósito deben perseguir en la vida? ¡Nadie que acuda a tales bajezas merece reclamar el cargo de Presidente!

—Es así como me aseguro de resguardar la dignidad que te queda, Arcturus —Theodore se abrió paso entre los jóvenes aurors para ingresar al círculo. Aún desde la distancia, Nicolae podía ver que todo en su porte daba cuenta del peso hacia el que la balanza decidía inclinarse. Esa seguridad sobrehumana, esa parsimonia gélida... solo un ser tan poderoso como Theodore Worthington podía hacer gala de semejantes atributos—. Es momento de enfrentar tu destino, ya no tienes a dónde huir. Juega bien tus cartas y te concederé la benevolencia que no me permito otorgar a menudo a quienes me desafían. Será una retribución justa por este tiempo en el que has sabido gobernar bajo mis instrucciones. Es mi última oferta, viejo Radjzak.

Arcturus consideró la generosa alternativa que le era tendida. No lo dijo, pero Nicolae Mathews podía ver en sus ojos vidriosos el proceso de su pensamiento, como si estuviese leyendo un cuento de niños. Los meses de trabajo junto a ese hombre, alguna vez digno de la admiración y el respeto de todo el mundo mágico, habían sido lección suficiente para interpretar cada pequeño gesto con facilidad. Así, el joven mago no solo se convertía en testigo del silencio con el que el acorralado sujeto soportaba la mirada de su captor; también era el único espectador del proceso mental de un hombre que, lentamente, asimilaba que aquella respiración pesada que escapaba de sus labios secos constituían las últimas exhalaciones de una vida repleta de logros. Nicolae vio, a medida que los segundos transcurrían lentos y eternos, la repulsión que el Presidente sintió repentinamente de sí mismo al desear aceptar la absolución por sus últimas faltas, lo que de seguro lo destinaría a una cómoda celda en Azkaban donde pasaría el resto de sus días libre de amenazas, solo, cargando con la vergüenza de haber preferido esa seguridad humillante antes de defender los principios que alguna vez hubieran dirigido su vida.

Y luego esos ojos brillaron con el entendimiento de que la alternativa que le quedaba era todavía más terrible. Porque no contaba con escapatorias, y declinar al bondadoso ofrecimiento de Worthington le costaría no solo la muerte, sino también la tortura, la locura y el infierno. Su ejemplo se sumaría a los miles de motivos que justificaban el terror paralizante que prevalecía en cada familia del mundo mágico. ¿Qué hacer entonces?, pensaban desesperados aquellos orbes centenarios con desesperanza... hasta que la resolución pareció combatir con todo aquello que empañaba su mirada. Era un convencimiento poderoso, repentino, y por primera vez en meses, Mathews no fue capaz de prever lo que estaría por venir.

El viejo escupió a los pies de Theodore Worthington, y en aquel gesto se reflejaba todo el peso de su frustración, impotencia e imperecedera rebeldía.

—No viviré en un infierno controlado por demonios como tú, maldito infeliz —siseó, ya olvidado el miedo y la desesperación. Solo el odio, solo la furia encendían su mirada y lo mantenían en pie—. Disfruta de este juego mientras puedas, porque acabarás muerto y tu imperio morirá contigo. Algún día dejarás de ser poderoso, algún día dejarán de seguirte, o habrá quien esté dispuesto a combatir tu locura y triunfe. El mundo despertará de esta pesadilla, no pueden sentir miedo para siempre... y entonces estarás acabado, ¡estarás acabado Worthington! ¡Y me reiré de ti, e iré a tu propio infierno para torturarte por el resto de la eternidad!

—Arréstenlo —fueron las firmes e indiferentes palabras del aludido. Al unísono, los aurors dieron un paso al frente...

Una explosión repentina y poderosa derribó a Nicolae, dejándolo fuera de combate un par de minutos. Por instantes el mundo se convirtió en un torbellino confuso, repleto de escombros, gritos y caos. Apenas consiguió preguntarse qué había ocurrido antes de perder el conocimiento.

Para cuando volvió en sí, la escena había cambiado: en todas partes, pequeños grupos de aurors trasladaban magos heridos. Resultaba algo inquietante comprobar que los soldados del Congreso lucían prácticamente intactos. Uno de ellos se aproximó a él, ayudándolo a levantarse.

—Estoy bien —aclaró al ponerse de pie con cuidado, comprobando el nivel de daño de los golpes recibidos—. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde está el Presidente? ¿Y Theodore Worthington?

El joven aprendiz de auror lo observó con el ceño fruncido.

—Theodore Worthington es el Presidente del Congreso ahora.

—¿Y Arcturus?

—Según parece se aseguró de no dejar una sola partícula de su cuerpo a nuestro alcance. El edificio se habría venido abajo si no hubiéramos contenido el impacto a tiempo. Un viejo con agallas, ¿eh? O un lunático, supongo que depende del punto de vista. Ven, tienen que verte esas heridas en la enfermería.

Todavía digiriendo la información, avanzó penosamente con su acompañante. Radjzak ya no existía. Prefirió sacrificar su vida antes que sus principios, según relataba el testimonio recién recibido. Al final, había vuelto a ser el hombre de carácter firme que los magos habían conocido. «Un acto valiente» -pensó Nicolae todavía confuso- «Valiente e inútil. No importan tus intenciones, Arcturus. Theodore Worthington vivirá. Nos sobrevivirá a todos y su orden prevalecerá. Estabas equivocado viejo necio. Acabas de abandonar este mundo cuando nos encontramos a las puertas de una nueva era. La mejor desde que el mundo mágico existe».

Solo entonces, a pesar de los desprecios, a pesar de todo, sintió compasión por aquel hombre confundido. Su antiguo jefe.
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