[H] Guarida de la patrulla ~ 27 de abril de 2053

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[H] Guarida de la patrulla ~ 27 de abril de 2053

Mensaje por Bernice Adams el Jue Nov 19, 2015 3:13 am

FUGA
27 de abril, 2053. Bernice Adams.

—¡Al fin! Ahí viene.

La voz de Weasley rompió el silencio de modo tan repentino que Bernice no pudo hacer más que pegar un salto en el asiento. Sin saber por qué, se puso de pie.

—No, nada de eso enana —volvió a hablar la pelirroja, visiblemente molesta—. Vas a sentarte ahí y vas a cerrar la boca a menos que te otorgue la palabra, ¿vale? Tu futuro depende ahora de tu comportamiento, así que, si yo fuera tú, haría caso.

Era una advertencia injusta, pero la joven Adams prefirió limitar sus reproches a un ligero suspiro de exasperación. No es como si estuviera a punto de presentar audiencia con un juez que decidiría el destino del resto de su vida, ¿verdad? Solo era Betancourt, y él estaría de su parte. Bernice estaba segura de eso. Lo único que Arsène pretendía era asustarla un poco para aumentar la tensión de la situación, pero ella ya no podía caer en sus juegos; tenerla como editora jefe del periódico escolar era suficiente para curarse de espanto y captar las sutilezas utilizadas por la Smaragdium para intimidar a los demás con el único objetivo de reafirmar su propia fortaleza de espíritu.

Antes de que la pelirroja tuviera oportunidad de agregar cualquier otra amenaza, Díctamo ingresó a la pequeña habitación que era la Guarida de la Patrulla Escolar. Apuesto como siempre, sus ojos tristes barrieron la habitación con una meticulosidad que se notaba mil veces perfeccionada. Entonces su atención se centró en Adams, que le sostuvo la mirada. Esos ojos verdes tan puros, tan profundos, tan...

—¿Bernice? —el desconcierto del joven mago despertó a la Caeruleum de su ensoñación. El objeto de su atención pasó bruscamente de ella hasta Arsène en busca de una explicación, que se mostró inexplicablemente dispuesta a proporcionarla.
—Como ves, Betancourt, tenemos entre manos un asunto verdaderamente delicado —la pelirroja señaló a Bernice—. No voy a mentirte, me sentí tentada de tomar la decisión más drástica por mi cuenta, pero confío en tu juicio. Me gustaría oír tu opinión antes de hacer cualquier cosa.
—Bien... gracias —todavía contrariado, Díctamo fue a tomar asiento en una de las pocas sillas que parecían encontrarse en buen estado. Un regocijo infantil invadió a Bernice cuando descubrió que otra vez monopolizaba la atención del estudiante: sus ojos verdes volvían a caer sobre ella—. ¿De qué se trata?
—Se trata nada menos que de un sucio polizón —Arsène señaló a la callada muchacha con un dedo acusador—. Según parece, Adams ha desarrollado el despreciable hábito de espiar a la gente.
—¡Oye! —Bernice saltó indignada—. ¡Yo no soy ninguna espía!
—Creí haberte dicho que te callaras —Weasley le dedicó una mirada asesina—. ¡Estoy entregando mi versión de los hechos, joder! Te lo advierto Adams: una palabra más y tomaré medidas serias, y te consta que soy particularmente hábil con mi varita. Ahora, como iba diciendo... Adams tuvo la magnífica idea de oírnos a hurtadillas en alguna de nuestras conversaciones privadas. Debe de habernos pillado con la guardia baja, ya sabes lo quisquilloso que eres con las conversaciones que mantenemos en público. El asunto es que... bueno —hizo un amplio gesto con sus brazos, que abarcó todo cuanto los rodeaba—, puedes hacerte una idea de lo que alcanzó a oír de nuestra conversación.
—Sabe lo de la Patrulla —aportó el chico amablemente, visiblemente turbado.
—¡Y eso no es todo! —explotó la pelirroja—. No le bastó con oír conversaciones que no son de su incumbencia. El día de ayer me abordó para exigirme que la incluyera a la Patrulla Escolar. ¡Para exigir, maldita sea! ¿Y tienes idea de cuál fue su puto argumento? ¡Amenazas! Dijo que si no la dejaba convertirse en un miembro de la Patrulla, iría con el rumor a Slaughter. Ya sabes lo cotilla que es esta mocosa...
—Y supongo que tu respuesta a su oferta fue un no tajante.
—Estuve a punto de borrarle la memoria... pero la muy zorra tuvo el descaro de defenderse —bufó Weasley, los brazos cruzados sobre su pecho de un modo particularmente peligroso—. Entonces me lo pensé mejor. Quizá, después de todo... puede que nos sea útil. Y aquí estamos.

Antes de ofrecer cualquier palabra, Díctamo Betancourt se entregó a un momento de meditación, según supuso Adams, intentando asimilar la información. No cabía ninguna duda de que la situación lo instalaba en una posición por completo incómoda; se notaba en la tensión del eterno silencio que acompañaba sus reflexiones. Bernice permitió que el nerviosismo la dominara al fin. ¿Y si el muchacho reprobaba sus acciones? No quería salir de aquel cuarto habiendo perdido la memoria de todo cuanto hubiera escuchado y vivido durante los últimos días, o peor, ganándose una mala imagen de parte del delegado. La idea resultaba inquietante. Al final, la pose de estatua del Smaragdium pareció cobrar vida.

—Antes que nada, tengo una pregunta —él fijó sus ojos en Adams otra vez—: ¿Hubo alguien más, Bernice? ¿Alguien que pudiera haber oído lo que...?
—¡No, por supuesto que no! —se apresuró a contestar ella—. Fue una coincidencia, Díc, tienes que creerme. No tenía intención de oír su conversación, de verdad. Es solo que... me encontraba en el momento y lugar equivocados —aquellas palabras parecieron generar cierto efecto en el chico, algo que también hizo eco en Wealey, si su mirada de reojo hacia la pelirroja no la engañaba. Una especie de complicidad significativa asomó en la mirada de ambos, así que continuó, con la esperanza de que ese gesto jugara a su favor—. Los oí de casualidad... y luego ya no pude dejar de escuchar, ¿sabes? Apenas les oí mencionar a la Patrulla... admiro cada una de las acciones han llevado a cabo, y nada me gustaría más que formar parte de algo tan increíble. Tenía que actuar a consecuencia.
—Eso suena bastante razonable, al menos hasta cierto punto —Díctamo asintió con un leve atisbo de sonrisa—. Pero no borra la amenaza que hiciste a Arsène.
—¡Jamás lo haría! ¡Jamás diría a nadie lo que sé! Tienes que entenderme, Díc, estaba desesperada —se inclinó levemente en dirección al muchacho para enfatizar sus palabras—. Si no decía alguna tontería parecida, Weasley jamás habría considerado la idea siquiera. Sabes cómo es ella... y también sabes cómo soy yo. Pueden confiar en mí, no arruinaré esta oportunidad. Les doy mi palabra.
—No sé, Betancourt —la joven Weasley decidió intervenir entonces—. En mi opinión no merece ningún chance, pero tú la conoces mejor, ¿no? ¿Crees que se puede confiar en ella?
—No se trata de que yo confíe en ella, Arsène, sabes que confío en Bernice. El asunto aquí es que te niegas a aceptar que también tú confías en ella.
—¿Que yo...? —la chica dio un respingo de indignación.
—No tiene sentido que lo niegues —repuso el joven con su voz suave como la seda—. Conoces a Bernice el mismo tiempo que yo, la has tenido trabajando a tu cargo en el periódico y sabes que se desempeña perfectamente. Incluso estás al tanto del nivel de influencia y participación que ha tenido en el hecho de traer de vuelta las temporadas de Galovic —esta vez, la sonrisa de Díctamo fue abierta y sincera cuando se reclinó en su asiento—. Esta chica es un magnífico recurso y tienes miedo de reconocerlo.

Bernice se sintió tentada a sonreír, y lo hizo. Pero no tardaría en comprender que aquel sutil gesto de victoria no favorecería en absoluto su situación con Weasley, cuyo semblante de frustración parecía atravesarla con la mirada. Por puro sentido de supervivencia, prefirió guardar silencio.

—¿Y qué si lo hago? —siseó la pelirroja—. Tengo motivos de sobra para recelar de todo lo que está sucediendo. Es demasiado extraño, demasiado sospechoso. Primero tu novia... —un terror mortal atravesó su rostro—. Quiero decir, ¡primero Gilbert, que trae a ese estúpido de Mathews y prácticamente nos obliga a incorporarlo! ¡Y ahora...!
—¿Mathews está en la Patrulla? —Adams palideció durante un segundo de pánico.
—Ioan Mathews, no su hermano —intentó tranquilizarla Díctamo, sin mucho éxito.
—... ¡Y ahora esto! —continuó Arsène, señalando a la Caeruleum—. No sé si sea el destino o qué mierda, pero no me siento cómoda con la idea de incorporar extraños a esta causa.
—Pero Bernice no es una extraña —aportó Díctamo—. Y Cassandra conoce bien a Ioan. De verdad, Arsène, me parece que debes tomártelo con calma. ¿Es que no recuerdas el día en que nos mandaste llamar para crear la Patrulla? La situación no era muy distinta a la de ahora. Apenas me conocías entonces, y de todas formas me consideraste para entrar. Incluiste a Gilbert, con la que solo habías hablado en aquella fiesta de San Valentín. Incluso a Ephram...

La mención del ex-Phoenîceum pareció tocar alguna fibra sensible, pues la pelirroja se envaró de inmediato.

—¡Bien! —le cortó—. Bien, ya está, no hay diferencia, ya lo entendí. Tomé el riesgo antes y cometí algunas equivocaciones, así que puedo tomarlo ahora y volver a equivocarme, ¿de eso se trata? Pues, que así sea. Pero espero que esta decisión pese sobre tus hombros también, Betancourt. Si nos hemos equivocado, esta vez la culpa será tanto mía como tuya. Y tomando en cuenta las fechas, vas a tener que arreglártelas solo con las consecuencias. Apenas me quedan unos meses para despedirme de este infierno de colegio. ¿Eres consciente de eso?

Díctamo Betancourt asintió, solemne como solo él sabía serlo. No hizo falta más para que Bernice pudiera sentirse tranquila.

—Me hago completamente responsable, Arsène. Que no te quepa la menor duda.
—Perfecto —Wealey prácticamente ladró la palabra, justo antes de voltearse hacia una joven Adams que sentada en su asiento, se mordía la lengua para evitar involucrarse en la discusión—. Bienvenida al club, entonces —Apenas un segundo antes de que la Caeruleum expresase su gratitud, Arsène alzó un dedo amenazador para agregar—. Y espero que tengas claro lo siguiente: cualquier metida de pata y estarás muerta, enana. Te aseguro que me encargaré de ello personalmente.
—No vas a arrepentirte de esto, Weasley, te lo aseguro —Incapaz de contenerse por más tiempo, Bernice saltó nuevamente de su silla y se colgó al cuello de la irascible ex-Gryffindor—. ¡Gracias, muchas gracias!
—Sí, sí, vale, apártate —medio desconcertada, medio divertida, Weasley se quitó a la muchacha de encima—. Vamos a ver si dices lo mismo mañana. Pertenecer a la Patrulla Escolar no es un juego. Vas a tener que entrenar duro para convertirte en un elemento mínimamente útil que no termine condenándonos a todos. Cada uno de nosotros maneja un buen listado de encantamientos de alta complejidad que resultan básicos para protegernos y mantenernos en el anonimato: encantamiento Patronus, trucos de oclumancia, hechizos de ocultamiento... etc. —su mirada denotaba una gravedad que no daba pie a bromas—. En circunstancias normales, cualquiera de nosotros podría presumir de un currículo tan impresionante que nos rogarían pertenecer al cuartel general de aurors de cualquier Ministerio en el mundo. Tendrás que saber dar la talla.

Por un momento, a Bernice se le ocurrió pensar que la pelirroja no hacía más que asustarla como de costumbre. Ningún mago de diecisiete años podía contar con las habilidades que Weasley testimoniaba. Pero entonces volvió a reparar en su rostro, libre de la ironía propia de aquellos rasgos crueles, y se detuvo a pensar en los acontecimientos de los últimos tiempos. La chica no mentía; solo magos verdaderamente capaces habrían logrado llevar acabo hazañas como las patrocinadas hasta entonces por la Patrulla y aún así mantener sus identidades en secreto a pesar de la genialidad de aquellos actos. Adams lo supo de inmediato: en la Patrulla nada se tomaba a la ligera, cada cosa era analizada hasta en el más mínimo detalle. La meticulosidad era parte del perfil, así que Bernice debería esforzarse en serio. Díctamo debió captar que la idea le produjo cierto nivel de conmoción, pues no tardó en romper la tensión perceptible en la atmósfera:

—Así que tenemos un nuevo miembro —concluyó con una sonrisa triunfal—. En mi opinión, eso merece una celebración.
—Tus opiniones me valen mierda, Betancourt —Arsène bufó de mala gana—. Pero da la casualidad de que tengo hambre, así que te daremos en el gusto por esta vez. Quedaos aquí, iré por un par de bocadillos a las cocinas.

Solo cuando la Smaragdium avanzó hacia el pasadizo de salida, Díctamo retomó la palabra.

—Sé lo que estás pensando, Bernice —el muchacho se inclinó sobre su asiento—. Pero debes creerme cuando te digo que no habría hablado a tu favor si no estuviera completamente seguro de que eres completamente capaz de estar a la altura. Lo harás bien. De cualquier forma, te ayudaremos en todo lo que necesites.

El chico estuvo a segundos de agregar algo más cuando un ruido extraño interrumpió sus palabras de ánimo: una especie de colisión entre dos objetos muy grandes y muy pesados. La habitación sufrió un leve estremecimiento. Para cuando Díctamo se incorporaba con la varita firme en su mano, Weasley volvía a la habitación desde el corto pasillo que conducía al pasadizo. Su rostro era una mezcla terrorífica de horror y furia.

—¡ESE CONDENADO DE MATHEWS NOS ENGAÑÓ, MALDITA SEA! —gritó enloquecida. Llevaba la varita en su mano, y con ella pulverizaba cada uno de los escasos objetos presentes en el cuarto. Cuando volvió a hablar, seguía concentrada en su tarea sin mirar a sus desconcertados compañeros—. Trajo a Dominique con él.
—¿¡QUÉ!? —Díctamo, pálido de sorpresa, ya se preparaba para avanzar hasta la entrada del escondite. Pero su compañera de casa lo detuvo.
—Según parece no esperaban encontrar a nadie. Husmearían el lugar, seguro, porque se llevaron una sorpresa al verme. ¡Pero me vieron, esos malnacidos! Tenemos un minuto antes de que superen el bloqueo que puse al pasadizo. Los distraeré para que no os vean, pero tendréis que arreglároslas vosotros solos para volver a vuestras propias casas.
—No —se apresuró a decir Díctamo, que pulverizaba evidencia casi tan rápido como Weasley.
—No os han visto —terció ella entonces—. Mathews siquiera sabe que pertenecéis a la Patrulla. Tenéis que mantener vuestras tapaderas.
—Pero, ¿y tú? —Bernice habló con apenas un hilo de voz. Sentía que se desmayaría en cualquier momento—. ¿Qué piensas hacer?
—¿Yo? —Arsène rió con aquel aire desquiciado que llevaba tiempo de no exhibir en público—. Jugar un rato, supongo. Ya empezaba a aburrirme de no hacer nada.
—Tienes que escapar —Díctamo tomó a Bernice de la mano y posó la varita mágica sobre su coronilla. Luego hizo lo mismo con la propia, y con asombro lo vio camuflarse de inmediato con el paisaje de fondo. Observó sus propias manos y descubrió con asombro que ella misma portaba el mismo efecto—. Si te atrapan, no saldrás viva. Prométeme que vas a escapar.
—Ese es el plan, enano —la pelirroja sonrió, apoyando una mano en el hombro medio invisible del joven mago—. Quedas oficialmente a cargo. No la cagues, ¿vale? Ahora, apartaos. Es momento de despertar al edificio. No tengo intenciones de marcharme sin antes dejar a la vista los últimos trucos que tengo bajo la manga.

Si Bernice tuvo dudas respecto a esas últimas afirmaciones, no tardaría en comprender.

El estruendo de la explosión que siguió cuando la pelirroja agitó su varita fue de tal magnitud que Bernice estuvo segura de que perdería el sentido del oído para siempre. La onda expansiva la llevó a estrellarse contra un muro distante, y se salvó de ser aplastada gracias a los reflejos de Díctamo, que había invocado un encantamiento protector. Él aún sostenía su mano, y la obligó a levantarse en medio del alboroto. La guarida de la Patrulla, ahora un montón de escombros, era apenas reconocible, y la dejó atrás a medida Díctamo tiraba de ella para forzarla a avanzar. Atravesó el pasadizo y vio a Dominique y Ioan (que no habían reparado en ellos), incorporándose rápidamente luego de su caída, resueltos a dar caza a una Arsène Weasley que acababa de darse a la fuga. Pero había un detalle: la Patrulla no permitía que las cosas resultasen tan sencillas.

Explosiones distantes comenzaron a oírse por todo el edificio. Y otros sonidos, alborotos que Bernice no logró descifrar de buenas a primeras. Pero para cuando subían los escalones del primer piso, pudo ver los primeros atisbos de aquello que la Patrulla había preparado: doxies. Miles, millones de ellas ascendían desde los balcones y volaban por los pasillos al encuentro de cualquier cosa que se topase en su camino. Una vez más sería Díctamo quien la obligaría a atravesar aquella nube de repulsivas criaturas. Weasley escapó en dirección opuesta, rauda hacia la planta baja, y Dominique y Ioan iban quedándose atrás al intentar alcanzarla.

Llegaron al segundo piso, en donde se desarrollaba un verdadero escenario de batalla. Libros, sillas y diversos materiales de estudio volaban por los pasillos, escapando de sus respectivas aulas como si tuviesen vida propia y hubieran decidido convertirse en proyectiles sin objetivo claro. Bernice y Díctamo permanecieron a buen resguardo en la escalera de caracol, y la prisa del muchacho por obligarla seguir ascendiendo apenas le permitió captar una breve imagen de la profesora Rougon-Macquart intentando sin éxito detener el caos de objetos locos. El ruido y los gritos de la bruja no tardarían en despertar al resto de los profesores. Sí, debían darse prisa. Así que siguieron subiendo.

En el tercer piso reinaba el espanto. Los alumnos, fieles a su costumbre de versados seres curiosos, habían decidido echar una mirada a la causa del estruendo que había interrumpido su sueño. Ahora que habían abandonado la seguridad de sus salas principales no conseguían escapar de los miles de snidgets que ingresaban desde las ventanas de las aulas y atacaban a cualquier objetivo móvil. Bernice y Díctamo siguieron subiendo escalones antes de que a los primeros afectados se les ocurriera la misma idea.

En el cuarto piso los estudiantes no corrían mejor suerte. Los desafortunados curiosos intentaban arreglárselas como podían de las lechuzas que, enloquecidas, escapaban desde su sitio de reposo. Los gritos daban continuación a la melodía que acaban de dejar un piso más abajo. Bernice sintió la mano de Díctamo sobre su hombro, los labios del muchacho rozando su oído.
—El encantamiento desilusionador acabará dentro de tres minutos —le dijo en un susurro apenas audible en aquel alboroto—. Estás a un par de metros de la entrada a Caeruleum. Corre a la sala principal, corre a tu cuarto si puedes. Busca una coartada creíble, confúndete con los demás. Sé que podrás.
—Díc... —apretó la mano que descansaba sobre su hombro.
—Lo harás bien. Cuídate, Bernice. Hablaremos luego.

Dejó de sentir aquella mano protectora, y supo que el chico había marchado para preparar su propia coartada. Estaba sola en medio del caos. Se dispuso a reptar por el suelo y avanzar a su sala principal... pero entonces debió pensarlo mejor. Ella era Bernice Adams, la chica cotilla, la que siempre estaba presente en cualquier gran acontecimiento. No podía ser que la encontraran escondida en su habitación. Así que al final optó por el plan B: aunque le parecía una locura, se levantó y corrió directo hacia la marea de lechuzas furiosas.

Nadie, ni siquiera ella notó cuándo acabó el efecto del encantamiento ejecutado por el joven Betancourt, pero para cuando sucedió, la muchacha contaba con una buena cuota de picotazos en el cuerpo, e intentaba escapar a toda costa hacia la seguridad de su sala principal al tiempo que ayudaba al resto de sus compañeros a bloquear el paso de las aves que intentaban ingresar y exiliar a las que lo hubieran logrado. No había tiempo para sospechas, no había tiempo para preguntas, sin embargo, había una sola cosa que ocupaba el pensamiento de Bernice Adams.

¿Qué sería de Arsène Weasley? ¿Sobreviviría a esa noche de fuga?
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Bernice Adams
Caeruleum de quinto

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