[I] McCullough Manor House ~ 13 de agosto de 2053

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[I] McCullough Manor House ~ 13 de agosto de 2053

Mensaje por Leandra Tomkins el Jue Nov 19, 2015 3:18 am

ASCENSO
13 de agosto, 2053. Leandra Tomkins.

Existían muy pocas cosas en el mundo -prácticamente ninguna, de hecho- que Leandra Tomkins no fuese capaz de soportar.

El calor, sin embargo, era una de ellas.

Y no obstante su reticencia a dejarse ver cuando las temperaturas se elevaban en New York hasta valores alarmantes, ahí estaba, recorriendo una carretera casi abandonada, durante la noche más sofocante que había vivido en muchos años. Una tortura sin nivel de comparación. Desde luego se sentía molesta, pero la historia demostraba que su curiosidad siempre había sido más fuerte que cualquier obstáculo que pudiera presentársele en el camino. Así que cuando Leszek se encargó de hacerle saber que necesitaban hablar a solas, no lo pensó dos veces: buscó la ropa más fresca y menos llamativa que encontró en su guardarropa y se apareció con la mayor discreción posible en medio de la carretera, solo a unos metros de la siniestra y abandonada mansión McCullough.

Pero el asunto no se acababa con aquel conocido arrebato de curiosidad; también estaba preocupada. A pesar de su carácter jovial, amistoso y en general desenfadado, Collingwood era más reservado de lo que hacía creer a quienes lo rodeaban. No imaginaba qué podría haberlo animado a concertar esta improvisada reunión, pero lo descubriría.

Atravesó el umbral de ese horripilante lugar y avanzó con cautela en medio de las sombras, tanteando muros y muebles polvorientos con una habilidad que se notaba aprendida. Conocía de memoria el camino a oscuras que debía realizar para llegar al sitio de reunión habitual de sus amigos: el sótano de la mansión. Encender la varita en cualquier otro lugar llamaría la atención de individuos indeseados, y no sería ella la responsable de semejante catástrofe.

Llevaba medio camino recorrido hacia el sótano cuando tropezó con algo que se interponía en su trayectoria tan perfectamente planeada. No un objeto. Un cuerpo.

—¿Leszek? —su voz apenas consiguió reemplazar su chillido de pánico.

—¡Lea! —respondió la cálida voz del joven alojado entre las sombras. Lea suspiró aliviada.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿No se supone que el sótano sería...?

—Sí, para allá iba. Perdóname, perdí la noción del tiempo —comenzó a caminar, sus calculados pasos apenas audibles en la oscuridad.

Aunque su acompañante no pudiera verla, ella enarcó una ceja, escéptica.

—¿Y perdías el tiempo aquí, en medio de la nada? —Lea rió divertida.

—No puedo evitarlo —por el tono de voz utilizado, Lea supo que el joven mago sonreía avergonzado—. ¿No te parece que hay algo extraño en este recibidor, Lea?

—¿Algo extraño? Si te refieres a lo escalofriante que es este lugar, estoy de acuerdo —Lea resopló—. Tú mejor que nadie tendrías que saberlo, chico. Viviste cosas horribles aquí.

—No... no es lo que quería decir —Leszek hizo una pausa para abrir la puerta del sótano, ingresar después de la bruja, cerrar la puerta e invocar una cálida luz que les permitiera descender con cuidado los viejos escalones que los recibían—. Hay algo más que eso allá arriba, lo sé. Lo siento cada vez que atravieso la puerta de entrada.

—¿Algo como qué? ¿Fantasmas? —la idea le causó un estremecimiento de incomodidad. Los fantasmas no la asustaban en absoluto. Sin embargo, no le agradaba la idea de toparse con las pobres almas de los jóvenes estudiantes de Clevermont que habían fallecido tras los muros de la mansión. Leszek le había contado historias, una vez. No le gustaba recordarlas.

—Es una posibilidad —dijo Collingwood encogiéndose de hombros—. El hecho de que no los veamos no significa que no estén aquí, ¿no crees? Experimentaron cosas terribles, dudo que hayan podido largarse así, sin más.
Leandra tomó asiento escogiendo su silla preferida cuando al fin llegó al final del descenso y atravesó el amplio y frío espacio.

—¿Es de eso de lo que deseabas hablar conmigo, señorito Collingwood? Porque si ese es el caso, te seré sincera: no es un tema de mi agrado.

—Qué poco aprecias mis intentos por introducir una charla distendida, señorita Tomkins —bajo la luz mortecina del lumos de Leszek, este esbozó una débil sonrisa infantil. En los tiempos que corrían, expresiones genuinas como esa resultaban un tesoro escaso. Así que decidió conservar la expresión en su memoria como la joya que era.

Sonrió de vuelta.

—Nada de charlas distendidas, jovencito. Quiero que vayas al grano ya. No esperarás que me quede toda la noche en esta casa embrujada.

—Está bien.

Leszek, que hasta entonces había transitado por el sótano sin rumbo alguno, tomó su propia silla para ubicarse frente a la joven desmemorizadora. Ella se sintió nerviosa ante aquel silencio repentino, sin embargo no hizo ningún intento por interrumpirlo. Mientras antes comenzara a hablar el muchacho, antes terminaría su incertidumbre. Los ojos de ambos se encontraron, y Lea descubrió algo extraño en los del mago, algo que no fue capaz de descifrar.

—Realicé una solicitud para ingresar al Departamento de Misterios —dijo él al fin. El nerviosismo en la voz siempre firme del chico le hizo sospechar que el asunto no terminaba ahí, y lo comprobó cuando él se decidió a continuar—: Aprobaron la petición, Lea.

—Oh, Les...

Leandra no supo qué decir. Como muchos, estaba al tanto de cuánto había anhelado Leszek pertenecer a los Inefables... pero eso había sido durante sus primeros años en el Ministerio, cuando este aún se encontraba libre de la influencia de Theodore Worthington. Ahora, con aquel mago tenebroso a la cabeza de la institución, las cosas eran diferentes. Muy diferentes. Si su labor como desmemorizadora había cambiado al punto de proponerse borrar las memorias de los muggles para hacerlos olvidar las atrocidades que las tropas de Theodore cometían con ellos a diario, y si los aurors habían llegado al extremo terrible de verse obligados a perseguir a los oponentes de Worthington como única meta... no imaginaba el nivel de atrocidades que hoy en día se perpetrarían en el Departamento de Misterios. Algunos hablaban de torturas, o de cosas peores, experimentos horribles e inenarrables. Ya había sido difícil para Collingwood mantenerse en su puesto anterior cuando los cambios iniciaron; Lea no podía imaginarse cómo soportaría mantenerse a flote en este nuevo departamento. Lo que la llevó a formularse una nueva pregunta:

—¿Por qué lo hiciste? —susurró acongojada—. ¿Por qué elevaste esa solicitud, en primer lugar?

—Tenía que hacerlo —respondió él con el mismo volumen, bajando la mirada—. Creerás que estoy loco... pero tengo una corazonada.

—Les... no tienes idea de lo que hablas.

—No, no. Lo tengo muy claro, de verdad —el chico alzó el rostro. Un leve brillo iluminaba ahora su mirada—. Sé mejor que nadie lo que se comenta sobre el Departamento de Misterios. Pero como ocurre siempre, la mayoría son rumores. Así que llevo un tiempo haciendo mis propias averiguaciones.

—Eso es imposible Les. Sabes bien que la información relacionada con ese departamento es restringida. Muy restringida. Completamente confidencial ¿Cómo podrías haber averiguado algo tú?

Leszek esbozó una sonrisa triste.

—Observando —dijo, acercándose un poco más a Lea—. Y he descubierto patrones de comportamiento interesantes. Muchos no valen la pena, claro, pero hay uno que llama particularmente la atención. Verás: cada martes y jueves, durante las últimas horas de funcionamiento del Ministerio, Theodore Worthington en persona realiza una visita a los inefables. Lo he comprobado montón de veces.

A juzgar por la ansiedad que para entonces alcanzaba al muchacho, Lea dedujo que esa información en particular tendría que haberle parecido tremendamente reveladora. Pero lo cierto es que le parecía una soberana tontería.

—¿Y eso debería preocuparnos? —la bruja enarcó una ceja, verdaderamente preocupada por la obstinación con que su colega buscaba misterios donde no los había—. Puede que quiera supervisar el trabajo. ¿Qué más da?

La obstinación de Leszek no estaba de acuerdo con semejante teoría.

—Si quisiera saber como van las cosas, no necesita desplazarse hasta el departamento en cuestión en persona. Tiene informadores para eso, gente en la que puede confiar para recibir información fidedigna. No, Lea, esto va más allá de una confirmación rutinaria —la intensidad de los ojos de Collingwood adquirió un nuevo nivel—. Está estudiando las propiedades de la Piedra de la Resurrección, estoy seguro. Ese sujeto demasiado desconfiado, no permitiría que alguien ponga las manos en aquel objeto fuera de su supervisión directa. No puede hacer solo ese trabajo, pero no está dispuesto a delegarlo por completo a alguien que no sea él mismo.

Eso sonaba lógico. Y también resultaba escalofriante. Un instrumento como la Piedra de la Resurrección no podía tomarse a la ligera. Podían cometerse errores intentando experimentar con ella, y peor aún, sería aún más peligrosa si Theodore llegaba a conocer su manipulación absoluta. En la actualidad era solo un medio de amenaza para mantener a raya a sus opositores, pero cualquier día eso podría cambiar. Entonces comprendió las intenciones del joven mago.

—Quieres conocer sus propiedades —le dijo con un hilo de voz.

—Es necesario —asintió él—. Tenemos que saber a qué nos enfrentamos Lea. O corremos el riesgo de quedarnos atrás. Convertirme en Inefable no solo evitará eso. Podríamos ganar ventaja... podríamos descubrir un modo de destruir ese terrible instrumento. Piénsalo. Piensa en el cambio que eso generaría. Worthington seguiría contando con sus seguidores, sí, pero el Mundo Mágico podría llegar a creer que existe una oportunidad para cambiar las cosas.

—Es una perspectiva fantástica, pero creo que estás siendo demasiado ambicioso —Lea tomó las manos del chico—. Es peligroso, lo sabes. Podrías morir experimentando con esa cosa, o con cualquier otra que examinen en ese espantoso lugar.

—Si algo sucede, habrá valido la pena por intentarlo. De cualquier modo, ustedes contarán con la información que yo alcance a proporcionarles —se encogió de hombros—. Y en cualquier caso, era tiempo de que elevara esa solicitud. Todo el mundo sabe que mi meta había sido siempre la de llegar a Inefable. Sería sospechoso que ahora, bajo el mando de Worthington, deje pasar el tiempo. Tengo que ganarme la confianza de esa gente.

—¿Es este el mismo Leszek que tiempo atrás deseaba a toda costa escapar del Ministerio? —dijo Lea con una risita nerviosa. Estaba aterrada, pero era evidente que la determinación de su amigo era firme. Si necesitaba su apoyo, ella se lo otorgaría.

—No puedo decir que a estas alturas tenga mucho que perder —otra vez, ahí estaba la sonrisa triste y nostálgica—. Mandy ya cree que soy un cobarde por haber aceptado conservar mi cargo en el Ministerio cuando Theodore empezó a mover sus hilos. Y mi hermana arriesga su vida a diario en Clevermont. Es todo o nada.

Aquello fue más de lo que Lea podía soportar. A diario intentaba mantener la imagen de fortaleza, pero estaba claro que se trataba de una fachada. Ella no era un auror con experiencia como Bianca y Thomas, ni había vivido las atrocidades que marcaron los días de Collingwood en Clevermont College. Ella solo era una bruja que había intentado ser feliz junto al hombre que amaba... hasta que falleció. Hasta que Wothington y su gente lo aniquiló. Estaba en medio de algo demasiado grande para su capacidad. Abrazó al muchacho y se largó a llorar.

—Tengo miedo, Les —sollozó sobre el cuello de su camisa—. No soportaría la idea de volver a perder a alguien a quien quiero.

Los brazos del mago la rodearon en un abrazo cálido, y sus manos proporcionaban una tierna caricia sobre sus propios brazos.

—Yo tampoco podría —le confesó. Su voz era casi un arrullo—. Por eso debemos intentar trabajar con cautela. Pero no podemos permitir que nuestros temores nos detengan. Me cuidaré, Lea. Lo prometo.
—Bueno —repuso la mujer al incorporarse cuidadosamente. Ya se había desahogado lo suficiente como para seguir dando lástima. Aún con los ojos brillantes de lágrimas, le dedicó al chico una sonrisa—. Pareciera que lo dices en serio, así que voy a creerte. ¿Ya le hablaste a Mandy sobre la buena nueva?

El rostro de Leszek se ensombreció en apenas un segundo. Fue todo lo que Lea necesitó para saber que sí lo había hecho, y que el resultado no había sido agradable.

—No le hizo la menor gracia —suspiró el muchacho—. No importó cuánto me esforcé por bromear al respecto, ella insistía en que yo estaba demente. Bueno, no es que pueda cuestionárselo, ¿sabes? Nunca le gustó mucho la idea de verme como un inefable. Ahora que las cosas han cambiado en el Ministerio, resiente mucho más sobre el trabajo.

—Supongo que tampoco le sobran motivos —concordó ella.

Apenado, Leszek volvió a suspirar.

—No me lo ha dicho, pero apostaría lo que sea a que sospecha que en serio quiero apoyar a Worthington. Eso o me tiene por una rata asustadiza. En cualquier caso, ha sido un buen momento para que se marche a entrenar. No parecía dispuesta a verme la cara por un buen tiempo.

—¿Así de mal están las cosas? —Leandra meneó la cabeza, apenada—. Y supongo que aún así, decirle la verdad no está dentro de tus planes.

—Ya hablamos de esto —en esta ocasión, el tono del mago fue cortante—. No pienso ponerla en peligro. Me da igual lo que piense de mí si con eso puedo mantenerla a salvo.

Leandra resopló, furiosa.

—Puede que no seas una rata asustadiza, pero definitivamente eres un cabezotas —casi escupió las palabras, cruzándose de brazos a la defensiva—. Sabes que tendrás que decírselo, tarde o temprano.

—Por favor, Lea —volvió a suspirar el chico, agotado—. No vine hasta aquí para discutir contigo también.

—Entonces no lo hagas.

—Estás siendo muy injusta, y lo sabes.

Ella no respondió. Si tenía que ser sincera... sí, sabía lo injusta que estaba siendo. Pero el problema era que el muchacho no entendía el error que estaba cometiendo, por sacrificadas que resultasen sus intenciones. Él tenía la posibilidad de vivir cada segundo de su existencia con la persona que amaba, sin embargo estaba estropeando una oportunidad que personas como Leandra ya no poseían. Recordar a Christopher no contribuyó a mejorar su ánimo. Antes de su muerte, también él había ocultado muchas de sus preocupaciones. De haberlas conocido Lea, al menos hubiera podido prepararse para las desgracias. En cambio las había recibido de golpe, sin armaduras, y el resultado la destruyó durante meses. Leszek no entendía.

En medio del incómodo silencio que se había situado entre ambos, un sonido inesperado proveniente de la planta baja llamó la atención de ambos. Pisadas y estrépito de muebles desplazados. Alguien había ingresado a la mansión, y a juzgar por el escándalo, no se trataba de ningún amigo. Mago y bruja pegaron un salto al mismo tiempo, varitas en mano preparadas para cualquier ataque.

—Detrás de mí —dijo Leszek cuando comenzó a caminar en dirección a la escalera que los sacaría del sótano. sus pasos eran tan ligeros que Lea apenas podía oírlos.

Afortunadamente, conocían de memoria el camino a seguir sin necesidad de recurrir a un lumos, así que abrieron con cuidado la puerta del sótano y avanzaron sin dificultad hacia el amplio espacio del recibidor. Los pasos, nada discretos, se oían cada vez más cerca. Lea escuchó con atención, y supo que se trataba de un solo individuo, alguien que no debía ser demasiado robusto, lo que les vendría bien en caso de verse obligados a atacar. Leszek se detuvo delante de ella cuando al fin tropezaron con la sombra del invasor.

—¡Desmaius! —gritó el mago a todo pulmón, derribando sin dificultad a su desprevenida víctima.

Ambos corrieron a apresarla antes de que pudiera contraatacar. Pero quien quiera que fuese parecía demasiado aturdido -o aturdida, pues saltaba a la vista que se trataba de una mujar- como para responder al ataque. Lea invocó una débil luz para intentar reconocer a su víctima. A Lea los rasgos le resultaron apenas familiares, pero Leszek a su lado contuvo la respiración, desconcertado. Le supo mal aquel reconocimiento instantáneo, así que se esforzó un poco más por comprender. Volvió a observar el rostro pálido. Las facciones femeninas portaban una belleza extraña, ocultas casi por completo bajo una expresión hosca y ligeramente amenazadora a pesar de su estado de relativa inconsciencia. Al final, el cabello le otorgó la pista que le hacía falta. Porque recordaba aquella cabellera pelirroja, larga y alborotada de The Haunted Apple.

Acababan de aturdir a Arsène Weasley.
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