[K] Lugar no identificado ~ 14 de noviembre de 2053

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[K] Lugar no identificado ~ 14 de noviembre de 2053

Mensaje por Démian A. Ephram el Jue Nov 19, 2015 3:23 am

CAMBIO DE BANDO
14 de noviembre, 2053. Démian Ephram.

En la oscuridad de esa noche sin luna, dos cuerpos se materializaron de la nada en medio de un callejón deshabitado. El sonido inconfundible de su aparición repentina se confundió con el de ambos magos al caer al suelo, seguido por una carcajada femenina que parecía completamente fuera de lugar en aquel lóbrego escenario.

—Eso estuvo demasiado cerca. DEMASIADO —Una risueña Arsène Weasley sacudió las piernas para zafarse de la mano que aún aferraba su tobillo y se incorporó antes de ofrecer una mirada desenfadada a su acompañante—. Supongo que te debo las gracias, Ephram. Por un momento estuve segura de que ibas a entregarme. No había tenido ocasión de presenciar tus dotes como actor.
El aludido, por otro lado, se levantó sin mayores ceremonias.
—No puedo decir que tuviera muchas alternativas —respondió—. Resulta que estoy atado a un Juramento Inquebrantable.
—Ya, no lo he olvidado —la bruja se encogió de hombros—. Pero dudo que en el Cuartel de Aurors recibas muchos agradecimientos por tu buen trabajo, ¿verdad? Me limito a presentar un quiebre en tu rutina y ofrecerte un refuerzo positivo. Deja de lloriquear y aprecia mis reconocimientos.
—Muy considerada —La afirmación de Démian fue una suerte de gruñido amargo, un vano intento de respuesta que pretendía mantener viva la conversación, por vacía que resultase. Comenzó a caminar detrás de la muchacha, que ya había iniciado el trayecto hacia algún lugar desconocido para él.

A pesar los esfuerzos carentes de lógica de Démian, la charla decayó pronto. Caminaron en silencio dejando atrás numerosas manzanas de calles estrechas y apenas transitadas. Ephram supo de inmediato que esos pocos transeúntes que se les cruzaban cada pocas calles eran muggles; en tiempos como los que se corrían, solo alguien ajeno al mundo mágico podía permitirse el privilegio de recorrer caminos durante la noche sin dignarse a ofrecer una sola mirada de desconfianza. Le sorprendió caer en la cuenta de que, a pesar de las limitantes mágicas de esa gente, sentía envidia de ellos. ¿Cómo sería aquello? ¿Vivir en un mundo de preocupaciones banales, libre del control de otra persona sobre uno mismo, libre de eligir tus propias acciones? El solo hecho de plantearse esas interrogantes era peligroso, Démian no podía permitirse tal nivel de cuestionamientos. Así que optó por volver a concentrarse en la guía trazada por su acompañante... y recordó un detalle que había llamado su atención horas antes, durante la persecución en el Distrito Mágico:

—Ya no eres pelirroja —señaló el corto cabello rubio que flotaba por encima de los hombros de Weasley.
—Claro que no —dijo ella encogiéndose de hombros, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Es mucho más sencillo seguir siendo una fugitiva cuando todo el mundo busca sin descanso a una pelirroja de cabello largo —se le escapó una risita maliciosa—. Putos idiotas.
—Pero, ¿y los mechones de cabello...? —Aquello no tenía sentido. Una de las pistas que permitía adjudicar a Weasley el protagonismo de un ataque era precisamenre el mechón de cabello rojo que se encontraba sin falta en la escena de tal o cual evento. Donde fuera que la pelirroja apareciera, siempre dejaba atrás aquel inconfundible recuerdo.
—Ah, bueno —rió la bruja para aplacar la contrariedad del muchacho—. Guardé algunas reservas para dejar mi marca personal en cada aparición. Un detalle muy ingenioso, ¿eh?
—Claro, si las cosas raras te parecen ingeniosas.

Entonces se detuvieron. Habían llegado a la parte trasera de una vieja construcción en ruinas. Démian observó la maltrecha estructura con desconfianza.

—¿Este es tu escondite secreto?
—¿Mi escondite? —Weasley contuvo una nueva risotada—. Una cosa es que ya no desee matarte cada vez que te vea, Ephram. Puede que hasta me agrades. Pero eso no es suficiente como para confiar lo suficiente en ti y llevarte a mi centro de comando... suponiendo que tenga uno —sonrió—. No. Ni siquiera con Juramentos Inquebrantables de por medio. Este solo será nuestro lugar de paso. Vamos.

Dejaron atrás pasillos y escaleras que se caían a pedazos, y en ocasiones Démian se preguntó si su antigua compañera de escuela no estaría planeando alguna conspiración para aniquilarlo al fin: la madera del piso estaba tan podrida que cada nueva pisada podía convertirse en el paso en falso que lo haría caer al nivel situado justo debajo. Pero luego de unos minutos resultó evidente que la bruja sabía muy bien dónde convenía pisar para mantenerse con vida y no fallar en el intento, de modo que trazó para Démian la ruta que lo llevaría a salvo al destino final. No se detuvieron hasta acabar en el ático de la vieja casa, un espacio tan ruinoso como el viejo ático de Clevermont College, aunque bastante más desagradable. Apestaba a moho y mierda de aves.

—Lo sé, es un asco —dijo Weasley nada más captar la expresión con la que Ephram evaluaba el espacio—. Pero este cuchitril funcionará como una magnífica torre de vigilancia. Desde aquí captaremos cualquier indicio de amenaza. Ahora... —tomó asiento en el suelo, justo bajo un trozo de techo roto que, en una noche con luna llena, sin duda habría servido para iluminar su rostro—. Hablemos de negocios.
—Hablemos de negocios —coincidió Ephram, recargando el peso de su cuerpo contra la pared más cercana.
—¿No vas a sentarte?
—¿Tienes algún problema? —en esta ocasión la respuesta del muchacho fue mucho menos controlada. No soportaba que la gente se creyera con el derecho de decirle lo que tenía que hacer.
—Si para ti está bien... —La sonrisa de Weasley, apenas visible en la oscuridad, resultó extraña—. Bien, Ephram. Basta de preámbulos, dime cuál es el plan.
—¿Plan? —el mago se sintió confundido—. Creí que tú tenías un plan.
—¡Oh, por favor! No soy yo la que necesita una coartada, Ephram. Hasta donde yo recuerdo, eres tú el que tendrá que volver a ese nido de víboras con una explicación creíble sobre por qué no llevas contigo a la presa de tu última misión.
—No recuerdo haberte dicho que no tengo pensado llevarte conmigo, Weasley —Démian se cruzó de brazos—. Eres un pez muy gordo, no tienes idea de cuánto bien haría para mi carrera ser yo quien te entregue a Worthington.
—¿Qué? —la chica frunció el ceño—. ¿Crees que vas a asustarme? No seas idiota y hablemos en serio. Si en algún momento hubieses tenido la verdadera intención de entregarme, en primer lugar jamás habrías roto el encantamiento de tu trampa para dejarme escapar. No me hace ninguna gracia decirlo, pero si en este momento sigo viva es gracias a ti, y lo sabes. Fingías que me perseguías, pero los dos sabemos que solo te asegurabas de que pudiera salir de ahí sana y salva.
De golpe, el humor de Démian comenzó a verse tan afectado como el de su antigua compañera de colegio.
—¿Y qué otra mierda podía hacer? El Juramento...
—¡Ya deja de ocultarte detrás de ese puto Juramento! —Arsène se levantó, y avanzando con aire violento hacia Démian, lo señaló con un índice acusador—. No sé a quién crees que engañas, pero definitivamente no es a mí, cabrón. Ensucias tus manos cada nuevo día que estás al servicio de esos hijos de puta, y aunque incluso yo tengo claro que nadie hace mejor que tú el trabajo, no lo disfrutas. Di lo que quieras, pero hoy fue el primer día en que en serio estuviste a gusto con una de tus misiones, porque al fin pudiste reírte en la cara de esos malnacidos, y lo harías otra vez si pudieras.

Arsène empujó al muchacho, sin embargo este no reaccionó de forma alguna ante semejante provocación. Desde luego estaba furioso, pero también se sentía aterrado ante semejante nivel de exposición. Era una mezcla extraña de emociones, y su cuerpo permanecía paralizado, indeciso respecto a la próxima acción a realizar. La chica volvió a empujarlo, también ella parecía furiosa.

—¿Sabes por qué sé todo eso? —continuó la otrora pelirroja—. ¡Porque lo veo Ephram! Vi tu frustración cada vez que nos reunimos en el pasado para hablar sobre Darcy y sus avances, y lo veo ahora, veo tu paz al haberte enfrentado a una situación completamente distinta. Esta noche puedo ver pedazos del chico odioso que alguna vez conocí, y no a ese monstruo que el Ministerio hizo de ti. —volvió a empujarlo, impotente—. ¡Ya deja de mentirte, maldita sea! Esto es lo que eres, no eso que haces a diario.

Entonces, al fin ocurrió. Sintió que aquello que lo mantenía en pie finalmente se rompía en pedazos. Se negaba a aceptarlo, pero sabía que la chica tenía razón. No quería esa vida, no la quería. ¿Pero acaso eso importaba? La frustración lo sacudió de pies a cabeza, y devolvió los empujones con una fuerza tal que derribó a Weasley.
—¡CÁLLATE! —gritó fuera de sus cabales, avanzando hacia la chica, pateándola en el piso antes de otorgarle cualquier posibilidad para recuperarse—. ¡ESTO ES LO QUE TENGO QUE HACER! —persistió en su ataque, patada tras patada. El volumen de su voz era tal que apenas podía oír los gemidos de dolor de su víctima—. ¡ES LO QUE TENGO QUE HACER! ¿¡CREES QUE TENGO ELECCIÓN!? —siguió, siguió... habría continuado hasta matar a la muchacha, de no ser por aquel relámpago de dolor que repentinamente hubo de sobrevenirle: una punzada en el corazón, la contracción de sus músculos, esa sensación de asfixia total... El Juramento Inquebrantable.

Se dejó caer junto a Arsène, inmóvil, adolorido. Y cuando recuperó el aliento, lloró.

—¿Qué estoy haciendo? —gimoteó Démian entre sollozos que sacudían su cuerpo de forma ininterrumpida—. ¿Qué es lo que estoy haciendo?

Unos pasos más allá Weasley se incorporaba débilmente, lentamente, el rostro empapado de sangre, desfigurado por los golpes... y le devolvía una mirada estupefacta. «Piensa que estoy acabado» -se dijo. Pero no le importaba, pues de golpe comprendía que en efecto lo estaba. Llevaba meses de estar cayendo en un agujero que creía interminable y finalmente había tocado fondo. Era una sensación demasiado dolorosa, demasiado abrumadora e insoportable como para que le importase lo que Arsène pensara de él en ese momento. Se aovilló en el suelo sollozando silenciosamente, ocultándose del mundo un par de segundos.

—Mierda, Ephram... Estás hecho un desastre —habló Weasley con un hilo de voz sin rastro de ironía, casi titubeante, como si temiera volver a despertar al Démian irascible. Pero Ephram sabía que él no aparecería. La chica intentó sentarse cerca del mago, y cada movimiento le costaba una nueva mueca de dolor. Buscó su varita para intentar reparar parte del daño, pero sus ojos no se desviaban del Nuevo Auror—. Te diré lo que estás haciendo: te estás destruyendo, estás pulverizando tu espíritu. ¿Es que no lo ves? Un día matas a un mago inocente, luego torturas a otro, capturas a un par más... Y nada de eso te satisface, porque aún cuando seas el mejor en lo que haces, lo odias. Pero lo haces por Darcy, ¿no? Todo siempre es por ella —una mueca de escepticismo asomó a su rostro por encima del dolor y la sangre—. Y luego te encuentras aquí, del otro lado, ayudándome... y descubres que te agrada. Pero no puedes permitirte este lujo porque sabes que puede traer consecuencias para tu hermana. Has dedicado tu vida a protegerla y tus esfuerzos te anulan como ser humano. Es suficiente, tienes que cambiar de estrategia o acabarás contigo. No puedes continuar con esta lógica estúpida de hacer cualquier cosa con tal de mantener a Darcy a salvo, sin importar que lo que hagas esté bien o mal. Debes pensar por ti mismo, escoger un bando, hacerte responsable de tu propia vida.

Pero a medida que ella decía estas palabras, Démian pensaba en lo equivocado de las mismas. No podía simplemente olvidarse de todos sus esfuerzos, porque su vida completa dependía de la felicidad de Darcy. En el fondo de su mente, como una canción jamás olvidada, la voz de Gea resonaba en una plegaria interminable:


"¿A qué estás dispuesto con tal de que nuestra pequeña Ephram no se vea envuelta en ningún mal? ¿A qué estás dispuesto? ¿A qué, Démian Ephram?"

En aquella ocasión, en un olvidado rincón de la biblioteca de Clevermont College, él había asegurado estar dispuesto a todo. Pero otro sonido competía con aquella voz persuasiva que lo esclavizaba a diario, y se sorprendió al comprender que se trataba de su propia voz, intentando emerger con fuerza desde lo más profundo de su inconsciente. «Estoy cansado» -se repetía a sí mismo, una y otra vez- «En verdad estoy cansado, ya no puedo hacer esto. No puedo ser este hombre sin juicio». Casi estuvo convencido de ello cuando, otra vez, el curso de sus pensamientos lo llevaron hasta Darcy.

Llevaba muchos meses sin verla, sin embargo aún recordaba su rostro, aquellos ojos intensos y la sonrisa pura capaz de fortalecer cualquier alma... pero también recordaba el miedo de sus ojos, la amargura que la destrucción de Hogwarts había producido en ella, como una cicatriz difícil de borrar. Él se había propuesto eliminar aquella marca a toda costa, librar a su hermana de los fantasmas que la perseguían constantemente. No importaba lo que costase, para ella debía ser lo que hiciera falta. Tenía que protegerla, tenía que…

La mano de Weasley sobre su hombro transmitía una calma desconcertante.

—¿Cuántos años tiene tu hermana? —dijo ella, casi en un susurro—. ¿Quince, dieciséis tal vez? Ya no puedes hacer más por ella, Ephram. Debes permitirle su derecho a cometer errores, a tomar decisiones y hacerse cargo de su vida. Esta tarea imposible que te has impuesto de protegerla del mundo está acabando con ambos. Necesitáis velar por vuestras propias vidas, los dos. Tenéis que aprender al fin a separar vuestros caminos. Darcy está bien, me aseguré de ello antes de tener que dejar Clevermont, y ahora, con Díctamo, se encuentra en muy buenas manos. Te lo he repetido un millón de veces; cuenta con las herramientas para seguir adelante. Si al fin decide despertar y enfrentar al mundo, o si en cambio prefiere continuar sumergiéndose en el terror de sus pesadillas diarias… va a ser su decisión. Tú ya has hecho tu parte. Es hora de que ella haga la suya.

Decirlo era fácil. Pero llevarlo a cabo... parecía un crimen reconocer la verdad contenida en las palabras de Weasley, luego de haber dedicado los esfuerzos de toda una vida al bienestar de otra persona. Había, sin embargo, otros aspectos que valía la pena considerar. Porque más allá del hecho de que en efecto Démian anhelara asumir el control de su propia vida, estaba aquella cruz que llevaba tiempo ignorando y que cada vez se volvía más y más pesada, una cruz que Crawford había vuelto cada vez más visible durante sus conversaciones en Londres: Démian había hecho mal al intentar proteger a Darcy desde el comienzo. La había convertido en un ser vulnerable, débil y completamente dependiente. Arsène finalmente había conseguido hacerle reconocer la envergadura de su error, ¿pero cómo abandonar ahora a Darcy, luego de notar el desastre de sus intentos por cuidar de ella? Abandonarla a su suerte parecía cruel, pero a medida la claridad se abría paso en medio de la angustia, también parecía la única alternativa posible. Solo el dolor podía darle a ella la fortaleza que necesitaba, y de todas formas, todos esos meses de no haber establecido contacto de seguro habían significado para Darcy que su hermano ya no se ocupaba por ella. Quizás ahora mismo estuviera en su cama rumiando el odio que sentía por su hermano mayor.

—Quiero hacerme cargo —reconoció entonces, los ojos del mago anegados en lágrimas cuando intentó incorporarse—. Pero no puedo dejar el Ministerio. Sería como rogar que apuntaran sus varitas a Darcy. Saben que ella es la razón por la que soy un Nuevo Auror.

Weasley esbozó una sonrisa tan extensa como espeluznante. A juzgar por la energía que irradiaban aquellos ojos, nadie habría dicho que acababa de ser molida a golpes.

—No pasa nada, Ephram —rió, sacudiéndose la suciedad de su ropa—. Parece ser que, después de todo, sí que tengo un plan.
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Démian A. Ephram
Trabajador del Ministerio

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