[L] Congreso Mágico ~ 08 de diciembre de 2053

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[L] Congreso Mágico ~ 08 de diciembre de 2053

Mensaje por Leszek Collingwood el Mar Dic 01, 2015 1:44 am

SUJETO EXPERIMENTAL Nº 3
Lunes 8 de diciembre, 2053

—Ahora, Collingwood —Arnold Hunt, Inefable veterano, habló con voz átona y aburrida—, antes de entrar quiero que entiendas esto.

Se habían detenido justo frente a una de las puertas de las interminables secciones del Departamento de Misterios, salvo que no se trataba de cualquier puerta. Del otro lado se encontraba el motivo por el que Leszek Collingwood llevaba cuatro largos meses soportando ser espectador y participante de acontecimientos terribles. A duras penas conseguía disimular su impaciencia, muy erguido y atento a las palabras del mago que se situaba frente a él.

—Tienes que saber que no te elegí para tomar mi lugar por pura casualidad —continuó el hombre sin prestar mucha atención al joven—. He estado observando tu desempeño, no solo aquí en el departamento, sino que dentro del Congreso en general. Has ascendido rápido, y eso demuestra tu interés sin nivel de comparación respecto a los cambios que estamos llevando a cabo dentro de estas paredes. Cualquiera diría que nada puede frenarte, lo que significa que tienes temple y eres capaz de centrarte en un objetivo —observó a su interlocutor con absoluta seriedad—. Es justamente lo que hace falta para participar de esta investigación específica del departamento. Así que espero no haberme equivocado contigo.

—Es lo que yo también espero —repuso Leszek con una sonrisa que apenas ocultaba la palidez enferma de su rostro. Un rostro moldeado por noches de insomnio, de sollozos secretos y promesas privadas—. Pero tengo una duda, señor Hunt. Si voy a reemplazarlo a usted...

—¿Qué hago yo? —adivinó el aludido como si esperase tropezarse en esa pregunta. Se encogió de hombros—. Voy a tomar el puesto de Russell.

—¿Y qué ocurrió con Russell? —la pregunta era simple cortesía. Como cualquiera dentro del Congreso, Leszek había oído los rumores.

—Lo mismo que le ocurrió a Torres antes que a él.

La respuesta era en esencia espeluznante, pero Hunt seguía pareciendo más agotado que otra cosa. Y por extraño que pareciera, Les entendía esa absoluta falta de emoción en el hombre de barba marrón: el Departamento de Misterios y sus atrocidades podían desdibujar al ser humano con la facilidad de una brisa de viento que mueve la arena. El hecho de que él mismo intentase resistirse a ese cambio estaba destruyéndolo por dentro, pues no tenía más remedio que soportar en silencio cada experimento inhumano de los que se iniciaban por montones en su nuevo departamento de trabajo.

Como fuera, sabía que Hunt intentaba poner a prueba su templanza, y Leszek no tenía intención de decepcionarlo. Así que siguió adelante sin dejar en evidencia el más leve rastro de preocupación; todo en su semblante era una oda a la curiosidad científica:

—¿Cómo fue que murieron? —preguntó, y casi sintió que su curiosidad era genuina.

—Conoces la Fábula de los tres hermanos, ¿verdad?

Leszek asintió, ya anticipándose para lo que sabía oiría a continuación.

—Lo que se cuenta en ella sobre la Piedra de la Resurrección no se aleja mucho de la realidad, muchacho. Esa cosa endemoniada puede volverte loco. Por eso la estamos probando, para asegurarnos de que Worthington no sufra algún riesgo inesperado cuando finalmente decida utilizarla. Hemos llevado a cabo pruebas suficientes como para comprobar que es un objeto peligroso. Pero aún restan muchísimas más para estar seguros del alcance de sus propiedades. Ven, déjame mostrarte todo. Tienes que familiarizarte con tu nuevo puesto de trabajo.

La habitación que aguardaba justo detrás de la puerta cuando Arnold agitó su varita para abrirla no era nada fuera de lo común, solo otro cuarto con cuatro esquinas y un techo alto. Y como cada cuarto propio del Departamento de Misterios, respondía a su propio orden: este en particular se componía de un asiento situado en medio de todo, sobre una tarima que cumplía la función de pequeño escenario. Y al fondo, un estrado con tres puestos vacíos que se elevaba por encima de todo lo demás. Era el aspecto que Leszek imaginaba deberían tener las cámaras del Concilio, pero resultaba evidente que el propósito de ese pequeño espacio perseguía un fin completamente distinto al de resolver conflictos legales.

Arnold señaló una de las pequeñas mesas situadas justo bajo el estrado.

—Ese será tu puesto de trabajo a partir de ahora. La tribuna. Tu misión es simple, siempre que consigas soportar la carga emocional que conlleva: solo debes registrar todo lo que veas, todo lo que escuches y todas las conclusiones a la que te lleve el curso de tus reflexiones. Nos reunimos aquí a diario de 19:00 a 21:00 horas. El resto del tiempo deberás emplearlo a sacar conclusiones con el resto de los miembros de la tribuna sobre todo lo que vean.

—¿Y qué es lo que debo observar exactamente?

—Verás, chico. A partir de hoy, yo soy el sujeto experimental número tres. Mi misión, como mis compañeros antes que yo, es explorar los alcances de la Piedra de la Resurrección. Cada sujeto persigue el propósito de contestar una interrogante. Con Torres debíamos averiguar dos asuntos: ¿Quiénes pueden ver al ser que la piedra resucita? ¿Por cuánto tiempo puede permanecer ese ser en este mundo?

—¿Y dieron con las respuestas?

Hunt asintió, solemne.

—El día antes de encontrar a Torres muerto, seguía siendo el único capaz de ver a su hermano fallecido. Puedes ver los detalles en los informes. Como sea. Luego, con Russell, debíamos descubrir cuántos seres a la vez podían ser resucitados y coexistir en el mundo de los vivos —antes de que Leszek tuviera ocasión de agregar otra pregunta, el mago alzó una mano para detenerlo—. Hemos descubierto muchas cosas interesantes en todo este tiempo, pero aún existen muchas interrogantes. En esta fase pasaremos de la observación a la experimentación: como tercer sujeto experimental, mi deber es intentar revertir la aparición de los seres que invoque.

Leszek frunció el ceño, consternado.

—No creo que eso sea posible —lo decía en serio, a pesar de no contar con el más insignificante argumento de respaldo.

—Esa es tu hipótesis. Pero no sabremos si tienes razón hasta que los experimentos inicien. Método científico, Collingwood, el principio fundamental del departamento. Tú ya sabes cómo funcionan estas cosas.

El joven mago asintió, disimulando la perturbación que le producía comprobar la resignación frívola con la que ese hombre que tenía en frente aceptaba su destino en el futuro inmediato. En serio parecía no importarle la alta probabilidad que existía de que terminara como sus compañeros, enloqueciendo al punto de preferir quitarse la vida. La parte de él que se resistía a ceder a la influencia del lóbrego ambiente reinante en el Congreso deseaba escapar antes de que fuera demasiado tarde para él, pero llegado a ese punto ya no podía retirarse. Si Leszek estaba donde estaba era gracias a la meticulosidad de sus esfuerzos, a la calculada estrategia de realizar las acciones adecuadas y decir las palabras adecuadas en el momento adecuado y con las personas adecuadas. Era desalentador pensar que había sido una labor terrible y agotadora y que, no obstante, sus días malos apenas iban a comenzar.

—Bien —Hunt interrumpió el curso de los pensamientos de Collingwood con su tajante afirmación—. Ha sido suficiente orientación para ti. Ve a ocupar tu lugar, es casi la hora, Theodore Worthington y el resto del equipo estarán por llegar. Bajo tu escritorio hay una pluma vuelapluma para ti, adaptada a tus necesidades. Mejor que la uses, tendrás que registrar un montón de cosas por minuto.

Con esas últimas palabras, el mago se retiró a la entrada del cuarto, y Leszek no tuvo más opción que ir a ocupar su puesto, jugueteando y explorando las capacidades de su nueva pluma mágica -jamás había tenido una-. Un par de minutos después, otro par de magos ingresó a la sala y tomó asiento en los pupitres adyacentes a los de Collingwood, preparando sus propias plumas sin mediar palabra. Incómodo ante la parquedad de aquella entrada, se dispuso a presentarse con palabras distendidas, despejar la tensión del ambiente…

Pero entonces llegó Worthington.

Prácticamente invisible desde su nuevo puesto de trabajo, Leszek lo contempló ingresar al cuarto acompañado por dos de sus hombres de confianza, y una extraña sensación de inquietud lo consumió de pies a cabeza. Ese era el mismo rostro que recordaba de sus días en Clevermont, la misma mirada gélida que alguna vez lo hubiera contemplado indiferente durante sus noches de encierro en los calabozos. Sin embargo, ese mago no se parecía en nada al profesor de Defensas Contra las Artes Oscuras que alguna vez había conocido; siquiera guardaba mucha relación con el Director responsable de tantas muertes en su antigua casa de estudios. Este era un hombre diferente, uno que contaba con el pleno derecho de hacer exhibición pública de su poder, porque el alcance de su influencia parecía escapársele por los poros. El silencio que dejaba a su paso, el hielo mortal de su mirada... todo en él era testimonio viviente de su omnipotencia. Este Theodore Worthington era un mago al que no podía desafiarse, era un ser indestructible. Invencible.

Y vencerlo era precisamente lo que Collingwood pretendía hacer al encontrarse ahí.

En aquel momento, con el mago a unos pocos pasos de distancia, Leszek comprendió que la tarea encomendada a sí mismo era una completa locura. Y también comprendió que de todas formas la llevaría a cabo. A pesar de los reproches de sus amigos, a pesar de que las probabilidades no estuvieran a su favor. Porque remediar el daño que Theodore Worthington había causado en el mundo mágico, el daño que continuaría causando cada nuevo día, era un deber moral que no podía permitirse ignorar y continuar viviendo consigo mismo. Al menos Weasley estaba de su parte en eso.

La habitación continuaba sumida en un silencio gélido, y se extendió durante todo el tiempo que Worthington tardó en acomodarse en el estrado junto a sus acompañantes, sin dedicar la más mínima mirada a ninguno de los Inefables durante su avance. En esta ocasión Leszek agradeció aliviado el evidente gesto de indiferencia; estaba seguro de que el mago tenebroso no recordaría a un insignificante estudiante de Clevermont que alguna vez hubiera llegado a causarle problemas... pero, por las dudas, era conveniente no llamar demasiado la atención.

El resto se apresuró a tomar posiciones, incluso Hunt, que ahora descansaba sobre el solitario asiento de la tarima con la mirada perdida. Procurando disimulo, Leszek echó un vistazo a lo que ocurría por encima de su cabeza, ahí en los puestos del estrado: todavía amparado bajo el pesado silencio que devoraba cada recoveco, Theodore extrajo un pequeño objeto envuelto en tela del interior del bolsillo de su traje, y lo entregó a uno de sus acompañantes. El sujeto a su vez descendió de la tarima, manipulando el objeto de sus manos como si se tratara de una pieza de fino cristal, y fue a depositarlo con cuidado en manos de Arnold Hunt. Este descubrió el objeto con la misma delicadeza utilizada por su anterior portador, y cuando la Piedra de la Resurrección se posó en su mano, desnuda para ser apreciada y temida por todos los presentes, algo pareció despertar en la mirada de Arnold, como si acabase de caer en la cuenta de la terrible carga que habían decidido depositar sobre sus hombros. Fue apenas un instante de incertidumbre y pánico, pero el joven Leszek Collingwood pudo verlo, quieto y expectante como estaba en su lugar en la tribuna. Y se compadeció de aquel mago, aún sabiéndolo abierto simpatizante a los ideales del actual Ministro de Magia. Esa noche estaba marcando su destino, probablemente uno insoportable... y lo hacía por la causa equivocada.

Cerrando en un puño la mano que portaba la piedra, Harold se levantó de su asiento.

—Honorable Presidente Theodore Worthington, compañeros Inefables, a partir de este momento, lunes 8 de diciembre de 2053 a las 19:00 horas, inicia la fase de investigación patrocinada por Arnold Hunt, sujeto experimental Nº 3. Tribuna de registro preparada…

La Piedra de la Resurrección giró tres veces en la mano de Hunt, y el sonido de plumas que rasgaban el papel en apresuradas anotaciones arrasó definitivamente con el silencio.
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