[O] Aula de pociones ~ 12 de diciembre de 2053

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[O] Aula de pociones ~ 12 de diciembre de 2053

Mensaje por Ioan Mathews el Lun Ene 04, 2016 12:09 am

DETALLES
Viernes 12 de diciembre, 2053

El aula de pociones estaba colmada a tope por un aire viciado de vapores espesos y olores extraños. A Ioan parecía no importarle demasiado, absorto como se hallaba en su trabajo. En el frente de la habitación ardían tres calderos y el muchacho se desplazaba de uno a otro, observando sus contenidos, agregando ingredientes, ajustando las llamas del fuego, revolviendo de tal o cual manera y tomando notas con un frenesí enloquecido, todo al mismo tiempo y con una facilidad que parecía antinatural. La sincronización de sus movimientos alrededor de los calderos, sin embargo, era esperable luego de meses perfeccionando la misma técnica de procesos simultáneos. Los proyectos en su cabeza eran numerosos, y prefería perder la noción del tiempo con sus experimentos antes que desperdiciar sus horas libres en actividades ociosas... que de forma irremediable lo llevarían a pensar en cosas que no deseaba pensar.

Hace ocho meses, aquel estado de permanente encierro habría implicado una pesadilla tortuosa para el siempre inquieto Ioan Mathews. Hoy su obsesión era una vía de escape que había probado ser no solo efectiva, sino que también altamente beneficiosa: ya había dado con la fórmula de dos nuevas pociones de su propia invención, además de su 'Fantasía embotellada', elaboración iniciada hace ya un año. Las invenciones del presente eran con diferencia mucho más ambiciosas que aquel primer proyecto, por eso cada detalle debía ser perfectamente calculado y su atención absoluta.

Tal vez influenciado por aquella premisa fue que apenas reparó en el chirrido de la puerta a sus espaldas, que anunciaba el fin de su decidida soledad. Siquiera sintió la curiosidad suficiente para animarse a volverse y echar un vistazo a quien había decidido hacerle una visita.

—¡Puaj! —la voz despectiva de Vasile se hizo oír con total claridad desde el umbral—. ¿Cómo puedes soportar esta peste y seguir vivo?

Sin esperar una respuesta, el joven Smaragdium de quinto año avanzó hasta las ventanas del aula, y Ioan oyó la furia con la que abría cortinas y postigos para ventilar el espacio. Solo entonces volvió a enfrentar a su hermano con esa mirada de hartazgo tan propia de él. Ioan apenas alzó el rostro para dedicarle una sonrisa divertida.

—¿Qué? ¿Ya acabó la reunión de los amigos de las criaturas mágicas? —preguntó, devolviendo su atención a las pociones. Al comprender que este no respondería, lo volvió a observar, esta vez con curiosidad—. No irás a decirme que decidiste no asistir. No, tú jamás te perderías la oportunidad de espiar a alguien, sobre todo si ese alguien lleva por nombre Díctamo Betancourt. Según oí, él dirige las actividades.

—No hace falta que asista a ese ridículo club —contestó al fin Vasile, visiblemente ofendido por las observaciones de su hermano—. La profesora Stewart preside la cita. Los tendrá a todos bien vigilados... suponiendo que alguien sea lo bastante descerebrado como para querer unirse a una actividad tan estúpida e inútil.

—Creo que subestimas demasiado ese grupo —dijo Ioan a su vez, desechando con su varita el contenido del caldero del medio, que había comenzado a borbotear rápidamente y amenazaba con desbordarse. Otra prueba fallida para el registro de sus apuntes—. Debe de ser muy útil para aprender a tratar con bestias como tú, querido hermano. Yo llevo la ventaja de quince terribles inviernos de pruebas y errores. Pero el resto ha sido más afortunado y solo ha tenido que soportar tu encantadora personalidad cinco años de nada. En consecuencia, no saben cómo invocar tu mansedumbre.

—No vine aquí para oír tus chistes de mal gusto, Ioan —el Smaragdium lo fulminó con una mirada de odio que el aludido solo pudo percibir, atento como permanecía a sus preparaciones.

—Entonces no veo por qué otro motivo puedes estar aquí. Los chistes de mal gusto son lo único que puedo ofrecerte —Ioan fingió con soberana maestría una divertida mirada de contrariedad que pareció irritar todavía más a Vasile.

—Sigo sin entender cómo es que mamá, papá e incluso Slaughter confían lo suficiente en ti como para insistir en delegarte responsabilidades de vital importancia, cuando es obvio que sigues siendo un inmaduro insufrible. Nunca has sido merecedor del apellido Mathews —haciendo levitar una silla con ayuda de su varita, Vasile tomó asiento a una prudente distancia de los calderos, mirando de frente a su interlocutor—. Pero para contestar a tu pregunta, bastará con decirte que he venido en búsqueda de la verdad.

—Eso suena muy interesante —Ioan se dedicó a mezclar con metódica técnica la poción del caldero más próximo a la puerta—. ¿En qué puede ayudarte un ser insignificante como yo, oh admirable oficial de la verdad y la justicia?

—Ya deja de jugar, sé que estás ocultando detalles importantes —el chico hizo una pausa, cruzándose de brazos sobre su asiento—. Algo sobre la Patrulla Escolar.

A su pesar, la afirmación tomó completamente por sorpresa al locuaz Phoenîceum. Perdió la cuenta de los giros realizados en su mezcla, y como resultado la poción sufrió un abrupto y equivocado cambio en su consistencia. Ya no servía. Un grácil movimiento de su varita y el contenido de ese caldero también desapareció. Resignado a que la última de sus pociones también fracasaría aquella jornada, se concentró por fin en Vasile.

—La Patrulla se terminó con la fuga de Weasley. En abril —la observación estaba de más, pero para Ioan estaba claro que su hermano la necesitaba—. ¿A qué viene esta pintoresca acusación, después de tanto tiempo?

—No irás a creer que todo esto se reduce a un intento de perjudicarte sin fundamentos —Vasile enarcó una ceja, receloso—. Siempre albergué mis sospechas, pero la credibilidad no se obtiene a base de corazonadas —Sus ojos centellaron con un brillo peligroso y astuto—. Necesitaba evidencias, hermano. Y me he dedicado a reunirlas desde que esa repulsiva Weasley se dio a la fuga. He llegado a conclusiones sorprendentes —agregó, esbozando una sonrisa dura—. Creo que te gustará escucharlas.

Ioan contuvo a tiempo un estremecimiento de temor, resuelto a no exponerse y alimentar las sospechas de su hermano. Aquellas palabras denotaban una verdad escalofriante, y no era otra más que el hecho de que, por sorprendente que pareciera, Weitzman estaba haciendo un maravilloso trabajo con el menor de los Mathews. En cada palabra se adivinaban las persuasivas instrucciones de la bibliotecaria y su astuto modus operandi. Lo que fuera que hubiera hecho el Smaragdium que lo contemplaba con actitud triunfal, perjudicaría al estudiante de séptimo año de uno u otro modo. De lo contrario no habría decidido acudir hasta ahí para restregárselo en la cara. Aguardó, conservando la apariencia de su habitual desinterés y desenfado.

—Todavía no logro dilucidar cómo fue que diste con la ubicación de esa sucia guarida —continuó Vasile con soltura y cadencia, olvidándose de la reciente pausa—. Pero no es el tema más acuciante en este momento. El punto es que tus omisiones nos obligan a asumir que de algún modo imposible te ganaste la confianza de Weasley. Llevas años trabajando en tu fachada de chico bueno, aparentando ser la oveja descarriada de la familia, así que sigue siendo una opción factible, incluso con esa pelirroja de por medio —Se encogió de hombros, intentando sin resultados leer alguna expresión del rostro de Ioan—. Voy a suponer por un momento que las cosas sucedieron como quieres hacernos creer. De haber sido así, el hecho de que llevaras a Dominique a la guarida y la posterior fuga de Weasley nos lleva a una consecuencia inevitable: que quedaste expuesto.

—Por supuesto que quedé expuesto —Ioan esbozó una mueca desdeñosa que pretendía restar importancia al tema. Tenía una idea bastante formada de a dónde deseaba ir a parar el chico, y temía la posibilidad de estar en lo cierto—. Me encontré de frente con Weasley cuando intenté ingresar a su escondite. Por lo que a mí respecta, cualquier persona con un poco de seso se sentiría razonablemente engañada después de eso —sacudió la cabeza, divertido—. Te aseguro que intentó hacérmelo pagar. Y te aseguro también que no volverá a confiar en mí otra vez. Pero todos sabíamos que el plan solo tenía una posibilidad de éxito, así que, ¿qué importa eso?

—Importa si nos proponemos un supuesto diferente —Vasile sonrió antes de levantarse del asiento—. Supongamos que, al contrario de lo que nos diste a entender, la Patrulla no murió con Weasley. Cometamos por un momento la locura de suponer que por los pasillos del college siguen sueltos los bandidos que apoyaban a esa insufrible pelirroja en sus faltas. Hubo un tiempo en que Worthington supuso que la Patrulla Escolar la conformaba un grupo de estudiantes y no un personaje solitario, así que no resulta tan difícil de creer —con pasos lentos, Vasile avanzó hacia el caldero y hacia su hermano. Aún no había perdido la sonrisa, sino que por el contrario, se tornaba más astuta y más peligrosa—. Si ese fuera el caso, también habrías quedado expuesto para esas personas, ¿no? Desde luego Weasley habría dado con el modo de ponerlos sobre aviso sobre la amenaza que representas.

—Supongo que sí —convino Ioan encogiéndose de hombros. Y volvió a concentrarse en su poción para apartar la mirada de su hermano. Pero este no estaba dispuesto a permitirle al Phoenîceum un instante de paz. Vasile agitó la varita, y el contenido del último caldero se deshizo en medio de una densa humareda. Ioan alzó el rostro, molesto—. ¿Qué crees que haces? ¡Me llevó horas preparar esa poción!

—Estamos llegando a un punto importante, Ioan. Necesito tu atención aquí —guardó la varita, apenas permitiéndose un momento de pausa—. Se supone que a pesar de tu desliz con Weasley, todos dan por hecho que eres eso que pretendes ser: el chico risueño y afable, ese capaz de trabar amistades con una facilidad incomparable, el que puede animar a cualquiera en cualquier momento y ayudar a quien lo necesite...

—Yo soy todo eso —interrumpió Ioan, cruzándose de brazos con un gesto desafiante.

—... el muchacho de confianza —Vasile enarcó una ceja al corroborar que Ioan no hacía reparos ante ese último punto—. Así que, si yo quisiera dar con las identidades de estos individuos, en realidad no tendría que esforzarme demasiado; solo me haría falta echar un vistazo a la evolución de tus relaciones durante estos meses.

El Phoenîceum retrocedió un paso, a la defensiva. Había albergado esperanzas de que las cavilaciones de Vasile no fueran más que un intento para confundirlo, una inútil exhibición de lo bien que estaba aprendiendo a controlar su temple. Pero Vasile lo sabía, Ioan podía verlo ahora que se enfrentaba a sus ojos y el brillo acusador que se ocultaba en ellos.

—Estoy seguro, muy seguro de que cuando comenzó el año te llevabas de maravilla con Gilbert. ¿No se suponía que le enseñabas pociones? —Como si de pronto recordase algo, Vasile rebuscó en la túnica de su uniforme, tomando un puñado de papeles enrollados que tendió a su hermano: eran páginas del periódico escolar—. Incluso Adams indagó a fondo en su relación, sobre el tiempo que pasaban juntos y la distancia que se interpuso entre ambos tras su rompimiento con ese odioso de Betancourt. Esa Caeruleum jamás ha sido lista, así que no me sorprende de que haya llegado a la conclusión equivocada, creyendo que Gilbert te había culpado por su rompimiento —soltó una carcajada, tan gélida como su mirada—. Pero me hizo un grandioso favor al recolectar la información suficiente como para que yo consiguiera descubrir la verdad, a pesar de los detalles que nos omitiste.

Vasile hizo ademán de avanzar un último paso. Y fue cuando Ioan lo tomó por sorpresa. De un manotazo apartó el caldero que se interponía entre ambos y sostuvo al muchacho por el cuello de su uniforme, arrastrándolo hasta acorralarlo contra el pizarrón. La sorpresa en ojos del Samaragdium apenas duraría una fracción de segundo, mientras levantaba las manos en señal de rendición, pero fue suficiente para que Ioan recuperase su coraje.

—No vas a tocarla —siseó furioso—. Ella no tiene nada que ver en esto, ¿entendido?

—Fue ella ¿verdad? —Vasile no parecía en absoluto atemorizado, y es que en realidad no tenía motivos para estarlo. Ioan solo perdía el control cuando ya no tenía escapatorias. Que hubiera cedido a la violencia era señal de un recurso desesperado—. Esa perra fue quien intercedió para que te incluyeran en la Patrulla. Tiene mucho más sentido que tus estúpidas excusas —escupió al suelo—. Eres un repulsivo traidor.

El puño de Ioan dio de lleno contra el rostro de su hermano, derribándolo y concediendo al joven de séptimo año unos preciosos segundos de tiempo disponible para armarse. Sacó su varita y apuntó a Vasile, que gemía y se retorcía de dolor en el suelo.

—¿Por qué no se los has dicho? —exigió saber, la varita firme en su diestra—. ¿Por qué no has dicho nada si crees haber llegado a la conclusión correcta?

—Porque necesito pruebas —Vasile no miraba a su interlocutor al hablar. Con los ojos llorosos y su propia varita entre las manos, intentaba arreglar las dolorosas consecuencias del puñetazo recibido—. Ya cometí antes el error de presentarme ante Slaughter y ofrecer acusaciones carentes de fundamentos. Jamás tropiezo dos veces con la misma piedra. Además, tenía que decírtelo primero —agregó, levantándose trabajosamente. Ioan permanecía en guardia—. Puedes creer lo que quieras de mí, pero estoy dispuesto a concederte la oportunidad de redimirte y entregar los nombres que conoces de los miembros de la Patrulla. Entregar los detalles que ocultas. Han pasado ocho meses, hermano. En mi opinión es tiempo suficiente para que la patrulla haya tomado precauciones de sobra antes del siguiente ataque, que desde luego será pronto. Y cuando eso suceda, Raziel sabrá que le ocultaste cosas. ¿Qué tienes que perder, entonces? Está claro que esa repugnante de Gilbert no agradecerá el favor que le has hecho todo este tiempo.

La verdad contenida en aquellas afirmaciones obligó a Ioan a guardar silencio. Desde que Cassandra había caído en la cuenta del engaño en que había formado parte, él buscó solucionar las cosas de toda forma posible, pero nada existía que pudiera aplacar la ira de la joven delegada, y Mathews no podía reprochárselo: ella había confiado, decidiendo correr un riesgo terrible para ella tanto como para el resto de sus amigos... y él le había fallado por completo. A pesar de sus inagotables intentos, en el fondo Ioan sabía que Cassandra jamás lo perdonaría.

Sin embargo, eso no cambiaba nada.

No importaba si tenía que soportar esa mirada dolida por el resto de su vida, él continuaría protegiéndola. Si Vasile pretendía entorpecer esa decisión, Ioan no se quedaría de brazos cruzados. No volvería a traicionarla.

—Veo que lo estás pensando —habló entonces Vasile, mal interpretando la mirada ausente de su hermano mayor. Avanzó hasta la puerta, luego de bajar el brazo en que Ioan aún apuntaba con su varita—. Te daré un tiempo para que reflexiones respecto a tus fidelidades y tomes la decisión correcta —advirtió—. Mañana inician las vacaciones, y de todas formas no podré avanzar en mis investigaciones durante ese tiempo. Tendrás hasta nuestro regreso para apartarte de las dudas. Entonces volveremos a hablar sobre esto.

Vasile se marchó, y Ioan, ahora solo en el aula de pociones, tomó asiento y dedicó el resto de la tarde en pensar en un modo para mantener a Cassandra lejos del peligro que amenazaba con cernirse sobre ella.
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Ioan Mathews
Phoenîceum de séptimo

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