[Q] Apartamento Jenssen ~ 21 de diciembre de 2053

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[Q] Apartamento Jenssen ~ 21 de diciembre de 2053

Mensaje por Arsène Weasley el Lun Feb 01, 2016 1:52 am

LA CARTA
Domingo 21 de diciembre, 2053

La noche caía rápidamente y teñía el cielo de Manhattan de un púrpura casi negro a causa de las nubes. Por el ventanal abierto del elegante apartamento entraba un aire gélido, un crudo recuerdo de la estación invernal que llegaba para quedarse. La agresividad de los vientos era afilada como dientes que atravesaban ropa, carne y huesos por igual, pero Démian Ephram contemplaba el panorama como si no sintiera el frío, inalterable desde la terraza con las manos aferradas al barandal y la mirada perdida en los rascacielos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

—Cierra ya esa maldita ventana —le gritó Weasley desde el interior del salón comedor. Estaba despatarrada en el primer sofá que había visto al ingresar al apartamento y no había vuelto a despegarse del mullido mueble desde entonces—. Es peligroso. Tendríamos que asegurarla en lugar de mirar el paisaje como unos jodidos turistas.

—Como si a alguien se le fuera a ocurrir venir a buscarte aquí —respondió el aludido desde afuera, indiferente.

Era cierto. Dejando de lado el hecho de que estaban en zona de muggles, prácticamente camuflados entre ellos, se encontraban a muchísimos metros de altura. La posibilidad de que indagaran ese domicilio en particular era más que remota. Pero a pesar de sus desdeñosos reparos, Ephram volvió al salón, cerró el ventanal y lo aseguró con un par de encantamientos protectores.

—Estás refinando las características de tus escondites a un punto alarmante —el chico frunció el ceño—. ¿Dónde vamos a encontrarnos la próxima vez, en un castillo?

La respuesta inmediata de Weasley fue un bufido de reproche.

—¿No puedes simplemente sacar provecho de todo este lujo en lugar de quejarte? —Se incorporó de mala gana de su sofá para devolverle la mirada de pocos amigos. Con un gesto distraído de su varita, corrió las cortinas del ventanal y encendió una de las pequeñas lamparitas dispuestas en la estancia. No quería que algún vecino reparase en las luces y se acercara a indagar—. Y no es un escondite, maldita sea. Solo es un punto de encuentro. ¿Cuántas putas veces tengo que repetirte la misma mierda?

Había intentado dejarlo claro en miles de ocasiones. A Démian y a ella los unía no solo un Juramento Inquebrantable, sino que además trabajaban codo a codo en una serie de acuerdos y planes que llevaban ideando desde noviembre. Pero eso no significaba que Weasley pudiera confiar en el Nuevo Auror tan rápidamente, al menos no del todo. En consecuencia, no tenía la más mínima intención de darle a conocer la ubicación de sus verdaderos escondites. Este apartamento lo había encontrado por casualidad la semana anterior, y le pareció adecuado utilizarlo para el fin que ahora estaba cumpliendo. Se encontraba elegantemente amueblado, pero parecía que nadie había habitado en él hacía mucho tiempo. Seguramente pertenecía a un muggle acaudalado que lo utilizaba cuando se aburría de sus otras miles de propiedades de lujo. Habría sido un desperdicio no aprovechar las comodidades de ese abandonado lugar.

Como era de esperar, Ephram no respondió los reproches de la joven bruja. En lugar de ello se conformó con dedicarle una mirada hosca y tomar asiento en el sillón más distante a la posición ocupada por ella.

—¿Por qué me hiciste venir? —exigió saber de pronto, rebuscando en los bolsillos de su pantalón—. Supongo que no para invitarme a disfrutar de las vistas.

—Supones bien, genio —Arsène sonrió con retorcido entusiasmo—. La semana pasada estuve planeando un par de cosas con... mis contactos secretos, ¿sabes? —se inclinó en su sofá, ansiosa—. Estamos manejando ciertas circunstancias que, si conseguimos usarlas a nuestro favor, podrían otorgarnos grandiosas ventajas en el futuro cercano. Creo que podrías cumplir un rol fundamental en una parte de lo que tenemos en mente y... mierda, Ephram. ¿Vas a prestarme atención?

Se levantó frustrada, como si aquello pudiera persuadir a Démian de soltar el pequeño trozo de papel que ahora leía con avidez, sosteniéndolo entre las manos con una fuerza tal que se arrugaba por los bordes. Weasley se le acercó, pero él siquiera lo notó. Tenía el rostro pálido y en los labios bailoteaba la débil y olvidada sombra de una sonrisa intranquila. Parecía que se largaría a llorar en cualquier momento... pero el hechizo acabó cuando ella le arrebató el papel de las manos.

—¿Qué mierda es esto? —dijo con una sonrisa maliciosa.

—¿Qué mierda te importa? —repuso él a su vez, con esa agresividad que le era tan característica—. Es mío.

Estiró la mano y recuperó la pequeña hoja, pero ya era demasiado tarde. El texto era breve, y Weasley tuvo tiempo de sobra para estudiar cada palabra antes de perder de vista el documento.

—Ah, así que te mensajeas con la zorra de Crawford —escupió el apellido como si fuera una maldición.

—¿Zorra? —Démian volvió a guardar el pequeño mensaje entre sus ropas, un poco más recompuesto luego de la inesperada irrupción de la chica. Miró a la bruja con extrañeza—. Pensaba que Crawford era tu amiga.

—Lo era —confirmó la otrora pelirroja—. Hasta que se graduó de Clevermont y decidió desaparecer de la faz de la tierra y desentenderse de todos los planes que teníamos entre manos con la Patrulla Escolar —las palabras salían a borbotones de sus labios, como veneno. Reavivar los recuerdos alimentaba el resentimiento y el odio que había procurado enterrar bajo los miles de otros inconvenientes que debía afrontar en el presente—. Es como si todas sus hazañas en Hogwarts y Clevermont no hubieran sido más que un juego para mantenerse entretenida. ¿Por qué no me dijiste que te comunicabas con ella? ¿Es que acaso planea seguir tus pasos, ahora que ha visto que a ti te va tan bien como matón de Theodore?

—Cuidado con tus palabras, Weasley —le advirtió Ephram con un tono tan peligroso que ella se obligó a cerrar la boca un momento—. No te lo dije porque esto es lo primero que sé de ella en un año. Lo dice en la carta, ¿es que no lo leíste? —se desinfló en un suspiro de agotamiento, se revolvió el cabello y la miró—. Según parece, el MACUSA la ha estado investigando por culpa tuya.

—¿Mi culpa? —repuso ella indignada, llevándose una mano al pecho. Todo eso ya lo sabía. Hellmayr le había comentado de su misión antes de partir a Londres y había solicitado algunas referencias para completar los archivos de Crawford antes de interrogarla. Weasley le había proporcionado de buena gana esa información, y a cambio había pedido encarecidamente que le dijera un par de insultos de su parte. Intuía que Bianca no había cumplido esa parte del acuerdo.

—Tu culpa —confirmó él, irritado—. Por haber hecho buenas migas contigo durante sus años escolares. Como sea, al parecer en el último tiempo no ha hecho nada que justifique su detención, porque la bruja que fue a interrogarla incluso se tomó las molestias de traerme este mensaje de su parte —el rostro del mago se ensombreció—. No sé qué le habrá dicho Crawford sobre nosotros... pero ahora Hellmayr sospecha de mí. No me ha quitado un ojo de encima desde que me dio la carta —meneó la cabeza, frustrado—. Esperé a encontrarme contigo para leerlo en un lugar seguro, en caso de que pudiera contener algo que complicara más las cosas.

Eso no lo sabía. A su regreso Hellmayr había demostrado hermeticidad total con el asunto de su investigación, y solo había decidido romper su silencio para asegurar que April Crawford se encontraba bien... y que Weasley estaba siendo muy injusta con sus reproches hacia la chica.

—Vamos, Ephram. Puede que Crawford sea una zorra traidora, pero no es idiota. Habrá pensado bien en sus palabras en caso de que alguien las leyera.

—Como vuelvas a llamarla zorra vas a lamentarlo, Weasley —la voz del joven Nuevo Auror fue apenas un siseo en medio de la tenue luminosidad del cuarto—. Si no te ayudó en tus empresas lunáticas fue porque yo se lo pedí. No es culpa de ella.

Con esas primeras palabras, el joven dio inicio a lo que sería un resumido pero completo relato sobre la partida de Ephram y Crawford a Londres, sus días en el Caldero Chorreante y la posterior persecución encabezada por Dominique. Y para entender esa historia, Weasley debió enterarse de otras cosas, asuntos de los que no había sido consciente hasta entonces: los acuerdos entre Démian y Weitzman en Clevermont, su rol de infiltrado en la Patrulla Escolar, chivatazos como los de la fiesta de San Valentín, la causa por la que nunca delató las actividades de la Patrulla... muchas cosas que alimentaban los deseos de la chica por matar a Ephram a puñetazos. Si se contuvo se debió únicamente a que una parte de su cabeza se encargaba de recordarle que las cosas habían cambiado. Sí, el joven de atribulados ojos verdes que ahora le dirigía la mirada había sido un hijo de puta, un ser repulsivo y despreciable, pero estaba esforzándose en serio por remediar los daños de sus acciones. El hecho de que hubiera acudido a encontrarse con ella era prueba suficiente de ello.

—Hellmayr me preguntó sobre eso —continuó Démian tras unos minutos de silencio, cuando comprobó que su interlocutora se encontraba demasiado furiosa como para emitir cualquier palabra sin ponerse a gritar—. Quería saber por qué me había marchado a Londres con Crawford, decía que no tenía sentido si de todas formas yo iba a volver para apuntarme a los Nuevos Aurors —frunció el ceño—. Le dije que mi vida personal y mis decisiones no le interesaban. ¿Por qué iba a decirle nada? Ninguno de mis compañeros de generación tiene la menor idea de por qué decidí incorporarme al cuartel, menos voy a dejárselo saber a una desconocida. Pero claro que a Hellmayr mi respuesta no le hizo gracia —se veía tan cansado, tan superado por las circunstancias, que Weasley no se atrevió a prohibirle encender el cigarrillo que había sacado de su chaqueta—. Va a investigar. Y entonces va a meterme en problemas.

—Por supuesto que no va a meterte en ningún problema —Weasley sonrió al ver el desconcierto con el que Ephram alzó la mirada hacia ella. Disfrutó cada segundo que dilató la espera antes de dejar caer la noticia—: Bianca es uno de mis contactos.

—¿Es...  —Démian enmudeció. Los siguientes diez segundos los desperdició contemplando a la rubia, perplejo, esforzándose por no soltar el cigarrillo que tenía entre los dientes. Consiguió recomponerse lo suficiente para unir un par de palabras—. ¿En serio?

—En serio Ephram. Ya deja de poner esa cara de idiota —Arsène soltó una risotada escandalosa—. Pero la revelación de este secreto tiene su precio. Ahora que conoces la identidad de uno de mis contactos, Bianca tendrá que saber que me estás ayudando.

Aquello formaba parte de un acuerdo pactado por ambas partes de manera implícita. Otra de las consecuencias de la cuestionable confianza que la bruja sentía hacia Démian, era mantener en secreto las identidades de aquellos que ayudaban a ocultar a la fugitiva. A Ephram no le había importado mucho, no quería oír hablar de que alguien además de Weasley estuviera al tanto de sus verdaderas fidelidades. Pero el mundo estaba hecho un caos, y las cosas cambiaban a tal velocidad que uno apenas lo notaba si no prestaba atención.

—Claro que tendrá que saberlo —Por increíble que pareciera, él se veía inesperadamente aliviado al responder—. No veo otra forma para que vaya a dejarme en paz. Si hace falta, cuéntale sobre mis días en Londres, o lo que hice en Clevermont —exhaló una bocanada de humo—. No me importa.

—Como diga su majestad —Con una risa baja, Arsène volvió a acurrucarse en su propio sofá—. Bien... cambio de planes. Hablaremos otro día sobre tu papel en los asuntos que tengo en mente. Ahora le escribirás una respuesta a tu novia traidora.

—Y haré eso porque... —Démian enarcó una ceja.

—Porque me darás tu carta de amor —sonrió la rubia con un gesto que, según parecía, pretendía ser inocente. No lo era—. Y personalmente me haré cargo de que llegue a manos de su destinataria. No, Ephram, no me mires así. No planeo ninguna de esas cosas que tú denominas disparates —lo miró de reojo—. El caso es que, según alcancé a leer, necesitas enviar tu respuesta por correo muggle. Yo no sé cómo hacerlo y dudo que tú sí. Pero da la casualidad de que conozco a alguien que puede hacerse cargo del asunto —cuando vio que el chico se disponía a abrir la boca, alzó una mano para detenerlo—. ¡Es alguien de confianza, te lo aseguro! Y podrás escribir lo que te plazca: nadie leerá tu carta además de Crawford.

—No creo que esos sean argumentos suficientes —repuso él. Pero Arsène podía ver en sus ojos que estaba considerando la propuesta. Después de todo, si alguien llegaba a verlo haciendo uso del correo muggle, entonces sí estaría en verdadero problemas. ¿Cómo iba a explicarlo? Siquiera tenía familiares muggles—. Además, no sé qué podría escribirle —su mirada se tornó triste, insoportablemente nostálgica—. Ha pasado tanto tiempo...

—Bah, ya déjate de excusas —lanzó un almohadón y golpeó al muchacho directamente en la cabeza—. Tenemos toda la noche para que se te ocurra algo. Y si no, tienes una de las mejores vistas de New York justo detrás de esa cortina para que puedas inspirarte —indicó el ventanal con su diestra, en tanto con la izquierda rebuscaba en los cajones de cada mueble a la vista. Se notaba que los muggles de ese apartamento gozaban de buena situación. En algún lugar tenía que haber lápiz y papel—. En último caso, yo le escribiré de tu parte —sus ojos refulgieron con ese fuego que aún parecía no extinguirse en su interior—. Hay un par de cosas que me muero por decirle a tu amiga...


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