[S] Clevermont College ~ 19 de enero de 2054

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[S] Clevermont College ~ 19 de enero de 2054

Mensaje por Osmund Burroughs el Jue Feb 04, 2016 11:25 pm

LECCIÓN DEL DÍA
Lunes 19 de enero, 2054

Esa mañana Osmund Burroughs despertó con el presentimiento de que sería un gran día.

No sabía por qué, pero la convicción era poderosa y de todas maneras no existían motivos que contradijeran semejante premisa. Después de unas tranquilas vacaciones de navidad con su familia, las primeras semanas del nuevo trismestre habían sido tan tranquilas como el anterior, había devorado una fabulosa cena junto a Kib y Dona en el comedor la noche anterior, y ahora se levantaba en su habitación de Caeruleum preparado para iniciar otra gran semana de clases en su tercer año de estudios. No cabía la menor duda: las cosas habían marchado viento en popa desde septiembre hasta la fecha, así que, ¿por qué tendría que cambiar algo ahora? Sí, en la radio todavía vigilaban de cerca a su padre para asegurarse de que siguiera las instrucciones de su programa al pie de la letra, y la madre de Osmund apenas había soportado la idea de permitirle volver al college y sus peligros implícitos. Pero todos los estudiantes se estaban comportando muy bien en el edificio, de modo que no había mucho que temer.

Así fue que se dirigió a su primera clase del día, con el estómago lleno luego de un fantástico desayuno junto a sus amigos y aquella reconfortante idea grabada a fuego en su cabeza. Siquiera le importaron los insultos habituales de sus compañeros cuando llegaba al aula del profesor Ziegler.

—Oye, Puffskein —Francis, un chiquillo raquítico de cabello oscuro y ondulado de su mismo curso y casa, depositó una mano sobre su hombro para detenerlo a dos pasos del aula de defensa contra las artes oscuras—. No te preocupes, no vengo a causar problemas, solo quería avisarte que hoy puedes destruir el aula con tranquilidad: he traído protección extra —con una sonrisa maliciosa le mostró los guantes de protección mágica que llevaba en las manos. Osmund sabía cómo funcionaban: si te los ponías, cualquier hechizo dirigido hacia el portador sería devuelto. En realidad, era una estrategia bastante útil, además de una forma de dejar en evidencia la torpeza del joven Burroughs con su varita.

—Ya está Francis, no lo molestes —Miles se acercó con paso decidido. Estaba tan impecable como siempre, con el cabello castaño perfectamente peinado—. ¿Acaso te dio motivos para quejarte el trimestre anterior? A mí me parece que no. No tuvimos ocasión de presenciar ningún accidente, al menos nada grave —Entonces se volvió a Osmund esbozando la misma sonrisa maliciosa de su compañero—. Deberías ser buen compañero y compartir con nosotros el secreto de tus mejorías, Puff. Apostaría que comenzaste a oír el programa radial de tu padre, ¿a que sí?

—¿Y qué si lo hizo? —Francis frunció el entrecejo, confundido.

—Que esa basura es capaz de hacer dormir a cualquiera. Es la técnica que nuestro amigo utiliza para conciliar el sueño de inmediato. Ya sabes, Francis, cuando uno está descansado y eso, es más sencillo concentrarse y hacer las cosas bien.

—Increíble, Miles —repuso Osmund con una sonrisa divertida, inmune como siempre a las vejaciones—. Casi acertaste esta vez. Pero resulta que me ha bastado con pedirle a Dona las cartas de amor que le escribes. Ni siquiera una poción sería más efectiva para morirse del aburrimiento, ¿sabes? —le dio unas palmaditas en el hombro—. Muchas gracias por el favor.

Soltó una carcajada a la que Francis no tardó en unirse... hasta que el chico detectó la mirada asesina de Miles a su lado. Fue el momento que Osmund aprovechó para emprender la retirada hasta su pupitre, tomar asiento y aguardar a la llegada del resto de sus compañeros y el inicio de la clase.

Sacó su cuaderno del morral y continuó el dibujo que había iniciado la noche anterior: el retrato de un elfo doméstico cuyo nombre no recordaba. Desde la primera vez que había dibujado a Piccard en la sala principal, los silenciosos trabajadores del college habían mostrado un interés sobrenatural por las obras artísticas del Caeruleum de tercer año, y cada cierto tiempo lo visitaban ofreciendo algún regalo a cambio de los populares retratos. Osmund siempre rechazaba las ofrendas, acababa los dibujos y los entregaba junto con unos cuantos panecillos como obsequio. La crisis alimenticia de los elfos domésticos apenas había mejorado desde que Raziel asumiera como director, y al chico le gustaba pensar que cuidaba de Piccard y sus compañeros.

El sonido de la tiza escribiendo sobre el pizarrón lo arrancó de sus abstracciones artísticas y lo trajo de vuelta a la realidad con un sobresalto. ¿Tan concentrado estaba que no se había dado cuenta de la llegada del profesor? Sin embargo, cuando alzó la cabeza notó de inmediato que aún faltaba la mitad de la clase... y que el trocito de tiza se movía por el pizarrón sin mano alguna que lo controlase, flotando varios metros sobre el suelo. A Osmund le pareció extraño.

—¿Qué está...? ¿Profesor Ziegler, es usted? —preguntó sin perder la calma—. ¿Va a enseñarnos a volvernos invisibles?

—No seas tonto, Puff —Clarisse le contestó desde unos pupitres más allá—. La invisibilidad se enseña en la clase de hechizos y encantamientos. Además no la aprenderemos hasta dentro de un par de años. Es magia muy compleja.

—¿De qué se trata todo esto entonces? —el chico señaló la pizarra sin inmutarse por la evidente agresividad de las palabras de su compañera.

—Yo... —Clarisse, al igual que el resto de alumnos que seguían ingresando al aula, concentraron su atención en las líneas que la tiza iba dejando a su paso.

'Lección del día' —leyó un chico desde el final del cuarto. Era Simon—. A mí me parece que sí es cosa del profesor Ziegler. Puede que no tenga que ver con la invisibilidad, pero...

Simon guardó silencio de golpe, y Osmund no tardó en comprender el por qué cuando volvió a mirar el pizarrón. La primera frase parecía completamente inofensiva, pero a medida que los alumnos seguían indagando en torno a su significado, palabras aún más peligrosas habían tomado forma por debajo del primer reglón:

Lección del día:
La Patrulla nunca muere.
La Patrulla nunca olvida.
Clevermont seguirá defendiéndose.
Clevermont no tolerará mentiras ni mentirosos.


—Estamos fritos —a espaldas de Osmund, alguien habló con un hilo de voz aterrorizada.

—Esto no es gracioso, ¿quién ha sido?

—No lo sé, pero está claro que es hombre muerto —Miles no parecía asustado, sino más bien ofendido.

—¡Borren eso! ¡Rápido! —Francis se adelantó hacia el pizarrón como una tromba.

Así fue como se desató el caos en el aula de defensa contra las artes oscuras, y así sería como encontraría a sus alumnos el profesor Ziegler un minuto después, cuando finalmente ingresó por la puerta que conectaba su despacho con el salón de clases.

—¿Qué es lo que sucede aquí? ¿Por qué tanto escándalo? —se detuvo nada más contemplar a los estudiantes congregados ante la pizarra, paralizados por el horror ante la inscripción que no manifestaba intenciones de borrarse fácilmente, a pesar de la energía con la que Francis y Simon pasaban los borradores por la superficie verdosa.

Osmund, todavía acurrucado en su pupitre, se estremeció ante el silencio terrible que cayó en la habitación como una bomba, un mutismo tal que permitió percibir el alboroto proveniente del aula situada justo al frente: la de hechizos y encantamientos. La mismísima profesora Ravignani se asomó al umbral del aula apenas un segundo después, acompañada de algunos inquietos y temblorosos estudiantes de primer año.

—¡Relámpagos azules! —exclamó la bruja, pálida y cansada—. Tú también, Ronald.

—¿Yo también? —el profesor alternó la mirada de las amenazadoras palabras en el pizarrón al rostro de la profesora—. Filippa, no me digas que...

Uno de los artilugios de la sala salió disparado, directo a la cabeza del profesor Ziegler, que lo esquivó por poco al agacharse. Cientos de proyectiles siguieron al primero: libros, objetos extraños y hasta bolsos de los alumnos. Osmund fue uno de los primeros en decidir que escapar de la sala era la mejor alternativa. Pero fuera del aula del profesor Ziegler las cosas no parecían ir mejor.

—¡Vuelvan aquí, mocosos! —exclamaba furiosa la profesora Willoghby desde la entrada de su propia aula, intentando retener en vano a los alumnos que escapaban de los pergaminos voladores que volaban en todas direcciones—. ¡Tienen que limpiar este desastre!

La profesora Ravignani volvió a su aula y se dedicó a combatir con los instrumentos encantados, sin embargo, los alumnos no parecían dispuestos a darse a la fuga. Lo que Osmund vio cuando asomó la cabeza fue un montón de chiquillos asustados ocultos bajo sus mesas... y otros pocos que luchaban torpemente con los objetos encantados que salían del aula como pájaros enloquecidos. La mayoría, sin embargo, se agolpaba en las ventanas observando el panorama que se desarrollaba en el exterior.

—¡Deberían salir de aquí! —les dijo Os cuando finalmente los alcanzó—. ¿Qué creen que están haciendo?

—¡Las criaturas mágicas! —le respondió un niño que señalaba afuera, pálido y asustado—. Se van.

Osmund se asomó, y supo que el chico tenía razón. Allá abajo se veía a la profesora Stewart, siguiendo a un montón de criaturas asustadas que corrían en todas direcciones. Un par de alumnos intentaban ayudarla a controlar a las bestias, pero no obtenían muchos resultados favorables. Una atacó a la profesora de cuidado de criaturas mágicas... y el caos volvió a desatarse.

—¿¡Vieron eso!? —exclamó un chico, escandalizado, secundado por algunos de sus compañeros.

Pero Os apenas les prestaba atención ya. Si todo estaba hecho un desastre, significaba que sus amigos también corrían peligro.

—¡Kiiiiib! ¡Donaaaaa! —gritó una vez que se decidió a echar a correr fuera del aula, esquivando como podía todo objeto que intentaba interponerse en su camino. Por increíble que pareciera, ninguno le acertó. Al parecer era más hábil de lo que él mismo creía.

Cuando alcanzó la escalera principal en el piso de abajo, comprendió que su seguridad no tenía nada que ver con alguna capacidad recién descubierta.

Según parecía los alumnos en pleno habían tenido la misma idea de Osmund de bajar en lugar de subir, pero algo debió de haberlos incitado a frenar su ruta de escape, porque ahora todos se agolpaban en los balcones, estupefactos por la escena que se desarrollaba ante sus ojos: objetos, libros y criaturas por igual esquivaban a la mayoría de profesores y alumnos, pasando de largo en sus trayectorias que, solo ahora Burroughs lo veía, tenían objetivos cuidadosamente trazados. En la planta baja el profesor Dominique Weasley se encontraba tendido en el suelo, aparentemente inconsciente, rodeado por un montón de bludgers que seguían golpeando al sujeto aunque ya no tuviera modo de defenderse. La celadora Susanne Carmichael chillaba furiosa en el primer piso, esquivando como podía cada pastel, verdura o cubierto que iba a su encuentro desde el aula de arte culinario. Los profesores Daugherty y Roux intentaban ayudarlos a ambos. Osmund supuso que el director Slaughter estaría enfrentando su propia batalla campal en el interior de su despacho. Pero el ataque no se concentraba solo en los profesores, según dedujo él mismo momentos después, cuando fue arrollado por un chico que intentaba abrirse paso escaleras arriba, seguido de una legión de extrañas plantas espinosas.

—¡Mira por dónde caminas, Mathews! —gritó alguien que se adelantaba para ayudar a Osmund a levantarse—. ¡Os, eres tú! ¿Estás bien?

—¡Bernie! —el chico casi estalló de alegría. Al fin un rostro conocido. Aceptó la ayuda proporcionada por su compañera de casa—. ¡Tengo que encontrar a mis amigos! ¿Los viste? Belladona y Kibwe... tengo que ayudarlos.

—¡Por Belladona no tienes que preocuparte! —la muchacha le guiñó un ojo, esquivando por acto reflejo los objetos que le pasaban por el lado. Tenía que gritar para hacerse oír—. ¡Estábamos en aulas contiguas, así que la envié a la sala principal de inmediato! —su sonrisa desapareció rápidamente cuando observó el espectáculo a su alrededor—. ¡Deberías hacer lo mismo, los de Smaragdium ya se encargarán de Kibwe! ¡Es un chico listo, sabrá cuidarse solo! ¡Es mejor dejar a los profesores hacerse cargo de este lío!

—¿Y qué hay de ti? —miró a la joven Adams con mala cara, como para destacar la injusticia de las palabras recién pronunciadas—. ¡Si yo me voy, también tú!

—¿Estás de broma? —Bernice le propinó un pequeño golpe en el brazo—. Vine corriendo desde los invernaderos apenas caí en la cuenta de que el escándalo estaba por todas partes. ¡A Mathews casi se lo come una tentacula venenosa gigante! —casi se atragantó con su propia carcajada—. En fin, este artículo causará furor en el periódico escolar. Tengo planeado enterarme de cada detalle de lo que ocurrió. Pero tú ya me oíste... ¡a Caeruleum ya!

Con esas últimas palabras, la chica corrió escaleras arriba. Y Burroughs no tuvo más opción que hacer caso a las recomendaciones de la chica de quinto año. En su sala principal al menos no sería un estorbo. Así que deshizo el camino trazado y volvió sobre sus pasos, prestando atención para no volver a interponerse en el camino de nadie. Pero de vuelta en el segundo piso el profesor Ziegler volvía a salirle al paso. Tenía un libro abierto pegado en el rostro, y sus intentos por apartarlo parecían inútiles. Las profesoras Ravignani y Rougon-Macquart iban pisándole los talones con las varitas en las manos, procurando por todos los medios acertar al libro para hacerlo a un lado. En la biblioteca alguien gritaba. De no ser por lo furiosa que se escuchaba aquella voz, Osmund habría jurado que se trataba de la simpática bibliotecaria, Gea Weitzman.

Unos pasos más allá su compañero Miles avanzaba por el suelo a gatas, o lo intentaba. Iba cubierto de pies a cabeza por hojas y pergaminos que se le pegaban al cuerpo y apenas le permitían avanzar, ver... o incluso respirar.

—¡Osmund! —Francis, que corría desesperado detrás del muchacho intentando retirar papeles que volvían a atacar nada más verse liberados, lo llamó nada más divisarlo—. ¡Ayúdame por favor!

Él no se demoró en atender al llamado de auxilio. Corrió junto a los dos chicos y comenzó a trabajar sin detenerse a pensar en nada. Tomó la hoja que cubría el rostro de Miles y sacó su varita con la mano libre. Antes de que el escurridizo pedazo de papel consiguiera volver a atacar a su objetivo, Osmund lo hizo arder hasta que solo quedaron cenizas. De inmediato fue a por la siguiente hoja.

—¡No te quedes mirando y ayúdame! —le espetó a Francis cuando notó que observaba los esfuerzos de Burroughs completamente paralizado. Bastó con eso para hacer reaccionar al chico. Entre los dos consiguieron librar a Miles de una buena cantidad de papeles, otorgándole movilidad suficiente para que todos echaran a correr escaleras arriba antes que otra avalancha de documentos volviera a la carga. Cuando se acostumbraron al ritmo defensivo se abrieron paso sin dificultad, hasta que por fin, jadeantes, se encerraron en la sala principal de Caeruleum.

—¿Qué fue todo eso? —lloriqueó Miles, acurrucado en el suelo.

—No estoy seguro —dijo Osmund sin aliento—. Pero diría que a la Patrulla Escolar no le hace gracia que seas un chivato.

El chico dejó de llorar de golpe, abriendo unos ojos como platos.

—¿Cómo...? —titubeó asustado—. ¿Cómo sabes...?

Osmund recordó las palabras escritas en el pizarrón, inquieto. De pronto todo tenía muchísimo sentido, y resultaba aterrador. Había aprendido una importante lección aquel día, y no tenía tanto que ver con caer en la cuenta de que la Patrulla siguiera con vida a pesar de la fuga de Arsène Weasley: había aprendido que no podía confiar en nadie. ¿Quién le aseguraba que aquel ataque hubiera señalado a todos aquellos que trabajaban con el director, ya fuera de forma pública o secreta?

Algo sí estaba claro: en adelante las cosas se pondrían muy, muy feas. Otra vez.
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Osmund Burroughs
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