[T] Ático ~ 19 de enero de 2054

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[T] Ático ~ 19 de enero de 2054

Mensaje por Ioan Mathews el Jue Feb 18, 2016 8:33 pm

NADA QUE PERDER
Lunes 19 de enero, 2054. Al anochecer.

La madera gemía bajo sus pies a cada nuevo paso, suave y constante, como si quisiera  responder a la desesperación de Ioan con una solución rápida y sencilla: 'Huye, huye, huye' parecían susurrarle los crujidos del suelo en el ático, ¿o era su subconsciente quien lo exhortaba a emprender semejante acción? Lo que fuera, quería dejar de inclinarse a emprender semejante impulso. Huir era una alternativa tentadora, pero dejaba demasiados cabos sueltos a su paso, asuntos que tenía que resolver antes de detenerse a pensar en su propia seguridad. En caso contrario, Cassandra correría peligro. Y no estaba dispuesto a responsabilizarse por esa carga.

Por eso le había enviado el mensaje, por eso le había suplicado que accediera a concederle ese improvisado encuentro. Sabía que la joven delegada de Smaragdium había estado detrás de los ataques de aquel día, acontecimiento que ya muchos habían decidido bautizar como el Juicio de la Patrulla y en el que él mismo había acabado convirtiéndose en víctima. Slaughter y los demás estaban como locos intentando dar con los responsables de la afrenta, y si de algo Mathews estaba seguro, era que lo conseguirían. Vasile, su hermano, no tardaría en soltar lo que sabía. Ioan no tenía más alternativa que adelantarse a cualquier jugada del chico, tenía que proteger a Gilbert antes de que fueran a por ella.

Frenó su incesante recorrido por la descuidada habitación al oír los pasos en las escaleras, deteniéndose justo frente a la puerta de entrada. Apenas un minuto después, la joven citada ingresaba al ático, envuelta en un silencio portentoso, y cerraba la puerta a sus espaldas. A pesar de la mirada seria y desconfiada que le dirigió a Ioan, se veía hermosa, independiente y, en resumidas cuentas, perfecta.

—Cass, gracias al cielo —Mathews dejó escapar el aire retenido en sus pulmones con un suspiro de alivio—. Creí que no ibas a venir.

—Estuve a punto de no hacerlo, Ioan —repuso ella con voz gélida, procurando guardar las distancias.

—Curioso —No pudo evitarlo, esbozó una sonrisa divertida—. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—¿La verdad? No lo sé —Cassandra se encogió de hombros. Luego observó detenidamente el rostro de su compañero de curso—. Te atacaron.

—Menuda sorpresa, ¿eh? —Ioan soltó una risita suave, llevándose las manos a los lugares en que su rostro se había quemado horas atrás, cuando su propio caldero explotara en mil pedazos delante de él, en clase de pociones.

—Yo no pretendía, no quise... —en los ojos de la muchacha asomaba un brillo de culpabilidad, apenas perceptible tras el fuego del odio y el resentimiento.

—Está bien, Casss —hizo un gesto para tranquilizarla—. Aunque hubieras sido tú, ambos sabemos que me lo merecía. Me lastimé un poco, quedé expuesto como uno de los mentirosos de Raziel... ya está. Si con eso hubiera conseguido tu perdón, de buena gana habría aceptado el precio.

—Espero que no me hayas hecho venir hasta aquí para insistir sobre lo mismo, Ioan —Como siempre desde la fuga de Weasley, Cassandra sorteaba la desgarradora sinceridad del Phoenîceum con implacable indiferencia—. Clevermont es un caos, deberíamos estar cada uno en nuestras respectivas salas principales.

—No, Cass, no se trata de eso. Es sobre un asunto mucho más serio —aguardó unos segundos, confiando en que el silencio aplacaría la dureza de Gilbert mientras la curiosidad hacía el resto. Se situó frente a ella e inspiró profundo para hacer acopio de fuerzas y decir lo que tenía que decir. ¿Qué más daba, de todas formas? Cassandra llevaba meses odiándolo, ya no tenía nada que perder—. Te pedí que vinieras para que me entregues los nombres de tus amigos. Ya sabes, los de la Patrulla.

Como un espectador en primera fila, Ioan vio con lujo de detalles el efecto que sus palabras tenían en la joven estudiante. La forma en que el desconcierto desfiguraba sus delicadas facciones, la indignación que estallaba en sus ojos claros, las manos crispadas de irritación. Supo que ella lo despreciaba, y a pesar del dolor de la certeza, le sostuvo la mirada.

—Tienes que estar bromeando —dijo ella con un hilo de voz, el entrecejo fruncido—. ¿Por qué crees que yo querría delatar a mis compañeros?

—Porque, Cass... es la única alternativa que tengo para mantenerte a salvo —estiró su mano para sostener la de ella. Aunque en un principio la joven haría lo propio retrocediendo un par de pasos, acabaría cediendo ante la insistencia de su compañero, que ocultó la diestra de la muchacha entre sus grandes manos con cuidadoso tacto—. Este nuevo ataque cambia todo, ¿no lo entiendes? No solo me expusieron ante los estudiantes, también estoy expuesto ante Raziel, ahora sabe que le mentí —aguardó un momento, a la espera de que ella armase el rompecabezas por su cuenta—. Omití mucha información cuando llevé a Dominique a la guarida de la Patrulla, y todos acabaron asumiendo que Arsène era la responsable de todo, que no contaba con aliados... y me sentí satisfecho con el resultado. De ese modo contaba con la libertad de mantener en secreto tu participación en ese grupo, y supuse que luego de un acontecimiento tan peligroso, tú y los demás se lo pensarían dos veces antes de volver a planear algo en contra de Slaughter.

Soltó la mano de Cassandra, pero no apartó la mirada. Tenía que ser capaz de enfrentar el miedo que muy lentamente invadía el rostro de la chica, como si de una sombra se tratase.

—Pero me equivoqué —gimió Ioan, dolido—. Volvieron a desafiar al director, y ahora él sabe que le oculté cosas, sabe que no fui del todo sincero. Podría negarme a decirle nada, no me importaría someterme a una vida de tortura si con eso aseguro tu bienestar. Pero Vasile también lo sabe, Cass —enterró las manos en su cabello rubio, sintiendo la intranquilidad que invadía lentamente su cuerpo—. Si yo no digo nada, te aseguro que él lo hará. Y entonces vendrán por ti de todos modos. Pero eso no será todo —Otro paso hacia Cassandra y estuvo lo suficientemente cerca como para sentir su agitada respiración contra su propio rostro. La retuvo así de cerca, posando las manos en su nuca—. Cuando te hagan confesar (porque te aseguro que lo harán, Cass, ellos tienen métodos para conseguirlo), cuando te hagan confesar tus faltas... no tardarán en conseguir que sueltes el nombre de tus aliados. Así que ya ves —en sus labios asomó una sonrisa destrozada, casi desquiciada—. Como sea, tus amigos van a terminar cayendo. Si me dijeras sus nombres ahora... tal vez tú puedas librarte de ese tormento al que todos están destinados a sufrir. Tal vez pueda entregar a los demás, tal vez Vasile acepte no dar tu nombre: sin aliados, aunque nadie te delate, serías inofensiva, no podrías mantener en pie a la Patrulla tú sola. Tendrías una oportunidad para enderezar tu camino.

Pero a Gilbert la idea pareció no gustarle. Más bien... parecía odiarla. Apoyando sus manos contra el pecho de Ioan, lo empujó con fuerza suficiente como para liberarse de esa perturbadora proximidad que mantenían.

—¿¡Acaso estás loco!? —el reproche provenía desde lo más profundo de su corazón, Mathews podía adivinarlo al escuchar el timbre rabioso de su voz—. Aunque me amenazaran con matar no delataría a mis amigos. No soy como tú, Ioan. Yo no traiciono a las personas que me importan. Creí que lo sabías… pensé…

Fue un golpe bajo, pero el chico ya había recibido bastantes en el último tiempo como para permitir que otro comentario hiriente lo detuviera a esas alturas. Vio a la Smaragdium volverse en dirección a la puerta, pero él se abalanzó para acorralarla contra la misma.

—¿Qué crees que haces? ¡Suéltame! —gritó ella con un gemido de dolor cuando el joven le sostuvo las muñecas para inmovilizarla. Se agitaba con todas sus fuerzas intentando zafarse—. ¡Me haces daño!

—Por favor, Cass, por favor —los ruegos de Ioan eran susurros desesperados. Los ojos le escocían con la amenaza de lágrimas futuras, así que los cerró al apoyar su frente contra la de ella—. No hagas esto más difícil de lo que lo es ya. Tienes que entenderlo, no vas a salir de aquí hasta haberme dado lo que te pido, y prefiero que me lo des por las buenas. Por favor... no me obligues a hacerte daño. Dame los nombres.

Lo único que Cassandra le dio fue un escupitajo que cayó sobre uno de los ojos cerrados de Ioan. Sin separar los párpados, él suspiró con amargura. «Está bien, Cass» pensó con el corazón destrozado «Será por las malas entonces».

La joven delegada seguía debatiéndose sin éxito entre sus brazos. Pero bastó un movimiento del joven de sexto año, firme y violento, para arrojarla al suelo. La oyó gemir de dolor y de sorpresa, pero él no podía detenerse a esas alturas. Limpió su rostro con la manga del uniforme y abrió los ojos con la tranquilidad fría de un asesino. Entonces vio lo que su compañera intentaba: sacaba su varita mágica para defenderse. Un segundo después él se encontraba sobre ella, le quitaba el objeto de las manos para arrojarlo a cualquier lugar y volvía a mantenerla quieta con manos de hierro. Cassandra lloraba.

—Por favor Ioan —sus sollozos agitaban su pecho, las lágrimas cubrían su rostro. Estaba destrozada y, en consecuencia, Ioan también lo estaba—. No me hagas esto, por lo que más quieras, por favor, déjame ir...

—Tú eres lo que más quiero —respondió él, sintiendo que las lágrimas desbordaban también sus ojos. No intentó detenerlas, no intentó ocultarlas—. Y por eso no voy a permitir que esos monstruos te hagan daño —se inclinó un poco más sobre su indeseada víctima, dibujando los rasgos de su rostro con una mano delicada y dulce—. Sé que me odiarás por esto, Cass, no soy tan idiota. Pero te aseguro que esto no es nada comparado con lo que ellos planearían para ti, y mi conciencia puede vivir con esa carga. Además, tú ya me odiabas de todas formas, ¿no es así? —se inclinó un poco más hasta que sus labios se unieron a los de la chica, y sin importarle la resistencia que encontraría en ellos, reclamó un beso forzado, colmado de una dulzura inquietante—. Al final he terminado de convencerme de que no importa. Ya no tengo nada que perder.

Del bolsillo de su pantalón extrajo una pequeña botellita llena de un líquido transparente. La llevó a su boca y retiró la tapa con sus dientes. Entonces Gilbert reconoció el contenido del recipiente. Si sus ojos dilatados de pavor no se lo hubieran dicho, igualmente lo habría adivinado momentos después, cuando la chica luchó con uñas y dientes para liberarse.

—¡NO, NO, NO! —chillaba con tal escándalo que Ioan se sorprendía de que no se quedara sin voz por forzar tanto sus cuerdas vocales—. ¡DÉJAME! ¡SUÉLTAME! ¡NO, NO, NO! ¡AYÚDENME!

—Deja de gritar, Cass. ¿De verdad crees que alguien va a escucharte desde aquí? —Con la demoledora certeza de que haría daño a la muchacha, la forzó a mantenerse quieta en el suelo. Ella seguía llorando, gimoteando súplicas de piedad. Nunca se había visto tan frágil y desamparada como entonces. Pero Ioan lo ignoró todo mientras la obligaba a abrir la boca, verter el contenido de la botella en su garganta y cerrarle los labios para obligarla a tragar—. Listo —dijo con voz apenas audible cuando estuvo seguro de que ya no quedaba nada del líquido en boca de la muchacha—. Ahora tenemos que esperar. El efecto del Veritaserum no es instantáneo, ¿te acuerdas Cass? Estoy seguro de que te lo enseñé en una de nuestras clases.

—Te odio —fue todo lo que ella respondió cuando el Phoenîceum apartó las manos de su boca—. Te odio, Ioan Mathews. Esto no te lo voy a perdonar nunca.

—Lo sé, claro que lo sé —la voz del chico se oyó quebrada. Pero mantuvo firmemente su agarre—. Pero puedo asegurarte que jamás podrás odiarme más de lo que yo mismo me odio. Ahora... —volvió a cerrar los ojos y otro par de lágrimas desbordaron por los párpados caídos—... ahora dime los nombres de los miembros de la Patrulla Escolar. No te resistas Cass, será más doloroso si lo haces.

Oyó el llanto, oyó el dolor y la angustia, pero Ioan no abrió los ojos. No era tan fuerte como para soportar esa tortura.

—Cassandra Gilbert —inició ella, y en cada sílaba se adivinaba su esfuerzo infructuoso de permanecer callada. Su voz era titubeante y agitada—. Lilith Vanni... Bernice Adams... —se debatió con más energía, lloró con más desazón, pero no sirvió de nada. Con las últimas palabras parecía que el alma misma se le hubiera desgarrado—... y Díctamo Betancourt.

Él asintió en silencio, los ojos aún cerrados a la escena que se desarrollaba ante él. Combatiendo su propio deseo de deshacerse en llanto, de arrancarse la piel con las uñas por lo que le estaba haciendo a esa muchacha, a ella precisamente que era lo único cuanto le importaba, se incorporó para liberar a su prisionera.

—Sé que no sirve de nada, pero quiero que sepas que de verdad lo lamento. Ahora… vete —le ordenó con voz temblorosa, dándole la espalda. Además de los sollozos cargados de angustia, ahora oía los quejidos de la madera bajo los pasos de Cassandra—. No tiene sentido retenerte, de todas formas no tendrás tiempo de advertir a tus amigos. En menos de dos minutos Raziel estará al tanto de esto y...

—¡DESMAIUS!

Antes de entender lo que ocurría, Ioan Mathews caía al suelo, inconsciente.
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Ioan Mathews
Phoenîceum de séptimo

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