[V] Entrada Principal de Clevermont College ~ 19 de enero de 2054

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[V] Entrada Principal de Clevermont College ~ 19 de enero de 2054

Mensaje por Arsène Weasley el Dom Abr 10, 2016 1:04 am

EL ELEMENTO DISTRACTOR
Lunes 19 de enero, 2054

—Demasiado fácil. Esto ha sido demasiado fácil —Weasley bufó de mala gana, observando con profunda decepción el cuerpo inconsciente del mago que segundos atrás había intentado atacarla.

Era una falta de respeto. ¿Ella decidía perderse de vista un par de meses y los cazadores de Worthington ya se atrevían a subestimarla de esa manera tan ofensiva? Porque indudablemente eso era lo que hacían, no había otra explicación para lo que acababa de ocurrir. Como cualquier bruja normal en cualquier noche normal, había decidido aparecerse en medio de la larga carretera de New York que conectaba a Clevermont College, disponiéndose a caminar bajo la luz de la luna, y por extraño que pareciera no se cruzó con ninguna amenaza inminente a su seguridad. Recién varios metros de recorrido más adelante, cuando consiguió divisar el Herbal Tearoom a la distancia, se encontró con uno de los Nuevos Aurors del Ministerio. Solo uno. Y uno lo bastante imbécil como para atreverse a dudar cuando finalmente pareció reconocerla, otorgándole a la rubia tiempo de sobra para desarmarlo y aturdirlo. Así que así estaban las cosas, con la sencilla victoria de Weasley desparramada a sus pies y ninguna señal de que alguien estuviera enterado de que la fugitiva más buscada de los tiempos actuales iba suelta por ahí, luego de tres o cuatro meses de permanecer bien escondida.

—Casi me das pena, amigo —Pateó al pobre infeliz en el estómago—. Alguien va a estar furioso contigo. Estoy segura de que Ephram jamás habría protagonizado un desempeño tan vergonzoso —y siguió su camino, a sabiendas de que nada de lo dicho había sido escuchado.

La medianoche llegaría pronto, de modo que no fue extraño encontrar el salón de té cerrado y deshabitado una vez que consiguió alcanzarlo. Entrar fue sencillo, pero una vez que se acercó al sector en que sabía se ocultaba el pasadizo que conectaba con Clevermont -lo había utilizado un par de veces en sus años de estudiante, antes de que Worthington lo bloqueara-, supo que activaría cualquier tipo alarma protectora que desde el college hubiesen instalado en el acceso. Contaba con eso. Si conseguía llamar la atención de todo el mundo allá en el edificio, ella habría cumplido su tarea. Según la información reciente proporcionada por Collingwood, no todos los miembros de la patrulla habían conseguido llegar a la zona de extracción en los subterráneos del edificio. Les hacía falta un pequeño elemento distractor que facilitara la ardua tarea de moverse por los pasillos sin ser detectado. Todo era parte del plan.

«Bueno... no todo» pensó la chica al momento de abrir la entrada al pasadizo. Las palabras de Bianca antes de haberse separado fueron categóricas:

—Tenemos que buscar una forma rápida de distraerlos —había dicho sin apartar la mirada de Arsène—. Los pasadizos de Clevermont College están bloqueados, de modo que si intentas colarte por uno de ellos no tardarán en saber que estás cerca... y habrán picado el anzuelo.

—Algunos intentarán alcanzarte a través del mismo pasadizo —Thomas relevó a su colega en las explicaciones, sus palabras tan cargadas de convencimiento como la premonición del mejor vidente—, pero entonces ya habrás seguido tu camino por la carretera hasta el college. Bastarán unas cuantas tentativas de ingresar a los terrenos antes de que nos retiremos. Cuando intenten darte caza, estaremos preparados en posiciones estratégicas para concederte buena ventaja de escape.

—Aunque la ofensiva que vas a protagonizar no tenga el menor sentido —en el rostro de Hellmayr se dibujó una sonrisa divertida—, para cuando Slaughter y los demás se detengan a pensar en ello ya será demasiado tarde. La Patrulla estará a salvo... y tú también, Arsène. Solo procura no acercarte demasiado a los terrenos del edificio cuando estés ahí. El colegio está protegido mediante miles de encantamientos complejos que no nos permitirán acceder, y de todas formas no tendríamos dónde ocultarnos para mantener nuestra intervención en secreto. Nuestras identidades deben mantenerse en el anonimato por ahora, eso ya lo sabes.

Los dos habían sido muy insistentes en lo referente a las limitaciones con la que contarían al momento de cubrirla, tal vez con la intención de estimular su instinto de precaución y auto conservación. Y sin embargo ahí estaba ahora, adentrándose de lleno en el pasadizo y avanzando al trote por el camino que la llevaría al segundo piso del college, consciente de que a esas alturas Slaughter estaría al tanto de su futura visita y se preparaba para el grandioso recibimiento de la hija pródiga que volvía. Cuando Bianca y Thomas finalmente cayeran en la cuenta de que había desobedecido sus instrucciones de manera tan soberbia y descarada se volverían locos de ira e impotencia. Weasley podía imaginárselos ahora, ocultos en algún lugar de la carretera muy próximo a Clevermont, esperando para verla llegar, preparados para cubrirle la espalda. Pero era mejor así, ella tenía sus propios planes. Nada llamaría más la atención de todo el mundo que un intruso en el corazón del edificio.

El camino del pasadizo era un simple túnel de tierra bajo, estrecho y sumamente oscuro, pero la chica siquiera consideró la idea de invocar un lumos. Si Slaughter se decidía a desbloquear el pasadizo y enviar a alguien a encontrarla por el camino, el más ínfimo destello de luz delataría su posición antes de que consiguiera identificar cualquier amenaza. En lugar de ello comenzó a ejecutar encantamientos escudos, uno tras otro, para asegurarse de que ningún ataque pudiera tomarla desprevenida. Poco tiempo después acabaría descubriendo las ventajas de su estrategia.

Se encontraba ya al pie de las escaleras talladas toscamente sobre piedra que la llevarían al segundo piso del college, entonces hubo un destello de luz roja acompañado por un estruendo terrible. Luego, el sonido de la colisión de un cuerpo contra el suelo, y algo muy parecido a un gemido. Cuando Arsène no pudo más con la curiosidad  y se decidió a iluminar la escena con su varita se encontró con Susanne, la celadora, inconsciente. Tomó impulso con el pie para aplastarle el bonito rostro. Esa perra lameculos de Worthington le debía más de unas cuantas...

—¿Susie? —La voz rasposa de Dominique reverberó varios escalones más arriba, dejando la bota de Weasley suspendida en el aire a medio camino de su objetivo. Lo escuchó bajar a toda velocidad—.  ¿La encontraste? ¿Ya la tienes?

Apenas tuvo tiempo de darse la vuelta y retomar la repetición de encantamientos escudos cuando el mago la alcanzó. Así como su inconfundible timbre, reconoció su rostro de inmediato cuando se acercó a la luz de la varita de Arsène.

—Hola tío —saludó ella en respuesta a la sonrisa despiadada con la que el mago daba a entender que también él la había reconocido—. Te eché de menos.

Dominique soltó una carcajada estridente antes de atacar. Al igual que su compañera él salió despedido por el aire al intentar enfrentarse contra los hechizos protectores de la rubia, pero a juzgar por sus gritos de frustración seguía bastante despierto y lúcido cuando fue a dar contra el suelo. A Arsène no le importó mucho, no podía esperar que el truco resultara tan bien dos veces seguidas. Pero aprovechó el momento de confusión para echar a correr escaleras arriba, dejando un hechizo de adherencia en cada escalón que iba dejando atrás. Consiguió esquivar los maleficios que más tarde el mago intentó apuntar contra ella en medio de un ataque de ira, varios de ellos maldiciones imperdonables que pasaron peligrosamente cerca.

Supo que el pasadizo estaba abierto mucho antes de alcanzarlo; aún a la distancia podía distinguir las luces del pasillo del segundo piso, que se desparramaba cálida e intensa por la abertura del fin del pasadizo para acariciar los últimos escalones. Sí, la estaban esperando con un fantástico recibimiento. Lástima que no tendría oportunidad de saber qué habían preparado para ella, pensó con una sonrisa perversa y la varita firme en su mano. También ella traía un par de sorpresas para sus considerados anfitriones.

Primero llegó la explosión, escandalosa y repentina, de una fuerza tal que derrumbó sin dificultad el tramo superior de las escaleras que Arsène aún debía subir para escapar del pasadizo. Luego echó mano a uno de sus más antiguos recursos: polvo peruano de oscuridad instantánea. Y mientras la negrura absoluta se confundía con el humo y los escombros que aún volaban en el aire, elevando el volumen de las voces exaltadas que podían oírse allá en el pasillo del segundo piso, la joven bruja hizo su jugada.

Usando un encantamiento de levitación se elevó en el aire para luego salir despedida en dirección al acceso del pasadizo, empleando el hechizo 'expulso' contra las paredes como fuente de impulso. Como era de esperarse, no consiguió distinguir nada una vez estuvo en el pasillo, pero de todas formas lanzó hechizos aturdidores en todas direcciones antes de aterrizar en suelo firme. Tanteó los muros hasta encontrar una escalera y comenzó a subir, haciendo tanto ruido como le permitían sus botas. Debía asegurarse de cumplir estupendamente su papel de carnada para que Betancourt y Gilbert consiguieran escapar.

No encontró nuevos obstáculos hasta llegar al tercer piso. El alboroto de la explosión había despertado la curiosidad de los alumnos del college, que se agolpaban en las entradas de sus respectivas salas comunes con impaciencia, esperando ver algo sin prestar atención a los profesores que los apremiaban a dar media vuelta y ocultarse.

—¡Estamos en medio de una situación delicada! —exclamaba la profesora Rougon-Macquart a los alumnos de Smaragdium y Phoenîceum, instalada en medio del pasillo, visiblemente frustrada por el hecho de que nadie se dispusiera a obedecerla—. ¡Por favor, vuelvan a sus habitaciones antes de que alguien resulte herido!

—¡Ahí está! —chilló una niña de Phoenîceum cuando Weasley llegó al final del siguiente tramo de escaleras—. ¡Es ella!

Bastó esa muestra de reconocimiento para que todos comenzaran a murmurar, tan excitados como aterrorizados ante la visión de la fugitiva. Arsène Weasley jamás sido santo de devoción para nadie, pero las hazañas realizadas desde su huida habían alterado un poco la imagen que el mundo tenía de ella. La profesora de transformaciones reaccionó de forma muy diferente cuando las conversaciones de los estudiantes la llevaron a voltearse y enfrentar el rostro de su antigua alumna problema. Pálida de terror, alzó lentamente la varita hacia la joven de melena rubia.

—No deberías estar aquí —la amenazó con un hilo de voz, como si estuviera conteniendo un estremecimiento terrible—. Quieren capturarte. Tenemos órdenes —Con extrema cautela avanzó un par de pasos hacia la muchacha, la varita siempre por delante a modo de advertencia. Parecía estar al borde de las lágrimas—. Si no te ataco, ellos... ellos...

—Lo sé Emilienne —repuso Weasley con un encogimiento de hombros. Shaleen les había hablado del modo mediante el cual los profesores eran extorsionados con el fin de obligarlos a cooperar. También ella avanzó un paso. Podía oír las voces que comenzaban a seguirla desde el piso inferior, pisándole los talones. Tenía que darse prisa—. Desmaius.

Había atacado a la profesora sin darle tiempo de enterarse, y ahora caía inconsciente en medio del pasillo junto a su varita mágica. La conmoción de los alumnos a ambos lados alcanzó un nuevo nivel y la mayoría retrocedió de vuelta a sus correspondientes salas principales, unos cuantos dieron un paso al frente, como dudando si aproximarse a socorrer a la bruja aturdida. Hubo uno que avanzó sin miramientos.

—¡TÚ! —Vasile Mathews bramó rojo de cólera, abriéndose paso a empujones entre los Smaragdiums hasta quedar a la cabeza de sus compañeros de casa.

—Perdón, Mathews —la bruja sonrió encantada ante la irritación del joven—, pero ahora no tengo tiempo para tus estupideces. El tiempo es oro.

Y retomó la carrera hacia la siguiente escalera de caracol, escapando por los pelos del maleficio con el que Mathews intentó detenerla. Había sido un destello verde, estaba segura. Ese hijo de puta...

Glisseo —hechizó a las escaleras que dejó atrás al alcanzar el cuarto piso, convirtiéndolas en una rampa que no sería tan sencilla de subir. Tenía que ganar tiempo.

La entrada secreta a la casa de Caeruleum estaba también abierta, pero solo había un par de alumnos apostados en ella. El resto había sido persuadido por la hábil varita de Filippa Ravignani, que los amenazaba en la entrada con postura firme. Antes de que la bruja consiguiera darse la vuelta y reconocerla, Arsène ya la había aturdido. Apostó un par de obstáculos en el pasillo y siguió subiendo. Había otras escaleras por las cuales podrían darle caza.

Se encerró en el ático haciendo uso de todos los recursos conocidos: protecciones en la puerta y en las escaleras que había dejado atrás, tantas cosas que pudieran demorar la llegada de sus captores como se le pasaran por la cabeza. Solo cuando se sintió satisfecha se volvió a la descuidada y oscura habitación. Comprobó con gran alivio que ni Díctamo ni Gilbert estaban ahí ya. La tarea estaba hecha, ellos habían conseguido escapar.

Pero quedaba otra persona.

Inconsciente en un rincón, envuelto de pies a cabeza con gruesas cuerdas, se encontraba Ioan Mathews. Weasley avanzó hacia él.

Ennervate —susurró apuntando con su varita al muchacho, que no tardó en recobrar el conocimiento, echar un vistazo desorientado a su alrededor y abrir unos ojos gigantes cuando se encontró con el rostro de la bruja a escasos metros del suyo. Weasley le sonrió de un modo espeluznante—. ¿Qué tal estuvo la siesta?

—Ahora sí estás muerta —repuso el Phoenîceum sin preocuparse por ocultar su sorpresa—. Se enterarán de que estás aquí, te atraparán, te torturarán hasta volverte loca y luego...

—¿Te preocupas por mi seguridad, Mathews? —Arsène lo miró fingiendo sorpresa—. ¿O solo me pones al día de lo que pueden costarme mis malas decisiones?

—Cassandra —fue todo lo que Ioan consiguió responder, como si acabara de recordar algo repentinamente escandalizado—. ¿Dónde está? ¿A dónde...?

—Ella está a salvo. Y no gracias a ti, cabronazo.

El terror visible segundos atrás en los ojos del mago cedió ante una clara sensación de alivio y sobrecogimiento. Uno que a la rubia no le hizo la menor gracia. Hizo desaparecer las cuerdas con un solo movimiento de su varita mágica y le propinó al chico una poderosa patada que encajó perfectamente en su estómago.

—Esto es por obligarme a escapar del college —siseó furiosa, gozando con el jadeo ahogado del muchacho. La siguiente patada cayó en su entrepierna—. Esto es por Gilbert —otro gemido. La última patada aterrizó sin aviso previo sobre su nariz—. Y esto es por lo que pretendías hacer esta noche.

—Yo solo quería... —Ioan balbuceaba sin presentar intenciones de defenderse, levantarse o limpiar la sangre que empezaba a ensuciarle el rostro—. Quería que Cass... Si ella...

—Ahórrate tus explicaciones, Mathews. Si buscas perdón no vas a conseguirlo de mí —Por el simple hecho de darse el gusto le propinó otra patada. Iba por el quinto golpe cuando escuchó ruido del otro lado de la puerta. Venían por ella. Era hora de partir—. Envíale saludos a tu hermano de mi parte.

Saltó por los ventanales del ático al mismo tiempo que el profesor Ziegler irrumpía en la habitación, seguido de cerca por el insoportable de Vasile. Y retomando su mantra-escudo mientras seguía cayendo, esquivó todos los ataques que ellos les enviaban.

Aresto momentum —murmuró cada vez que estuvo a punto de estrellarse contra algún elemento de mampostearía o el suelo mismo. De modo que cuando pisó el mullido césped en la fachada trasera del edificio, no tenía un solo rasguño.

Pero ni mucho menos podía saberse a salvo todavía. Llevaba medio kilómetro recorrido en una desesperada carrera cuando comenzó a recibir los ataques de los profesores que salían en tropel por la puerta trasera del college. La pésima puntería del algunos la llevó a suponer que no realizaban aquella tarea con agrado, pero otros... en dos ocasiones los maleficios fracasaron en su objetivo solo porque Arsène había hecho el movimiento correcto en el segundo correcto. Corría sin aliento hacia la puerta trasera de los terrenos del college, preguntándose si Bianca y Thomas habrían descubierto ya su improvisado plan y aguardarían cerca, ocultos y preparados para echarle una mano cuando tuvieran alguna oportunidad. Pero mientras más se aproximaba a su objetivo, menor era la distancia que la separaba de sus perseguidores. Se quitó a varios de encima incendiando el césped, arrojando objetos y piedras, pero no era suficiente.

Sin embargo, no podía rendirse ahora que faltaba tan poco. Siguió corriendo e intentó un recurso desesperado entre una ofensiva y otra:

—¡Accio-escoba! —gritó sin aliento, pensando en las miles de escobas que se guardaban en los camarines del campo de galovic. Con algo de suerte alguna habría quedado fuera del depósito que cerraban con llave.

Arsène tuvo suerte. Apenas un minuto después, cuando el grupo de profesores encabezado por la profesora Monroe estaba a un par de metros de alcanzarla, escuchó el familiar silbido del objeto volador surcando el aire. Rió de pura dicha, saltando sobre la escoba cuando esta finalmente estuvo a su lado. Recuperó la distancia perdida y luego viró en dirección al frontis del edificio, ganando más y más altura a medida se acercaba a la entrada principal del edificio, maravillada con lo cerca que había estado de caer en las garras de la bestia. No era la primera vez que conseguía huir en el último minuto, sin en embargo...

—Mierda...

Las hermosas barras de hierro que formaban parte de la estructura de la puerta cobraban vida y comenzaban a moverse, deshaciendo las formas de sus delicadas figuras para ganar longitud y deslizarse por el aire cual serpientes, con la clara intención de encontrarse directamente con ella. Weasley aceleró la velocidad tanto como pudo, pero de todas formas las barras consiguieron llegar a tiempo, enroscarse al mango de su escoba y arrastrarla de vuelta a tierra. Saltó de la escoba y comenzó a correr otra vez, desesperada, en cualquier dirección, pero otro grupo de serpientes metálicas fueron a rodear sus pies, levantándola para llevarla de vuelta a la magnífica puerta de hierro, capturándola definitivamente. Fue a sacar su varita para deshacerse de la presa que reptaba por sus piernas, pero entonces su varita salió despedida por los aires.

Alguien la había desarmado.

—Señorita Weasley —Gea Weitzman, bibliotecaria de Clevermont College, avanzaba hacia ella con andar cadencioso, meciendo su varita en una mano y la de Arsène en la otra—, es un placer volver a verla. Imagino que será todavía más satisfactorio para nuestro director y nuestro Ministro de Magia —sonrió dulce y encantadora, contemplando la forma en que las barras de metal subían por el cuerpo de la rubia a pesar de su insistente resistencia y la llevaban a la puerta, convirtiéndola en un adorno más en ella—. Ambos llevan bastante tiempo impacientes por este encuentro.

—Qué bien —rió la otrora Gryffindor, sintiendo la fuerza con la que las barras empezaban a oprimirle el pecho, dejándola sin aire—, al fin una cosa que todos tenemos en común. Me muero por ver a esos cabrones y escupirles un par de verdades a la cara.

Le costaba respirar y su vista comenzó a nublarse. Lo último que distinguió antes de perder el conocimiento fue la verdadera sonrisa de Weitzman, fría y malintencionada.


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