Jardines

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Jardines

Mensaje por Statue of Liberty el Vie Dic 17, 2010 6:43 pm





Jardines





Los jardines de la Mansión Pfeng son, en cierto sentido, un mundo en sí mismo. Dotados de una belleza muy distinta a la estilada al interior de la construcción, la opulencia sigue siendo el tema central. Un camino de abetos perfectamente cortados en estilizados cuerpos geométricos te guiará a una reinvención del edén. Árboles y flores de todo tipo te darán la bienvenida a un laberinto de colores sumido en el apacible silencio de la naturaleza. Un sitio inmejorable para reflexionar o, por el contrario, vaciar la mente de cualquier pensamiento. Déjate envolver por el olor de las flores y la frescura del viento que mece las hojas de los sauces.


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Statue of Liberty
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Re: Jardines

Mensaje por Bernice Adams el Jue Mar 23, 2017 3:39 pm

REINICIO
Martes 31 de marzo, 2054

El aire fresco y la naturaleza siempre habían tenido cierto efecto revitalizante en Bernice, pero el encierro había privado a la joven de experimentar aquella experiencia durante mucho, mucho tiempo. Afortunadamente, su breve conversación con Cassandra la mañana anterior había demostrado ser mucho más exitosa de lo que ella misma hubiese creído en primera instancia. El llanto había vuelto a visitarla esa noche, sin embargo la intención de sobreponerse y ser de utilidad a la causa seguía siendo poderosa al día siguiente.

Y con el afán de sentirse poderosa y capaz de cualquier cosa, había decidido acudir a los jardines de la mansión. Era la primera vez que los visitaba y bastó un primer vistazo rápido para maravillarse con la belleza del paisaje que se extendía ante sus ojos. Caminos de abetos, árboles hasta donde la vista alcanzaba, flores de todos los colores imaginados... era difícil no sentir envidia de la vida que Pfeng había llevado en esa morada hasta antes de su muerte... pero ese era tema aparte. Lo importante aquella mañana era que tenía todo aquel terreno para ella sola, de modo que podría explorarlo a gusto.

Llevaba alrededor de 10 minutos encaramada en la rama más alta de un árbol al azar, apreciando las maravillosas vistas, cuando oyó pasos que se acercaban a importunar su valioso momento de soledad con la naturaleza. No le importó demasiado, no obstante, cuando comprendió de quién se trataba.

—Hola Díc —saludó al ex delegado con una sonrisa radiante.

El aludido detuvo su recorrido de golpe. Tardó en dar con el origen del saludo, hasta que finalmente alzó el rostro hacia las ramas que se alzaban sobre su cabeza.

—Bernice —Díctamo devolvió el saludo y la sonrisa—. Eso parece un poco... peligroso.

—Para nada, llevo trepando árboles toda mi vida —A pesar de su observación, la muchacha bajó del árbol para encontrarse con el joven mago. Llevaba días sin verlo. Aquel rostro gentil y siempre preparado a regalar una sonrisa era incluso mejor que perderse en la naturaleza—. ¿Cómo estás?

—Creo que lo correcto sería que yo pregunte eso. Me da mucho gusto ver que has decidido salir al fin de tu habitación. Intenté ir a verte infinidad de veces, pero Frederika insistía en que no era una buena idea, que teníamos que concederte un tiempo para ti misma, para desahogarte. Supongo que tenía razón.

—Sí, bueno —la chica se encogió de hombros, dedicando a la joven Pfeng un sincero sentimiento de agradecimiento. De no ser por ella, habría muerto durante aquellos días de encierro—. No podía decidir enclaustrarme el resto de mi vida, no va conmigo —Echó un vistazo a la ruta que el joven parecía dispuesto a tomar antes de ser interrumpido—. ¿Ibas a dar un paseo?

—Puedes acompañarme si quieres —asintió él con otra sonrisa gentil—. Recorrer los jardines siempre me ayuda a combatir la ansiedad.

—¿Díctamo Betancourt ansioso? —disimulando con sobra de talento la emoción que le producía acompañar al aludido en un breve recorrido, se unió a él en la marcha recién iniciada con una carcajada burlesca.

—¿Tú no lo estás? Será porque no te has enterado de las novedades.

—No te olvides de que es conmigo con quien hablas, Díctamo Betancourt. Una cotilla como yo jamás se pierde ninguna novedad —enarcó las cejas con mirada desafiante—. Te refieres a la reunión de esta tarde, ¿verdad? La que definirá nuestra siguiente ofensiva. Nos hablaron de ella ayer cuando salimos a desayunar con Cass.

—¿Eso quiere decir que asistirás? —la voz de Betancourt adquirió cierto matiz de cautela. Bernice no supo interpretar si se debía a su precoz reincorporación a las actividades del equipo o bien a la estratégica mención de la joven Gilbert.

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo iba a enterarme de lo que haremos a continuación si no me presento?

—Solo quiero asegurarme de que te encuentras bien, Bernice. Últimamente todo ha sucedido tan rápido... sabes que puedes contar conmigo. No me gustaría enterarme de pronto que este rostro alegre que me muestras hoy es poco más que una puesta en escena. Si estás dispuesta a echarnos una mano, debo asegurarme de que estás en condiciones de hacerlo.

La sincera preocupación de Díctamo estuvo a punto de llevarla a romper en llanto, pero se contuvo a tiempo para inhalar profundamente y esbozar una sonrisa triste. El joven Betancourt era demasiado observador como para dejarse engañar con pequeñeces. Acababan de atravesar un sector de los jardines repleto de piletas, esculturas y asientos de piedra. Bernice se detuvo junto a uno de estos últimos y se acomodó con mirada huidiza.

—No voy a mentirte, Díc. No estoy bien —confesó con voz quebrada, sintiendo cómo de un momento a otro sus ojos comenzaban a escocer con la amenaza de lágrimas inminentes—. No solo se trata de haber perdido a mis padres, ¿sabes? Tenía un hermano, Kilian. No podría hacer memoria de mi infancia sin que él tenga parte importante en ella. Kilian era mi hermano, mi amigo, mi mentor... prácticamente mi guía espiritual. Si había algo que me confundiese, algo que necesitara saber, Kilian siempre estaba ahí para echarme una mano. De no ser por él —de la nada se le escapó un sollozo a medio camino de una breve carcajada—, hubiese crecido como una criatura salvaje. Él era toda mi familia, Díc, y me lo quitaron. Él era inocente, no había hecho daño a nadie... pero lo mataron de todas formas. Por mi culpa —No pudo soportarlo más. Las lágrimas desbordaron sus ojos sin que pudiese evitarlo—. No hay noche que no imagine la clase de torturas a las que debieron someterlo por mi culpa. No lo juzgaría si su último pensamiento hacia mí hubiese sido de odio.

—Eso es imposible —Díctamo intervino de inmediato. Su voz era un susurro cálido y acompasado—. Tropecé con tu hermano un par de veces en Clevermont. Cualquiera que supiese quién era él sabía también cuánto te quería y cuánto se preocupaba por ti —En varias ocasiones hizo amago de acercarse a ella para consolar su llanto, pero era evidente que no estaba familiarizado con aquella práctica. Se mantuvo distante—. En el peor de los casos, él hubiese temido que te encontraran.

Bernice se encogió de hombros, el rostro húmedo de lágrimas. Era un pensamiento tranquilizador, pero lo cierto es que jamás llegaría a saber lo que Kilian pensó durante sus últimos momentos de vida.

—Es como si hubiesen destruido una parte de mi propia alma, Díc. Y duele. Duele demasiado aún cuando intento pensar en otra cosa.

—No puedo decir que lo entiendo, pero puedo imaginarlo —al fin, el joven tomó asiento junto a ella. No apartó sus ojos ni por un solo momento. Perderse en ellos era para Bernice como sumergirse en un mar tibio y apacible. De pronto, sin embargo, aquellos orbes brillantes se tornaron tristes—. Si algo llegase a ocurrirle a Bella, yo...

Díctamo perdió la voz. Bernice tocó el brazo del muchacho tímidamente, enjugando las lágrimas de su propio rostro con la mano libre.

—Aún estudia en Clevermont, ¿verdad?

Él asintió con pesar. Al residir en México, los padres de Betancourt habían contado con tiempo de sobra para prepararse antes de que las huestes de Wortington les dieran caza. Pero la suerte de sus hermanas había sido diferente: el paradero de las mayores, Mandrágora y Luparia, era desconocido por los miembros del equipo. Y peor aún, Belladona, la más pequeña y allegada al joven mago, continuaba siendo un rehén del imperio al continuar cursando en a academia de magia. La dirección de Raziel Slaugther parecía mantenerla a salvo de momento, pero aquello no era garantía de nada.

—Despierto cada mañana preguntándome si será el día en que recibiré noticias de su muerte —suspiró el muchacho.

En cierto sentido, la situación de Díctamo era todavía más devastadora que la suya propia. Bernice, que había dado por sentada la seguridad de su familia, había quedado a la deriva de un momento a otro. Pero Díctamo se encontraba sobre aviso de las atrocidades que podían asediar a los suyos cualquier día, y por causa suya. La incertidumbre, tarde o temprano, podría acabar por consumirlo. Probablemente el proceso de autodestrucción ya había comenzado; no había modo de saberlo con aquel muchacho siempre tan reservado.

—¿No hay modo de sacarla de ahí?

—No sin someter a alguien a lo mismo que vivió Arsène. Y aún así podría no funcionar, porque ya conocerán la estrategia —su entrecejo se frunció ligeramente—. Pero no es de lo que hablábamos. Bernice, tal vez no sea conveniente que te involucres tan pronto en lo que sea que...

Bernie no pudo evitar sonreír.

—En serio, Díc —lo interrumpió, arrastrando su mano hasta el hombro del chico—. No tienes que preocuparte por mí. El dolor no terminará pronto, y de todas formas estoy preparada para no dejarlo ir tan rápido. La muerte de mi familia no quedará impune. Theodore y los suyos se han metido conmigo hasta un punto de no retorno. Me han dado un verdadero motivo para hacer justicia, y lucharé hasta que no me queden fuerzas, de ser necesario. No sé cuál habrá sido el último pensamiento de Kilian, pero me aseguraré de que se sienta orgulloso de mí.

—Y lo estará, Bernice —Díctamo apretó la mano de la muchacha entre las suyas con el afecto de un hermano, y su rostro volvió a iluminarse con una nueva sonrisa que ocultó, al menos de momento, la sombra de sus propios fantasmas—. El modo en que has decidido sobreponerte no hace más que dejar en evidencia tu valentía y tu fortaleza. A tu corta edad, eres sin duda una persona admirable.

—¿Qué puedo decirte? —Bernice se encogió de hombros, sonrojada—. No solo me enseñaste magia avanzada, Díc. Por modesto que seas, la única verdad es que tus virtudes son demasiado contagiosas como para no imitarlas involuntariamente.

—¿Vamos a jugar a los halagos? —una suave carcajada hizo vibrar el pecho del mago—. Entonces estoy obligado a confesar que tu energía y perseverancia me han dado buena cátedra últimamente.

La joven Adams podría haber continuado con ese juego eternamente, pero de pronto se encontró embelesada con el rostro que tenía justo enfrente. Tan cerca, tan perfecto y lleno de una luz que la hacía sentir invencible... No pudo evitarlo. Antes de que su acompañante pudiera llegar a albergar alguna sospecha, ella ya había reducido el espacio entre ambos y memorizaba aquella sonrisa inolvidable con sus propios labios.

Apenas comprendió que acababa de besar a Díctamo Betancourt, retrocedió escandalizada.

—¡Cuánto lo siento! —gimió con las manos en el rostro, insuperablemente avergonzada—. Perdóname, Díc. Yo no tenía intención de... no pretendía de ninguna manera... pero es que estabas justo ahí... tan cerca... te veías tan guapo y... cielos, lo he arruinado todo.

Pero Betancourt apenas si había reaccionado. Se limitaba a observar a Bernice horrorizado, el rostro pálido de la impresión. Ella no podía juzgarlo por semejante respuesta. Sabía más de lo que él mismo sospechaba.

—Escucha —insistió ella, retrocediendo en el banco hasta una distancia prudente que permitiera al ex-Smaragdium recomponerse—. Esto no ha significado nada, ¿de acuerdo? Tú seguirás con tu vida, yo con la mía... Nada tiene que cambiar en absoluto. Eres mi amigo, Díc, y no quisiera arruinar eso. Simplemente olvídalo, esto jamás a sucedido. ¿Bien?

—Yo... —el pobre chico permanecía en trance.

Bernice esbozó una sonrisa triste. Abrazó al joven, depositó un beso en su cabeza y se apartó definitivamente.

—Vamos a olvidarlo —insistió—. No seré yo la responsable de cargarte con más problemas de los que ya tienes.

Deshizo el camino trazado con un único pensamiento: había besado a Díctamo y había sido maravilloso. El contacto apenas había durado un par de segundos, pero era todo cuanto había imaginado tantas veces. El problema era lo que arriesgaba con esa jugada imprevista. Jamás había revelado sus verdaderos sentimientos por temor a alejar al joven mago... y de pronto lo atormentaba de aquella forma. Por el bien de la amistad que tanto trabajo le había costado forjar, esperaba que él pudiera superar ese traspié y borrarlo para siempre de su memoria. A Bernice no le importaba si lo hacía.

Porque ella nunca, jamás lo olvidaría.
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Mensaje por Díctamo Betancourt el Dom Jun 25, 2017 10:31 pm

HERIDAS
Miércoles 10 de junio, 2054

Aparecieron en un lugar oscuro. El olor a tierra, madera y humedad verde invadió los sentidos de ambos de inmediato, envolviéndolos, intentando traer algo de paz a sus corazones. Bernice examinó el perfil de los altos árboles que los rodeaban.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella con un deje de desconfianza.

—En los terrenos adyacentes a la mansión —se apresuró a responder él para tranquilizar a la muchacha. Se suponía que debían aparecerse en los jardines, mucho más cerca del refugio—. No te preocupes. Todavía nos encontramos en perímetro seguro.

Bernice asintió, distraída.

—Solamente quería asegurarme, antes de reunirnos con los demás... —Díctamo se sobrepuso al instante de duda—. Quería asegurarme de que estuvieras bien, Bernice.

—Claro que lo estoy —ella se apresuró a responder, evadiendo la mirada del muchacho. Miraba en todas direcciones como si buscara algo.

A Díctamo no le costó captar la evasiva. Se adelantó para tomar a la joven Caeruleum por el brazo.

—Por favor, Bernice —con su mano libre sostuvo el rostro de la joven, obligándola a sostenerle la mirada—. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no eres sincera.

Bastó con eso para que la chica cediera. Sus ojos adquirieron un brillo triste, desbordando las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo. Se abrazó a él, procurando ocultar el rostro.

—No sé si pueda tolerar esto mucho tiempo más, Díc. Las pérdidas —sollozaba contra el pecho del smaragdium—. Con Bianca Hellmayr había sido diferente, apenas la conocía y aún así su partida dolió. Al profesor Rutherford apenas conseguí verlo un par de veces en el College antes de que lo encerraran... y esta vez fue todavía más difícil tolerar su partida —su cuerpo se sacudió con el siguiente sollozo—. No puedo fingir indiferencia cada vez que haya una muerte. Y sé que habrán más. Simplemente no...

Su voz se quebró, y el joven mago la sostuvo cuidadosamente entre sus brazos, sintiendo cómo su cuerpo menudo se estremecía como si se tratara de una criatura desvalida. Era lo que Bernice solía hacer cuando se veía superada por las circunstancias. Díctamo creía conocerla lo suficiente como para identificar y predecir cada una de sus reacciones. En ocasiones como esas, incluso podía estar seguro de los pensamientos que rondaban la cabeza de la joven Adams; habría apostado cualquier cosa a que ahora mismo se acordaba de su hermano, de sus padres... todos los seres queridos que había perdido en el transcurso de una guerra que parecía imposible de terminar. Hacía tiempo que el joven Betancourt había dejado de saber qué decir en situaciones semejantes, considerando que también él cargaba con sus propios fantasmas. Suspiró de un modo que la muchacha en sus brazos sabría interpretar tan bien como él sus estremecimientos. Alzó el rostro para mirarlo a los ojos.

—¿Te digo la verdad? —la chica sonrió con amargura. Sus mejillas aún permanecían húmedas por las lágrimas derramadas—. En ocasiones siento que nada de esto tiene sentido, que todo lo que hacemos es un gran y terrible despropósito. Pero, a pesar de creerlo, no tengo intención de rendirme Díc. No ahora que ya no tengo nada que perder.

El aludido dio un respingo de sorpresa.

—Eso suena muy parecido a lo que hubiera dicho...

—Weasley, ya sé —sin apartarse, ella se encogió de hombros—. O la Weasley del pasado, en todo caso. El punto es que desde que perdí a Kilian... creo que entiendo mejor que nunca las motivaciones de su pasado. Esta pesadilla tiene que parar.

—Lo sé, Bernice —Díctamo intentó sonreír. No lo consiguió—. Pero es importante que entiendas que nada de esto es tu culpa.

—No. Es culpa de Worthington —apartándose con cuidado de Díctamo, comenzó a caminar en círculos, pateando
las ramas y piedras que se le cruzaban por delante—. Nada de lo que hace está bien —su voz era un susurro débil, pero cargado de furia—. No es correcto que una persona deba vivir cada uno de sus días con el temor de perder a alguien, o de acabar encerrado o asesinado; no es sano vivir como lo hacemos nosotros, como fugitivos, solo por tener el valor de decir que Worthington está equivocado —sus manos se cerraron en dos puños—. Si pudiera tenerlo en frente ahora mismo lo mataría —siseó sin separar los dientes. Y luego recapacitó—. No. Lo haría sufrir hasta que suplicara su muerte... ¡y ni siquiera entonces lo mataría! —un árbol se interpuso en el camino de la Caeruleum, y acabó convirtiéndose en el objetivo de sus puños furiosos—. ¡Lo volvería loco de dolor! Y después, ¡y después...!

Díctamo detuvo el brazo de la chica antes de que el puño volviera a dar contra la inofensiva corteza. Sus nudillos estaban rojos.

—No Bernice —el chico habló con una seriedad casi recriminatoria—, eres mejor que eso, lo sabes. Eres más lista y más benévola que eso. No cometerías el error de seguir el juego de esa gente desalmada.

Ella no dijo nada, probablemente porque sabía que Betancourt llevaba razón. Se limitó a sostenerle la mirada, desafiante, sus ojos refulgentes de una ira contenida que se resistía a la paz que el mago pretendía transmitirle con su propia mirada. Le acongojaba presenciar aquella versión de la joven Adams, pues sabía que detrás de toda esa exhibición de cólera se ocultaban otras cosas: miedo, inseguridades, pero sobre todo angustia y dolor. Nadie, ni siquiera ella, podía pretender ser fuerte todo el tiempo.

—Sabes que Worthngton tendrá que pagar, suponiendo que algún día las cosas se vuelvan a nuestro favor —musitó ella, todavía no dispuesta a rendirse del todo.

—Pagará, Bernice. Pero lo hará de un modo justo, de un modo humano. Porque de lo contrario correremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos. Y todo por lo que hemos luchado dejará de tener sentido. Sé que lo entiendes.

Ella suspiró.

—Lo entiendo —asintió bajando la mirada—. Pero parece todo tan injusto, Díc... No entiendo cómo es que tú puedes mantenerte de una pieza todo el tiempo.

—No lo hago —era una confesión tan repentina que incluso él se sorprendió de soltarla con tanta facilidad. Pero hablaba con Bernice; podía confiar en ella—. Solo intento contenerme... lo que es peor. Estoy tan destruido por dentro como cualquiera.

Bernice, que todavía estaba situada delante de él, se acercó un poco más. Y lo estudió con detalle, los ojos entrecerrados, su nariz casi rozando la del muchacho. Al final, esbozó una sonrisa. Una auténtica sonrisa.

—Pues no lo pareces, delegado. A mí se me hace que acabas de inventártelo para hacerme sentir menos como una novata.

Díctamo correspondió con una sonrisa involuntaria. Todavía no entendía cómo lo hacía Adams, pero siempre conseguía arrancarle aquellos gestos en los momentos menos esperados. Se quedó observándola con la misma curiosidad que ella le dedicaba, como si intentase descubrir en su mirada el origen secreto de esa energía contagiosa e inagotable. Envidiaba la fortaleza de Bernice tanto como su capacidad para reconocer su debilidad cuando era necesario. Todo era tan espontáneo y tan natural en ella, tan distinto de la rígida precaución del muchacho. Estudió su sonrisa y se detuvo en ella, en aquellos labios suaves, y se sorprendió recordando por qué sabía lo suaves que eran, lo cálidos que eran. De pronto sintió la necesidad de... la necesidad de...

Retrocedió asustado.

—No —Bernice, cuyo entendimiento de lo que había estado a punto de ocurrir era completamente legible en sus ojos, retuvo al muchacho antes de que pudiera escapar. Le rodeó el cuello con sus brazos, delicada—. Quieres hacerlo, ¿no? Hazlo entonces Díc.

Intentó acercarse, pero él fue a repelerla.

—No puedo, no puedo —susurró él, repentinamente aterrado—. Por favor, Bernice. No lo entiendes...

—Lo entiendo, Díc, claro que lo entiendo. Y es momento de dejar de escapar de tus fantasmas y liberarte —le sostuvo el mentón con firmeza—. Sé por qué te estás conteniendo y sé que no fue tu culpa. Sé lo que te ocurrió, lo que te hicieron. Sé lo de tu hermana.

La repentina e inesperada confesión dejó a Díctamo paralizado justo donde estaba. Se sentía de pronto acorralado, asediado por la vergüenza...

—P-pe-pero... ¿cómo...? —alcanzó a decir con un hilo de voz quebrada por la conmoción. A lo mejor no hablaban de lo mismo. A lo mejor todo era una gran e incómoda confusión. Se aferró a esa ínfima posibilidad con uñas y dientes.

—Te oí —dijo ella sin más, eludiendo los sutiles intentos de Díctamo por zafarse—. Los oí a ti y a Weasley la tarde en que charlaban al respecto en la sala de redacción. Fue cuando me enteré de que pertenecían a la Patrulla.

No podía creerlo, Díctamo no podía creerlo, pero todo tenía un doloroso sentido.

—Debes dejar de castigarte por algo de lo que no fuiste responsable, Díctamo Betancourt. Es momento de que sepas perdonarte a ti mismo y que sigas adelante —la joven observó al muchacho con amargura, y la siguiente vez que habló, su voz se había suavizado—. Es hora de comenzar a sanar esas viejas heridas.

Presionó sus labios contra los del muchacho, y Díctamo volvió a sentir esa dulce y suave calidez de la última ocasión, esa jovialidad embriagadora de los besos de Bernice. Se permitió por un momento perderse en la maravilla de aquel contacto, incluso se atrevió a ir más lejos, a buscar por su cuenta. Pero cuando las manos de la muchacha se aferraron a su cabello, los recuerdos volvieron. Otros recuerdos que nada tenían que ver con la muchacha. Recuerdos vívidos, terribles. El recuerdo de un deseo ciego que había sentido en serio, aún contra su voluntad. Jadeó de pánico y la muchacha se apartó, comprendiendo tal vez que había ido demasiado lejos. Vio las lágrimas que anegaban los ojos verde agua del muchacho, y el abrazo que entonces lo envolvió fue completamente distinto: consolador, casi maternal.

—Ya, Díc —le susurró al oído para hacerse oír por encima del llanto desconsolado del muchacho—. Haremos que pase —le prometió, depositando un beso suave en su frente, otro sobre cada uno de sus párpados. Limpió las lágrimas con afecto—. Es una herida profunda, pero sanará. Te prometo que sanará. Seguirá doliendo, pero con el tiempo podrás seguir adelante.
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Re: Jardines

Mensaje por Arsène Weasley el Miér Dic 06, 2017 4:31 pm

CENIZAS EN LLAMAS
22 de junio, 2054

Las estrellas exhibían un brillo tenue e hipnótico esa noche. Atraída por aquella paz silenciosa siempre prófuga en su propio espíritu, Arsène había perdido la noción del tiempo al detenerse a contemplarlas. Solo recordaba que el cielo ya estaba oscuro cuando, siguiendo en secreto a una pequeña criatura peluda hasta los jardines de la mansión Pfeng, descubrió el espectáculo nocturno. El animal se había perdido entre los arbustos sin reparar en la presencia de la pelirroja, y ella concluyó que buscar formas en aquel mar negro colmado de lentejuelas sería una forma de aguardar el retorno del animalillo tan buena como cualquier otra.

El sueño comenzaba a asediarla cuando mucho después, unas pequeñas pisadas llamaron su atención. El cielo seguía apagado y lleno de estrellas, pero era imposible determinar cuánto tiempo había transcurrido desde que decidiera iniciar su guardia. Se incorporó perezosamente antes de corroborar que un par de orbes brillantes le devolvían la mirada desde el sector más oscuro de los jardines.

—Buenas noches Collingwood... ¿o debería decir buenos días? No tengo idea de qué hora es.

Los ojos se mantuvieron abiertos y atentos, pero Wealsey no recibió ninguna respuesta. Tampoco la esperaba. En cambio, la criatura dueña de aquella mirada demasiado inteligente comenzó a avanzar hacia la luz de la luna. Se trataba de un mapache escuálido y gris. Parecía enfermo. Observó a Arsène desde una distancia prudente, con la desconfianza propia de las pequeñas criaturas acostumbradas a convertirse en presas fáciles. Y comenzó a olfatear.

—Es una perfecta imitación de un feo mapache, tengo que darte el crédito por eso. Pero eso no te salva de nada; sé que eres tú —ella esbozó una sonrisa divertida—. Dime, ¿está bien Ephram?

Por fin, el mapache comenzó a cambiar hasta tomar la forma de un joven alto, pálido y de sonrisa tan amplia como cansada.

—A ti no se te escapa nada, ¿eh Arsène? —Collingwood rió, avanzando para instalarse junto a ella. Todavía de pie recargó el cuerpo contra el tronco de un árbol—. Por cierto, buenas noches es lo correcto. Apenas son... —consultó su reloj de pulsera— las tres de la mañana.

—Apenas —asintió la pelirroja con las cejas enarcadas—. Alguien aquí tiene severos trastornos del sueño.

—Está claro que no soy el único —Leszek se encogió de hombros. Cruzaba los brazos sobre el pecho de un modo evidentemente despreocupado—. ¿Hay algún motivo especial por el que estuvieras esperando aquí?

—Solo... sentía curiosidad —Weasley hizo lo propio al encogerse de hombros.

—Wow, eso es nuevo —el joven la miró sorprendido. Genuinamente sorprendido. El sarcasmo no era algo que se le
diera bien—. Ya perdí la cuenta de las veces que Díctamo y yo hemos intentado involucrarte en nuestras operaciones... y la respuesta siempre ha sido la misma.

—No te emociones vaquero. Solo quiero saber qué estuvieron hablando tú y nuestro amigo en común. El retiro está bien, ¿sabes? Pero luego de un tiempo todo se torna un poco... aburrido.

Hacía mucho tiempo que no oía nada respecto a Ephram. En realidad, hacía tiempo que no oía nada respecto de nada en absoluto. Su determinación por mantenerse al margen había sido formidable hasta ahora y nadie -ni la compresiva insistencia de Betancourt, ni los juicios de Crawford, ni la extraña preocupación de Vanni- tuvo éxito en sus intentos por traer de vuelta a la antigua pelirroja revoltosa. Pero a pesar de sus dudas, parecía que la naturaleza de su carácter era todavía más poderosa que su renovada resolución de mantenerse a salvo. Había dedicado años de su vida a la causa que sus amigos protegían ahora; a su juicio tenía todo el derecho de saber si sus esfuerzos habían valido la pena.

—Por desgracia, no podré concederte el privilegio de unos momentos de entretención —la mirada de disculpa del pálido mago se notaba genuina—. Los temas discutidos con Démian son asuntos privados que solo tengo permitido transmitir a Thomas. En cualquier caso, ni siquiera tendrías que saber que me reuní con él —volvió a sonreír—. Para ser alguien a quien no le interesa nada de lo que hacemos eres muy observadora.

—No puedo evitarlo —Arsène esbozó una sonrisa involuntaria. Le gustaba hablar con Collignwood. Descontando a Betancourt, era de las pocas personas que se dirigían a ella sin juzgarla por sus decisiones, sin obligarla a imponer su punto de vista. Sabía que ese mago, como todos los demás, anhelaba verla otra vez involucrándose en las actividades del frente de batalla que habían construido. Pero Leszek, a diferencia del resto, respetaba sus reservas y sus motivos aún sin conocerlos—. Pero si no puedes hablarme de lo que discutieron, al menos dime cómo está él.
Es un bastardo malnacido, pero trata de hacer lo correcto.

—Supongo que ha estado peor —Leszek torció el gesto en una mueca apenada—. Pero el chico es una máquina de tiempo, si quieres que te sea completamente sincero. La dicotomía de su existencia lo destruirá tarde o temprano.

Eso no era una sorpresa para Weasley. Ya en el pasado había predicho para su antiguo aliado un destino como el que Collingwood describía. Era cuestión de tiempo, y tiempo era de lo que menos disponía Ephram. Ya había soportado demasiado.

—Por el bien de todos nosotros, esperemos que sea más tarde que temprano —Intentó recurrir al sarcasmo de su pasado, pero incluso ella notó el atisbo de preocupación en su timbre. Odiaba haberse vuelto tan débil... y eso era bueno. Dos semanas atrás, la evidente y repentina fragilidad de su ánimo la traía sin cuidado.

—Quisiera poder hacer algo por su hermana —Collingwood suspiró, y de pronto el peso de sus preocupaciones se tornó más evidente que nunca—. Si pudiéramos ponerla a salvo, todo sería diferente. Si te imaginaras el tipo de cosas que Démian tiene que hacer a diario para conservar su fachada... me sorprende que aún conserve humanidad suficiente como para poder discernir lo bueno de lo malo.

—Podríamos hacerlo —La afirmación surgió de labios de la joven pelirroja de un momento a otro. Nadie se sorprendió más que ella, pero se dio el impulso necesario para seguir adelante—. Tengo una idea.

El mago la observó con interés, como si intentara decidir hasta qué punto debía dar crédito a sus palabras. Para demostrarle que hablaba en serio, Weasley continuó.

—El año escolar ya terminó en Clevermont, he sacado las cuentas. Los alumnos ya volvieron a sus respectivos hogares —Inició con cautela, sin apartar la vista del mago—. Durante nuestros tiempos en el college, Worthington se aseguró de mantenernos como prisioneros dentro del edificio. Con Slaughter las cosas cambiaron; ya no necesita rehenes para garantizar la obediencia de las familias del mundo mágico. Sacar a la enana Ephram de su hogar sería mucho más sencillo que idear un plan para entrar al edificio.

—Puede ser —Leszek consideraba la idea con absoluta concentración, apartándose del árbol para inclinarse y tomar
asiento en el suelo junto a Arsène—. Pero será necesario evaluar los riesgos y beneficios de esa jugada. El Congreso Mágico ha hecho todo lo posible por tornar en nuestra contra nuestra última ofensiva: en la prensa nos han adjudicado la muerte de los aurors que Worthington mandó a matar. Desde luego esta nueva acción sería considerado un secuestro.

—Creo que es un riesgo necesario. Ephram ya ha soportado suficiente por todos nosotros. Tú mismo lo dijiste —Arsène se irguió para mirar al mago directo a los ojos ahora que estaban a la misma altura. Era condenadamente alto—. Pero no es asunto mío, ¿verdad? Ustedes son los genios logísticos del grupo rebelde.

—No seas ridícula —Como de costumbre, el joven desestimó a propósito el sutil insulto implícito en la afirmación. Weasley sospechaba que hacerlo enfadar era imposible—, las buenas ideas siempre han corrido por tu cuenta.

—Lo de la Piedra de la Resurrección fue idea tuya —atajó ella.

—El mérito es de Frederika, en todo caso.

—Tú y tu puñetera humildad de mierda, Collingwood —Arsène soltó una carcajada inesperada, pero no por eso menos auténtica—. Me produce náuseas.

—Al menos te sientes lo bastante compuesta como para idear nuevas estrategias —con una sonrisa condescendiente, el joven sonrió. Y luego se inclinó un poco más hacia la pelirroja, observándola con evidente curiosidad—. ¿Cuándo fue la última vez que ideaste algo? ¿Qué cambió ahora?

—No lo sé —Las palabras de Arsène eran sinceras. No había sentido nada distinto a lo habitual al levantarse aquel día. Más tarde, reflexionando en los minutos previos a conciliar el sueño, descubriría cuál había sido el detonante de
todo: el proceder secreto de Collingwood. La antigua Weasley jamás había soportado el misterio; el hecho de que el
otrora inefable la marginara de lo que fuera que estuviera planeando fue más de lo que podía tolerar—. Supongo que no estoy hecha para la rutina. O tal vez, para variar, Betancourt tenía razón: no pueden destruir mi esencia.

—Me alegra escuchar eso —Aunque parecía imposible, la alegría en el rostro de Collingwood se tornó más intensa. Depositó una mano amable y afectuosa sobre su hombro—. Estaré preparado para oír las ideas que están por venir, porque sé que vendrán más, las oigo venir. Y desde luego comentaré tu propuesta con Thomas y el resto. Más allá de los detalles, es altamente viable.

—Pero te advierto que no me presiones demasiado Collingwood. Puede que todo esto no sea más que un vestigio de lo que fui alguna vez; un efecto del insomnio que desaparecerá al amanecer.

—Puede ser, pero si hay un defecto que me caracteriza es el de ser demasiado optimista —se levantó, sacudiéndose los pantalones antes de bostezar—. Está bien, ha sido suficiente ajetreo conspirativo para un día. Creo que es hora de ir a la cama.

—En tu lugar yo no lo haría —Arsène esbozó una sonrisa maliciosa y divertida que Collingwood no tardó en interpretar. Pero ya estaba de humor suficiente como para exponer de todas formas las explicaciones de rigor—. Tal vez le sugerí a Adams que sería buena idea hacer un poco de compañía a Betancourt en tu ausencia.

No había tenido opción, Betancourt ya no podía más con el remordimiento que lo devoraba a diario y comenzaba a hacerlo enloquecer. Tenía que distraerse y seguir adelante, y Adams estaba más que dispuesta a ayudarlo con eso. Lo único que Weasley había hecho era crear el escenario idóneo.

—Veo que encontraste una actividad para distraerte en tu tiempo libre, casamentera Weasley —Leszek rió con ganas,
tendiéndole una mano a la muchacha para ayudarla a incorporarse—. Es extraño verte intentando solucionar los problemas sentimentales del resto, pero sobre todo, parece un poco injusto. ¿Quién te ayuda con los tuyos?

—Cuidado con tus palabras Collingwood, podría hacerte la misma pregunta.

Touché.

—Como sea... a menos que quieras encontrarte con alguna sorpresa, buscaría otro lugar para dormir. Si no te importa pasar un tiempo más con la marginada Weasley, mi cuarto tiene una cama disponible.

—Por mí está bien.

Caminaron de vuelta a la mansión sin nuevas palabras de por medio, y Arsène sacó provecho de esos momentos de silencio para poner en orden las cosas dentro de su cabeza. Las cosas estaban cambiando para ella, de pronto podía darse cuenta. Todavía sentía el miedo removerse como un animar salvaje en su interior, pero de forma paulatina comenzaba a adoptar un tamaño adecuado que dejaba espacio a otras sensaciones que la pelirroja había conocido bien en el pasado. ¿Significaba aquello que volvería a la lucha? No parecía posible, pero semanas atrás siquiera le parecía posible volver a reír. Alguna vez ella había sido fuego intenso y abrasador, capaz de arrasar con todo a su paso. Worthington la había convertido en cenizas... y estas comenzaban a calentarse.

Solo el tiempo sabía lo que saldría de ellas.


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Arsène Weasley
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