Invernadero

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Invernadero

Mensaje por Statue of Liberty el Dom Sep 09, 2012 6:22 pm





Invernadero





Al este de la mansión se alzan árboles de diversas especies, antiquísimos y altos. En medio de la frondosa espesura, adentrándose alrededor de un kilómetro, se encuentra el gran invernadero: una hermosa cúpula de cristal oculta en medio de la naturaleza.

Atraviesa los pórticos de delicados detalles y te encontrarás con un mundo diferente, un jardín de ensueño repleto de hermosos ejemplares mágicos y no mágicos que podrás apreciar recorriendo los amplios caminos, todos unidos hacia el quiosco ubicado al centro del espacio.


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Statue of Liberty
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Re: Invernadero

Mensaje por Bernice Adams el Miér Ago 16, 2017 11:13 pm

FELICIDAD
Jueves 11 de junio, 2054

Díctamo Betancourt contemplaba algún punto distante, absorto. Se mantuvo así durante lo que parecieron horas, hasta que pareció reunir el valor suficiente para enfrentarla.

—Tengo que disculparme contigo, Bernice.

Ella se sintió confundida y no se esforzó en ocultarlo. Muy por el contrario, procuró abrir sus ojos lo suficiente como para que el muchacho notase su desconcierto.

—Si quieres que te perdone, tendrás que decirme qué fue lo que hiciste, Díc.

Bernice advirtió el segundo exacto en que la vergüenza y el nerviosismo gatillados por su observación explotaron en el rostro siempre honesto del joven Betancourt. Le supo mal ponerlo en apuros, pero tenía que hacerlo si pretendía ayudarlo. Paciente, aguardó a que él encontrara las palabras adecuadas para hablar sin tartamudear.

—Lo que ocurrió ayer... —inició dubitativo, visiblemente nervioso—. Ese beso... solo... no debí haberte besado. No fue correcto.

—¿De qué hablas? —aquello no tenía sentido—. No puedes culparte por eso, fui yo quien te besó.

—Pero debí haberme negado —insistió él.

El verde los rodeaba a ambos en todas direcciones. Sentados en el interior de la pequeña glorieta, podían apreciar la totalidad de las especies conservadas en el invernadero, y la exhibición era de ensueño. Estar ahí junto a Díctamo mejoraba todavía más toda la experiencia, pero el pesar del chico le dolía en el alma. No era algo con lo que Bernice deseaba lidiar justo en aquel momento, no después de la terrible carga emocional que implicaba la reciente despedida de los compañeros caídos. Pero entendía que todo el asunto torturaba al joven Betancourt del mismo modo que a ella la deleitaba. Lo apreciaba demasiado como para ignorar sus tribulaciones. Así que esperó a que la sinceridad brotara de labios del afectado, como tarde o temprano sucedería, aún presintiendo que lo que estaba por venir no le gustaría.

—Dices saber lo que pasó conmigo —al referirse a su secreto, Díctamo bajó la mirada. Bernice adivinaba el deje de
vergüenza en cada gesto—. Y por lo tanto sabes qué fue lo que me apartó de Cassandra —sus ojos verdes se alzaron buscando los de Bernice. Aunque se sintió atrapada por ellos, se dio ánimos para seguir adelante.

—Pero todavía sientes algo por ella, ¿verdad? —fue a apoyar su mano sobre el hombro de su interlocutor en señal de entendimiento—. Lo sé, Díc.

—No es solo eso —Betancourt meneó la cabeza, afligido—. La amo, Bernice. Siempre lo he hecho... y no creo que eso vaya a cambiar en el futuro.

No existía respuesta posible para semejante confesión, o eso pensó Bernie en un comienzo. Había temido la llegada de una afirmación parecida, y ahora se encontraba acorralada contra sus propios argumentos previamente elaborados. Una sensación extraña nació entonces en su pecho, extendiéndose por cada fibra de su cuerpo: mezcla de vacío, angustia y desesperación. Porque a pesar de su años de esfuerzo, ahora quedaba claro que ella jamás fue rival para alguien como la perfecta Cassandra Gilbert. Creía haber iniciado aquella guerra con desventaja, pero en realidad siempre había sido la perdedora. Comprenderlo así, de golpe, la lastimó como pocas cosas lo hicieran durante la corta historia de su vida. Pero se obligó a seguir escuchando.

—El hecho de que ahora no estemos juntos no resta gravedad a lo que ocurrió ayer —continuó el joven, buscando una de las manos de Bernice para estrecharla cuidadosamente—. Pienso constantemente en Cassandra. No quiero aprovecharme de ti, no quiero mentirte respecto a mis sentimientos. Tu amistad es muy valiosa para mi y no tengo intenciones de arruinarla por un impulso.

—Creo que estás siendo muy duro contigo mismo, Díc —estrechó con fuerza la mano que Díctamo le sostenía, y a pesar del dolor consiguió esbozar una sonrisa solo para él—. Lo que te ocurrió... —no entró en más detalles al ver la expresión de espanto del mago—. Bueno, te ha dejado en una situación de extrema vulnerabilidad, los dos lo sabemos. A pesar de eso, te provoqué para que me besaras. Si alguien intentó aprovecharse de alguien, debería ser yo.

Bernice contempló el silencio indeciso del Smaragdium, y sostuvo su rostro antes de continuar.

—Pero no me aprovecho de ti, porque me gustas —se aseguró de no utilizar la palabra ‘amor’, aún cuando sabía que lo que sentía por el joven Betancourt era lo bastante poderoso como para caer en aquella denominación. El chico ya se notaba demasiado nervioso; no había necesidad de terminar de aterrarlo, y mucho menos pretendía condicionar sus decisiones. No le cabía la menor duda de que si se enteraba de la verdad completa, él destinaría todos sus esfuerzos en intentar no herir sus sentimientos. Lo que menos necesitaba Díctamo Betancourt era cargar con más preocupaciones. Acarició con manos cuidadosas el rostro de su antiguo compañero de escuela—. Me gustas más de lo que piensas, y lo único que me importa es que puedas ser feliz. Quiero ayudarte a ser feliz, a liberarte de lo que te atormenta y olvidarte de la culpa que sé que te consume a diario.

Vio que el joven mago separaba los labios para decir algo, pero la chica se adelantó, silenciándolo al posar sus labios sobre aquellos dispuestos a protestar. La sorpresa del movimiento jugaría a favor de Bernice.

—Sé lo que vas a decir —murmuró, bajando las manos hasta apoyarlas sobre los hombros de un estático y pasmado Díctamo—. Pero tus sentimientos por Gilbert no implican que no puedas sentir algo por otra persona, por alguien que quiere ayudarte a recuperar tu confianza. Di que no te sientes atraído por mí, dilo te y prometo no volver a incomodarte de esta forma.

—Bernice... —las palabras de Díctamo fueron una especie de súplica dubitativa, una reticencia forzada.

—Por favor, no uses la lógica para decidir —se apresuró a interrumpirlo—. Cosas como estas no pueden pensarse con la cabeza —inclinándose cerca del oído de Díctamo, acabaría susurrando las siguientes palabras—. Solo confía en tu instinto.

No sabía si estaba siendo demasiado ambiciosa, pero esa tarde de junio la joven Caeruleum confiaba en sus posibilidades de éxito. Todavía se acordaba de la mirada tentada e indecisa de Betancourt la noche anterior, antes de que todo se saliera de control. No había forma de negar que el muchacho sentía algo, y volvía a comprobarlo ahora, cuando percibió el estremecimiento originado por el involuntario roce de sus labios contra el oído de Díctamo. Esa respuesta involuntaria la animaría a iniciar un breve recorrido por la barbilla antes de encontrarse con esa boca que, para su sorpresa, la esperaba lista para un nuevo contacto. Fue un beso tan honesto que a Bernice no le costó trabajo adivinar todo lo que pasaba por la cabeza de su compañero en ese momento: el temor del pasado confundido con unas ansias a ratos sofocada por la vergüenza. ¿Podría él adivinar el efecto que ese encuentro tenía en ella? ¿Sería consciente de la dicha embriagadora que la envolvía como un traje perfectamente ceñido a su cuerpo? ¿Oiría los latidos frenéticos de su corazón? De repente sintió unas manos tímidas perdiéndose en las profundidades de su cabello, bajando por su cuello. Y fue su turno de temblar producto de las cuidadosas atenciones que le eran dedicadas. Era la respuesta que había esperado, y sonrió sobre los labios del mago sin poder contenerse.

Tampoco pudo contener el suspiro que escapó de sus labios, y eso pareció activar algún tipo de alarma personal en Díctamo. Se apartó rápidamente, sin aliento.

—Lo siento —se disculpó.

—Está bien —Bernice minimizó el asunto con una sonrisa enérgica—. Todo esto debe traerte malos recuerdos. Nos tomaremos las cosas con calma —tomó su mano con cautela—. Necesitas olvidar.

—Gracias, Bernice.

—No, Díc —se inclinó lo suficiente como para dejar caer un beso delicado sobre la frente del joven—. Gracias a ti.

Podía no ser la elegida, pero eso carecía de importancia si podía disfrutar del presente en compañía de la persona que había elegido para sí misma. Estaba dispuesta a sacar el mayor provecho de ello durante el tiempo que durase. Porque cada segundo que pasaba así de cerca de Díctamo, cada vez que su piel tocaba la de ese joven perfecto, que sus labios eran el objetivo de sus besos... era un regalo irrepetible.

Vivían tiempos peligrosos y cualquier día podía ser el último, pero nada de eso importaba ahora. Porque al fin, tras años de persistencia, había conocido la felicidad.
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Bernice Adams
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