Enfermería

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Enfermería

Mensaje por Statue of Liberty el Dom Nov 14, 2010 7:55 am





Enfermería




En el tercer piso, la Enfermería se sitúa entre Smaragdium y Phoenîceum. Justo en la mitad del pasillo, una gran puerta de madera se abre para todo aquel que no se sienta bien psicológica, física y socialmente.

Un salón muy grande, con el techo siendo casi una cúpula por terminar en punta, las altas colunmas. Cada una de ellas está acompañada de pequeñas lámparas que alumbran a la enfermera Hadley a sanar a sus "queridos pacientes".

Una hilera de camas se encuentra próxima a los extremos del lugar; y no podía faltar lo más importante: un estante repleto de ünguentos, vendas, medicinas, etc. ; que, si te sientes mal, puedes abrirla con total libertad.

Si tienes alguna consulta, o quieres saciar tus dudas, toca tres veces en la puerta más pequeña (ubicado en la parte lateral de la enfermería). La enfermera Hadley no dudará en abrirte.


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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Miér Mar 16, 2011 3:33 am

Una suave llovizna había comenzado a caer, lo que hizo que los jóvenes atravesaran la entrada al colegio con la ropa húmeda. Su caminata de regreso había transcurrido en el más completo silencio. A decir verdad, había mucho que decir, pero muy pocas ganas de hacerlo. Al menos, por parte de ella, pues se veía completamente imposibilitada para ordenar las palabras en un modo coherente, que le permitiera explicar la maraña de sentimientos que albergaba en su interior. Ingresaron a la enfermería, todavía abrazados, en busca de algo para calmar el dolor de cabeza de Mandy y cicatrizar las pequeñas heridas que la gincana había dejado en los cuerpos de ambos.

Como se encontraba muy cansada, la joven Plancton se sentó en una camilla y se recostó sobre ella, sin importarle en lo absoluto que su calzado deportivo llenara de barro las impecables sábanas blancas. A esa hora, seguro que la enfermera ya estaba durmiendo. Y ellos no estaban haciendo tanto ruido como para despertarla si es que sus aposentos estaban por allí cerca. Nunca se lo había cuestionado, pero el lugar donde dormían los profesores era un completo misterio para ellos. ¿Existiría algún modo de averiguarlo? Era probable, pero en ese momento no se sentía con las fuerzas suficientes siquiera para imaginarlo.

Ladeó el rostro hacia un costado, hasta que se quedó observando cómo su mejor amigo rebuscaba en los estantes algo que pudiese serle de utilidad. Realmente se veía tierno. Y hermoso. Con aquella seriedad tan imponente y a la vez tranquilizadora. Creyó que esa era la primera vez en la que lo veía de esa manera. Antes, era sólo Leszek. Ahora, una infinita marea de adjetivos positivos que podía adjudicarle se le venían a la mente.
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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Miér Mar 16, 2011 4:26 am

Removía los estantes con una paciencia infinita, recientemente adquirida cuando su amiga hubo conseguido retomar la calma. Sus ropas estaban completamente húmedas, sin embargo no se percataba de ello, pues tan abstraído se encontraba en la búsqueda de algún ungüento útil que se había llegado a olvidar de lo que era el frío. En efecto, el bienestar de su amiga le seguía preocupando profundamente y más que cualquier cosa. Ver ahora sus lágrimas secas sobre sus mejillas no significaba que Mandy se encontrara anímicamente recuperada. Sin embargo no alcanzaba a comprender por qué permanecía una extraña angustia arraigada a su pecho si todo parecía mejorar progresivamente ahora que estaban muy lejos de esa mansión que sólo ahora consideraba tenebrosa. Al fin, encontró lo que había estado buscando.

Dejó de darle la espalda a Plancton para encaminarse hacia su camilla. Rápidamente quedaba en evidencia el agotamiento físico y psicológico que esa tediosa jornada había producido en la muchacha que ahora reposaba extenuada, y como él, completamente indiferente al estado de sus vestimentas. Daba una y mil vueltas en su cabeza al hecho de que él no se viese afectado del mismo modo. ¿Sería insensible acaso? No quiso pensar más sobre ello. La Diosa del Olimpo volvía de su aventura, aunque no en gloria y majestad, sana y salva. Era más que suficiente.

Collingwood tomó asiento frente a la camilla, acomodándose sobre una vieja y roñosa silla de madera. Observó el cansado rostro de la chica con el cariño fraternal acostumbrado, dedicándole por fin una sonrisa que venía a ser el inicio de un definitivo viaje al fin de todas las preocupaciones que pudieran estarlos atormentando—. No puedes imaginarte el susto que me diste, Plancton —abrió el ungüento sin perder tiempo. Unos delgadas pero profundos cortes se dibujaban en el tierno rostro de su amiga, y sobre ellos depositó la pomada mágica, con un masaje delicado que terminaba convirtiéndose en una cariñosa y suave caricia sobre sus mejillas—. No me habría perdonado jamás si algo malo te hubiese pasado —afortunadamente no había sido así. La tenía frente suyo, tan viva como siempre. Su sonrisa inicial quiso expandirse aún más sobre sus labios, acaso queriendo expresar abiertamente el alivio que sentía de tenerla otra vez junto a él. Al absorberse la pomada retiró cuidadosamente sus manos, sin desviar de sus ojos la mirada—. ¿Te sientes mejor?
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Miér Mar 16, 2011 3:00 pm

Alzó una mano con lentitud, pues la fatiga ya no le permitía hacer ningún movimiento demasiado brusco. Pero a pesar de todo el cansancio contenido en su frágil cuerpo, no era capaz de atreverse a cerrar los ojos, dispuesta a dormirse. Los sucesos vividos aquella noche afirmaban que, sin lugar a dudas, en cuanto sucumbiera ante el peso del mundo del subconsciente, las pesadillas la azotarían con crueldad, sin dejarla descansar. Prefería quedarse despierta, presa del insomnio, que padecer aquello. Estaba muy segura de que lo haría. La grata compañía de su amigo contribuía a calmarla de una manera inaudita y no había posibilidad alguna de que prefiriera los malos sueños antes que su presencia. Nunca lo había pensado de otro modo y ahora con menos razón deseaba hacerlo.

Lo contempló con silenciosa devoción, de espaldas, revolviendo todo para buscar y encontrar algo útil. Cuando se dio la vuelta, para encaminarse hacia ella, no pudo menos que esbozar una pequeña sonrisa. Algo desdibujada, sin tanto énfasis o color como otras veces, pero sonrisa al fin. Eso era lo que importaba. No hubiese caído en una estúpida tontería popular si hubiese afirmado que él era el único que poseía la receta exacta para hacerla sonreír. Sólo él, nadie más. Por más que Plancton fuese de hacer dichos gestos con facilidad cuando estaba de buen humor, nadie se los producía con más frecuencia y de la forma más genuina posible que él.

Y entonces, él le sonrió. La sensación que experimentó luego jamás la había sentido. Un cosquilleo se extendió por su cuerpo, de pies a cabeza, revoloteando especialmente en su estómago, como si fuese el fruto del aleteo de un pequeño y agradable insecto de varios colores. Todos sabéis a qué se debía esto, ¿cierto? Y por primera vez, no voy a negarlo. Estaba enamorada. Cerró los ojos, fruto del agradable síntoma del enamoramiento que se extendía por su cuerpo, pero tan rápido como lo hizo, volvió a abrirlos. Por nada del mundo se hubiese perdido tan maravilloso panorama. Su rostro era, quizás no el más perfecto, pero con todas sus pequeñas imperfecciones, como aquellos pequeños hoyuelos en sus mejillas al sonreír, el ideal para ella.

-Y tú a mí -repuso, dando un largo suspiro. No tienes idea, Leszek, de lo que me has hecho sufrir en las últimas horas, se dijo sólo para sí misma. Sus palabras la reconfortaron inmensamente. Al menos ahora comenzaba a comprender que lo vivido había sido sólo una ilusión, no la realidad. A menos que en ese momento estuviese soñando. Pero no podía ser. Las caricias que él dedicaba con cariño a su ajado rostro no podían ser más reales.

-Mucho mejor... -respondió sin ningún rastro de mentira en sus palabras. Allí, con la persona a la que más quería en el mundo cuidando de ella, no había motivo para estar triste. Quizás todavía no era feliz, en el pleno sentido de la palabra, pues necesitaba un tiempo para recuperarse de todo lo vivido. Pero ya lo haría. Y así, como si quisiese asegurarse una vez más de que lo que estaba sucediendo era real, levantó una mano y la posó con delicadeza sobre la que el joven tenía en su rostro, oprimiéndola contra ella. Cerró los ojos por unos instantes. Sí, definitivamente se sentía real.



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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Jue Mar 17, 2011 2:00 am

Antes de alcanzar a retirar su mano, Mandy ya retenía la misma sobre su lastimado rostro haciendo uso de sus propias manos. Leszek no manifestó ningún inconveniente de mantenerla ahí, sin embargo. Prefirió creer que manteniendo el contacto físico podría desprenderse más rápido de las preocupaciones que con pertinaz insistencia permanecían en su mente. Aunque su mejor amiga volvía lenta y decididamente a recobrar su ánimo alegre, parecía definitiva la larga permanencia de ese desagradable sentimiento sobre su espalda. No se explicaba que su alivio no fuese completo, considerando las claras evidencias del bienestar de la joven Plancton, que había confirmado verbalmente. Pero sólo una milésima de segundo de su recuerdo en cuanto al terror que lo había dominado en la mansión para renovar su angustia. El sufrimiento que Autumn había demostrado por el fallecimiento de la pequeña estudiante jamás habría podido compararse con la profunda desesperación que se hubiese visto en Collingwood, de haberse visto envuelto en esa injusta treta de la vida. Ahora lo recordaba, y su corazón se encogía terriblemente. ¿Qué era aquello? Carecía de sentido darle tanta importancia a una desgracia que ni por asomo se había visto posibilitada a realizarse. Intentó el pálido muchacho volver a su capacidad de pensamiento analítica, pero se le hacía más difícil que nunca. Incapaz era de olvidarse de esa posibilidad lamentable.

La incomprensión de su falta de temple le obligó a borrar durante un segundo la sonrisa. Pero no
deseaba sufrir un retroceso con el progreso fantástico de su Diosa, y forzó un nuevo gesto alegre que no fingía su calidez. Impaciente por ser él quien ahora deseaba olvidarse del evento llevó su otra mano a los cabellos de la muchacha y hasta cierto punto lo ayudó a tranquilizarse. La observó enternecido, veía a Mandy tan agotada que le parecía cruel extender cualquier tipo de conversación—. Deberías dormir... —recomendó todavía acariciando sus cabellos húmedos. Por supuesto, el no se marcharía mientras ella dormía. Estaba dispuesto a velar su sueño y no abandonarla. No podía, ahora no podía... y no estaba demasiado seguro del porqué.
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Jue Mar 17, 2011 3:10 am

Respirando de una forma continua y pausada, Mandy sintió como de a poco recobraba su frecuencia cardíaca normal, luego de haberla tenido acelerada durante todo aquel rato. Negó lentamente con la cabeza ante la sugerencia de su amigo, sin mediar palabra al respecto. No quería dormirse. Con los ojos cerrados y el áspero contacto de la mano de Collingwood, la cual había sostenido la suya en incontables ocasiones, sobre su sedosa mejilla, comenzó a pensar. Una enorme cantidad de ideas bulleron en su mente, desde lo sucedido aquel día hasta los eventos que habían producido todo aquello que llevaba tanto tiempo reprimido en su interior y que hasta esa noche no había podido darle un significado congruente. En casi todos los sucesos importantes de los últimos seis años de su vida, Leszek tenía un papel principal. Era difícil recordar cómo había sido su vida sin él, puesto que ya se había convertido en algo inherente a su persona. Aquello fue lo que le dio la intensidad a las palabras que pronunció luego.

-Te quiero, Les -susurró, abriendo los ojos y fijándolos en los del castaño, sintiendo como de pronto aquella enorme presión sobre su pecho aflojaba hasta reducirse a un mísero peso que no tardaría en desvanecerse. Probablemente, él jamás interpretaría el verdadero sentido de lo que la joven Plancton decía. Pero a ella no le importaba. Con tenerlo allí, sólo para ella, le bastaba. Al menos por el momento, su compañía era suficiente. Y dudaba que fuera a verse inclinada a pedir más que eso en algún futuro.

No esperaba que él le respondiera, sólo necesitaba decirlo ella, para calmar aquella maraña de sentimientos que abrumaba su interior. Aunque debía admitir que hubiese resultado muy agradable oírlo de él también. Aceptó las caricias que dedicó a su cuero cabelludo, sintiendo nuevamente como un cosquilleo se extendía por todo su cuerpo. Se sentía cual un pequeño e indefenso felino que encontraba cobijo en los brazos de su dueño. Le hubiese gustado abrazarlo y esconderse en su regazo, pero no tenía las fuerzas suficientes como para volver a incorporarse, ya estaba muy agotada. Y tampoco iba a hacer que él sufriera ciertas incomodidades, obligándolo a sentarse en una mínima parte de la cama donde ella se encontraba recostada.

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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Vie Mar 18, 2011 12:27 am

Aunque para Leszek resultaba evidente que algo no dejaba de calzar en esa situación, aún podía sentirse a gusto en ese ambiente tranquilo junto a Mandy. En su mente fue evocado el recuerdo de una lejana noche de invierno en la playa, velada que si bien no alcanzaba a ser tan trágica como la presente, igualmente había terminado bastante mal. Y al final del conflicto había tenido que vérselas con una joven igual de cansada y extraña como la que tenía ahora frente de sí. Sin embargo, presentía sin explicación aparente que ambas situaciones tenían mucho de distintas, aunque no muchas cosas hubiesen cambiado en ese trayecto de tiempo.

Se lo veía intranquilo, pero alegre sin lugar a dudas. Y la afirmación de Plancton había sido el mayor contribuyente de tal situación. Pero también había ayudado considerablemente a confundirlo. ¿Qué era ese inacostumbrado trato verbal? Antes que las palabras de afecto, los ligeros insultos juguetones eran mucho más frecuentes en la pareja de amigos ahí presente; no porque se odiaran, pero los cumplidos resultaban a menudo innecesarios para hacer visible el lazo indestructible que los mantenía siempre unidos. No dudaba que la situación acontecida los encaminaba de algún modo enrevesado a una circunstancia desesperada, donde el trato habitual no alcanzaba a bastarse por sí mismo. Rió entre dientes con gracia, tan alagado como sorprendido por esa nueva y agradable faceta de la belicosa Diosa del Olimpo—. Yo también te quiero, Plancton —respondió sin dejar pasar mucho tiempo. Era una respuesta infinitamente pura y genuina, sin embargo, la materialización de esas palabras se convertía en una experiencia completamente extraña y desconocida para Collingwood, que prefería a menudo evadir esas innecesarias conversaciones sensibleras. Pero en ese instante le parecía más necesario que nunca dejarlo expresado, y de su expresión podía suponerse que no le había molestado mayormente declararlo de modo tan directo—. Lo sabes... ¿verdad que sí?

El contacto visual continuaba en pie, hasta que los ojos del joven paliducho comenzaron a pesarle producto de su propio cansancio. Tuvo que llevar las manos a sus párpados para restregárselos suavemente y ayudarse a mantener la vigilia. Mandy lo valía.
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Vie Mar 18, 2011 7:15 pm

Y aunque no lo esperaba, hubiese mentido al decir que la respuesta del muchacho no hizo que su angustiado corazón se hinchara de alegría, pues eso fue exactamente lo que logró Leszek al decir que la quería. Betancourt sabía que no lo decía del modo en que ella lo había dejado escapar de sus labios, sino de una forma más inocente y sencilla, aunque tampoco como quien afirma que quiere una piruleta. Sólo la quería como los grandes amigos que eran, algo que si bien era mucho, no bastaba para lo que ella necesitaba en aquel momento. Pero sabía que eso era todo lo que iba a conseguir. Jamás se lo había planteado, pero comenzaba a preguntarse si existía la más mínima posibilidad de que Collingwood se enamorase de ella. No lo creía posible. Él era diferente. Y hasta hacía unas horas atrás, había creído que ella también. Aquello le devolvió la angustia que acababa de abandonarla. No quería que él profesase su amor con ella para convertirse ambos en una de esas parejas acarameladas, a las cuales seguía viendo como algo repugnante e innecesario en la sociedad. Sin embargo, al igual que ella dotaba de un sentido especial a cada cosa que hacía, se veía en la necesidad de que él hiciese lo mismo. De pronto, creyó que sólo así ambos podrían regresar a la normalidad.

-Claro que lo sé. Jamás podría dudarlo -contestó al fin, luego de un largo rato de silencio. Había mentido. Sí que había puesto en tela de juicio la veracidad de sus sentimientos hacia ella. Pero no podía decírselo, aquello lo destruiría por completo. Y lo que menos deseaba Mandy en ese momento era hacerle daño. Los ojos de ambos todavía mantenían aquel intenso contacto, hasta que él lo rompió. Contempló su rostro cansado y cómo parecía estar a punto de desfallecer. No podía permitir que siguiera así despierto, por muy pocos deseos que tuviese de que la abandonara. Así se lo hizo saber.

-Deberías dormir, Les, o mañana te sentirás fatal. Puedes marcharte si así lo deseas -propuso, intentando parecer firme en sus palabras, pero cada pequeña pincelada de emoción que ponía en ellas denotaba sus fuertes y casi desesperados anhelos de que él permaneciese allí. Tenía miedo de sucumbir ante horribles pesadillas en su ausencia, en las cuales retornaran las horribles visiones del Salón de los espejos.

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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Sáb Mar 19, 2011 3:53 am

¿Por qué continuaba ese delgado velo de amargura cobijando los ánimos de su amiga? Parecía que cualquier empeño que dedicara por levantar la moral de la muchacha se veía frustrado en cosa de segundos. Voluble era su ánimo ahora, más impredecible y extraño que nunca antes. No podía decir, sin embargo, que su propia posición fuese mucho más aventajada que la de su amiga. Desde su llegada permanecía estable el temor a una posibilidad que ya no había llegado a efectuarse; un temor que, aunque paradójicamente absurdo, era incapaz de controlar con su acostumbrado temple. Y ciertamente que su falta de manejo lo sacaba de quicio, sobre todo porque si no lograba deshacerse de sus preocupaciones, cualquier próximo intento por alegrar a la joven Betancourt terminaría siendo igual de inútil y temporal que los anteriores. Y no se inclinaba aún por la repudiable opción de dar por finalizado su objetivo.

La afirmación de Mandy le devolvió la sonrisa, pero temía secretamente la falta de confianza en la elaboración de tal respuesta. Siempre existía la posibilidad de que él estuviese tergiversando mínimamente la realidad por motivos desconocidos. No obstante estaba cada vez más convencido de la verdad que contenía su recién formulada hipótesis: Algo iba decididamente mal con la muchacha... y no estaba seguro de lo conveniente que podría resultar consultar la causa específica. Se moría de curiosidad y lo desesperaba la incertidumbre, pero prefería sufrir esos males antes que inquietar de forma innecesaria a su amiga. Deseaba verla contenta, llena de energía, como la joven fiera que siempre sería. No existía motivo alguno por el que las cosas se vieran forzadas a convertirse en algo diferente, a pesar de que algo en su interior insistiese causándole una inquietud hasta entonces desconocida. Pero, quiso pensarlo mejor. Quizás esa noche había conseguido generar un cambio; uno desconocido para el joven, pero que definitivamente estaba presente. ¿Por qué no podía definirlo concretamente?

Se rehusó de inmediato a la próxima proposición de la joven Plancton. No deseaba marcharse, y leía fácilmente en la desanimada mirada de la chica que ella tampoco abogaba realmente por esa acción. ¿Cómo dejarla sola ahora? Se la veía tan débil, tan increíblemente frágil y desprotegida que abandonarla en ese momento habría implicado el acto más deshumano realizado en toda su vida—. ¿Qué importa cómo me sentiré mañana? —se puso de pie para aproximarse más a Mandy. Deseaba tenerla así de cerca, hacerle saber que una despedida en ese momento no era una posibilidad siquiera discutible. Se inclinó muy cerca de su oído, susurrando las siguientes palabras con la típica inocencia madura que siempre lo protegía, intentando transmitir algo de seguridad—. Voy a cuidarte, así mañana tenga que pegarme los ojos para mantenerlos abiertos. No pienso ir a ningún lado —desplazó apenas el curso de su rostro, recorriendo desde muy cerca el de su amiga. Finalmente depositó un cálido beso sobre su frente. Un contacto silencioso y breve, pero poderosamente cargado del afecto y la preocupación que lo embargaba. Sentimientos que unidos no lograban ayudarlo a poner las cosas en un lugar lógico.
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Sáb Mar 19, 2011 4:23 am

Era difícil encontrar una palabra con la que englobar aquel infinito caudal de sentimientos de lo más variopintos que desbordaban como un flujo de agua constante a través de su ser. No pasaban segundos de sentirse aliviada que el terror y el miedo regresaban otra vez, para ser cambiados luego por una paz infinita que tan sólo duraría un ínfimo momento, volviendo a transformarse en una intensa angustia en tan sólo instantes. Y, más allá de la muchacha muerta y todo lo demás, el principal causante de todo aquello era el apuesto -algo que había descubierto recientemente- joven que tenía delante, observándola con cariño fraternal. Lo contempló con silenciosa devoción, derrochando amor en cada instante en que sus ojos acariciaban intangiblemente su figura.

-Importa, Les, y mucho. No quiero verte hecho un zombie o que enfermes por dormir poco. De veras -terció, intentando aparentar firmeza en sus palabras, como si realmente sintiese aquello que pronunciaba. Pero, a decir verdad, aquello del enamoramiento la había vuelto bastante egoísta y no quería saber nada del hecho de que él la dejara sola. Quería su felicidad, como había afirmado en el Salón de los espejos, pero al bienestar del muchacho se anteponía la fuerte idea de que sin él, ella no podía vivir. O al menos, su existencia carecería totalmente de significado. El amor, se dice que es el sentimiento más generoso de todos, pero a ella la había vuelto espontáneamente un ser absolutamente obstinado y egoísta. Y aquel cambio no le gustaba en lo absoluto. En el fondo, siempre había sido así. Pero no de una forma tan intensa como en ese entonces.

Y su Rey de la Montaña se acercó, redujo la distancia entre ambos y posó sus labios a apenas unos pocos centímetros de su oído. El corazón le dio un vuelco y las tripas, que antes se retorcían como gusanos hiperactivos, desaparecieron de allí con un profundo golpe en su vientre. Oh Dios mío. ¿Por qué el corazón le latía tan rápido? ¿Qué hacía que su corazón se acelerara de cero a cien en tan pocos segundos? El amor, el intrincado, exhuberante y fabuloso amor.

-Gracias -murmuró, dejando que la palabra desapareciese en el aire como lo hace una aguja en un pajar. ¿Qué era una simple unión de dos sílabas cuando ella tenía tanto cariño para expresar? El diccionario entero no le alcanzaba para demostrarle lo agradecida que estaba. No sólo por aquella decisión, sino por todo lo que él era para ella. El príncipe azul. ¿Acaso le habían dicho que no existía? Vulgares patrañas. Lo tenía allí delante de ella, obnubilándola con la luz que irradiaba su impecable personalidad. Y no planeaba dejarlo irse. Lo quería. Costase lo que costase, sería suyo. Nuevamente la invadió aquella oleada de receloso egoísmo, que la hizo reaccionar quizás de una manera sorpresiva. Las fuerzas que le faltaban reaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Sus dos brazos se alzaron y rodearon con suavidad su cuello, pero aquello parecía algo más que un simple gesto amistoso, la manera en que sus dedos se entrelazaron entre sí alrededor de éste hubiese despertado otro tipo de reacciones en un joven más avispado que Collingwood. El suave contacto establecido entre ambos cuando él la besó en la frente le dio un chispazo de energía a su cuerpo, suficiente para que ella lo atrajese hacia sí, con la intención de no dejarlo escapar. Allí estaban. Un chico y una chica. Nadie más. Él era suyo y ella estaba completamente dispuesta a hacerse suya, en el más puro e inocente sentido de aquella palabra. Por siempre y para siempre, se dijo.

Con dichos pensamientos, su corazón selló un silencioso pacto de lealtad con Leszek. A él le pertenecería por el resto de sus días y no habría forma de hacerlo cambiar de opinión. Estaba segura de ello.

Y sonrió.



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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Sáb Mar 19, 2011 5:17 am

Estuvo a punto de ofrecerle de vuelta el espacio que él intempestivamente le había arrebatado sin ningún tipo de autorización. Pero eran nuevamente las manos de Mandy las encargadas de negarle su cometido. Lo retuvo junto a ella, pero jamás contra su voluntad. De pronto se daba cuenta de lo mucho que deseaba tenerla así de cerca, sentir que podía protegerla y espantar cualquier fantasma que atormentase su dulce mente. Ella, continuaba sin tener muy claro el por qué definitivo, lo necesitaba. Y Leszek requería de su compañía con una necesidad increíble. No tardó mucho en creer que el verdadero motivo por el que deseaba permanecer junto a su amiga, más que por velar su descanso, era porque él no soportaría su ausencia. Y aunque repitiese eternamente que nada malo ocurriría si se separaban ahora, era imposible que pudiera convencerse de que era libre de apartarse. Y aunque le sorprendía la fuerza que Plancton presentaba para mantenerlo cerca, no sentía la necesidad de solicitar explicaciones. Se sentía cómodo, más que nunca, más que esa extrañamente cálida noche de playa. Y mucho más contento al descubrir una nueva sonrisa en el rostro de la muchacha, la más radiante y hermosa que le fuese dedicada ese extenuante día de pesadilla. ¡Qué terrible hubiese resultado todo, de haber sido acertadas sus sospechas dentro de esa mansión! No imaginaba una vida sin su irremplazable hermana del alma, sin sus risas, sin sus juegos, sin su ánimo inagotable y su obstinación, como la suya propia, a seguir siendo niño. No habría sido una vida, indudablemente. Pero afortunadamente no había sido esa la suerte que les había correspondido afrontar. La tenía justo al frente, sonriente, tranquila, magullada pero tan hermosa como siempre se lo había reconocido objetivamente. Podía pasar las manos por sus cabellos sin que éstos se desvanecieran, recorrer luego su rostro con la yema de sus dedos, desde la sien hasta el final de su delicado mentón, sin temor a estropear esa imagen insuperablemente real. Repitió la acción tantas veces como le fue posible antes de convencerse de que era cierto. Entonces devolvió la sonrisa con renovada alegría, agradecido de la vida por haber tenido con él la misericordia de no arrebatarla a ella, justamente a ella, de su camino.

Estaba cada uno alarmantemente próximo del otro, pero nada parecía bastarle a Leszek para dar fin a ese extraño pesar que le oprimía aún el pecho, y que curiosamente se atenuaba con la delicada cercanía de su compañera. La observaba fijamente, con un detalle que nunca antes se había molestado en realizar. Le dolía descubrir que su abrumadora belleza indómita se viese antes opacada por esa mirada de brillo tenue y cansado. Deseaba verla bien, siempre, y del mismo modo él mismo deseaba sentirse tranquilo, acabar con esa abrumadora sensación que no le permitía sentirse completamente cómodo. Se inclinaba hacia ella con una sonrisa amable y una mirada noble que volvía inservible cualquier palabra. Deseaba verla feliz; porque de lo contrario él jamás lo sería. Continuaba acercándose, y ya su mente parecía incapaz de hacer las conexiones de rigor correspondientes. La distancia entre ambos era casi nula, absolutamente peligrosa para su bien forjada y eterna amistad. ¿Qué tal si todo se arruinaba por un mísero impulso carente de razón que él estaba cometiendo? No podía ahora llegar a la respuesta de esa trascendental inquietud, pues había olvidado cualquier alarma previa, de un segundo a otro. No podía pensar en nada. El sentido común a esas alturas parecía una magnánima estupidez.

Y finalmente, con la extraña sensación de que aquello había sido planeado desde mucho antes del inicio de su existencia, encontró los labios de su Diosa del Olimpo, sólo suya, ejerciendo con sus propios labios una mínima presión, porque la sutileza de aquel nuevo contacto era lo que venía a convertirlo en una experiencia tan alucinante como extraña, e inigualablemente maravillosa. De golpe todo parecía descorrerse por sí solo a su posición adecuada; pieza por pieza se aclaraba en su mente el gran rompecabezas que había estado intentando ordenar sin resultado. La quería, ciertamente, pero de una forma mucho más valiosa a la que hasta entonces había supuesto. Sin Diosa del Olimpo no existía reino alguno en el mundo que para Collingwood pudiese valer la pena. Sin ella, estaría por siempre incompleto y destinado a una vida de tormento; de adulto resignado a vivir cada día como el resto; condenado a las disconformidades que no se molesta por contrarrestar.
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Lun Mar 21, 2011 8:39 pm

El tiempo parecía haberse detenido por completo. Con sus brazos rodeando a quien constituía el sentido de su vida, creyó por unos instantes que aquella milésima de segundo se quedaría constante por siempre, permaneciendo como algo eterno para ambos. No le hubiese molestado en lo absoluto en caso de que hubiese sido así. Pero la vida le tenía preparado algo más, algo que ni siquiera había imaginado que sucedería aquella noche. ¿Cómo imaginar siquiera la perfección, cuando la mente humana es algo tan imperfecto, incapaz de sumergirse en un mundo que vaya más allá de la propia esencia que la constituye? La sonrisa que Collingwood le dedicó, la hizo aún más deseosa de prolongar aquel momento todo lo posible. Así, tan cerca de él, nada podía ir mal. El suave sonido de las respiraciones de ambos, curiosamente acompasadas entre sí, afirmaba que todo era real. Y por ello se aferraba aún más a la idea de permanecer en ese instante por siempre.

Pero entonces, él la besó. Sus labios rozaron con delicadeza los suyos y una sensación jamás experimentada recorrió su cupero, de pies a cabeza. Un cosquilleo, casi como una potente vibración, hizo temblar todo su ser, descompaginando por completo todo aquello que en el último rato había conseguido acomodar. El asombro la venció y su cuerpo, que antes se encontraba levemente incorporado, cayó con pesadez sobre el colchón. Sus brazos ayudaron a que él también se desplazase ligeramente hacia abajo, junto con ella, sin forzar en ningún momento a un aumento en la intensidad de aquel suave y efímero contacto entre ambos, ni tampoco a una posible ruptura de éste. Allí estaban ambos, la Diosa del Olimpo y el Rey de la Montaña, olvidando sus diferencias y constantes peleas infantiles, dejando paso a una expresión que englobaba en un pequeño gesto -pero con gran significado- el infinito cariño que se profesaban mutuamente. ¿Quién lo hubiera dicho? Los dos jóvenes que se jactaban de ir en contra de los rigurosos parámetros que dictaba la moderna y corrompida sociedad, demostrando que habían olvidado en aquel beso todo lo que sus infantiles mentes anteriormente desechaban.

Uno de sus brazos se deslizó con inaudita suavidad por la espalda de Leszek, sobre la cual se encontraba descansando, viajando con caprichosa ansiedad a través de su cuello, hasta finalizar su recorrido posándose suavemente sobre su mejilla. Allí se detuvo, maravillando a su sentido del tacto con aquella textura que tantas otras veces había acariciado, pero jamás otorgándole un sentido tan especial y tan dotado de cariño como en ese momento. Ni siquiera los tantos pellizcos con los que había obsequiado al rostro de Collingwood bastaban para abarcar una centésima del amor que aquella caricia reflejaba. Era increíble como el tiempo podía hacer cambiar tanto a dos jóvenes idealistas como ellos, llevándolos a experimentar algo tan sublime como aquello, un gesto que en sus ingenuas mentes jamás se hubiesen imaginado capaces de realizar.

Pero allí estaban, como una princesa encantada siendo liberada por su príncipe encantador del hechizo realizado por una malévola hechicera. Y así le hubiera gustado permanecer para siempre. Aquel era más que un momento mágico, pues ya bien acostumbrada estaba a todo lo relacionado con la magia. Había miles de palabras para describirlo, pero en su súbito estado de trance, decidió denominarlo perfecto. Nada se le ajustaba tan bien como aquella palabra. Mientras aquel beso se prolongaba unos segundos más, antes de extinguirse, llegó a creer que ni siquiera las palabras hubiesen bastado para describirlo.

Y entonces, aquello acabo. Siendo imposible determinar quien fue el primero en romper el contacto, sus rostros volvieron a encontrarse a tan solo milímetros de distancia, pero ya no unidos entre sí. Pero el encantamiento todavía no se había roto. Lo contempló con adoración, fijando sus ojos en los de él. Con una pequeña sonrisa, comprendió que aquel vínculo nuevo que los unía, no tenía por qué romperse. Ellos lo podían hacer eterno. Y al menos, eso era lo que ella quería. ¿Quién no hubiese querido permanecer por siempre junto con un joven tan increíble como Leszek Collingwood?
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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Miér Mar 23, 2011 3:24 am

Atravesaban un nuevo nivel de madurez hasta ahora completamente desconocido. Sin embargo, por más paradójico que resultara en consideración del evento presente, ambos compañeros continuaban siendo niños. Lo eran, porque la forma de explorar aquel mundo que durante tanto tiempo se habían dedicado a desvalorizar, no dejaba de lado sus modos acostumbrados. Un manto de inocencia inconfundible cobijaba ese enternecedor acto de intimidad, revelando la pureza indiscutible con que ambos jóvenes procedían en su delicado accionar. Y es que con aquel nuevo encuentro, ambos, sin haberlo previsto, lograban llenar un vacío en su ser que hasta entonces daban por inexistente. Para Collingwood resultaba claro: la jovencita que yacía bajo su escuálida anatomía era la única capaz de liberarlo de sus propios miedos; porque aunque imprudente y osado, Leszek los tenía. El mayor de ellos, ver desde lejos el ocaso de su niñez y convertirse en un adulto, que como su padre, sentía una absurda inclinación por destacar las mínimas imperfecciones en la obra de arte que era la vida. Mandrágora Betancourt, su más grande amiga, su eterna compañera de aventuras, era a quien pertenecía su infatigable alma de niño, y sólo con ella tenido conservarla dentro de su personalidad. Y ahora que descubría el afecto que realmente sentía por ella, ansiaba su compañía con una desesperación que le era imposible de controlar. ¿Dónde había quedado su rigurosa mentalidad de científico clásico? ¿Dónde sus mofas en cuanto a temas pertinentes a las emociones? Parecía ahora encaminarse hasta un nuevo tipo de ciencia, una metodología empírica posmoderna en la que los principios lógicos no entraban en conflicto con los sentimientos que intentaban derrocar el importante lugar que en su mente ocupaba el objetivismo. Sin proponérselo, daba un paso decisivo hacia la madurez, alcanzando un nivel de tolerancia que jamás creería poseer. Pero era ésta una madurez fiel a su propio estilo, sin desligarse de su alma de infante, porque era Mandy quien se encargaría de mantenerlo siempre unido a esa valiosa parte de sí mismo de la que ella podía hacerse llamar dueña.

Un miedo distinto era el que ahora comenzaba a engendrarse en su mente, y era el de verse lejos de su amiga. Era un espanto extraño y aún irracional, al que no acababa de acostumbrarse; así de aturdido lo había encontrado el hecho de organizar las ideas en un tramo de tiempo increíblemente limitado. Temía ahora que la muchacha rehusara de su compañía, que como debió haber previsto, consideraría ese último impulso como un atrevimiento que diera fin a su amistad de años. Sin embargo, las reacciones de Plancton a los estímulos propuestos por Collingwood lo ayudaba a comprender que el sentimiento era mutuo, y no cabía dentro de su alegría. Sentía con alivio la mano que emprendía un suave camino desde su espalda y desembocaba con determinación en su mejilla. En efecto, cualquier palabra carecía de significado en ese instante sagrado. Él mismo dejaba que sus manos se perdiesen en la espesura del cabello de la chica, con una precaución excesiva, muy distinta a los toscos movimientos traviesos con que solía revolver esa misma masa castaña todos los días. Y es que temía causarle algún daño que pudiese alejarla de él para siempre; esa idea obstinada se negaba a escapar de su mente. Dedicaba a la joven Betancourt, por tal motivo, un cuidado digno de muñeca de porcelana.

Al igual que ella, Collingwood comprendía que ese nuevo vínculo no llegaba a término con la culminación de aquel breve contacto físico. Las miradas intensas que iban en ambas direcciones conseguían dejarlo en evidencia. Él observaba cada detalle de su rostro con análisis metódico, deleitándose con la belleza insoportable que la alegría de la muchacha irradiaba. Un brillo curioso se adivinaba en los ojos de Leszek, oculto detrás de su temple jubiloso. Se incorporaba ahora para erguir su espalda, procurando tomar asiento en un mínimo espacio de la camilla. Ahora, siquiera podía imaginar la posibilidad de apartarse—. ¿Querrás seguir siendo mi amiga? —habló casi con vergüenza, acaso sintiéndose culpable por el acto cometido. Y es que por más alegría que ahora lo poseyera, por más que viera en Mandy el mismo estado de fascinación, no podía dejar de pensar que había traicionado de algún modo una lejana promesa de mejores amigos, alguna vez solemnemente sellada con dos pequeños meñiques. ¿Quién le aseguraba que en lo venidero las cosas no cambiarían radicalmente? Espectante, tomaba una de las manos de la muchacha entre las suyas.
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Re: Enfermería

Mensaje por Mandrágora Betancourt el Mar Mar 29, 2011 2:01 am

Aquel instante era único entre los tantos miles que ambos jóvenes habían vivido juntos. Nadie hubiese previsto jamás que los dos Smaragdiums estaban destinados a estar juntos. O quizás, lo hubiesen imaginado, pero nunca lo hubiesen podido afirmar como algo completamente certero. Hasta ese momento. En el instante en que aquel beso se prolongó, todas las vagas suposiciones parecieron cobrar una firmeza nunca antes experimentada en la relación de ambos, otorgándole a lo que los unía una consistencia mucho más fuerte, aunque a la vez una fragilidad indiscutible, provocada por las inseguridades del abismo de extraños sentimientos que se abría ante ellos. Pero juntos podrían superar las complicaciones que esto último pudiese traerles. Estaban destinados a estar juntos, de eso no cabía duda. Por más que tuviesen que luchar contra viento y marea para ello, era algo indispensable para los vívidos y latentes corazones de ambos. Mandrágora supo aquello al contemplar aquel brillo inconmensurable en los ojos de su mejor amigo. Sabía que él pensaba igual que ella y aquello le otorgó las fuerzas necesarias para ampliar un poco más su sonrisa. Muy en el fondo, no podía creer todo lo que estaba sucediendo. Pero ni siquiera los pensamientos más pesimistas hubiesen podido opacar siquiera un ápice la enorme felicidad que la embargaba.

Al escuchar su pregunta, no pudo más que echar a reír. Una suave y cantarina carcajada, similar al gorjeo de las aves más dulces, emanó de sus labios, como si fuese un agradable e hipnotizante sonido dispuesto a eclipsar por completo los sentidos de cualquiera que la oyese. Le resultaba inverosímil que el joven se cuestionase aquello, pues ella jamás hubiese concebido una mínima posibilidad de que su estatus de mejores amigos, hermanos del alma, compañeros de juegos o fuera cual fuese el nombre que se le otorgara a la estupenda relación entre ambos, pudiese cambiar luego de lo sucedido. Al contrario, sentía que ahora los unía algo más íntimo que antes, como si aquello asegurara que su amistad jamás podría quebrarse. Por lo menos, ella no intentaría que eso sucediese. Nunca de los nuncas.

-Por supuesto que no, tontuelo -replicó, cogiendo una de sus mejillas entre sus delicados dedos y pellizcándola con suavidad, hasta dejarlos ligeramente marcados en ella. De ese modo, pensó, dejaría una pequeña demostración de cómo la relación entre ambos jamás experimentaría ningún tipo de transformación negativa. Prohibido estaba imaginar siquiera que pudiesen dejar de ser amigos. Eso nunca. Antes que ello, prefería la muerte. Lenta y dolorosa de ser necesario, pues tampoco ello podría compararse al infinito dolor que sentiría si él ya no la quisiese como tal-. Por siempre y para siempre, pase lo que pase. Si quieres, podemos hacer una nueva promesa de meñique -sugirió, pensando que así capaz podría aplacar un poco las inseguridades que se habían reflejado de pronto en el rostro de su apuesto amigo. Dicho ésto, extendió su mano derecha hacia él, flexionando todos los dedos excepto el más pequeño, el cual dejó erguido para que Collingwood lo cogiese con el suyo propio.

-Amigos para siempre, Les, hasta que la muerte nos separe, si es que puede lograrlo -prometió con voz segura y firme. No tenía ninguna duda de aquello. Podría haberse mostrado dubitativa en el momento en que se habían besado, pero si había algo que no podía cuestionarse era que ambos estaban destinados a quererse como amigos, aunque pudiese ser también como algo más -pero esto hubiese sido secundario-, hasta el fin de sus días. Y si había algo luego de ese mundo, estaba segura de que ambos encontrarían la manera de seguir unidos. Pues lo suyo era algo tan mágico que ni la mayor trivialidad del mundo, ni siquiera algo tan drástico como el paso de la vida a la muerte, podía concluir algo que ellos hubiesen sellado con una promesa de meñique. Es que era algo irrompible, algo que iba más allá de toda posibilidad terrenal o incluso, espiritual. Eran el Rey de la Montaña y la Diosa del Olimpo. Y de ser necesario, irían juntos contra el mundo, o contra cualquier cosa superior a éste que se les pusiese delante.

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Re: Enfermería

Mensaje por Leszek Collingwood el Jue Mar 31, 2011 5:10 am

Con vívido temor aguardaba a la respuesta que su compañera sentenciaría en cosa de segundos, la mano bien firme de la correspondiente a su eterna amiga de juegos. ¿Y si de pronto decidía que cualquier lazo amistoso era ahora insostenible? ¿Si su sonrisa infinitamente hermosa, más que el eco de sus pensamientos, evidenciaba una idea bien distinta a la que él suponía? Aunque doloroso, tendría que soportar aquel hecho de ser el pertinente al caso presente... porque deseaba verla feliz, más que nunca... e igual que siempre. Del modo que fuera, él estaba dispuesto a contribuir de buen ánimo al fin último que para él implicaba la felicidad de ella, muy por encima de la suya propia.

Sin embargo, cualquier recelo se vio instantáneamente fulminado a la sola intervención de la deliciosa risa proferida por la joven Plancton. Un bálsamo que se encargaba de suavizar sus temores y reivindicar su gozo indescriptible. Sonrió con el delicado pellizco, que aunque sutil, evidenciaba de ella un agregado afectuoso que a él no dejaba de agradarle. Rápido se prestó a extender su mano libre hacia el meñique de la muchacha, volviendo lentamente a su aire de pequeño entusiasmado que descubre el mundo, una nueva faceta de éste hasta entonces inexplorada, que no podía contener su desbordante curiosidad—. Por siempre y para siempre —repitió las palabras de su amiga con su acostumbrada solemnidad cómica, entrelazando las pequeñas falanges de su dedo con el de ella, sellando con fuego aquel simple rito qu para ellos poseía gran significado—, pase lo que pase. Será nuestra nueva promesa —el casi irreprimible deseo de volver a encontrar los labios de Mandy con los suyos lo dominó instantáneamente. Pero el temor de romper ese momento imperecedero y divino limitó su accionar a un delicado beso entre los cabellos de la chica.

Y al inclinarse en su dirección, ya no quiso volver a erguirse. Se lo veía cansado, y sin una solicitud previa se acomodó en la camilla junto a Betancourt, acomodando su cabeza en la almohada para observar su rostro, muy próximo al suyo, con el mismo detenimiento de minutos atrás. ¿Por qué jamás se había detenido a pensar en la insoportable belleza que se desprendía de la esencia silvestre de la chica? Con esa idea sin aclaración precisa en su mente, acarició la mejilla de ese rostro que ya sentía parte de su propio cuerpo, un pensamiento que habría considerado absurdo de no haber dado a sus criterios un vuelco tremendamente drástico. ¿Qué importaba si su comportamiento y pensamientos carecían de sentido? La chica frente a él bastaba para darle la lógica que le parecía necesaria.


Sus ojos comenzaron a pesar producto del cansancio, hasta verse finalmente cerrados sin posibilidad de lucha. Pero antes de permitirse abrirse camino hacia las rutas de la inconsciencia, la mano de Leszek buscó los cabellos de la joven, para revolverlos antes de volver a sostener su mano, decidido a que ella estuviera también presente en sus sueños. No muchs cosas parecían haber cambiado demasiado. Pero aunque la diferencia era una sola, ésta comprendía magnitudes inconcebibles: ahora entendían que la vida de uno pendía irrevocablemente de la del otro... y quedaba entonces fuera de lugar cualquier tipo de distanciamiento entre ambos. Para ser felices, se necesitaban mutuamente.
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Re: Enfermería

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