Celdas básicas

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Celdas básicas

Mensaje por Statue of Liberty el Dom Feb 06, 2011 4:55 pm





Celdas básicas




Azkaban es un lugar terrible. Cualquiera que emprenda un corto recorrido por los primeros y escabrosos pasadizos de esta gran fortaleza puede constatar éste hecho. En su interior, un sinfín de corredores se bifurcan, y en sus muros se encuentran adosadas las innumerables celdas que encierran a los prisioneros que aquí vienen a parar, cada compuerta apenas separada de su contigua.

Todos los pasillos, a excepción de los últimos pisos, se componen de este formato de celda, denominado por los vigilantes de Azkaban como Celdas Básicas. Consisten en puertas de metal y madera de alta seguridad, elaboradas en tiempos inmemoriales por duendes y protegida por una infinidad de distintos hechizos que intentan burlar cualquier método de escape de los prisioneros.

Al interior de las celdas, el espacio que las constituye es precario, así como en inmobiliario que se presta a disposición de cada preso. Un colchón desvaído y en pésimo estado es el objeto que cumple la función de catre. El resto del pequeño cuartucho no es más que oscuridad y piedra gélida.

Tú que aún gozas de libertad, cuida tus acciones. Porque el hospedaje que por ti aguarda en este lugar sin sol será siempre lo contrario a tus deseos.


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Re: Celdas básicas

Mensaje por Susie Carmichael el Dom Mar 06, 2011 8:09 pm

¡Oh, Azkaban! ¿Cuántas mellas has hecho en las vidas de tus huéspedes? ¿A cuántos le has arrebatado sus humildes existencias? ¿Cuántas personas te han implorado piedad? ¿Y tú? ¿Qué has hecho ante tal compasión? ¡Nada, absolutamente nada! Pobre los individuos que padecen de las torturas que escondes en tus entrañas; pobre los que aún conservan la ficticia esperanza de escaparse de tu fortaleza. ¿Es que no tienes sentimientos? ¡Ay, pero qué digo! Loco estoy por tu culpa, ¡por ti! Por ti y por todos los que trajeron a mi Susanne hasta las puertas de esta tu prisión. Les escupo en la cara como las sucias sanguijuelas cobardes que son, y a la vez, les doy las gracias. Gracias por matarla, y así, poder volver a nacer. Y es que de la tal Carmichael, aquella princesita de cuya historia ni quiero acordarme, en ella no queda ni tan solo la apariencia. Y es que una gélida tormenta invernal se llevó, junto a su alma, la belleza infinita de la que una vez gozó, dejando sin clemencia un enredado y crispado pelo oscuro, párpados caídos, una pálida cara demacrada y desencajada, y varias ojeras gruesas como bolsas de un enfermizo color morado. De la Reina Abeja que alguna vez fue, acosada por doquier de jóvenes obsesivos, a una asesina en serie, considerada como tal, y rodeada de tres ratas sucias con las que, sin remedio, compartía habitación.

Como cada tarde, Susie se tumbó en el suelo sin miramientos ni prudencia, dispuesta a abrirse una brecha y suicidarse de nuevo. Aquel camisón blanco que un día le entregaron ahora se revolcaba en el suelo ya de un color negro carbón. Empezó a rodar por el frió empedrado, con los ojos en blanco como la enferma de mente que era, y a gritar, como ya era habitual en la Torre, un nombre peculiar. Le sonaba de algún modo, y sin embargo, no conseguía recordar la cara con la que estaba ligado. Mas aún así, lo repetía, como si de alguna forma pudiera liberar la presión de su pecho y poder respirar con una tranquilidad utópica.

– ¡MICHAEEL! ¡MICHAEEL! –Chillaba sin ton ni son, sin importarle molestar a alguien. Y, como cada tarde, en ese preciso instante se acercaba su verdugo y carcelero, para su desgracia llamado Michael Núñez. E igualmente, como siempre, la pobre joven terminaba callada y hecha un ovillo de lana, dejando volar la poca imaginación que los dementores le permitían que conservara.

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Re: Celdas básicas

Mensaje por Michael Perkins el Lun Abr 04, 2011 2:37 am

A decir verdad, el joven Perkins -que ahora ya había dejado sus años mozos para entrar en la veintena-, todavía no se acostumbraba a la vida fuera del College. Aunque pareciera extraño en él, dado que siempre había deseado verse libre de aquel lugar, había veces en las que aún añoraba su estadía en Clevermont. A pesar de las muchas desventajas de residir en éste, no podía negar que la oportunidad de torturar sangres sucia a diario era un pasatiempo muy aliviador. Y ahora que ya no se los encontraba con tanta frecuencia, echaba de menos el poder hacerlo.

Quizás aquel afán por despreciar a otro fue el acto que lo llevó a desplazarse en aquella maltrecha barcaza hasta la temible isla sobre la cual se erigía el imponente edificio de Azkaban. Con la debida autorización del Ministerio para tal fin, descendió del poco convencional método de transporte marítimo y atravesó la entrada, haciendo ondear su capa detrás de su masculina figura. Los dementores que hacían la guardia no le molestaron en lo absoluto. Al fin y al cabo, no había nada en su vida que pudiera denominarse como triste y que lo llevara a corroerse interiormente en busca de un vano consuelo que nada ayudaría a aliviar su pena. Eso era para los débiles de temperamento, exactamente como aquella señorita -si es que así podía llamarse a la piltrafa en que se había convertido- a la que iba a visitar. Tras entregar la orden al carcelero, cuyo nombre ignoraba y bien poco le importaba, le permitió la conducción de su persona hacia la celda en la cual se encontraba Susie.

Cuando arribó, no pudo menos que asombrarse por lo mucho que había cambiado la refulgente y lozana belleza de la joven, dejando paso a un aspecto muy poco agradable. Lo que sí pudo percibir que no había perdido, fue aquel dramatismo tan común en ella, e incluso se atrevió a juzgar que a raíz de su estadía en Azkaban había aumentado aún más.


-Carmichael -pronunció con una voz mucho más grave y madura que la que ella había oído por última vez, hacía casi cinco años atrás. Los guantes en los que llevaba enfundadas sus manos no tardaron en desaparecer dentro de los bolsillos de su túnica, mientras que él observaba con desdén al dementor que tenía flotando justo a su lado. No esperaba encontrarse con una gran hospitalidad en el lugar, pero al menos le hubiese gustado gozar de un mínimo índice de privacidad.
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Re: Celdas básicas

Mensaje por Susie Carmichael el Sáb Abr 09, 2011 6:00 pm

Ay Señor, ¿acaso no me escuchas? ¿Es que no oyes cada una de mis plegarias y lamentos? ¿Es que mi alma no merece tu infinita y compasiva misericordia? A ti me entregué desde que fieros malhechores me encerraron en esta mi prisión, y de eso ya hace varios soles y lunas. ¿Es que aún no me consideras un cordero más de tu gran rebaño de ovejas descarriladas, digna de tu piedad y clemencia? ¿Qué debo hacer para que así sea? ¡Qué debo hacer para demostrarte todo el amor y cariño que hacia ti siento! Sé que no soy el mejor ejemplo, ni tampoco una buena persona, pero ¿no todos y cada uno de los que habitan en la Tierra han recibido tu ilimitada bondad y ternura? La antigua reina del pecado y la culpa, del vicio y la perversidad, ahora se postra ante tu radiante semblante. Porque ha descubierto que tu poder es incalculable y tu caridad, desmesurada. Por ello, se arrodilla en el suelo y te reza con la cabeza gacha. Yo me arrodillo para alabarte con mis cánticos. Para que me salves de la gran mancha que aún siento que me recorre el alma y que me destruye por dentro. Para que me libres de los defectos y la flaqueza que todavía residen en mi cuerpo. Así pues, Cordero de Dios, ¿soy merecedora de tu majestuosa gracia? Di que sí y cambiaré. Di que no, y moriré.

Ay, Dios mío, ¿pero qué estoy diciendo? ¿Acaso santa me he vuelto? Por mucho que me esfuerce, por mucho que ore y suplique, la cruel realidad es que no existe indulgencia alguna que me aguarde en el amparo del amado Hijo Redentor. Me guste o no, lo quiera o no, este es mi destino. ¿Para qué, entonces, rogar por algo que jamás voy a cambiar? No he de interpretar un papel que no va conmigo, ¡no he de soñar con un camino que no es el mío! En Azkaban me pudro y en Azkaban me pudriré, por muchos siglos que pasen y por mucho que le implore al Padre. La vida lo ha querido así, ¡Tú lo has querido así! ¿Y una simple mortal tiene alguna mísera posibilidad de cambiar los designios de tu voluntad? Indudablemente, no.

Pero entonces, ¿qué he de hacer? ¿Resignarme a morir en estas cuatro paredes que me aprisionan día y noche? Señor, dime algo, ilumíname mi sendero. Una palabra tuya me bastará para guiarme hasta la libertad o al fin de todo este juego que los cuerdos osan llamar vida. Pero de repente, como si los ángeles del Cielo hubieran sido testigos de mi ruego, unos pasos se escuchan al otro lado de la verja que separa mi celda del mundo exterior. ¿Tal vez la señal que tantos siglos he estado esperando? ¿Quizás la salvación que tanto había ansiado? ¿Un querubín bajado del firmamento? Sí, eso era, y envuelto en la más bella y sensual de las formas.

Aquella voz grave y madura, pero que percibía dulce y armoniosa, recorrió mi cuerpo de arriba a abajo, introduciéndose por cada poro de mi piel y haciéndome temblar al son de las celestiales notas musicales camufladas en familiares sílabas. Car-mi-chael. Solo una persona, una sola, podía pronunciarlas de tal forma. Una única persona cuyo nombre aún persistía en mi memoria como el recuerdo de una vida que jamás retomaría.

– Dime que es una ilusión y volveré a mi eterno letargo. Dime que no es real y caeré sobre el frío suelo para no volver a levantarme. No puede ser, ¡no puede ser! –y caí al suelo, de rodillas, contemplando sin creerlo la figura más hermosa que mis ojos veían. Y es que, aunque hubieran pasado años, el ya no tan joven Perkins seguía igual de atractivo que siempre, despertando en mí cosas que pensé que ya nunca más sentiría– No-no puedes ser tú, no. Es imposible, ¡imposible! ¡No puedes ser real! –Y se abalancé hacia él, tirándome sobre el muchacho y aferrándome con fuerza sobre su cuello. Lo tenía, ¡estaba allí! Y ahora no podía dejarlo escapar– Oh, Mich. De nuevo los dos juntos… los dos juntos. Disfrutemos del momento. Déjame que te enseñe la Susie de siempre –Y dicho esto le besé cerca de los labios, pero sin llegar a tocar estos. Debía atraparle con la red de araña antes de que este emprendiera el vuelo como mosquita muerta. Además, también le deseaba. Deseaba volver a sentirlo junto a mí; lo necesitaba.

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Re: Celdas básicas

Mensaje por Michael Perkins el Jue Abr 14, 2011 3:09 am

Pero más allá de que Michael hubiese decidido visitarla en aquella mugrienta y desolada morada, ningún móvil de tipo romántico o amoroso lo había impulsado a llegar hasta allí. Y mucho menos aquello que los débiles osaban denominar amistad. Él no tenía de esos sentimientos y tampoco le interesaba poseerlos. Nada en su persona podía definirse fuera de los escuetos estándares de la frialdad y la perversidad. Haber encontrado un recoveco en su alma que no si dignara a categorizarse bajo esas dos palabras, hubiese significado la profanación de su espíritu. Antes hubiese preferido la muerte, que el descubrir que era un humano más, similar al resto. Michael Perkins había llegado a ese mundo para dominarlo, contenerlo sobre la palma de su mano y, cuando todo en éste pareciese estar a salvo, aplastarlo con un golpe seco del puño opuesto.

Nada en el estúpido discurso de la castaña hizo que el muchacho se conmoviera por dentro. No hubo siquiera un ápice de misericordia en su mirada, la cual fría e impasible se clavó como un puñal sobre los cansados ojos de Susie, rodeados de finas líneas vulgarmente llamadas arrugas y deslucidos por unas intensas aureolas de color violáceo que se conocían bajo el nombre de ojeras. Él no estaba allí para calmarla ni para recordarle que la felicidad podía ser devuelta a su vida. Tampoco buscaba con su visita provocarle un hondo dolor, cual una cruel tortura que busca destruir al torturado. Pero era probable que ella sí se sintiese bajo los efectos de algo similar, luego de ser tratada con tal indiferencia por alguien que alguna vez seguramente hubo pensado que podría llegar a quererla.


-Déjate de dramatismos inútiles, nena. No he venido a eso -repuso, casi pareciéndose a esos matones de las películas muggles que llevan tatuajes en las falanjes de los dedos y se visten con muchas cadenas de fantasía al igual que con unos vaqueros enormes que cuelgan descaradamente dejando a la vista unos calzones de similares proporciones. Desechó con un gesto cualquier tipo de emoción que pudiese haber provocado en él aquel comportamiento tan vulgar por parte de la muchacha. Y, cuando ella se acercó con la intención de besarlo en los labios, o al menos en la zona próxima a éstos, Michael se apartó con rapidez, antes de que la castaña pudiese siquiera establecer un ínfimo contacto entre ambos. Arrugó el entrecejo y frunció los labios como si estuviese valorando la posibilidad de desinfectarse, no fuese cosa que ella lo hubiese contaminado al estar tan próximos el uno de la otra. Luego de unos segundos que parecieron años, se relajó. Todavía los separaban los barrotes de hierro oxidados. No sería tan fácil para ella volver a cogerlo desprevenido. No si se mantenía a una distancia suficiente como para que Susie no pudiese siquiera acariciarlo con las puntas de los dedos, ni aunque hubiese estirado todo lo posible sus brazos a través del escaso espacio que separaba los cilindros metálicos entre sí.

-Ahora escúchame. Y déjate de tonterías, Carmichael. ¿Qué hechizos protegen a la Mansión Carmichael? Me gustaría ir allí a echar un vistazo, quizás para ver si encuentro el testamento de tu madre. Imagínate que te haya dejado todo a ti. Podríamos encontrar la forma de que te declaren inocente y así podrías reclamar lo que es tuyo: Clevermont -mintió, convincente. Aquello de engañar se le daba estupendamente. Y él sólo buscaba una excusa para lograr su cometido. La verdadera razón de su visita y de su afán por violar la entrada de la vieja residencia de la joven y sus difuntos padres, era que dentro de ella seguramente habría infinidad de objetos de valor que podría utilizar para encantar con complicados maleficios y luego vender a precios elevados. Y quería aprovechar la incapacidad de la joven de proteger sus posesiones para robárselas. Sólo necesitaba saber como entrar y no morir en el intento, pues sabía que la morada de los Carmichael estaba muy bien protegida y no deseaba poner en riesgo su propia integridad tratando de ingresar a ella en condición de ladrón. Aunque él jamás se hubiese categorizado bajo una palabra tan malsonante para el apellido Perkins. Solamente se limitaba a tomar objetos de los cuales las personas ya no podían hacer uso por distintas razones, y darles una utilidad completamente nueva. Eso lo conocía como reciclaje, no como robo. Por más que sus dueños no supieran acerca de la extracción ilegal de sus pertenencias.
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Re: Celdas básicas

Mensaje por Susie Carmichael el Jue Abr 21, 2011 1:23 pm

Hay cosas que pasan solo porque Dios quiere. Puede que uno desee algo con todas sus fuerzas y con toda su alma, mas, sin embargo, no ocurre y jamás va a ocurrir. ¿Por qué? Porque así el Padre lo ha querido, no hay más que debatir. Si no ha pasado lo que tan fervientemente querías no es porque no te quiera, sino todo lo contrario. Lo hace por tu bien, porque así está escrito y así debe ser. Cada uno tiene su propio libro en el que escribir su vida y lo único que hace el Todopoderoso es rectificar las líneas torcidas para que todo salga como debe de salir. Científicos, teólogos y filósofos intentan encontrarle el sentido a cada cosa, como si de ello dependiera nuestra propia existencia. Y además, para hacerlo, toman el camino más largo y enrevesado que encuentran para hallar una posible respuesta a sus preguntas de muchas otras igual de creíbles. Pues yo les pregunto, ¿para qué? ¿Es que se sienten infelices al no saber? ¿Es que intentan llenar el hueco vacio que permanece en sus corazones con números matemáticos y fórmulas complejas? Dejar la vida tal y como está. Tenemos una razón para existir, ¿a alguien le importa saber cual? ¡Vivamos la vida, que es lo que verdaderamente el Redentor quiere para nosotros, y dejémonos de seguir una senda que no nos corresponde y que, al final, tan solo nos devuelve al punto de partida!

De este modo el Salvador me guió y me condujo por el sendero del pecado, pues solo así pude darme cuenta de su grandeza y misericordia. Y, así, una vez acorralada entre las paredes de la lujuria, la avaricia, la envidia y la soberbia, ya arrepentida de todo el mal que sobre mí se cebó un lejano día, le pido piedad y clemencia, pues Él sabe bien que la necesito. Tan solo una señal le pedí y Él, con su bondad infinita, me la envió desde el Cielo escoltada por querubines que cantaban sin cesar la melodía de su amor. Un amor que me demostró en forma de otro amor, aunque este de forma más carnal. Me envió a un hermano para que me llevara hasta su Reino, donde libre pueda ser de una vez por todas, sin cadenas que me aten a este mundo infernal, pero para ello he de superar la prueba que se me impone como una barrera justo antes de la meta final: el último cáliz que debo vencer para así poder alcanzar las puertas de San Pedro.

Lo que ya no logro distinguir, lo que me lleva a una terrible confusión, es que si el Perkins que ahora se encuentra delante de mis narices es la señal que mi Creador me manda, la prueba que me pide que gane o el Satanás que impide mi ascenso celestial. ¿He de entregarme a él con los ojos vendados o, de lo contrario, alejarme de él y retroceder hacia atrás? Sea como sea, no puedo evitar la lascivia que despierta en mí el atractivo muchacho. Lo máximo parecido a un hombre que había visto en todo lo que llevo en Azkaban era aquel viejo carcelero tan peludo como un oso y tan obeso como una foca, y ahora, entre tanta mierda, un ángel divino aparece con ese cuerpo de Zeus que posee, despertando en mí una pasión imposible de contener. Por mucho que lo intente, ¡no puedo, me rindo! Que me lleve al infierno si es preciso, ¡pero que me lleve con él, Dios santo!

– Oh, Perkins mío, ¿para qué hablar de esas cosas ahora, en un lugar como este? ¿Qué prisa te urge entrar en mi podrida y desvencijada mansión? ¡Al cuerno con ella y con todo lo que tenga que ver con mi asqueroso y podrido pasado! –Gritó, imponiendo la autoridad que muchas veces era capaz de sacar a la luz. Ahora que lo tenía en frente, después de estar siglos aislada del mundo exterior, ¿me iba a poner a hablar de las propiedades de alguien cuya muerte me llevó hasta aquí? No señor. Por mucho que me tentara, lo primero era lo primero– Oh, Mich, no has cambiado nada. Ya habrá tiempo para hablar de ello. Todo a su debido tiempo, ¿no crees? –Y me acerqué más y más hacia él, sin importarme en absoluto las rejas que nos separaban. Extendí los brazos entre los fríos garrotes, alcanzando los botones de su camisa. Empecé a desabrochársela, sintiendo los siempre igual de fuertes músculos con la palma de la mano. Lo deseaba tanto– Calla y disfruta de estos pocos minutos que nos permiten juntos, por favor. Hazlo por mí.

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Re: Celdas básicas

Mensaje por Michael Perkins el Jue Abr 28, 2011 10:13 pm

¿Qué era aquello que podía observarse en la ansiosa mirada de la muchacha que una vez fue bella y radiante como el propio sol? Angustia, deseo, desesperación. Pero él no estaba para satisfacer ninguna de aquellas necesidades o carencias vulgares, propias de la asquerosa prole, del vulgar montón de gente que no merecía ni siquiera ser pisoteada por él. Michael Perkins era superior a todo aquello, incluso, a la joven Susie, la cual una vez consideró casi como su igual, pero que ahora se reducía a una sucia e inútil piltrafa que como mucho le serviría para fregar pisos. Por consiguiente, no sentía ningún tipo de pasión por ella. Simplemente... Indiferencia. ¡Ah, la peor de todas las calumnias! Cualquier persona podía soportar con entereza que la difamaran, la golpearan, o cualquier atrocidad propia de la mente más retorcida. Pero bastaba con ignorarla para que perdiera completamente la cordura, gritara, pataleara y rogara por un poco de atención. Eso le sucedía a Carmichael, presa de una locura tan violenta que le carcomía las últimas neuronas que le quedaban. La muchacha rogaba por un poco de él, acechándolo, arrojándosele encima como una bestia inconciente que solo busca satisfacer sus necesidades más básicas. Intentó desabotonarle la camisa, pero él se apartó aún más, negado a concederle dicho placer. Una vez más, no era para eso que había ido hasta allí. Fruto de la fuerza desesperada de la chica por mantenerlo cerca suyo, el botón que había cogido se soltó de la tela de su camisa, dejando abierto un botón más de los que normalmente él se permitía desabrochar.

-No me toques, escoria -le advirtió, alzando ligeramente la mano en su dirección, haciendo que su voz se volviese aún más lúgubre de lo que era normalmente, sonando incluso amenazante. Si Susie no cedía por las buenas, la obligaría a hacerlo por las malas. Su varita se agitó en el interior del bolsillo de su túnica, ansiosa por ser desplegada fuera de ésta, siendo habilitada así para entrar en acción. Pero no caería tan fácilmente. Primero quería intentar lograr su cometido sin hacer uso de la violencia. No por falta de ganas, simplemente porque no estaba en un sitio precisamente adecuado para ello. Ni siquiera tenía la certeza de si sus maleficios tendrían efecto allí, o simplemente se anularían por algún hechizo de defensa que hubiese sido impuesto sobre el edificio de Azkaban. Por ello, viendo que lo más lógico sería continuar con sus engaños verbales, que nada mal se le daban, cambió radicalmente el tono de su voz, dulcificándolo y volviéndolo mucho más agradable a los oídos de la perturbada joven.

-¿No crees que sería sensacional poder reclamar aquello que fue arrebatado de tus manos por un maldito profesor? ¿No te gustaría volver a ser la dueña de Clevermont, como alguna vez lo fuiste? Piénsalo... Quizás podríamos hacerlo... juntos -sentenció, esbozando una ligera sonrisa ladeada que sin duda serviría para apaciguar a la fiera. La conocía demasiado bien como para saber que él era su mayor debilidad, que por él haría cualquier cosa, más aún considerando el estado en el cual se encontraba. Dudó largamente sobre cómo actuar a continuación, los segundos parecieron hacerse eternos, mientras que él, todavía con esa expresión de falsa amabilidad, sopesaba las ventajas que le traería cada uno de sus actos. Entonces, se dio cuenta de que aquello sería lo más certero, que con un simple gesto podría lograr que Susie Carmichael cayera rendida a sus pies.

Salvó la distancia que él mismo había impuesto entre ambos con tan solo dos pasos y, antes que ella pudiera reaccionar, la cogió con delicadeza por la barbilla y juntó los labios de ambos por una milésima de segundo. Presionó los suyos contra los de ella casi con cariño, aunque fuese simplemente por mero amor propio. Intensificó la tensión entre ambos por un instante más y luego se separó, soltándola tan rápido como la había aferrado en un principio. Y, nuevamente, se alejó para que ella no pudiera rozarlo siquiera, por más que se golpeara desesperadamente contra los barrotes. Sólo era cuestión de aguardar su respuesta, la cual tenía una enorme impresión de que no sería negativa.
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Re: Celdas básicas

Mensaje por Susie Carmichael el Dom Jun 05, 2011 2:36 pm

Puta la fama, puta la vida, puto todo. Merezco morir, debo morir. Necesito ser castigada, condenada hasta el fin de los días en la oscura y pútrida celda en la que aún me hallo. No soy digna de perdón alguno, lo sé, y tampoco quiero que este me sea otorgado. Soy una maldita zorra llena de faltas y culpas que tan solo desea ser enterrada en lo más profundo de las entrañas de la tierra. Me doy asco a mí misma, por lo que imaginaros pues hasta donde llega la repugnancia que mi cuerpo y mente desprenden. Definitivamente, vuelvo a afirmar con total consciencia que merezco morir. Que solo Dios, y ni Él mismo con toda su infinita y suprema misericordia, puede salvarme del profundo abismo sin salida en el que he terminado cayendo. Soy la oveja negra del rebaño que ni el bendito Pastor puede salvar de las garras del pecado. Soy una enferma endemoniada sin cura; una impura pecadora con un pasaje de ida directo al Reino de las Tinieblas, al cruel e inhumano Inframundo. Que Satanás al menos tenga compasión de mi desechable cuerpo, pues, de lo contrario, perdida estoy para el resto de mi infeliz vida. ¡Ay Dios omnipotente y divino, qué debo hacer! El uso de la razón he perdido de tanto cavilar sobre mi endeble futuro. Mas, ¿sabes qué? Que tienes razón; Tú siempre la tienes. Adiós a los fatales y angustiosos pensamientos que me invaden y martirizan el cerebro día sí y noche también. ¡Sí, eso es! Gracias por recordarme con gozo que, al fin y al cabo, ¡sigo viva! ¿Y no es eso lo que verdaderamente importa? ¡Quizás aun no estoy completamente perdida en mitad de un desolado desierto! No, todavía no. Tú, Redentor divino, has decido, aun después de todas mis condenadas manchas, tenderme tu majestuosa mano tras un endemoniado mar de malditas confusiones, graves delitos y más que oscuros pecados. Sí, ¡aún me mantengo en pie, aún mis sentidos reaccionan ante mi quizás no tan condenado como yo pensaba cerebro! ¿Y no es eso lo que verdaderamente importa? ¿Qué más da, pues, cómo? ¿Qué más da vivir encarcelada como ramera, asesina, cuando, al fin y al cabo, el mundo es igual de angustioso y trágico para todos sus deplorables seres? ¿Qué más da estar aquí o en Pekín si la vida te va a tener preparadas injusticias e infinitas penas igualmente? Si es que, para bien o para mal, te guste o no, lo quieras o no, una larga pluma de cisne ya ha escrito sobre un gastado pergamino tu triste y mustio final. ¿Acaso lo deseas conocer? Pues suerte por ti pido en la búsqueda de tu destino.

Pero entonces, cuando su cabeza no era capaz de dar a más entre tantos y cada cual más extraño pensamientos, un ángel celestial y glorioso se abalanzó sobre mí con toda la infinita ternura que una criatura del Santo Padre puede contener en su alma. Fue rápido como un chasquido, frío como si sus labios fueran de hielo, ardiente como si los míos procedieran del mismísimo Infierno. Todo sucedió en una milésima de segundos, más bastó para transportarme por unos instantes a las puertas del Cielo. Morí y reviví, de eso estoy segura. El contacto de su fina y primorosa boca con la mía deseosa de pasión y lujuria me produjo tal infarto que para mí fallecí en el acto. Mi piel contra su piel, mi voluminoso pecho junto al suyo. Y ya, mientras mi alma casta y pura, limpia de todo desliz, ascendía a través del cielo azul, aún notaba su perfectamente formado abdomen sobre las palmas de mis suaves manos. Oh, Dios mío, ¡cuántas veces había imaginado, cuánto había deseado aquel maravilloso momento lleno de amor y, por qué no, erotismo! Tal vez todo fueran imaginaciones mías, pero, ¿y lo feliz que yo fui en aquellos instantes, que incluso en el mismísimo paraíso del Edén sentí encontrarme?

Mas, como todo es efímero, igual que el beso me dio las suficientes alas como para elevarme a través de las esponjosas nubes, su fin también me hizo caer en picado al mundo real, estrellándome de nuevo con el frío y sucio empedrado de la celda. Oh, quería otro beso. Lo deseaba más que nada en este mundo. Más allá de la libertad, de la venganza, de Clevermont… Un beso de Perkins valía más que todo ello junto. Pero, ¿cómo conseguirlo? ¿Acaso debía confiarle de verdad los hechizos que a la mansión Carmichael custodiaban? ¿Y si diciéndoselo, él a cambio haría todo lo que ella le pidiera y ordenara? Sí, no era una mala idea, ni mucho menos. ¿Un listado de encantamientos a cambio del corazón del ya no tan joven Mich en bandeja? Trato hecho.

– ¡Oh, Mich, amor mío! –Solté a modo de tierno suspiro, estirando las manos hacia el muchacho con el fin de rozarle aunque fuera el cuello de la camisa que tan bien le quedaba– Sabes que haría por ti cualquier cosa. Repito, cualquier cosa. ¿O es que ya no recuerdas que si maté a mi propia madre fue tan solo por expresa petición tuya? –Dije, olvidando por entonces al ahora Director Theodore Worthington de todo el asesinato, como si él nunca hubiera formado parte del homicidio de Océane– Por ti estoy aquí, ya ves. Y tú también me sacarás, ¿verdad que sí? –Centré mi mirada en su boca. ¡Pero si pedía a gritos mis propios labios!– No te preocupes, que te diré todo. Pero, por favor, prométeme con Dios como testigo que un final feliz nos espera, juntos, más allá de estas cuatro paredes –terminé diciendo, perdiendo todas mis fuerzas y arrodillándome ante el que, sin lugar a dudas, era el hombre de mi vida. Después, cerré los ojos, cayendo inconsciente al suelo de tantas y fuertes emociones vividas.
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Re: Celdas básicas

Mensaje por Michael Perkins el Lun Jun 20, 2011 8:05 pm

Pero él no era merecedor de aquella basura, digna de sumirse en las más profundas penurias que podía causar el Inframundo en un ser viviente dotado de inteligencia y voluntad, de un aristotélico animal racional. Michael Perkins distaba mucho de ser plausible a algo tan distinto a él, algo mucho más inferior a su propia naturaleza. Su fingido arrebato de pasión había desaparecido por completo, retomando nuevamente la gélida esencia de su taciturna forma de ser. Ya no había espacio para ningún tipo de emoción de carácter sentimental, pues otra vez se encontraba focalizado en su importantísimo objetivo, del cual no pensaba rehusar por nada en este mundo. No era ajeno al torrente de sensaciones que recorrían en ese instante el cuerpo de Susanne, pero tampoco las compartía. Sabía de ellas, las conocía profundamente, pero no estaba dispuesto a dejarse llevar por éstas. El origen de toda emoción residía en la mente, y la suya era particularmente recia y objetiva, por lo que no había espacio alguno para cualquier turbación del espíritu que poseyera esas características.

Se mantuvo firme en su posición, alejado de todo posible retorno al contacto entre ambos. No podía permitir que ella obtuviera más de lo que él deseaba darle. No, al menos, hasta que obtuviera lo que tanto anhelaba. Y quizás, tampoco hubiera un después. Pero aquello no iba siquiera a pensarlo o meditarlo, pues no tenía la intención de que en algún inesperado desliz sus verdaderas intenciones pudieran transmitirse a través de su inerte expresión, trastocando por completo la intrincada maquinación que se traía entre manos. Dudaba realmente que aquel sucio desecho humano pudiese todavía percibir e interpretar sus facciones, pero prefería no arriesgarse. La precaución constante era una de sus mayores cualidades, el no actuar instintivamente ni perder los estribos por más tensa que fuese cualquier situación, eran sus mayores armas para destruir a todo aquel que le opusiera resistencia. No era fácil enfrentarse a un individuo así, mucho menos cuando el otro se encontraba en una situación psicológica tan inestable como Carmichael. En ese caso, Michael contaba además con dos enormes ventajas. La primera, la facilidad para manipular una mente que no se encontraba plenamente centrada en la realidad. Y la segunda, el hecho de que la muchacha estuviese completamente perdida de amor por él. El conocimiento acerca de esto último no le producía ningún tipo de satisfacción personal, sin embargo, lo volvía enormemente superior a ella, situándolo un paso por delante en cualquier acción que involucrara a ambos.

-Si harías cualquier cosa, Susie, entonces podrías decírmelo, ¿no crees? –cuestionó con dulzura, pero sin dejar de reflejar una carencia total de sentimientos hacia ella en su mirada. Lo mismo le hubiese dado decírselo a la joven que a una vaca. El fugaz recuerdo del episodio de Océane regresó a su mente. Era cierto, él se lo había pedido, pero así y todo en un principio no había creído que fuera a hacerlo. Sin embargo, en esos instantes cayó en la cuenta de la fidelidad que Carmichael era capaz de alcanzar para con él. Entonces, fue cuando supo que aquella batalla estaba ganada. Por él, por supuesto-. Claro que lo recuerdo, no podría olvidar jamás semejante acto de entrega. Demostraste poseer una determinación y una valía inigualables –habló con perspicacia, manteniendo el tono suave de voz que traía hasta entonces, dispuesto a bajar las pocas defensas que quedaban erigidas en torno a tan impotente criatura. Se paseó por la estancia, manteniéndose todavía lejos de ella, aumentando a cada segundo que pasaba el desesperado deseo de la castaña por poseerlo a él, por entregarse con pasión y sumisamente a su vez, por regalarle su cuerpo y alma a la serpiente venenosa conocida como Michael Perkins.

-Te sacaré de aquí, pero no todavía. Tendrás un futuro junto a mí, más allá de Azkaban, pero aún no es tiempo de disfrutarlo. Primero, debes cumplir con tu parte del trato, preciosa –susurró sin modificar la monotonía de su voz, añadiendo un débil adjetivo al finalizar su oración, para amansar así lo poco que quedaba de indomable de aquella fiera. Permaneció impertérrito, de pie a pocos metros de la celda, mientras la observaba caer inconsciente sobre la mugrienta superficie pedregosa que constituía el suelo de aquella prisión. No había alcanzado a mantenerse despierta para escuchar su promesa… Pero tampoco iba a pronunciarla ahora. El tiempo de su visita había llegado a su fin. Cuando ella despertara y volviera a verlo, en un futuro no tan lejano, fácilmente podría decirle que se lo había prometido en el instante en que ella cayó rendida, a causa del caudal de emociones que su respuesta le había provocado. Entonces, estaría lista para hablar con él y contarle todo lo que sabía. Y entonces, sólo en el momento en que se asegurara de haber extraído todo conocimiento posible de su mente, la traicionaría. Pero hasta ese entonces, Susanne Carmichael no tendría forma de saberlo.

-Dulces sueños, Susie… -pronunció con sequedad, a modo de despedida, acercándose por unos instantes a los barrotes que separaban a ambos. Allí tendida, cualquiera hubiese dicho que ella no era la culpable del asesinato, que sólo era una pobre víctima de una trampa tendida por alguien más. Hubiera sido una fiel esposa, se dijo al voltearse y encaminarse hacia la salida. Una lástima que se hubiese desperdiciado tanta belleza… No, no lo lamentaba en lo absoluto. Un leve esbozo de una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. En aquel extraño juego, adoraba salir victorioso. Y siempre lo hacía… Siempre.
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Michael Perkins
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Re: Celdas básicas

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