Congreso Mágico

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Congreso Mágico

Mensaje por Statue of Liberty el Miér Feb 16, 2011 1:26 am





Congreso Mágico





La comunidad mágica se instala en lo récondito de la ornamentada puerta al estilo renacentista, en el Distrito Mágico. Adyancente a The Warlock Bank, se encuentra ni más ni menos, que el imponente edificio del Congreso Mágico, o como se lo conoce popularmente, MACUSA.

Luego de su última locación en las entrañas del Woolworth Building en New York durante más de 100 años, las autoridades del Congreso se vieron obligadas a mudar sus instalaciones en 2017 hasta un lugar completamente apartado de las curiosas miradas de los nomaj. Las leyes mágicas, estatutos, decretos... todo lo referente a la política mágica estadounidense, se conversa y se trata en este lugar.

Nada más al entrar, te encontrarás con un largo y ancho vestíbulo, cuyas columnas blancas decoran el lugar haciendo de la apariencia de ésta, más elegante junto a los balcones del piso superior. El techo en cúpula, guarda una gigante lámpara, encantada para iluminar tan sólo al acabar el ocaso del día; al igual que las pequeñas farolas, adheridas a la pared de mármol.

Si estás buscando la oficina del Presidente del MACUSA, camina hasta llegar al final del gigantesco vestíbulo. ¿Buscabas alguna oficina de algún departamento? Voltea a un lado y adéntrate al sendero de las leyes mágicas que sólo tú deseas conocer bien.


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Statue of Liberty
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Re: Congreso Mágico

Mensaje por Raziel P. Slaughter el Mar Ago 08, 2017 12:21 am

TERCERA CATEGORÍA
Jueves 11 de junio, 2054

La oficina privada del Presidente del Congreso Mágico era una estancia de opulencia indiscutible: tan amplia y luminosa como un distinguido salón de baile, repleta de hermosas obras de arte y costosos muebles y alfombras. Pero la calidez de cada cuidadoso detalle decorativo quedaba neutralizada por la frialdad aplastante de su actual ocupante. Se trataba de una perturbadora atmósfera cargada de tensión con la que magos como Raziel ya se encontraban familiarizados. Había atravesado el umbral de aquel espacio tantas veces, que esa incómoda sensación ya no conseguía desconcertarlo.

Esa mañana, sin embargo, el director de Clevermont College podía percibir algo más flotando en el ambiente: una amenaza peligrosa y latente que como todo lo demás provenía del poderoso mago apostado en su escritorio. Contemplaba con severa atención a sus invitados: un centenar de jóvenes aurors que aguardaban silenciosamente alguna intervención de su superior directo, y cuyos gestos contribuían a acentuar la densa rigidez en torno a los presentes, oscureciéndolo y devorándolo todo.

Bastaba con echar un vistazo para reconocer el temor que ensombrecía cada mirada, el terror que deformaba las expresiones de cada rostro. El mutismo que los consumía hablaba de los terribles presentimientos que sus corazones albergaban. Raziel era hábil interpretando a las personas, casi tanto como lo era ocultando sus propias intenciones. Y el hecho de situarse junto al imponente escritorio de su amo le otorgaba una inmejorable posición para apreciar y estudiar la desesperada ansiedad de esas almas que aguardaban las primeras palabras de Theodore, que demoraban en llegar con evidente premeditación.

—Cada uno de ustedes sabe por qué se encuentra aquí —el Presidente Worthington habló al fin, sus ojos de hielo entornando la mirada. Algunos asintieron tímidamente, pero la mayoría prefirió guardar en silencio—. Hace un par de horas se me ha informado lo sucedido en la Isla de la Libertad. Por mi despacho han desfilado magos portando noticias oscuras y desconcertantes, han traído hasta mí palabras a las que me es imposible dar crédito. Por eso los hago venir, ahora para oír lo sucedido de labios de sus protagonistas antes de resolver alguna acción impulsiva.

Nadie se sintió capaz de emitir palabra alguna, de mover el más mínimo músculo. Raziel lo observaba todo y reflexionaba al respecto. Traer hasta su oficina privada a todos los participantes de la emboscada en la Isla de la Libertad le parecía una exageración, pero estaba dispuesto a no elaborar conclusiones apresuradas. No era un ciego seguidor de Theodore Worthington, pero el mago tenebroso debía poseer un motivo de peso para su proceder, y Slaughter aguardaría con paciencia para descubrirlo.

—Tú —el hombre señaló a una muchacha al azar de las pertenecientes al grupo, una joven de melena rubia y astutos ojos oscuros con el terror inamovible en ellos. Uno de los guardias situados en la puerta la obligó a adelantarse—. ¿Cuál es tu nombre?

—Grace Sheppard, mi señor —musitó la bruja con un hilo de voz.

—Por favor, recuérdame qué hacían ayer en la Isla de la Libertad.

—Un pequeño grupo de aurors perseguía a dos fugitivas, mi señor. El plan del cuartel era encontrar el escondite de los rebeldes para acabar con ellos de raíz.

—Pero no encontraron ningún escondite —concluyó Theodore, implacable.

—Era una trampa, su excelencia —la chica contuvo un estremecimiento—. Los rebeldes esperaban al grupo de cacería. Los atacaron. Solo dos de nuestros compañeros consiguieron escapar ilesos.

—Señálalos.

Grace Sheppard volvió el rostro hacia el grupo de pie a sus espaldas. Dos jóvenes se adelantaron.

—Sus nombres —exigió el Presidente Worthington.

—Démian Ephram, mi señor —el chico habló demostrando más dominio que su compañera Sheppard.

—Skylar Müller, mi señor —la chica, de largo cabello oscuro y piel pálida, parecía todavía más compuesta que el joven.

Raziel reconoció al joven mago de inmediato. Era el alumno que Gea había reclutado para él durante sus últimos años de estudio en Clevermont. Desconocía la naturaleza de las promesas que finalmente lo habían seducido, pero estaba claro que los métodos de la bibliotecaria fueron efectivos. Recordaba bien la peligrosa proximidad que este joven en particular mantuvo alguna vez con Arsène Weasley. Ahora, en cambio, su estatus entre el resto de los aurors resultaba evidente. Se adivinaba en sus modos irascibles, en la deferencia con la que sus compañeros lo observaban.

—Háblame de lo que hicieron al escapar, Démian.

—Nos reportamos de inmediato ante nuestro superior, mi señor. La intención era solicitar refuerzos para capturar a la brevedad a los atacantes.

—Y su solicitud fue aceptada, según entiendo —dijo Theodore Worthington—. Volvieron a la isla con un gran número de apoyo. Pero el resultado no cambió entonces, ¿me equivoco, Skylar?

—No se equivoca, excelencia —la aludida se mantenía firme y seria—. Al llegar encontramos a nuestros compañeros, aturdidos, pero no había rastro de nuestros enemigos. Aún no conseguíamos entender lo que sucedía cuando cayeron sobre nosotros una vez más. No podíamos verlos, la oscuridad los ocultaba tanto como los hechizos de camuflaje que utilizaban. Fue un ataque relámpago, nos aturdieron antes de pudiéramos contraatacar con fuerza. Conseguimos matar a un par de ellos, pero el mayor daño lo infligió el adversario.

—Deben comprender que me cuesta trabajo comprender que algo así sea posible —el mago tenebroso desvió la mirada de la chica para desplazarla por la estancia, observando a los demás aurors— Me hablan de derrota, sin embargo todos volvieron con vida.

—Hicieron algo mucho peor que atentar contra nuestra vida, mi señor —Skylar extendió sus manos vacías hacia su presidente, y el brillo de desesperada angustia se transparentó en su semblante—: nos arrebataron nuestra magia.

Algo cambió al fin en la falsa indiferencia con la que Theodore Wortington pretendía tolerar aquella escena. Como Raziel presentía que sucedería tarde o temprano, reconoció la ira contenida en sus ojos, preparada para desbordar el salón.

—¿Cómo? —siseó entonces, levantándose de su escritorio para caminar hacia el par de aurors interrogado.

—No lo sabemos —Demián se encargó de relevar a su compañera en las explicaciones—. Parecía que nos atacaban con un encantamiento aturdidor corriente, pero a medida que nuestros compañeros recuperaban el conocimiento, entendimos la verdad —el joven frunció el ceño, confundido—. Es magia que no conocemos. Dudo que incluso sus inefables imaginasen que algo así fuera posible.

Pero Raziel comprendió que Theodore Worthington no estaba interesado en lo que sus inefables pudieran o no imaginar.

—Entonces, de acuerdo al testimonio que me otorgan, ahora me encuentro frente a una centena de... ¿qué? ¿Squibs? —el cuerpo del mago se sacudió producto de la cólera al pronunciar la palabra. Estaba frente a Démian y Skylar, y Raziel no necesitaba contemplar su expresión para adivinar el instinto asesino que comenzaba a asomar por debajo del hasta entonces efectivo intento de estoicismo. Era momento de intervenir.

—Me atrevería a decir que no es la denominación adecuada, mi señor —sabía que más tarde le correspondería pagar el precio por aquella corrección, pero Raziel tenía claro que si conseguía aplicar paños fríos sobre el ánimo de su amo, la osadía valdría la pena. Caminó hasta situarse junto al resto—. Todos ellos nacieron con habilidades mágicas. Dudo que estas puedan ser eliminadas así de fácil. Desde luego seguirán ahí, suprimidas de algún modo por la maldición que les ha sido impuesta. Creo que nos encontramos frente a una nueva categoría mágica. No magos. No squibs. Una tercera categoría.

—Una categoría que no me es útil en absoluto —Theodore Worthington dirigió la furia de su mirada hacia él. Pero Raziel procuró mantener su imperturbable porte—. Lo que necesito son soldados, y acabo de perder a un centenar.

—Hay un detalle, mi señor —la joven Müller lo interrumpió, su voz envestida de cautela—. El ataque no ha resultado igual en todos los casos. Algunos han conservado sus habilidades mágicas.

El mago concentró su atención en la chica una vez más, reacio.

—¿Tú los conservaste?

—No, mi señor —la joven inclinó la cabeza, sinceramente avergonzada.

—Entonces no me sirves —el mago dio la espalda a Skylar el tiempo justo para buscar su varita y apuntar con ella a la muchacha. Sus palabras fueron desalmadas y frías al pronunciar la maldición—. Avada Kedavra.

Démian se adelantó al mismo tiempo que el resto retrocedió, conteniendo un grito ahogado colectivo. Pero el cuerpo ya caía al suelo apenas un segundo después, inerte tras el destello verde que se había reflejado en los ojos oscuros. Raziel se mantuvo firme e impávido en su lugar, contemplando el desconcierto absoluto en el rostro del auror Ephram y el pánico descontrolado en sus colegas.

—Burge —Theodore Worthington llamó a uno de sus vigilantes instalados en la entrada—. Sáquenlos a todos. Identifiquen a los magos y apártenlos de los que ya no lo son, eliminen a estos últimos. Es hora de reunir reclutas que sepan hacer su trabajo.

—¡Mi señor!

—¡Piedad, su excelencia!

—¡Por favor, señor presidente!

—Mi señor Worthington —Raziel se adelantó con la intención de intervenir las súplicas de la multitud. Tal vez su amo no lo hiciera, pero él podía ver el modo en que lentamente las cosas comenzaban a salirse de control—. Aún no tenemos claro las propiedades del hechizo que los ha afectado. Los resultados podrían ser temporales, o podríamos hallar una forma de revertir lo que ha ocurrido. Estudiarlos sería una buena idea, considerando las circunstancias. Es posible que incluso consigamos encontrar el modo de replicar el hechizo.

—Nosotros contamos con nuestros medios —la voz de Theodore era un susurro peligroso—. Aún los superamos en número y en poder. No me denigraré intentando imitar sus trucos baratos. ¡Llévenselos ahora!

Las súplicas volvieron a desatarse, pero Theodore ignoró todas y cada una de ellas. Burge pidió a gritos apoyo, y más magos ingresaron para despachar a los presentes. Entonces comenzaron los forcejeos, y la desesperación delató a esos que habían perdido sus dones mágicos. Las puertas se cerraron cuando todos los aurors fueron retirados de la oficina, pero Slaughter aún oía los llantos y las maldiciones a través de la gruesa madera, barnizada y decorada con hermosos detalles. Más allá, en los pasillos del Congreso Mágico que quedaban fuera el alcance de su mirada, se desataría una pequeña guerra de supervivencia. Y la perderían los magos sin magia. Todo en aquel acontecimiento se sentía equivocado y ridículo, el desperdicio de una importante oportunidad estratégica. Era tan frustrante como inaudito.

—Sigues contradiciendo mis decisiones en público, Raziel —Theodore retornaba a su escritorio, aparentemente indiferente al hecho de haber orquestado la muerte de sus propios hombres hace menos de un minuto—. Todavía desafías mi autoridad. ¿Has olvidado lo que sucedió la última vez que hiciste algo parecido?

—No lo he olvidado, mi señor —como cada vez que su amo tenía la bondad de recordarle aquel episodio de su vida, las cicatrices repartidas por su cuerpo volvieron a quemar como el primer día—. Pero creo que debimos haber discutido esta decisión suya antes de traer a todos los afectados. Lo obligué a mantenerse firme en su postura al cuestionarlo, mi señor, puedo entenderlo. Pero debía intentarlo —se mantuvo de pie a medio camino del escritorio en señal de respeto—. Su determinación no solo es un problema desde el punto de vista estratégico; está dando la imagen equivocada a quienes lo siguen. Esos jóvenes se unieron a los Nuevos Aurors porque creían en usted, pero al primer error y en compensación a su entrega, ha resuelto darles la espalda.

—Su entrega ha sido insuficiente —replicó Worthington en respuesta—. Cayeron en la trampa y lo perdieron todo. Me limito a dar fin a la humillación que implica su derrota.

—Se lo suplico que recapacite, mi señor —a pesar del ruego, Raziel Slaughter conservaba la elegante dignidad de sus modos—. La benevolencia con los suyos lo ayudarán a ser visto como un líder más sabio. Reemplazar la compasión por implacable tiranía, en cambio...

Theodore detuvo los razonamientos de su sirviente alzando una mano. Había tomado asiento en su sitio, pero en aquel momento volvía a levantarse, lentamente, como una bestia al asecho.

—Recuerdo haber recibido este sermón antes —comenzó con voz pausada y gélida—, durante la temporada en que fui el director de Clevermont College. Aquel consejo me costó la más grande rebelión que el colegio haya vivido en su corta historia como institución.

—La rebelión de un grupo que vio su nacimiento en los tiempos donde usted impartía disciplina mediante tortura y muerte —Raziel se defendió, impasible—. Fueron desenmascarados, tal y como usted me ordenó hacer al asignarme el cargo de director. Desde entonces la paz ha imperado en la institución.

El mago no respondió de inmediato. En lugar de ello sostuvo la mirada de Raziel, como si sopesara qué tan en serio hablaba su consejero. Pero la peligrosa amenaza contenida en aquella mirada no debilitó su convencimiento.

—Empiezo a comprender la verdad en ti, Raziel Slaughter —dijo Theodore tras unos eternos instantes de silencio. Tomó asiento una vez más—. He tardado tiempo, pero ahora puedo verlo claro. En tus acciones y en tus consejos veo la debilidad de tu espíritu. Es por prestar oído a tus ideas de conciliación que no he alcanzado la grandeza que debería poseer en este tramo del camino. La indulgencia no lleva a ninguna parte. Por eso he decidido que, de aquí en más, no tomarás parte en mis reuniones privadas —Bajó la mirada a los documentos repartidos en su escritorio,
como despachando al mago que lo atendía—. Ya no preciso de tu consejo.

Era difícil para Raziel recordar la última vez que algo había logrado tomarlo por sorpresa; tal vez fue en los días en que Gea era apenas una desconocida para él. En aquel momento, sin embargo, volvió a sentirse como un adolescente confundido cuando Theodore Worthington sentenció sus últimas palabras. Sus ojos se abrieron, incapaces de ocultar el desconcierto que los invadía.

—Mi... mi señor —balbuceó, avanzando un paso indeciso hacia su amo.

—No creas que pongo en duda tu lealtad —el hombre tras su escritorio alzó la mirada—. Me has servido bien durante estos últimos cuatro años. Y contra todo pronóstico, has hecho un gran trabajo como director en Clevermont. Te permitiré conservar tu puesto y tu estatus, y lucharás para mí cuando así lo requiera. Pero a partir de hoy estás fuera de toda decisión estratégica y política. Un hombre de mi posición no necesita asesores.

Intentó evitarlo con todas sus fuerzas, pero cada nueva frase pronunciada por el presidente del congreso debilitaba más los esfuerzos del director Slaughter por apartar de su memoria el recuerdo de Gea Weitzman, de la última y trascendental conversación que habían mantenido fuera del contexto académico. Habían trascurrido meses de aquello, pero esa peligrosa bruja, como tenía por costumbre, había predicho sin dificultad los hechos futuros. Entonces había ignorado la seguridad con la que ella apostaba por la inevitable caída del imperio al que servían…

... pero las actuales decisiones de Theodore Worthington acababan de construir las bases para el cumplimiento de la profecía. Y la claridad de semejante entendimiento lo turbó tanto como aquel día.

—Si es lo que mi señor desea... —Raziel se obligó a recuperar la compostura habitual, ofreciendo una rígida reverencia a juego con la mirada impasible.

—Es lo que deseo. Puedes retirarte.

No hubo más palabras. Se volvió hacia la puerta cerrada y atravesó el umbral con su andar frívolo y elegante.

Afuera, en los pasillos del Congreso Mágico, aún se sentían los resultados de la última férrea determinación del Presidente Worthington. Vio los cadáveres repartidos de aquellos aurors que intentaron darse a la fuga, vio también la consternación de los aurors que habían conservado su magia y habían preferido mantenerse al margen antes de enfrentarse a la disyuntiva moral de matar a sus compañeros caídos en desgracias o ayudarlos a escapar. Vio, por último, la conmoción de aquellos funcionarios que tropezaban con la escena por pura coincidencia. Desmemorizadores y políticos, empleados de mantenimiento e inefables. Raziel Slaughter comprendió el silencioso entendimiento de las miradas de cada espectador involuntario: la fidelidad a Theodore Worthington no era garantía de seguridad para quienes decidían unirse a sus filas. El miedo comenzaba a hacer su trabajo, extendiéndose por todas martes con tentáculos invisibles que lo atrapaban todo, lo envolvían y lo sometían.

¿Qué sucedería cuando la fuerza de los tentáculos comenzara a dejar sin aliento a sus víctimas? ¿Podría su amo hacer frente a la lucha de sus devotos seguidores?
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Raziel P. Slaughter
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